domingo, 19 de abril de 2026

“¡ES VERDAD, EL SEÑOR HA RESUCITADO!”

Reflexión Evangelio Domingo 19 de Abril de 2026. 3º de Pascua.

Ante un relato icónico
Con su habitual tacto pedagógico, san Lucas intenta responder a ciertas dudas e interrogantes que inquietaban a algunos cristianos de finales del siglo primero: después de esta vida, ¿qué? ¿Tiene sentido el paso por este mundo? ¿Hacia dónde dirigimos nuestros pasos? ¿Caminamos, acaso, sin rumbo? Eran cristianos que necesitaban repensar e interiorizar su propio proceso personal en el aprendizaje de la fe que habían profesado y abrazado. ¿Qué mejor motivación para afianzarles en la misma que implicarles en la vivencia de un relato que removiera sus entrañas y fibras más íntimas? Es así como el evangelista logrará hacerles partícipes de la contrastante y sorprendente experiencia de los dos peregrinos.

Siguiendo esta línea de lectura, hay dos expresiones en el mismo que pueden servir de hilo conductor. 1ª) ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! Los dos discípulos asumen un duro reproche por su sordera y caso omiso en la escucha de la Palabra de Dios consignada en las Escrituras. 2ª) Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron. Se ven sorprendidos por la inesperada manifestación del Resucitado que les saca del oscuro túnel para contemplar el luminoso horizonte de una vida nueva.

En el espejo del relato
Como los dos caminantes que, tristes y abatidos, volvían a sus casas, no faltaban cristianos que estaban pasando en sus comunidades por situaciones similares. Afectados por múltiples pruebas, bien fuera por problema dentro de la vida comunitaria o por las persecuciones provenientes de fuera, era normal que, en más de una ocasión, sintieran desfallecer en su fe e incluso dudar de la misma. Sabemos, por ejemplo, que allá por los años cincuenta, entre los muchos problemas que hubo de abordar el apóstol Pablo entre los fieles de Corinto, estaba el caso de quienes andaban diciendo que no había resurrección de los muertos. De ser así, les argumentaba el Apóstol, nuestra fe carecería de sentido; más aún, seríamos falsos testigos de Dios al no reconocerle que resucitó a Jesús de entre los muertos; sencillamente, si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más desgraciados y miserables de todos los hombres (1 Cor 15).

¿No era ésta precisamente la sensación que llevaban dentro de sí los dos peregrinos, de vuelta a sus casas, desconsolados, frustrados y derrotados? ¿Dónde quedaban sus sueños y expectativas mesiánicas esperando participar de la gloria del reino? La muerte de su Maestro cortaba de raíz la perspectiva de futuro que se habían imaginado.

Fue en el gesto de la partición del pan cuando se les abrieron los ojos y volvió a vibrar su corazón: lo reconocieron; el muerto había vuelto a la vida. Pero muy pronto, la desbordante e incontrolable alegría del encuentro les venía a deparar otra inesperada sorpresa, esta vez teñida de no poca nostalgia: desapareció de su vista. Estaba vivo, era verdad, pero ya no era reconocible a sus ojos de la carne; no podían verle ni tocarle como cuando convivió con ellos. Era el mismo, pero de otra manera; transfigurado por la fuerza del Espíritu, en adelante sólo podrían reconocerlo por los ojos de la fe.

Ese era el Misterio de la fe en que se veían inmersos y envueltos los primeros cristianos cada domingo cuando participaban en la celebración eucarística. También ellos sentían arder el corazón cuando escuchaban las lecturas proféticas. Se cumplía, y así lo experimentaban, el gran designio salvífico de Dios anunciado desde antiguo: tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna; una vida en plenitud, más allá de los lazos de la muerte (Jn 3,16; 10,10). Esa era la fe que renovaban en cada celebración como seguidores de Jesús: la fe en la Vida tras las huellas de la muerte. Como los discípulos de Emaús, tenían que recorrer el camino de vuelta afrontando los duros golpes de la vida pero con las mirada puesta en el anhelado encuentro con el Resucitado, el encuentro definitivo y para siempre con el Señor.

El Dios del Amén
El creyente deposita su plena confianza en el Dios fiel a la Alianza sellada con su pueblo y recordada reiteradamente por los profetas: el Dios que siempre cumple. El Dios del Amén, como dirá tan bella y certeramente el profeta Isaías (65,16), caracterizado por su profunda confianza en el Dios de la salvación. El Dios que nos ha dado su última y definitiva Palabra en Jesucristo muerto y resucitado, el que pasó por la vida haciendo el bien sin recurrir a acciones llamativas y espectaculares. El Dios encontradizo y reconocible en la escucha atenta y sincera de su Palabra; en una fe alejada de falsas expectativas e ilusos mesianismos.

Ahora bien, la fe en el Resucitado no clausura la tensión inherente a toda vida cristiana. Más bien, comporta y conlleva una actitud de atenta y diligente atención personal. Implica al creyente en el largo y sinuoso proceso de maduración buscando conformar su vida con los pasos de Cristo Jesús, por si logra alcanzar un día la meta de la resurrección (ver Flp 3, 7-16).

Los cristianos del siglo veintiuno hemos de seguir mirándonos en el espejo de este bellísimo relato de san Lucas a la espera de poder sentarnos un día definitivamente en la mesa redonda del pan compartido, el gesto por el que nos reconocerán como buenos hermanos. Caminamos en la fe, sabedores de que el peregrino desconocido nos acompaña por el camino. Es el Señor dador de la Vida: la presencia de esa mano providente, aunque invisible, que guía y protege; que consuela y levanta el ánimo de los tristes y abatidos; que abre el horizonte de la esperanza; que resucita en definitiva a los muertos. ¡María, Madre de todos los hombres, enséñanos a decir Amén!

Fray Juan Huarte Osácar O.P.
Convento de Santo Tomás de Aquino (Sevilla)

domingo, 12 de abril de 2026

"TRAE TU MANO, MÉTELA EN MI COSTADO"

Reflexión Evangelio Domingo 12 de Abril de 2026. Divina Misericordia.

Un encuentro con dos regalos.
¡Qué curioso: nada de reproches, ni de exigencias! Jesús se encuentra con los discípulos encerrados, con miedo, desconcertados para comenzar un camino de fe nuevo, basado en el amor, fuera de la religiosidad judía en Galilea y lo quiere hacer con colaboradores. Era el amanecer, pero ellos seguían en la noche.

Y les trae dos dones. El de la Paz y el del Perdón.
La paz que es Dios circundando y fecundando la historia; un quehacer, que invita al compromiso valiente para curar, para hacer el bien; que desinstala, quita el miedo y empuja a salir de las dificultades; que demuestra que Dios está a nuestro lado, a nuestro favor y ni el mal, ni la muerte tienen la última palabra.

Y el Espíritu del Perdón, aquel que se cernía al comienzo de la creación, sigue creando vida. Espíritu que sopla sobre los discípulos y los hace portadores de vida, porque cuando perdonamos llevamos al otro nueva vida. El perdón es creatividad o nueva creación de Dios. Con él nos damos la vida.

Una misión juntos.
El Espíritu del Resucitado crea la nueva comunidad, que no es una institución u organización sin carisma, ni un cuerpo sin alma. El Resucitado, por medio de Tomás, nos invita a compaginar sus llagas y nuestra vida. Tocar al llagado es tocar la vida, en comunidad.

Pero Tomás se siente torpe y pasivo ante su amigo Jesús, no estaba en la comunidad; se siente culpable de lo que podía haber hecho y no hizo; siente que con Jesús muere el amigo y el mundo creado en su entorno: la vida en la que él había puesto toda su confianza.

Jesús invita a Tomás a meter la mano en su costado, que quiere pruebas del milagro. Como si Jesús se prestara gustoso a sus condiciones, pero le confunde. No se nos dice que Tomás metiera la mano en el costado de Jesús, sino que creyó, porque son mucho más importantes y eficaces para creer, el afecto y la condescendencia de Jesús que las pruebas objetivas. Lo que sana su tozudez y escepticismo, no son las llagas, sino la actitud de Jesús de dirigirse personalmente a él y afrontarle en su sintonía

Jesús reconciliado y reconciliador.
Jesús realiza una verdadera reconciliación en aquellas vidas rotas por su muerte en cruz y sus culpabilidades. Su perdón no es por debilidad, sino para destruir la espiral del mal y ayudarles a rehabilitarse. Cada situación es única. Tomás está pillado por su situación y Jesús le encuentra en su terreno, se mete en sus circunstancias y ahí actúa.

Para curar a una persona hay que ver lo que supone la herida en su vida, lo que representa como ruptura con la realidad. A veces es sólo el tejido superficial y liso, donde vemos qué hay debajo de la superficie de las cosas; otras muchas veces se rompe con facilidad un orden aparentemente estable. Las heridas nos demuestran lo frágiles que somos y cómo nuestra existencia está pendiente como de un hilo.

Las llagas de Jesús demuestran su realidad, su vulnerabilidad, no es un fantasma. Nosotros borramos las heridas del tipo que sean para no recordar las momentos traumáticos que las han producido. Jesús las mantiene, aunque le recuerden la humillación y el sufrimiento, porque son signos de amor y reconciliación para los discípulos. No cambian el pasado, pero sí el futuro.

Tocar las llagas, una misión juntos.
Sus heridas curadas dejan cicatriz, pero no rezuman amargura, sino luz. Perdonar no es olvidar, sino recordar de otra manera. Es difícil, olvidar ciertas cosas de nuestra vida, además no debemos olvidarlas, pero lo que nos constituye como personas reconciliadas es cómo sentimos y tenemos curados en nuestra memoria esos hechos sangrantes de nuestra vida. Necesitamos recordar para saber quienes somos, pero hacerlo de manera sana, reconciliada en nosotros.

Las llagas de Jesús, como su pasión, son llagas de gloria, no fuentes de dolor, sino de amor: se hizo vulnerable para solidarizarse con nosotros, por amor a nuestra fragilidad. Por eso tienen poder de reconciliación. Cuando Jesús dice a Tomás que toque sus llagas le está diciendo que mire las llagas que recibió tras su muerte traumática y le sacudieron su fe.

Sus heridas invisibles de fe tienen que entrar en contacto con las heridas visibles, sensibles de Jesús. Sólo así podrán sanarse. Sólo las personas sanadas pueden ejercer este ministerio con los demás, porque su sufrimiento se hace redentor. Jesús quiere llevarnos a este campo, donde se nos demuestra el poder sanador que pueden tener nuestras propias heridas.

Así nuestro sufrimiento es una bendición, puede ser redentor si entendemos que en nuestro contacto con Jesús hemos recibido sanación, comprensión, cariño y no repulsa o expulsión.

Fr. Pedro Juan Alonso O.P.
Convento de San Pedro Mártir (Madrid)

viernes, 27 de marzo de 2026

¡FELICIDADES MADRE DE LOS DOLORES!

  

Hoy, llegamos a ese día en que antes de la pasión de Cristo, nos fijamos en María y en los momentos tan duros que viviría al ver a su hijo escarnecido, muerto, entregado a los planes de Dios. Acordémonos de todos aquellos que sufren los dolores del alma, del cuerpo y del mundo en este día. Pidámosle a Ella para que interceda ante el Padre por ellos.

“¡ES VERDAD, EL SEÑOR HA RESUCITADO!”

Reflexión Evangelio Domingo 19 de Abril de 2026. 3º de Pascua. Ante un relato icónico Con su habitual tacto pedagógico, san Lucas intenta re...