domingo, 12 de julio de 2026

"SALIÓ EL SEMBRADOR..."

Reflexión Evangelio Domingo 12 de Julio de 2026. 15º del Tiempo Ordinario.

Jesús recibe a la gente que acude a Él.
Los cuatro relatos del Evangelio constatan una realidad fundamental: la gente busca a Jesús. Hay algo en su persona, en su palabra y en su forma de tratar a las personas que lo distingue de los referentes religiosos de su tiempo, que solamente le recordaban al pueblo su imposibilidad de acceder a Dios, de recibir la gracia del perdón y de esperar confiadamente la salvación. Jesús se distingue de los sacerdotes, de los fariseos y de los escribas porque es capaz de hacerse tiempo para estar con los enfermos, los pobres, los pecadores, y con todos aquellos a quienes el sistema religioso mantenía al margen del corazón de Dios.

Pero no sólo se hace tiempo para estar con ellos, también los acoge cordialmente, les dirige su palabra y se dedica a enseñarles los misterios del Reino, revelándoles un nuevo rostro de Dios y llamándolos a la conversión. Jesús se ha encarnado para entablar un diálogo de amistad con la gente, especialmente la más sencilla, la más vulnerable y la más marginada. Con sus palabras y sus gestos Él les recordó que cada uno de ellos estaba llamado a participar entrar Reino para sentarse a la misma mesa con el Padre. Es decir, le recordó a todos su vocación a la salvación.

Sin embargo, aunque la gente busca a Jesús, las motivaciones para ir a su encuentro, para estar con Él y escucharlo son distintas. Para unos es la posibilidad de «zafar» de las exigencias de la Ley (que Jesús no vino a abolir sino a dar plenitud a través del mandamiento del amor y de la misericordia). Para otros, es la oportunidad de escuchar a un profeta o a un sabio (porque hasta ahora nadie ha hablado con autoridad como Él lo hace). Pero, para algunos, el encuentro con Jesús es un verdadero espacio de gracia, de misericordia y de sanación.

Jesús habla a la gente en parábolas.
En Jesús de Nazaret, Dios ha entablado con la humanidad, especialmente con la humanidad doliente, un diálogo directo, histórico y con un decisivo horizonte salvífico. Toda persona es su interlocutora por el único hecho de ser un ser humano, creado originalmente a imagen y semejanza de Dios y, por tanto, con una dignidad inalienable.

Cuando el otro es importante, entrar en diálogo es un camino esencial para llegar a su corazón. Y Jesús ha elegido una forma de dialogar totalmente cercana, asumiendo nuestras propias categorías e imágenes. Por eso, las parábolas se inscriben dentro de esta pedagogía dialogal que Él mismo ha elegido para hablar de tú a tú con el hombre, ya que para llegar al corazón del otro hace falta transitar los caminos que el mismo corazón e inteligencia tienen para conocer la realidad, para entablar vínculos con las personas y para acercarse al misterio. Sólo alguien verdaderamente sabio es capaz de ponerse al nivel de su interlocutor para que éste pueda aprender, comprender y sorprenderse. Con lo cual, el verdadero sabio no necesita apelar a la elocuencia de las palabras, ni recurrir a la retórica o a una técnica oratoria para demostrar su sabiduría. La humildad y el respeto por el prójimo en su situación vital, moral y espiritual son los signos más radicales de una persona verdaderamente sabia.

Mucha de la gente que busca a Jesús y lo rodea es gente sencilla que, en su mayoría, no sabrían leer ni escribir: campesinos, artesanos, amas de casa…; gente, en algunos casos, con una vida moral compleja; en otros, con una religiosidad y una piedad de corte formal. Algunos con una imagen de Dios muy severa y más cercana a un juez o a un verdugo que a un Padre rico en paciencia y misericordia. Pero ¿por qué les habla en parábolas? Seguramente porque confía en la capacidad de acogida, apropiación y fructificación de la Palabra que tiene todo hombre y toda mujer de buena voluntad.

Jesús explica la parábola a sus discípulos.
Es importante señalar que, para Jesús, apelar a las parábolas no es un recurso pedagógico que tiene como objetivo captar la atención de sus interlocutores. Hay una intención más profunda que se relaciona con la revelación de los misterios del Reino. Jesús apuesta por el proceso interior que cada persona puede hacer si deja crecer la Palabra en su corazón; proceso que, cuando llega a su madurez, lleva a forjar una convicción vital capaz sostener una espiritualidad, una religiosidad y una moral en una vida cotidiana. Y para ello parte de una realidad fundamental: el hombre es «tierra buena» por esencia. Todo lo que siembra en su corazón siempre produce fruto.

En la parábola del sembrador, Jesús presenta cuatro espacios significativos de siembra en los cuales cae la semilla de la Palabra de Dios: el borde del camino, el terreno pedregoso, los abrojos y la tierra buena. Independientemente de estos espacios significativos, hay una realidad que no se puede obviar: la semilla de la Palabra siempre cae en el corazón. De ahí que la aceptación, la apropiación y la fructificación de la Palabra no es algo improvisado. El Sembrador siempre tiene una esperanza en la siembra, ya que confía en el potencial de vida que tiene la tierra. Pero si la tierra no está suficientemente cuidada o abonada, la semilla no puede hacer un milagro. Sólo cuando se toma en serio la vida, se toman los recaudos necesarios para cuidar el espacio donde ella pueda germinar y dar fruto pleno y abundante.

Cuando Jesús explica la parábola a sus discípulos en privado, lo que hace es ayudarlos a tomar conciencia de su camino de fe y el de la gente, porque para poder anunciar el Reino, antes tienen que dejar que la Palabra tenga raíces sólidas en el corazón. Con lo cual, tendrán que aprender a respetar el tiempo en el cual la semilla de la Palabra absorba el potencial de vida que tiene la tierra buena, que es cada uno de ellos. Un cristianismo de convicción es el signo de credibilidad de acogida, apropiación y fructificación de la Palabra de Dios en el corazón humano.

Para la meditación y la oración.
El borde del camino, el terreno pedregoso, los abrojos y la tierra buena son espacios del corazón donde puede caer la Palabra de Dios. ¿Cuál es el espacio que más me representa hoy? Recordando que Dios nos ha creado como «tierra buena»: ¿Cuáles son los signos del cuidado de Dios en mi vida?

Fr. Rubén Omar Lucero Bidondo O.P.

domingo, 5 de julio de 2026

“Y ENCONTRARÉIS DESCANSO PARA VUESTRAS ALMAS”

Reflexión Evangelio Domingo 5 de Julio de 2026. 14º del Tiempo Ordinario.

Un rey que no conquista por la fuerza.
La primera lectura nos presenta una imagen sorprendente. El rey esperado entra montado en un asno. No viene rodeado de ejércitos ni exhibe los símbolos del poder humano. Su fuerza es la humildad; su autoridad, la paz.

Muchas veces imaginamos que la solución a nuestros problemas llegará cuando logremos controlar las circunstancias, cuando tengamos más seguridad o cuando desaparezcan las dificultades. Sin embargo, Dios sigue un camino diferente. El Mesías llega desarmado porque quiere conquistar el corazón y no imponer su dominio. La paz que trae no nace de la victoria sobre los demás, sino de la reconciliación que Dios realiza en nuestro interior.

Quizá una de las causas más profundas de nuestro cansancio sea precisamente la lucha constante por sostenerlo todo. El Evangelio nos recuerda que no estamos llamados a ser dueños absolutos de nuestra vida, sino hijos que aprenden a confiar.

La sabiduría de los pequeños.
Jesús bendice al Padre porque ha revelado sus secretos a los pequeños. No se trata de una exaltación de la ignorancia ni de un desprecio de la inteligencia. Lo que Jesús alaba es la actitud de quien permanece abierto al don.

Hay un cansancio que nace de la autosuficiencia. Cuando creemos que todo depende de nosotros, terminamos cargando pesos que nunca fuimos llamados a llevar. La humildad evangélica consiste en reconocer nuestra necesidad de Dios.

Los pequeños son aquellos que saben recibir. Son capaces de dejarse enseñar, corregir y acompañar. No tienen todas las respuestas, pero permanecen disponibles para escuchar. Y es precisamente en esa actitud donde Dios encuentra espacio para actuar.

El Espíritu transforma el corazón.
San Pablo nos recuerda que el Espíritu de Dios habita en nosotros. La vida cristiana no consiste simplemente en cumplir unas normas o esforzarse más. Es ante todo una transformación interior.

Con frecuencia buscamos el descanso intentando cambiar las circunstancias externas. Pensamos que estaremos en paz cuando desaparezcan los problemas o cuando todo salga como esperamos. Pero el Evangelio señala otro camino. El Espíritu no siempre cambia inmediatamente la realidad que nos rodea; muchas veces transforma primero nuestra manera de vivirla.

Cuando dejamos actuar al Espíritu, comenzamos a mirar con otros ojos. La ansiedad cede espacio a la confianza. El miedo deja lugar a la esperanza. La necesidad de control se convierte poco a poco en abandono filial. Así nace la verdadera paz.

"Venid a mí".
La invitación de Jesús es directa y profundamente personal. No dice: "Venid a una doctrina" o "venid a una ley". Dice: "Venid a mí".

El descanso cristiano tiene un rostro. Es el encuentro con Cristo. Por eso no se alcanza únicamente mediante técnicas, estrategias o esfuerzos personales. Es fruto de una relación.

Todos llevamos cargas: preocupaciones familiares, incertidumbres, heridas, responsabilidades, errores del pasado o temores ante el futuro. Jesús no niega la existencia de esas cargas. Tampoco promete una vida sin dificultades. Lo que ofrece es caminar con nosotros y sostenernos desde dentro.

"El yugo que libera".
Resulta paradójico que Jesús hable de descanso y, al mismo tiempo, invite a cargar con su yugo. Sin embargo, ahí se encuentra una de las claves del Evangelio.

Las cargas que nacen del egoísmo, del orgullo o de la autosuficiencia terminan aplastando. El yugo de Cristo, en cambio, es el amor. Y el amor, aunque exige entrega, nunca esclaviza. Quien vive unido a Jesús descubre que incluso las responsabilidades más difíciles pueden ser llevadas con una paz nueva.

El Señor no elimina mágicamente todas las dificultades de la vida. Lo que hace es transformar el corazón de quien confía en Él. Por eso su yugo es suave y su carga ligera.

Encontrar descanso para el alma.
La promesa final de Jesús toca el deseo más profundo del ser humano. Todos buscamos descanso. Todos anhelamos una paz que ninguna circunstancia pueda destruir.

Ese descanso nace cuando dejamos que el Espíritu nos transforme y aprendemos a vivir desde la humildad. Cuando dejamos de apoyarnos únicamente en nuestras fuerzas y acogemos la misericordia de Dios. Cuando aceptamos que no somos salvadores de nosotros mismos y descubrimos que ya somos amados.

Pero Jesús no promete una vida libre de dificultades. Tampoco identifica el descanso con la ausencia de conflictos, sufrimientos o peligros. Él mismo vivió el rechazo, la incomprensión y la cruz. El descanso del alma al que invita es algo más profundo: la paz que brota de la comunión con Dios. Es la serenidad de quien sabe que su vida está sostenida por el amor del Padre y habitada por su Espíritu. Por eso puede permanecer en pie incluso en medio de la incertidumbre, el dolor o la prueba.

Quien vive unido a Cristo descubre que la verdadera paz no depende de que todo salga bien, sino de saber que nunca camina solo. El descanso del alma es la experiencia de descansar en Dios, confiando en que nada puede separarnos de su amor. Así, aun en medio de las tormentas de la vida, el corazón encuentra una morada firme donde permanecer.

Fray Diego Rojas O.P.

domingo, 28 de junio de 2026

“EL QUE PIERDA LA VIDA POR MI, LA ENCONTRARÁ"

Reflexión del Evangelio Domingo 28 de Junio de 2026. 13º del Tiempo Ordinario.

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles"

En el contexto del discurso de misión, Mateo incluyó varios grupos de sentencias o exhortaciones:

1. Grupo de sentencias: Mateo plantea la alternativa de tener que elegir entre Jesús y la propia familia (Mt 10,37), manifestado en el triple estribillo: “no es digno de mi”. Se trata de una alternativa muy dolorosa y arriesgada, pues en aquella época la familia era el grupo social que daba sentido a la vida de los individuos, y por tanto la ruptura con ella suponía un desarraigo social casi completo.

2. A continuación, viene un 2º grupo de exigencias que es la de romper con las propias seguridades (Mt 10, 38), simbolizada en la actitud de tomar la cruz y seguir a Jesús. Esta expresión refleja una profunda comprensión del seguimiento como un camino de unión con Jesús.

3. En una tercera exigencia o exhortación Mt propone un cambio en la escala de valores de los discípulos; en el AT el ideal era buscar la vida, Jesús les propone que imiten su entrega para poder alcanzar así una vida en plenitud.

4. Mt concluirá el discurso de su misión refiriéndose a la recompensa que les espera a los que acogen a los mensajeros del evangelio: los apóstoles, representantes de Jesús: “quien os recibe a vosotros a mí me recibe” (Mt 10,40), los profetas, que ejercían un ministerio itinerante que era la predicación, los justos, cristianos procedentes del judaísmo, que intentaban vivir en el seno de la Iglesia cristiana su fidelidad a la ley de Moisés y los pequeños, grupo de los discípulos en proceso de maduración.

Mateo habla de estos cuatro grupos dando a entender que en esta tarea misionera los enviados no son solo los apóstoles, sino también los profetas, los justos y los pequeños; es decir, que la tarea de anunciar el evangelio pertenece a toda la comunidad.

"El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará"

Las palabras que leemos en el evangelio de este día parecen duras y exigentes.

¿Será que Jesús nos está invitando a no amar a nuestros padres, a no amar a nuestros hijos? Eso estaría en contradicción con el 4º mandamiento de honrar a padre y madre, y no puede ser posible que haya contradicción en los mismos mandamientos.

No se trata de no amar a nuestros padres o de no amar a nuestros hijos, sino más bien de que ese amor no nos aleje del amor de Dios, por eso dice: “el que ame a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi” (Mt 10, 37). La invitación no es a no amar sino más bien, a tener clara nuestras prioridades, como dice el primer mandamiento de la Ley de Dios. “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Por eso, no se trata de no amar a nuestra familia, a nuestros padres, a nuestros hijos, sino de que eso no nos aleje del amor de Dios.

¿Nos parece pesado esto que nos pide Jesús, esto de amarlo por encima de nuestra familia, de tomar la cruz, de renunciar? Si es así, la respuesta está en el amor, es porque quizás amamos poco. Hay una anécdota que le sucedió a la Madre Teresa de Calcuta cuando un famoso fue a ver el trabajo que ella estaba realizando, este famoso le dijo que lo que estaba haciendo ella, él no lo haría ni por un millón de dólares, ella le dijo que ella tampoco lo haría por un millón de dólares, sino que lo hacía por amor, porque el amor suaviza las exigencias. El propio San Agustín decía también que el amor hace suave los preceptos.

Dos reflexiones finales al hilo de lo que hemos ido comentando: Jesús no nos pide no amar a nuestra familia, sino que eso no interfiera en nuestro amor a Dios. Y si nos parece pesado lo que nos pide Jesús, es porque quizás le amamos muy poco.

¿Qué personas, seguridades o intereses ocupan hoy el lugar que debería tener Jesús en mi vida ¿Cómo puedo vivir en lo cotidiano el llamado a “tomar la cruz” y servir a los demás, incluso en los gestos más pequeños?

Fr. Luis Martín Figuero O.P.

domingo, 21 de junio de 2026

“SI UNO DE VOSOTROS ME NIEGA ANTE LOS HOMBRES, YO TAMBIÉN LO NEGARÉ ANTE MI PADRE"

Reflexión Evangelio Domingo 21 de Junio de 2026. 12º del Tiempo Ordinario.

Confiar en Dios
La persecución a los valores del Evangelio y a quien los vive puede ser manifiesta y beligerante. Pruebas suficientes hay en la historia del cristianismo. Y hoy también tenemos con frecuencia noticias de persecuciones y matanzas de cristianos.

Pero hay otras formas más sutiles y refinadas de tratar de poner a prueba y desacreditar a quienes ponen su confianza en Dios. «Oía la acusación de la gente: “vamos a delatarlo”…». «Mis amigos acechaban mi traspié: “A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”».

Ante esas situaciones, los impulsos de venganza o de confrontación no significan solución ninguna, más bien complican. Jeremías nos enseña: «Pero el Señor es mi fuerte defensor… ¡te he encomendado mi causa!». Confiar en Dios no es desentenderse y quedarse de brazos cruzados, es creer firmemente que solo con los valores que Jesús, el Señor, nos predicó podremos construir una vida humana que engendre Reino de Dios… y ponerse a la tarea.

Ser agradecidos
Dice Pablo a los Romanos: «si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos». Gracia y agradecimiento. Gratuitos ambos. Una es iniciativa de Dios, el otro es la correspondiente respuesta humana.

El Papa Francisco insistió repetidamente en que teníamos que recuperar mucho en nuestras relaciones humanas las expresiones “por favor”, “perdón” y “gracias”. Más allá de la cortesía, las tres refieren a la confianza agradecida en un Dios al que queremos aceptar como compañero de camino en la vida, en las necesidades, en las caídas y en las alegrías de la salvación que nos ofrece en su Hijo. No en vano, acción de gracias es el significado y la esencia de la Eucaristía.

No tener miedo
Jesús nos lo pide hoy hasta tres veces. En la primera («nada hay encubierto que no llegue a descubrirse») pide que sus seguidores hablen a plena luz y pregonen desde las azoteas. La nuestra es la hora del anuncio del Reino de Dios, la hora de una Iglesia en salida sin miedos ni complejos.

La segunda vez («temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo») llama a no tener miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Siempre la predicación del Evangelio es mayor que la voz que la proclama; a esta podrán callarla, pero el anuncio se reencarnará en otras gargantas.

La tercera vez («valéis más vosotros que muchos gorriones») explica que ni uno de ellos cae al suelo sin que lo disponga el Padre. En la misión de la Iglesia ya no caben posturas pasivas ni indiferentes; todos hacemos camino juntos (sinodalidad). Al recordarnos el valor que todos y cada uno tenemos, Jesús cuestiona la manera de ser Iglesia que siguen practicando muchos cristianos y pide mayor confianza en el Padre providente. La misión pastoral la hemos recibido todos del Señor, y Dios no abandona a los discípulos de su Hijo.

Negar a Jesucristo
Cuando Jesús nos pide hoy no tener miedo se refiere a los miedos que nos pueden surgir a la hora de proclamar el Evangelio y de seguirle a él. Y nos pone las cosas bien claras: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y, si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo».

Hagámonos una pregunta: ¿Me acarrea algún conflicto o persecución el ser cristiano? Muchas personas viven hoy según criterios distintos de los que los cristianos tenemos por nuestros. Los cristianos debemos tener muy claro qué valores defendemos y a los que no hay que renunciar. El cristianismo hemos de vivirlo con el testimonio personal y diario.

Sin embargo, pervive un cristianismo acomodado a los criterios de la sociedad y que rebaja sus exigencias para que no resulten estridentes. Un cristianismo privado, intimista, alejado de cualquier compromiso en la vida pública. Un cristianismo cultual, que no logra ser el que dé sentido a nuestros intereses, opciones, pensamientos, acciones. Un cristianismo sociológico, basado en tradiciones y costumbres, pero en el que falta una clara opción personal por seguir a Jesucristo.

Jesús pide hoy que más bien seamos sal, luz y sabor en un mundo que necesita que se le hable de Dios en pleno día y desde las azoteas. Tengo que hacer una opción clara por Jesucristo y confiar en que él dará la cara por mí si yo la doy por él. Y pedirle la valentía para vivir los valores del Evangelio, aunque me acarree algún tipo de incomprensión. Pensemos, ¿cabe que me avergüence de ser discípulo de Jesucristo o de parecerlo? ¿Acaso me quiero arriesgar a que él se avergüence de mí?

Fray José Antonio Fernández de Quevedo O.P.

domingo, 14 de junio de 2026

“GRATIS LO RECIBISTEIS, DADLO GRATIS”

Reflexión Evangelio Domingo, 14 de Junio de 2026. 11º del Tiempo Ordinario.

"Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los hijos de Israel"

En la primera lectura de este domingo nos situamos en un momento decisivo, pues el pueblo había salido de la esclavitud, pero no sabe vivir como pueblo libre. Habían salido de Egipto pero Egipto todavía vivía dentro del corazón del pueblo. Y es ahí donde Dios irrumpe, no con imposiciones, sino con una declaración, semejante a las declaraciones de amor: «os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí».

Esta imagen profundamente transformadora, nos enseña que Dios no libera para abandonarnos o dejarnos en el dolor sino para establecer una alianza y darnos una misión. Y aquí aparece la clave del texto: «seréis mi propiedad personal… un reino de sacerdotes y una nación santa».

Ser propiedad de Dios no significa ser un esclavo, sino que pertenecer a Dios es signo de dignidad. En un mundo donde tantas voces nos reclaman – el éxito, la imagen, el poder – Dios nos propone otra identidad: la de un pueblo que vive para reflejar su rostro en medio de la historia.

Pero esta promesa lleva una condición: «Si escucháis mi voz y guardáis mi alianza». No se trata de una obediencia ciega o servil, sino una escucha que transforma y va dando nueva forma a la vida. Escuchar a Dios implica reordenar prioridades, o sea dejar atrás el egoísmo, la indiferencia y la dureza de corazón para dar lugar y espacio a Dios.

Hoy nosotros estamos en ese desierto de la incertidumbre, del cansancio y de la superficialidad. Y aquí Dios sigue llamando no para aislarnos sino para enviarnos. Porque «un reino de sacerdotes» es un pueblo que hace de puente: entre Dios y los hombres, entre el dolor y la esperanza.

Queda entonces la pregunta: ¿Estoy viviendo como alguien liberado… o sigo pensando y actuando como esclavo?

"Siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros"

La segunda lectura de la misa nos coloca frente a una verdad que rompe nuestros esquemas: Cristo murió por los impíos. No por los justos, no por los perfectos, no cuando lo merecíamos sino cuando éramos débiles, pecadores e incluso cuando éramos enemigos.

Así entendemos que el amor de Cristo no funciona como el nuestro. Nosotros amamos cuando hay reciprocidad, cuando el otro responde, cuando hay mérito. Dios, en cambio, ama primero, sin garantías, cuando no hay nada que ofrecer y eso desarma nuestras vidas porque nos deja sin excusas: ya no podemos decir «no soy digno» como si eso fuese un obstáculo, porque es precisamente ahí donde todo comienza.

San pablo no se contenta con esto y va mas lejos: si siendo enemigos fuimos reconciliados por la muerte de su Hijo, cuánto más ahora seremos salvados por su vida. Esta premisa abre esperanza en medio de cualquier historia porque sabemos que Dios no se cansa, no retrocede ni abandona en mitad del camino.

Vivimos una cultura donde el valor de la persona se mide por su rendimiento, su imagen y su utilidad, pero Pablo nos dice algo radical: nuestro valor no depende de lo que hacemos, sino del amor que Dios ha derramado en nosotros. Sin embargo, este anuncio no es para quedarnos cómodos, porque si hemos sido reconciliado de manera gratuita, estamos llamados a vivir reconciliando, pues no se puede recibir un amor tan grande y seguir sembrando división, indiferencia o juicio.

Por eso, la novedad es que Dios no espera a que nosotros cambiemos para amarnos, sino que nos amó primero para que fuéramos capaces de cambiar. Y hay una pregunta que es inevitable: si Dios me amó cuando era enemigo, ¿a quién sigo tratando yo como enemigo?

"Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies"

Es muy interesante la forma como empieza el Evangelio: «al ver la multitud, se compadecía de ella, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor». Jesús no tiene una mirada superficial sobre el pueblo, Él es capaz de reconocer el dolor escondido, la soledad disimulada y el cansancio del alma.

Jesús no ve números, ve personas; no ve masas, ve historias. Y esa compasión no se queda como un sentimiento más, se convierte en misión. por eso dice: «la mies es abundante, pero los obreros son pocos». El problema no es la falta de necesidad, sino la falta de corazones disponibles para responder.

Y así, desde la compasión, surge la llamada y envío de los Doce. Los envía frágiles, sin seguridades ni poder humano, una vez que el Evangelio no se sostiene en estrategias, sino por medio de testigos. Pero advierte a los discípulos: «gratis lo recibisteis, dadlo gratis».

Nuestro mundo vive saturado de ofertas, de discursos y de ruido, pero sigue con una profunda hambre de sentido. Hoy existen muchas multitudes cansadas, personas agotadas por la prisa, heridas por relaciones rotas, desorientadas ante la vida y siguen faltando testigos que miren con compasión y se acerquen a la miseria humana.

Ser enviado no es solo para algunos, es una vocación que toca a todos los creyentes. Allí donde estamos – en la familia, trabajo, comunidad – hay una mies esperando. No se trata de hacer más cosas, sino de lanzar una mirada como la mirada de Jesús.

Así que el centro es claro: no podemos decir que seguimos a Cristo si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de los demás.

Así que atrevámonos a preguntarnos: cuando miro a los demás, ¿veo problemas a evitar o personas que amar?

Fr. José Manuel Silva

"SALIÓ EL SEMBRADOR..."

Reflexión Evangelio Domingo 12 de Julio de 2026. 15º del Tiempo Ordinario. Jesús recibe a la gente que acude a Él. Los cuatro relatos del Ev...