viernes, 7 de febrero de 2020
sábado, 1 de febrero de 2020
¡FIJÁOS EN VUESTRA ASAMBLEA!
Reflexión Homilética para el Domingo 2 de Febrero de 2020.
Festividad de la Presentación de Jesús en el Templo
Las tres lecturas de este domingo tienen
un mensaje común: el Evangelio no es para los poderosos, para los orgullosos,
sino para los humildes, para los que se saben pequeños. Es un mensaje que
contradice lo que vivimos en nuestra sociedad. De ésta recibimos exactamente el
mensaje contrario: sólo siendo fuertes podremos sobrevivir. La historia parece
dar razón a esta forma de pensar. Sólo los poderosos parecen haber pasado a la
historia. Los débiles han sido borrados. Simplemente no existen. Los medios de
comunicación no hablan de ellos.
Pero, ¿viven realmente los poderosos?
¿Nos defienden las riquezas y las armas de lo que nos amenaza? Precisamente, la
historia reciente nos demuestra lo contrario. Hemos descubierto que hasta los
países más poderosos y ricos son vulnerables. Que nuestro poder no nos libra
del peligro. O que más bien nos expone mucho más a él. Nuestra sociedad
desarrollada, tan poderosa, en algún sentido la más poderosa de la historia, ha
atraído hacia ella las envidias y los odios de muchos pueblos. Y la búsqueda
obsesiva de la seguridad no ha conseguido librarnos de la amenaza.
Jesús nos propone otra forma de vivir.
Cuando proclama las bienaventuranzas, Jesús hace la más radical revolución de
nuestra historia. Tan radical que nos cuesta vitalmente aceptarla. Tan radical
que dos mil años de historia del cristianismo no ha logrado llevar a la
práctica ese mensaje radical. Porque Jesús nos dice que los bienaventurados,
los felices, los que viven bien, en el mejor sentido de la palabra, son los
pobres, los que sufren, los que tienen hambre, los sencillos, los que siguen
creyendo en la justicia, en la misericordia.
San Pablo remacha ese mensaje,
invitándonos a mirar a nuestra asamblea, a nuestra comunidad. No está formada
por poderosos ni aristócratas, ni poderosos. Independientemente del dinero que
tengan algunos de nosotros, por debajo de las apariencias, somos personas
normales, con sentimientos, con dolores, con pobrezas. Somos vulnerables aunque
a veces pretendamos aparecer como fuertes e inalcanzables.
Entonces, ¿dónde está nuestro poder? Pues
precisamente en esa debilidad reconocida y aceptada, porque sólo de ahí puede
nacer la verdadera solidaridad, el amor comunitario, la caridad fraterna que
nos proporcionará la verdadera seguridad. Cuando seamos capaces de amar, de ser
misericordiosos sin límite, de quitarnos las corazas en que nos envolvemos,
entonces viviremos auténticamente en el Reino de los Cielos.
sábado, 25 de enero de 2020
EL PRIMER ANUNCIO DEL EVANGELIO
El Evangelio de hoy nos recuerda el
momento en que Jesús comenzó a predicar. El evangelista Mateo nos lo presenta
como el momento en que se cumple una antigua profecía de Isaías: “El pueblo que
habitaba en tinieblas vio una luz grande”. Pero para ser sinceros, las palabras
son mayores que la realidad. Lo que sucedió fue algo muy sencillo. En una
esquina del mundo de aquel tiempo, lejos, muy lejos, de Roma, que era el centro
de aquella civilización, un hombre salió a los caminos y comenzó a predicar. Su
mensaje era muy sencillo: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los
cielos”. Al principio casi nadie le hizo caso. Apenas unos pocos pescadores
--los últimos de la sociedad--, algunas mujeres –igual de mal valoradas– y
gente por el estilo. Jesús no era más que un judío marginal y sólo los
marginados le hicieron un poco de caso.
Si
ése fue el modo como Dios quería presentar su salvación a todo el mundo, desde
nuestra cultura actual, le diríamos que se equivocó de medio a medio. Hoy
hubiésemos planteado toda una campaña en los medios de comunicación, de
lanzamiento simultáneo en los países más ricos y desarrollados del mundo (en
los países pobres se lanzaría más tarde), que ofreciese con claridad los
contenidos más importantes y orientados ante todo a captar la atención de los
destinatarios. Para ello, se trataría de ofrecer en primer lugar los aspectos
más suaves, fáciles y gratificadores del mensaje. Con suficiente antelación se
habría preparado a un gran número de predicadores, conferenciantes y escritores
que se entregarían a la tarea de presentar el mensaje de un modo más cercano a
la gente. Pero Dios no hizo eso. Más bien lo contrario. En Jesús se acercó a
los últimos. Nunca estuvo muy preocupado por el número de sus seguidores ni por
su nivel social. Ni siquiera les puso las cosas fáciles. Sus primeras palabras,
ponen frente al oyente una exigencia radical: “Convertíos” o lo que es lo
mismo, “cambiad de vida”. Pero algo encontraron en él aquellas gentes sencillas
y humildes que le siguieron. Con dudas y vacilaciones, pero le siguieron.
Hoy, también nosotros somos una pequeña
comunidad. No ocupamos el centro del mundo. No tenemos los medios de
comunicación a nuestro alcance. Ni falta que nos hacen. Apenas tenemos el
Evangelio en medio de nosotros y la fuerza de Jesús para hacer lo que él hizo.
Primero, escuchar su mensaje y tratar de convertirnos, de comenzar a vivir de
acuerdo con el Evangelio. Y, segundo, ser portadores de ese Evangelio para
todos los que nos rodean. No hay que temer porque seamos pocos o pobres. Así es
como Dios quiere hacer presente su mensaje en el mundo. En nuestras manos está.
Fernando Torres cmf
viernes, 17 de enero de 2020
SOMOS UN PUEBLO SANTO
Reflexión Homilética para el Domingo 19 de Enero de 2020. 2º del Tiempo Ordinario
La segunda lectura tomada de la primera
de Corintios nos da hoy la clave para comprender la Palabra de Dios. Nos dice
Pablo que escribe su carta “a los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo
que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de
Jesucristo”. Eso es exactamente lo que ha hecho de nosotros el bautismo: un
pueblo santo, un pueblo de consagrados.
¿Por qué? Porque en el bautismo nos hemos
hecho uno con Jesús, su vida se ha hecho nuestra. Y él es el consagrado del
Padre. Para entender quién es Jesús, y nosotros al habernos bautizado con él,
nos sirven la primera lectura del profeta Isaías: “Tú eres mi siervo”, “Te hago
luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”
y el Evangelio en el que Juan el Bautista da testimonio de Jesús: “Este es el
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Juan vio como el Espíritu
descendía sobre Jesús y se dio cuenta de que Jesús era “el que ha de bautizar
en el Espíritu Santo” y da testimonio de que “es el Hijo de Dios”.
Jesús es el elegido de Dios para traer la
salvación a todos los pueblos. El amor y el perdón de Dios no se destinan de
forma exclusiva a una raza, a un pueblo o a una cultura. Es para todos sin
excepción. Para esa misión, Jesús está ungido por el Espíritu Santo, por el
Espíritu de Dios. Ese Espíritu es el que le convierte en Hijo de Dios. Esa
misión se centra en el perdón de los pecados, en la reconciliación, que abre
las puertas a una vida más plena. Jesús nos invita a la conversión porque en él
tenemos una oportunidad real de comenzar una nueva vida.
Al ser bautizados en Jesús, somos
incorporados a él. Por eso, podemos decir con seguridad que somos un pueblo
santo, que estamos llenos del Espíritu Santo y que tenemos la misión de ofrecer
el amor y la salvación de Dios a todos los que nos rodean. Porque ese amor de
Dios no es para nosotros en exclusiva. Es para todos. Sería bueno que nos
mirásemos unos a otros. En los bancos de nuestra iglesia vemos gente normal.
¿Seguro? Sí, gente normal, pero también “pueblo santo”, “pueblo consagrado”,
“testigos del amor de Dios en medio del mundo”. Cuando salimos cada domingo de
la misa, debemos saber que se nos ha dado la misión de ser testigos del amor de
Dios. La gracia y la paz de Dios están con nosotros. Su Espíritu nos llena. Hoy
es tiempo de levantar la cabeza y sentirnos orgullosos de lo que somos. Somos
el pueblo de Dios y tenemos una misión que cumplir: mostrar al mundo con
nuestra vida, con nuestra forma de ser, actuar y hablar, que Dios está con
nosotros y que nos ama, que no hay pecado que no merezca el perdón, que Dios
siempre nos espera para devolvernos la vida y que este mensaje es para toda la
humanidad.
Fernando Torres cmf
sábado, 11 de enero de 2020
DESCUBRAMOS NUESTRO BAUTISMO
Reflexión Homilética para el Domingo 12 de Enero de 2020.
Bautismo de Ntro. Señor Jesucristo.
Hoy entendemos el Bautismo como un
sacramento, un rito que hay que cumplir para entrar a formar parte de la
comunidad católica. Pero la fiesta de hoy nos recuerda que el Bautismo es algo
mucho más profundo. Y que sería bueno que recuperásemos ese significado en
nuestra vida cristiana.
Lo que hoy es apenas en la mayor parte de
las parroquias un echar un poco de agua sobre la cabeza del recién nacido, era
al principio de la historia del cristianismo y lo es todavía en algunas
parroquias, un sumergirse completamente en el agua. El agua es principio de
muerte (en el agua nos ahogamos, no podemos respirar, lo que se echa al agua se
disuelve, se deshace, deja de existir) pero también es principio de vida
(científicamente se puede afirmar que la vida comenzó en el agua, el feto está
envuelto en líquido, del agua se resurge limpio y puro). El Bautismo tiene pues
un significado básico: expresa la muerte y la resurrección de una persona. El
que se bautiza muere a una vida y al salir del agua comienza una nueva vida.
Por eso la tradición cristiana hizo que en el Bautismo se impusiera un nuevo
nombre a la persona. La nueva vida requería un nuevo nombre.
Todo es un signo. Nadie muere de verdad
ni resucita de verdad. Pero hay momentos en la vida en que se requiere un signo
de ese tipo que rubrique un cambio real de vida en la persona. A veces, aunque
no se produzca una muerte física, se dan cambios en la vida de una persona que
traen ciertamente un nuevo estilo y una nueva orientación.
Con ese sentido tan profundo se bautizó
Jesús. Hasta entonces había vivido como uno más. Quizá se había retirado al
desierto y allí había estado con el grupo de Juan Bautista o con otros grupos.
Fue allí donde maduró su decisión, donde reconoció su llamada a anunciar la
buena nueva del Reino. Por eso se bautizó. Fue una forma de refrendar
públicamente su nuevo estilo de vida. El Bautismo de Jesús marca una frontera
entre su vida anterior y posterior. Fue de verdad el comienzo de una nueva vida
al servicio del Reino de Dios.
Para nosotros el bautismo no tiene ese
sentido. La mayoría fuimos bautizados de recién nacidos. No recordamos nada de
aquella celebración. No significó un antes y un después en nuestra vida. Más
bien nos sentimos inmersos desde el principio en la tradición cristiana. Desde
el principio de nuestra vida somos cristianos. Ahora se trata de llevar a la
práctica diaria lo que nuestro bautismo celebró y significó. Como Jesús,
estamos comprometidos a vivir de acuerdo con el Evangelio. A ser portadores de
la buena nueva para todo el mundo.
Fernando Torres CMF
sábado, 4 de enero de 2020
EL SACRAMENTO DE LA CARNE
Reflexión Homilética para el Domingo 5 de Enero de 2020. 2º después de Navidad
El nacimiento de Jesús es clave en
nuestra fe. No se trata sólo del nacimiento de un profeta. Ni siquiera del
nacimiento de un Mesías salvador. Afirmamos que en Jesús Dios se encarnó, Dios
se hizo carne. Toda la parafernalia de luces, celebraciones, regalos y
consumismo de estos días se monta en torno a ese hecho tan sencillo como
profundo en significado para la historia de la humanidad y para las relaciones
de las personas entre sí: en aquel niño que nació en Belén, en un pesebre, hijo
de María y José, está presente Dios mismo. Nuestro mundo celebra, aunque muchos
sin saberlo conscientemente, la alegría mas profunda, auténtica y verdadera
posible: Dios se ha hecho uno de nosotros y ha asumido nuestra carne con todas
sus consecuencias. Nada en el mundo ha sido igual desde aquel momento. Jesús,
Dios encarnado, significa un cambio radical en nuestra historia, una novedad
tan absoluta que nada puede ser ya como antes.
En la Iglesia decimos desde hace siglos
que hay siete sacramentos. Un sacramento es un lugar de encuentro con Dios, es
una celebración, momento, ocasión, en la que la acción de Dios se hace visible,
tangible, concreta en nuestras vidas y en nuestra historia. El sacramento se
realiza siempre a través de un símbolo concreto. En el Bautismo es el agua, en
la Confirmación el óleo, en la Eucaristía el pan y el vino. Pero todos esos
sacramentos provienen de una fuente original. Esa fuente no es otra que
Jesucristo. Él es el lugar primordial del encuentro con Dios. En él la
humanidad se encuentra con Dios porque en él Dios ha asumido nuestra carne.
Cuando miramos a Jesús, en su carne vemos a Dios. En él Dios se nos ha hecho
visible. A Dios nadie le ha visto nunca. Sólo en Jesús se nos transparenta.
Jesús es la revelación del Dios que viene a nuestro encuentro para salvarnos.
Este primer sacramento tiene
consecuencias importantes. Si Dios ha elegido esta carne nuestra para
revelarse, entonces es que nuestra carne, nuestro cuerpo, se convierte en un
espacio sagrado. La vida, en todas sus formas y expresiones, es lugar de
manifestación de Dios, es lugar de encuentro con Dios. La vida, el cuerpo, de
nuestros hermanos y hermanas es lugar de presencia de Dios. Ellos son para
nosotros sacramentos del encuentro con Dios. Mi relación con los demás, hombres
y mujeres de cualquier raza y condición, ya no es la misma. En Jesús, ellos se
han convertido en retratos multidimensionales del amor de Dios, de su presencia
salvadora. En ellos me encuentro con Dios. Por eso el respeto y el amor son la
única forma posible de relacionarme con ellos. Ellos son cuerpo de Dios –y yo
también y por eso he de respetarme igualmente–. En Jesús recién nacido
descubrimos que nuestro cuerpo es sacramento de Dios.
Fernando Torres CMF
miércoles, 1 de enero de 2020
MADRE DE DIOS
Reflexión Homilética para el día 1 de Enero de
2020. Solemnidad de la Madre de Dios.
¡Feliz año nuevo! Lo nuevo no
está en el día, ni en el número. Lo nuevo, de estar en algún sitio, estará en
el corazón.
Y para ello, la Palabra de hoy
nos presenta a la mujer “nueva”: María. Y se nos presenta como la Madre de
Jesús, Madre de Dios y Madre nuestra.
María es Madre porque acoge la
Vida, le da cobijo, la cultiva en su interior… María es Madre porque da a luz
esa Vida, la lanza al mundo, la acompaña. Y como toda madre, María “conserva
todas esas cosas, meditándolas en su corazón”.
María conservó en su corazón los
primeros años de su hijo, cuando iba creciendo lentamente, como crecen las
cosas de la vida. María conservó también en su corazón cuando su hijo anunció
que iba a hacer una vida diferente: que se iba a dedicar a anunciar el Reino a
tiempo y a destiempo. María acogió como pudo las palabras y los hechos de
Jesús, tantas veces desconcertantes, poniendo el mundo al revés… o más bien
poniéndolo al derecho, tal como Dios lo soñó. María vivió y sufrió de corazón
los últimos días de su hijo, cuando quisieron quitarle la vida, aunque en
realidad era Él quien la daba. María guardó en su corazón la mañana de la Resurrección,
la luz nueva que brota de saber que “su hijo” es “el Hijo” en quien todos
podemos reconocernos hermanos, compañero de todos los caminos y pan tierno para
todos los cansados.
Por eso tanta gente, incluso la
que decimos “poco creyente”, siente a María tan cercana; porque ella, como
nadie, conoce los entresijos de la vida y sigue, de pie, al lado de todas las
cruces y a la espera de todas las madrugadas.
María, Madre de Jesús y Madre
nuestra,
que te podamos sentir cercana en
este año que comienza
y que podamos, como tú,
acoger todo lo que nos trae la
vida,
meditarlo en el corazón
y devolverlo hecho vida para el
mundo.
Luis Manuel Suárez CMF
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