Reflexión Evangelio Domingo 16 de Agosto de 2026. 20º del Tiempo Ordinario.
domingo, 16 de agosto de 2026
"TEN COMPASIÓN DE MÍ"
Mi salvación está por llegar.
El pueblo de Israel, que se consideró el elegido por Dios para manifestar las maravillas de la salvación, siempre tuvo miedo a los extranjeros. Tal vez por su situación geográfica, por sus problemas reales con otros pueblos o las maneras de entender la realidad se fue encerrando en sí mismo. Hasta el punto de considerar como peligroso todo lo que viniera de fuera. “Los paganos”, quienes no tenían acceso a Dios, porque ellos mismos se lo negaban eran, siempre, “los enemigos”. Sin embargo, una de las experiencias históricas más dolorosas, el exilio a Babilonia, se convirtió en una oportunidad para intentar comprender a Dios de otra manera. Fue ciertamente una minoría la que se empezó a cuestionar que tal vez los “no judíos” también podrían ser invitados al plan de salvación. Por encima de la procedencia, la cultura o la raza.
Fue el tercer Isaías (capítulos 56 a 66 del libro) una de las figuras más señeras en defender una salvación universal para todos los pueblos y criaturas. Bastaba con vivir rectamente y buscar a Dios con sinceridad a través de la Ley y el cumplimiento del Sábado. La salvación que Él ofrece no es real, ni tampoco completa, cuando separa o excluye, sino cuando hermana, acerca y facilita el encuentro. ¡Seguimos buscando esa salvación para “todos, todos, todos”!
Mi casa es casa de oración para todos los pueblos.
Las ideas de Isaías convivían con los planteamientos exclusivistas más radicales que se arrastraban del pasado. El profeta era una voz discordante que apuntaba a un futuro diferente, como Dios lo soñaba. El texto de hoy utiliza la imagen del Templo: el lugar de los sacrificios para las personas puras está llamado a ser, en la mente de Isaías, el espacio de la oración universal para las gentes de buen corazón. De la religión del cumplimiento y el exclusivismo se debe pasar a la fe que se centra en el encuentro, la fraternidad, la rectitud, la dignidad humana. ¡Así lo aprendemos de Jesús! Porque según entendamos nuestras prácticas religiosas, así entenderemos a Dios y también a los hermanos.
Para tener misericordia de todos.
Pablo expresa en este texto a los Romanos su propia confesión: su predicación misionera ha sido, en general, un fracaso entre los israelitas y ha recibido aceptación en los ambientes paganos. ¡Lo que él, judío de vocación y educación, nunca hubiera imaginado! La salvación de Dios, su amor, su llamada a la vida plena, no se encierra en culturas, tradiciones o instituciones. Todos están llamados a alcanzar misericordia. Porque la iniciativa de la gracia no viene de las personas o de nuestros planes humanos: es don del Señor; o mejor dicho, es el corazón de su proyecto, que todos se salven, que nadie se quede fuera… Nuestros grupos pueden crear barreras o separar, tristemente. Pero Dios desborda lo que nosotros creamos, y tiene el empeño de que su bondad alcance a todos. ¡Y no parará hasta conseguirlo, incluso a pesar de nuestra propia cerrazón!
Ten compasión de mí, Señor.
Es curioso el encuentro de Jesús con la mujer cananea que se acerca a Jesús, gritando de dolor, pidiendo la curación para su hija. Estamos en territorio pagano, en la zona de Tiro y Sidón. Allí no hay judíos, y según la mentalidad de los discípulos, nadie va a pedir a Jesús nada: no tienen acceso a las cosas de Dios. Por eso sorprende el encuentro y la ironía que Jesús utiliza. Una mujer pagana, que pide salud para otra persona, grita y entra en un diálogo profundo con el Maestro. Se mueven en las claves del judaísmo más intransigente, que -seguro- ninguno de los dos comparte. Jesús se niega a sanar a alguien que no sea de las “ovejas” de Israel; ese era el lenguaje tierno de los profetas para hablar del pueblo elegido. La mujer se reconoce como pagana, “perro”: ¡utiliza un insulto horrible entre los judíos para sí misma! Esa confrontación es alimentada por los discípulos: “Atiéndela, que viene detrás gritando”, “haz que se calle y nos deje en paz”.
Una expresión de la mujer hace girar por completo la actitud de Jesús: “los perritos también tienen derecho”. ¡No puede ser más sincera! Esa simple frase se convierte en una enorme confesión de fe, de las más grandes que recogen los evangelios: Dios es para todos. Lo mismo que quien pone la mesa desea alimentar a todos los que se sientan en ella, y que sus sobras lleguen a los hambrientos, las cosas de Dios, por designio suyo, no son propiedad únicamente de un pueblo.
Grande es tu fe.
Su hija quedó curada, aunque eso fuese lo de menos. Su confesión de fe hizo de ella torrente, acequia, de la vida y sanación de Dios para su hija. Solo su palabra. Solo la certeza que había en su mente (Dios es para todos). Solo el amor que movía su corazón. Y eso es lo importante del relato: hay muchos que tienen sed de Dios, de vida plena, de gracia y salvación. Que lo sienten y anhelan, aunque no entiendan nuestras categorías religiosas a veces tan estrictas. Nadie con sed puede quedar seco junto a la fuente; nadie, hambriento, puede quedar sin alimentarse de la mesa que se pone para todos.
“Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”.
El Papa León XIV pronunciaba esa frase el 11 de junio de 2026. Lo hacía en el Puerto de Arguineguín, Gran Canaria. Allí donde el mar y las injusticias humanas traen miles de migrantes con hambre de una mesa de fraternidad que se pone para todos, no para una minoría exclusiva. El mundo en el que vivimos tiene muchos “Tiro y Sidón”, muchas “mujeres cananeas” que gritan desesperadas por su hijos enfermos, moribundos, endemoniados… Los que estamos de este lado de la mesa no podemos sino abrirla para que quepan todos y se sientan en casa. No es solo el alimento o el vestido: es la fraternidad, es el espíritu de dignidad humana, es el corazón del Evangelio que nos empuja a amar. Aquí, en esta mesa que se ensancha y que alcanza la Eucaristía, Jesús rompe nuestros prejuicios y nos insinúa una vez más su proyecto: que todos tengan vida, que todos se salven, que todos se llamen y se sientan hermanos.
Fr. Javier Garzón Garzón O.P.
domingo, 9 de agosto de 2026
“ANIMO, SOY YO, NO TENGAS MIEDO"
Reflexión del Evangelio Domingo 9 de Agosto de 2026. 19º del Tiempo Ordinario.
El miedo al fracaso: Elías.
En la primera lectura encontramos a Elías en uno de los momentos más difíciles de su vida. Ha sido perseguido, amenazado y experimenta el peso del fracaso. Llega al Horeb buscando a Dios y espera encontrarlo en una manifestación extraordinaria, en el huracán, el terremoto o el fuego. Sin embargo, Dios no está allí, sino que se hace presente en el susurro de una brisa suave. Elías descubre entonces una verdad que todos necesitamos aprender: Dios no siempre actúa desde lo espectacular, sino desde la discreción y la cercanía.
Muchas veces esperamos respuestas inmediatas, soluciones contundentes o señales extraordinarias, mientras Dios se acerca en la sencillez de una oración, en una palabra que nos reconforta, en una amistad que nos acompaña o en una paz interior que devuelve serenidad al corazón.
Aquel profeta agotado comprende que Dios no ha venido a darle explicaciones, sino a recordarle que no está solo. También nosotros, cuando nos sentimos decepcionados, cansados o confundidos, necesitamos escuchar esa misma voz que nos dice: "Ánimo, soy yo, no tengas miedo".
El miedo a sufrir por quienes amamos: Pablo.
La segunda lectura nos abre una ventana al corazón de san Pablo. El Apóstol habla de una tristeza profunda y permanente por su pueblo. No se trata de una preocupación pasajera, sino del sufrimiento que nace del amor.
Pablo lleva a los suyos en el corazón y desearía que todos descubrieran la salvación de Cristo. También nosotros conocemos ese dolor. Todos tenemos nombres y rostros que nos acompañan: un hijo que atraviesa una situación complicada, un hermano con el que se ha enfriado la relación, un amigo que se ha alejado de la fe o una persona querida que vive momentos difíciles.
Hay sufrimientos que no podemos resolver y caminos que no podemos recorrer por los demás. Y precisamente ahí aparece la tentación de la indiferencia, de pensar que ya no hay nada que hacer.
Sin embargo, Pablo nos enseña que el amor auténtico no se desentiende. No controla, no obliga ni impone, pero tampoco abandona. Sigue esperando, sigue rezando y sigue confiando. Quizá una de las formas más hermosas de la caridad sea precisamente esta: continuar llevando a alguien en el corazón cuando ya no sabemos qué más hacer por él. También en esa impotencia el Señor nos repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo».
El miedo a hundirse: Pedro.
Finalmente llegamos al Evangelio. Los discípulos están en medio de la noche, lejos de la orilla, sacudidos por las olas y por un viento contrario. La oscuridad, el cansancio y el miedo los dominan. Entonces Jesús se acerca caminando sobre las aguas y pronuncia unas palabras que constituyen el centro del relato: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Es significativo que antes de calmar la tormenta, Jesús quiera calmar el corazón de sus discípulos. Porque muchas veces la tormenta más peligrosa no es la que está fuera, sino la que llevamos dentro.
Pedro se atreve a salir de la barca y mientras mantiene la mirada fija en Jesús camina sobre las aguas. Pero cuando dirige su atención al viento y a las olas comienza a hundirse. Es una imagen muy cercana a nuestra propia vida. Cuando fijamos la mirada únicamente en los problemas, en los miedos o en las incertidumbres, sentimos que nos hundimos. Entonces, como Pedro, solo nos queda una oración sencilla y sincera: «Señor, sálvame».
Y el Evangelio nos dice que Jesús extendió inmediatamente la mano para sostenerlo. No lo reprendió primero, no lo dejó hundirse un poco más para que aprendiera la lección; lo sostuvo enseguida. Así actúa Dios con nosotros.
Las tres lecturas nos hablan, en el fondo, de tres miedos muy humanos: el miedo al fracaso, representado por Elías; el miedo a sufrir por quienes amamos, reflejado en Pablo; y el miedo a hundirnos en medio de las tormentas de la vida, simbolizado en Pedro.
Frente a todos ellos, Dios no ofrece recetas mágicas ni elimina de golpe todas las dificultades. Lo que ofrece es algo mucho más profundo: su presencia. Por eso la gran noticia de esta liturgia es que nunca estamos solos. En el silencio de nuestras decepciones, en el dolor por las personas que amamos y en medio de las tormentas que amenazan con hundirnos, Cristo sigue acercándose a nuestra barca y continúa pronunciando la misma palabra: «¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!».
Para la Reflexión:
Como Elías, ¿estoy esperando encontrar a Dios solo en lo extraordinario o soy capaz de reconocerlo en la brisa suave de cada día, en las personas y acontecimientos sencillos que Él pone en mi camino?
Como Pablo, ¿Quién ocupa hoy mi corazón? ¿Por qué persona sigo amando, rezando y esperando, incluso cuando siento que no puedo hacer nada más por ella?
Como Pedro, cuando arrecian las tormentas de mi vida, ¿Dónde fijo mi mirada: en el viento y las olas de mis problemas o en Cristo que me repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo»?
¿Qué miedo necesito hoy poner en las manos de Jesús para escuchar de nuevo su palabra: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo»?
Fr. Néstor Morales Gutiérrez O.P.
domingo, 2 de agosto de 2026
¿QUIÉN NOS APARTARÁ DEL AMOR DE CRISTO?
Reflexión Evangelio Domingo, 2 de Agosto de 2026. 18º del Tiempo Ordinario.
“Estamos hechos para ser amados y para amar”
La primera lectura de hoy nos ayuda a pensar en un alimento espiritual. El profeta Isaías refiere estás palabras de Dios: “¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprar trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde”. El alimento espiritual no tiene costo, no se puede vender como el alimento material: es un don de Dios, que se comunica en la Iglesia a través de los sacramentos y que alimenta a las almas, dando fuerza, luz y paz interior.
El profeta insiste en la de acoger el don de Dios, que, en el fondo, es uno solo: el amor que viene de Él y que desea transformar nuestra vida. Este amor pasa a través del corazón de Jesús y trata de un alimento maravilloso que nos nutre. Nos recuerda que estamos hechos para ser amados y para amar, en unión con Dios y con Cristo.
La segunda lectura nos recuerda el valor y el poder de este amor. Pablo afirma: “Quién nos apartará del amor de Cristo?”. Y el apóstol enumera una serie de dificultades, pero concluye: “En todas esas circunstancias vecemos de sobre gracias al que nos amó”. Percibimos aquí la fuerza contenida en el amor que nos da Dios por medio del corazón de Cristo. Es una fuerza que supera todos los obstáculos, que nos proporciona la capacidad de transformar en bien todas las situaciones, incluso la más negativas, además, vivir como oportunidad de crecer, madurar en el amor.
“Dadles vosotros de comer”
“Una frase para cada uno de nosotros”
En el evangelio, se nos narra la actitud más profunda del Señor ante sus hermanos los hombres, especialmente los necesitados: “Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos”. La traducción no es totalmente exacta y puede debilitar el sentimiento de Cristo. “Lástima” en español, puede quedarse en algo superficial ante la vista de una situación desagradable de alguien o, incluso, en un sentimiento en cierto modo humillante para el otro y, por eso, decimos: “no necesito tu lástima, sino amor, o justicia”.
Pero el texto original griego es mucho más fuerte, profundo e involucra hasta el fondo a la persona de Jesús. Había que traducirlo como: “se le conmovieron las entrañas”, al igual que una madre encinta siente en sus entrañas a su criatura.
Por eso, los sentimientos de Jesús lo llevan a la acción curativa, a darse cuenta, después, de que la multitud necesita de comer. Y no quiere actuar solo. Desea que sus discípulos sientan lo que él y se comprometan en acciones concretas: “Dadles vosotros de comer”.
“Dadles vosotros de comer”. Es una frase que cada uno de nosotros debe oír como dirigida a él. Si queremos ser cristiano, cuando encontremos a personas que se encuentran en necesidad, debemos preocuparnos de ellas y hacer lo posible para poner remedio a sus necesidades.
A Santo Domingo se le define como un hombre compasivo, que supo responder con creatividad ante las necesidades de los pobres de su tiempo. Sigue siendo modelo permanente para la familia dominicana y para todos los creyentes, saber encarnar el evangelio en el tiempo histórico. Que el ejemplo de Jesús y Santo Domingo nos inspire a ser más compasivos y generosos con los demás, confiando en que Dios puede hacer mucho con poco.
Generosidad: El episodio de la multiplicación de los panes y los peces nos invita a reflexionar sobre nuestra propia generosidad y disposición a compartir lo que tenemos con los demás. Con pocos recursos -cinco panes y dos peces- Jesús alimenta a una gran multitud, demostrando que en sus manos lo poco se convierte en abundancia para todos. La actitud de Jesús es siempre la de dar, y nos dice: “es más feliz el que da, al que recibe”.
Jesús tomará el pan en la Última Cena, lo partirá y, después de haber pronunciado la bendición, lo dará a sus discípulos diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Lo que significa que esta acción de Jesús se debe multiplicar. Y, en efecto, continúa multiplicándose hoy de una manera cada vez más abundante y generosa.
Ese es nuestro reto hoy y que señala muy aguda y profundamente el Papa León XIV en su encíclica “Magnífica humanitas”. Frente a un peligro real de una civilización del descarte de los vulnerables y de una tranquilidad ficticia de los poderosos que utilizan la técnica para despersonalizar a las personas y monopolizar el poder, predica una opción distinta y comprometida en el día a día.
Nos dice el Papa en el número 186 de esa encíclica: “Hoy debemos recuperar con fuerza esta visión: la civilización de amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro -ya sea persona o pueblo- como un aliado necesario para la construcción del bien común. Como nos ha recordado la encíclica “Fratelli tutti”, sólo este amor social, capaz de convertirse en cultura y norma, puede generar un orden internacional estable, transformando la convivencia de simple coexistencia armada en comunidad de destino”.
Que el ejemplo de Jesús, beata Juana de Asa madre de Santo Domingo de Guamán que hoy la familia dominica conmemora, nos inspire a ser compasivos y generosos con los demás, confiando en que Dios puede hacer mucho con poco.
Nos puede ayudar a seguir la reflexión: ¿Somos movidos por la compasión hacia aquellos que nos rodean? ¿Confiamos en la providencia de Dios para satisfacer las necesidades de todos? ¿Qué ponemos como comunidad para que en nuestro barrio nadie viva indignamente?
Fr. Leoncio Vallejo Benítez O.P.
sábado, 1 de agosto de 2026
viernes, 31 de julio de 2026
¡SIEMPRE AGRADECIDOS!
La comunidad parroquial de Villa del Río, despidió ayer al Sacerdote D. Douglas González que nos ha acompañado este mes de Julio. Hay personas que solamente con una sonrisa nos hablan de su fe y de su forma cristiana de entender la vida. Por ello, gracias por acercarnos a Cristo en unas homilías llenas de cercanía y de conocimiento. Deseamos que disfrute de unas buenas vacaciones y pronto volvamos a verlo por nuestra localidad. ¡Muchas gracias!
jueves, 30 de julio de 2026
martes, 28 de julio de 2026
¡FELIZ CUMPLEAÑOS D. MANUEL!
En el día de ayer celebramos, al finalizar la Eucaristía, los 81 años de nuestro párroco emérito. Dimos gracias a Dios por una vida entregada al sacerdocio y a la Parroquia de Villa del Río.
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