Reflexión Homilética para el día 1 de Enero de
2020. Solemnidad de la Madre de Dios.
¡Feliz año nuevo! Lo nuevo no
está en el día, ni en el número. Lo nuevo, de estar en algún sitio, estará en
el corazón.
Y para ello, la Palabra de hoy
nos presenta a la mujer “nueva”: María. Y se nos presenta como la Madre de
Jesús, Madre de Dios y Madre nuestra.
María es Madre porque acoge la
Vida, le da cobijo, la cultiva en su interior… María es Madre porque da a luz
esa Vida, la lanza al mundo, la acompaña. Y como toda madre, María “conserva
todas esas cosas, meditándolas en su corazón”.
María conservó en su corazón los
primeros años de su hijo, cuando iba creciendo lentamente, como crecen las
cosas de la vida. María conservó también en su corazón cuando su hijo anunció
que iba a hacer una vida diferente: que se iba a dedicar a anunciar el Reino a
tiempo y a destiempo. María acogió como pudo las palabras y los hechos de
Jesús, tantas veces desconcertantes, poniendo el mundo al revés… o más bien
poniéndolo al derecho, tal como Dios lo soñó. María vivió y sufrió de corazón
los últimos días de su hijo, cuando quisieron quitarle la vida, aunque en
realidad era Él quien la daba. María guardó en su corazón la mañana de la Resurrección,
la luz nueva que brota de saber que “su hijo” es “el Hijo” en quien todos
podemos reconocernos hermanos, compañero de todos los caminos y pan tierno para
todos los cansados.
Por eso tanta gente, incluso la
que decimos “poco creyente”, siente a María tan cercana; porque ella, como
nadie, conoce los entresijos de la vida y sigue, de pie, al lado de todas las
cruces y a la espera de todas las madrugadas.
María, Madre de Jesús y Madre
nuestra,
que te podamos sentir cercana en
este año que comienza
y que podamos, como tú,
acoger todo lo que nos trae la
vida,
meditarlo en el corazón
y devolverlo hecho vida para el
mundo.
Luis Manuel Suárez CMF
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