domingo, 3 de mayo de 2026

"YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA"

Reflexión del Evangelio Domingo 3 de Mayo de 2026. 5º de Pascua.

"No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí"
Jesús busca afianzar nuestra fe. Turbados interiormente por una lista interminable de acontecimientos que nos aquejan a nivel personal, familiar, eclesial, social y, como no, mundial, no podemos dejar de preguntarnos: ¿Qué será de nuestra vida y el futuro de la humanidad? Jesús nos responde: “No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí”.

Como cristianos, la resurrección de Jesús nos hace mirar la realidad que nos envuelve con ojos de esperanza. Jesucristo es el “Primogénito entre los muertos, para que sea él el primero en todo” (Col 1,18). Ni el sufrimiento ni la muerte de la que nadie podemos escapar -parafraseando a san Pablo- nos podrán separar del amor de Dios manifestado en la resurrección de Jesucristo, rescatándonos también a nosotros del yugo aterrador de un final sin resurrección (cf. Rm 8,11).

El fin último de la existencia humana se encuentra en Dios. En la comunión íntima con Dios Trinidad. La resurrección de Jesús nos abre el camino a nuestra casa definitiva, donde todos tenemos un lugar junto a Dios. Un lugar donde hay sitio para todos. En el que participaremos de la vida nueva, como don del resucitado, donde no habrá más lágrimas, ni dolor, ni muerte (cf. Ap 21,1-4). La fe en nuestra propia resurrección nos abre un horizonte de sentido en medio de las vicisitudes presentes.

"Nadie va al Padre sino por mí”
Jesús es quien nos revela el rostro auténtico de Dios: “Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Cree en Dios no lo podemos separar de creer en Jesús. La unión de Jesús y el Padre es plena y total. Ver a Jesús es ver al Padre. Esta identificación profunda del Hijo y el Padre “purifica” las posibles representaciones de Dios que los seres humanos nos hayamos podido crear, distorsionadas por los miedos o condicionadas por la tradición cultural. Jesús es el “Camino” para llegar a Dios, quien nos coloca delante de la auténtica “Verdad”, el único que puede dar “Vida”. Nadie va al Padre sino por él. Como cristianos al proclamar nuestra fe en Jesús resucitado, mostramos el rostro del Padre a la humanidad. La fe se hace universal, buena noticia para todos. En quien todo ser humano, independientemente de su religión, cultura o raza, se encuentra con un Dios que reúne las cualidades del Abba, del “Padre” de Jesús. En cuyas manos podemos poner nuestra vida, con la seguridad de que no quedaremos defraudados.

La resurrección del Jesús autentifica la imagen de Dios que nos había transmitido estando en este mundo. El Dios en quien creemos y confiamos lo podemos invocar como “Padre nuestro”, cuyo amor y misericordia alcanzan tanto al hijo menor que vuelve a casa después de malgastar la herencia en una vida libertina, como al hijo mayor cuyo rigorismo moral le impide reconocerlo como hermano. De gran bondad, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Que es Providente con todos, incluso cuida las aves del cielo y los lirios del campo, para que nos entreguemos con confianza al Reino y su justica. Que no niega el Espíritu Santo a todo aquel que le pide ayuda en su necesidad, busca en él luz y consuelo, le llama en su dolor y angustia.

Un Dios a quien Jesús conoce íntimamente y alaba: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc 10,21). A quien suplica el perdón de quienes lo están crucificando: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). En cuyas manos pone su vida: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23,46).

"Quien me ha visto a mí ha visto al Padre"
De hecho, quien ha visto a Jesús ha visto al Padre. Y si conociéramos a Jesús conoceríamos también al Padre. Para profundizar en la comunión íntima con Dios, el camino es el recorrido en esta vida por Jesús. Este es el desafío que tenemos como cristianos. Vivir una fe impregnada del conocimiento profundo de la vida y praxis de Jesús que nos motive, oriente y se convierta en cada uno de nosotros en entrega a los demás.

Como nos muestra la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, frente a las tensiones internas que por diversas razones en toda comunidad cristiana o en nuestras familias pueden existir, la alternativa no es profundizar la división y discriminar al que es distinto o piensa de manera diferente.

La elección de los “siete diáconos” institucionaliza en cierta manera el gesto de Jesús en la última cena, que se puso a lavar los pies de sus discípulos. “Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,15). Toda parroquia o familia está llamada a ser esta diaconía de servicio. El servicio es la manifestación de que nos amamos los unos a otros. Estar pendientes del otro, de sus necesidades, ayudarnos y aceptarnos en nuestras diferencias, es la forma de hacer presente al Señor resucitado en medio nuestro.

Es la manera como nos integramos en la construcción del nuevo templo del Espíritu, en el que Cristo resucitado es “la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios”, tal como nos invita la segunda lectura, de la carta de san Pedro. Un pueblo nuevo, adquirido por la muerte y resurrección de Jesús, al que nos integramos por el bautismo y del que todos podemos formar parte, compartiendo los dones del resucitado. Un pueblo nuevo para ser germen de un mundo nuevo en medio de las tensiones que vivimos. En el que podamos construir la fraternidad universal a la que estamos llamados como hijos e hijas de un mismo Padre.

Preguntémonos: ¿Qué aporta a mi vida creer en la propia resurrección? ¿Qué imágenes de Dios alimentan mi fe? ¿Están en consonancia con la imagen del Padre que nos revela Jesús?

Fr. Rafael Colomé Angelats O.P.

domingo, 26 de abril de 2026

“EL QUE ENTRA POR LA PUERTA ES PASTOR DE LAS OVEJAS"

Reflexión Evangelio Domingo 26 de Abril de 2026. 4º de Pascua. Buen Pastor.

El guía de nuestras vidas.
En nuestros días encontramos en Internet tutoriales para casi todas las acciones de la vida; muchos son muy útiles para resolver problemas concretos. Pero, ¿Quién nos podrá enseñar a vivir de tal manera que alcancemos una vida plena? Jesús se presenta en el Evangelio de hoy como el Buen Pastor, como verdadero guía que nos descubre los secretos de la vida. Él no es el único que se presenta como guía. Por eso, nos da criterios seguros para distinguir al verdadero de los falsos guías. Utiliza varias imágenes para que su enseñanza sea más fácil de asimilar. Nos habla de un aprisco, de su puerta, del portero, de ovejas y de pastores.

El pastor no cuida una sola oveja, sino muchas. Eso nos indica que el camino hacia la vida plena no lo alcanzamos solos, sino con otros. Separase de los otros es separase también del Pastor y quedarse a la intemperie, a merced de todos los peligros; es extraviar el camino, privarse de la meta que en lo más hondo de nuestro ser estamos llamados a alcanzar.

Diferencia entre el Buen Pastor y los ladrones y bandidos.
Jesús establece un fuerte contraste entre el Buen Pastor y los ladrones y bandidos, identificados con los falsos o malos pastores. Siguiendo la interpretación que hace santo Tomás de Aquino de este pasaje, estos últimos no entran en el aprisco por la puerta, que es también Cristo, sino por la ambición, el poder del mundo y la simonía; son ladrones y bandidos porque roban, matan y pierden a las ovejas. La puerta del aprisco es pequeña por la humildad, y solo pueden entrar por ella quienes imitan la humildad de Cristo. Quienes no entran por esta puerta son orgullosos, no imitan al que, siendo Dios, se hizo hombre; y no reconocen su humildad.

Los malos pastores son también los que han venido antes de Cristo. No se refiere con esto a los patriarcas ni a los profetas, sino a quienes no han sido enviados por Dios, a los que han venido por su cuenta, y no tienen que ver ni con la inspiración ni con la autoridad divinas, ni tienen la intención de buscar la gloria de Dios, sino su propia gloria; son ladrones porque se atribuyen lo que no les pertenece, es decir, la autoridad para enseñar; son bandidos porque matan difundiendo una doctrina perversa o costumbres depravadas; vienen para perder a las ovejas; se matan a sí mismos y a los demás.

Los signos del verdadero pastor.
Cristo muestra los signos por los que podemos reconocer al verdadero pastor. En primer lugar, el Buen Pastor entra por la puerta, y el portero le abre. Cristo es, al mismo tiempo, el Pastor, la puerta y el portero. La puerta tiene, entre otras funciones, la de proteger el aprisco. Cristo es una puerta infranqueable para los enemigos de sus ovejas. Pero no es una puerta cerrada para los suyos; no es una puerta que limita la libertad o que impide las entradas y salidas. El Buen Pastor respeta la libertad de los suyos, incluso la afianza o la refuerza.

En segundo lugar, las ovejas, es decir, los creyentes o los justos escuchan su voz. Escuchar significa aquí también obedecer. El tercer signo son las acciones del pastor: desde toda la eternidad conoce a cada una de sus ovejas por su nombre; esto es una muestra de la familiaridad e intimidad que mantiene con ellas; las conduce afuera y las conduce hacia los pastos abundantes; les da el verdadero alimento, o mejor, se entrega a sí mismo como alimento; también las saca del aprisco para que ellas mismas procuren la salvación de los que están fuera; a diferencia de los pastores de ovejas, que habitualmente caminan detrás del rebaño, Cristo camina delante para dar ejemplo, convirtiéndose en modelo del rebaño; va abriendo camino, enfrentando y derrotando los peligros aun a precio de su propia vida.

Jesús definió de distintas formas su misión. Dice, por ejemplo: «Para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37); «No he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo» (Jn 12,47); «Yo soy la luz; he venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Jn 12,46). En nuestro pasaje afirma: «yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Esta vida abundante es la vida de la justicia que recibimos al entrar en la Iglesia por la fe.

En el libro del profeta Habacuc se dice que el alma del incrédulo no es recta, mientras que «el justo vivirá por su fe», palabras retomadas por la carta a los Romanos. La prueba de que poseemos esta vida, o –como dice san Juan en su primera carta– de que hemos pasado de la muerte a la vida es que amamos a nuestros hermanos. Esta vida abundante se manifiesta en el amor fraterno. La vida que Jesús ha venido a traernos es también la vida eterna, que consiste en conocer al Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo.

Cristo es el único Pastor bueno y seguro que nos puede alcanzar la vida plena que tanto anhelamos porque él es la Vida. Solo hace falta que depositemos en él nuestra confianza para que la vida en abundancia que nos promete nos inunde completamente.

Fray Manuel Ángel Martínez Juan O.P.

domingo, 19 de abril de 2026

“¡ES VERDAD, EL SEÑOR HA RESUCITADO!”

Reflexión Evangelio Domingo 19 de Abril de 2026. 3º de Pascua.

Ante un relato icónico
Con su habitual tacto pedagógico, san Lucas intenta responder a ciertas dudas e interrogantes que inquietaban a algunos cristianos de finales del siglo primero: después de esta vida, ¿qué? ¿Tiene sentido el paso por este mundo? ¿Hacia dónde dirigimos nuestros pasos? ¿Caminamos, acaso, sin rumbo? Eran cristianos que necesitaban repensar e interiorizar su propio proceso personal en el aprendizaje de la fe que habían profesado y abrazado. ¿Qué mejor motivación para afianzarles en la misma que implicarles en la vivencia de un relato que removiera sus entrañas y fibras más íntimas? Es así como el evangelista logrará hacerles partícipes de la contrastante y sorprendente experiencia de los dos peregrinos.

Siguiendo esta línea de lectura, hay dos expresiones en el mismo que pueden servir de hilo conductor. 1ª) ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! Los dos discípulos asumen un duro reproche por su sordera y caso omiso en la escucha de la Palabra de Dios consignada en las Escrituras. 2ª) Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron. Se ven sorprendidos por la inesperada manifestación del Resucitado que les saca del oscuro túnel para contemplar el luminoso horizonte de una vida nueva.

En el espejo del relato
Como los dos caminantes que, tristes y abatidos, volvían a sus casas, no faltaban cristianos que estaban pasando en sus comunidades por situaciones similares. Afectados por múltiples pruebas, bien fuera por problema dentro de la vida comunitaria o por las persecuciones provenientes de fuera, era normal que, en más de una ocasión, sintieran desfallecer en su fe e incluso dudar de la misma. Sabemos, por ejemplo, que allá por los años cincuenta, entre los muchos problemas que hubo de abordar el apóstol Pablo entre los fieles de Corinto, estaba el caso de quienes andaban diciendo que no había resurrección de los muertos. De ser así, les argumentaba el Apóstol, nuestra fe carecería de sentido; más aún, seríamos falsos testigos de Dios al no reconocerle que resucitó a Jesús de entre los muertos; sencillamente, si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más desgraciados y miserables de todos los hombres (1 Cor 15).

¿No era ésta precisamente la sensación que llevaban dentro de sí los dos peregrinos, de vuelta a sus casas, desconsolados, frustrados y derrotados? ¿Dónde quedaban sus sueños y expectativas mesiánicas esperando participar de la gloria del reino? La muerte de su Maestro cortaba de raíz la perspectiva de futuro que se habían imaginado.

Fue en el gesto de la partición del pan cuando se les abrieron los ojos y volvió a vibrar su corazón: lo reconocieron; el muerto había vuelto a la vida. Pero muy pronto, la desbordante e incontrolable alegría del encuentro les venía a deparar otra inesperada sorpresa, esta vez teñida de no poca nostalgia: desapareció de su vista. Estaba vivo, era verdad, pero ya no era reconocible a sus ojos de la carne; no podían verle ni tocarle como cuando convivió con ellos. Era el mismo, pero de otra manera; transfigurado por la fuerza del Espíritu, en adelante sólo podrían reconocerlo por los ojos de la fe.

Ese era el Misterio de la fe en que se veían inmersos y envueltos los primeros cristianos cada domingo cuando participaban en la celebración eucarística. También ellos sentían arder el corazón cuando escuchaban las lecturas proféticas. Se cumplía, y así lo experimentaban, el gran designio salvífico de Dios anunciado desde antiguo: tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna; una vida en plenitud, más allá de los lazos de la muerte (Jn 3,16; 10,10). Esa era la fe que renovaban en cada celebración como seguidores de Jesús: la fe en la Vida tras las huellas de la muerte. Como los discípulos de Emaús, tenían que recorrer el camino de vuelta afrontando los duros golpes de la vida pero con las mirada puesta en el anhelado encuentro con el Resucitado, el encuentro definitivo y para siempre con el Señor.

El Dios del Amén
El creyente deposita su plena confianza en el Dios fiel a la Alianza sellada con su pueblo y recordada reiteradamente por los profetas: el Dios que siempre cumple. El Dios del Amén, como dirá tan bella y certeramente el profeta Isaías (65,16), caracterizado por su profunda confianza en el Dios de la salvación. El Dios que nos ha dado su última y definitiva Palabra en Jesucristo muerto y resucitado, el que pasó por la vida haciendo el bien sin recurrir a acciones llamativas y espectaculares. El Dios encontradizo y reconocible en la escucha atenta y sincera de su Palabra; en una fe alejada de falsas expectativas e ilusos mesianismos.

Ahora bien, la fe en el Resucitado no clausura la tensión inherente a toda vida cristiana. Más bien, comporta y conlleva una actitud de atenta y diligente atención personal. Implica al creyente en el largo y sinuoso proceso de maduración buscando conformar su vida con los pasos de Cristo Jesús, por si logra alcanzar un día la meta de la resurrección (ver Flp 3, 7-16).

Los cristianos del siglo veintiuno hemos de seguir mirándonos en el espejo de este bellísimo relato de san Lucas a la espera de poder sentarnos un día definitivamente en la mesa redonda del pan compartido, el gesto por el que nos reconocerán como buenos hermanos. Caminamos en la fe, sabedores de que el peregrino desconocido nos acompaña por el camino. Es el Señor dador de la Vida: la presencia de esa mano providente, aunque invisible, que guía y protege; que consuela y levanta el ánimo de los tristes y abatidos; que abre el horizonte de la esperanza; que resucita en definitiva a los muertos. ¡María, Madre de todos los hombres, enséñanos a decir Amén!

Fray Juan Huarte Osácar O.P.
Convento de Santo Tomás de Aquino (Sevilla)

domingo, 12 de abril de 2026

"TRAE TU MANO, MÉTELA EN MI COSTADO"

Reflexión Evangelio Domingo 12 de Abril de 2026. Divina Misericordia.

Un encuentro con dos regalos.
¡Qué curioso: nada de reproches, ni de exigencias! Jesús se encuentra con los discípulos encerrados, con miedo, desconcertados para comenzar un camino de fe nuevo, basado en el amor, fuera de la religiosidad judía en Galilea y lo quiere hacer con colaboradores. Era el amanecer, pero ellos seguían en la noche.

Y les trae dos dones. El de la Paz y el del Perdón.
La paz que es Dios circundando y fecundando la historia; un quehacer, que invita al compromiso valiente para curar, para hacer el bien; que desinstala, quita el miedo y empuja a salir de las dificultades; que demuestra que Dios está a nuestro lado, a nuestro favor y ni el mal, ni la muerte tienen la última palabra.

Y el Espíritu del Perdón, aquel que se cernía al comienzo de la creación, sigue creando vida. Espíritu que sopla sobre los discípulos y los hace portadores de vida, porque cuando perdonamos llevamos al otro nueva vida. El perdón es creatividad o nueva creación de Dios. Con él nos damos la vida.

Una misión juntos.
El Espíritu del Resucitado crea la nueva comunidad, que no es una institución u organización sin carisma, ni un cuerpo sin alma. El Resucitado, por medio de Tomás, nos invita a compaginar sus llagas y nuestra vida. Tocar al llagado es tocar la vida, en comunidad.

Pero Tomás se siente torpe y pasivo ante su amigo Jesús, no estaba en la comunidad; se siente culpable de lo que podía haber hecho y no hizo; siente que con Jesús muere el amigo y el mundo creado en su entorno: la vida en la que él había puesto toda su confianza.

Jesús invita a Tomás a meter la mano en su costado, que quiere pruebas del milagro. Como si Jesús se prestara gustoso a sus condiciones, pero le confunde. No se nos dice que Tomás metiera la mano en el costado de Jesús, sino que creyó, porque son mucho más importantes y eficaces para creer, el afecto y la condescendencia de Jesús que las pruebas objetivas. Lo que sana su tozudez y escepticismo, no son las llagas, sino la actitud de Jesús de dirigirse personalmente a él y afrontarle en su sintonía

Jesús reconciliado y reconciliador.
Jesús realiza una verdadera reconciliación en aquellas vidas rotas por su muerte en cruz y sus culpabilidades. Su perdón no es por debilidad, sino para destruir la espiral del mal y ayudarles a rehabilitarse. Cada situación es única. Tomás está pillado por su situación y Jesús le encuentra en su terreno, se mete en sus circunstancias y ahí actúa.

Para curar a una persona hay que ver lo que supone la herida en su vida, lo que representa como ruptura con la realidad. A veces es sólo el tejido superficial y liso, donde vemos qué hay debajo de la superficie de las cosas; otras muchas veces se rompe con facilidad un orden aparentemente estable. Las heridas nos demuestran lo frágiles que somos y cómo nuestra existencia está pendiente como de un hilo.

Las llagas de Jesús demuestran su realidad, su vulnerabilidad, no es un fantasma. Nosotros borramos las heridas del tipo que sean para no recordar las momentos traumáticos que las han producido. Jesús las mantiene, aunque le recuerden la humillación y el sufrimiento, porque son signos de amor y reconciliación para los discípulos. No cambian el pasado, pero sí el futuro.

Tocar las llagas, una misión juntos.
Sus heridas curadas dejan cicatriz, pero no rezuman amargura, sino luz. Perdonar no es olvidar, sino recordar de otra manera. Es difícil, olvidar ciertas cosas de nuestra vida, además no debemos olvidarlas, pero lo que nos constituye como personas reconciliadas es cómo sentimos y tenemos curados en nuestra memoria esos hechos sangrantes de nuestra vida. Necesitamos recordar para saber quienes somos, pero hacerlo de manera sana, reconciliada en nosotros.

Las llagas de Jesús, como su pasión, son llagas de gloria, no fuentes de dolor, sino de amor: se hizo vulnerable para solidarizarse con nosotros, por amor a nuestra fragilidad. Por eso tienen poder de reconciliación. Cuando Jesús dice a Tomás que toque sus llagas le está diciendo que mire las llagas que recibió tras su muerte traumática y le sacudieron su fe.

Sus heridas invisibles de fe tienen que entrar en contacto con las heridas visibles, sensibles de Jesús. Sólo así podrán sanarse. Sólo las personas sanadas pueden ejercer este ministerio con los demás, porque su sufrimiento se hace redentor. Jesús quiere llevarnos a este campo, donde se nos demuestra el poder sanador que pueden tener nuestras propias heridas.

Así nuestro sufrimiento es una bendición, puede ser redentor si entendemos que en nuestro contacto con Jesús hemos recibido sanación, comprensión, cariño y no repulsa o expulsión.

Fr. Pedro Juan Alonso O.P.
Convento de San Pedro Mártir (Madrid)

viernes, 27 de marzo de 2026

¡FELICIDADES MADRE DE LOS DOLORES!

  

Hoy, llegamos a ese día en que antes de la pasión de Cristo, nos fijamos en María y en los momentos tan duros que viviría al ver a su hijo escarnecido, muerto, entregado a los planes de Dios. Acordémonos de todos aquellos que sufren los dolores del alma, del cuerpo y del mundo en este día. Pidámosle a Ella para que interceda ante el Padre por ellos.

"YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA"

Reflexión del Evangelio Domingo 3 de Mayo de 2026. 5º de Pascua. "No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí" Jesús ...