sábado, 7 de diciembre de 2019
sábado, 30 de noviembre de 2019
¡ESTAD PREPARADOS!
Reflexión Homilética para el Domingo 1 de Diciembre de 2019. 1º de Adviento.
Hay personas que viven toda la vida en el
mismo lugar, en la misma ciudad. A veces ni siquiera salen del barrio. Dicen de
un filósofo alemán que durante muchísimos años los vecinos ponían los relojes
en hora cuando lo veían salir de su casa a dar su paseo de todas las tardes. No
es así la vida del cristiano. Nosotros sabemos que estamos de paso. Hemos
puesto nuestras tiendas aquí por un momento pero llegará otro momento en el que
tendremos que partir. ¿Cuándo? Cuando venga el Señor. Y, ¿cuándo va a ser eso?
Pues no lo sabemos. Pero sabemos que debemos estar siempre preparados porque en
cualquier momento llegará el Señor a nuestras vidas. Justo entonces debemos
saber acogerle y seguirle a donde nos invite a ir. Este es el significado del
Adviento que hoy comenzamos. Nos preparamos para celebrar la venida del Señor
en la Navidad, pero también nos preparamos para la otra venida, la futura, la
definitiva, la que no nos podemos perder porque perderíamos la oportunidad de
nuestra vida.
El Evangelio nos dice que la venida del
Señor romperá todas las actividades habituales, aquello en lo que se nos van
ordinariamente los días. Se dejará de hacer pan, de cultivar los campos, de ir
al trabajo, de casarse. Porque ese día empezará algo radicalmente nuevo. Algo
tan nuevo que es posible que sigamos haciendo pan y cultivando los campos y
yendo al trabajo, pero todo tendrá un sentido nuevo y diferente porque el Señor
estará en medio de nosotros. Su presencia curará nuestras heridas y hará que la
justicia y la paz reinen entre las personas y los pueblos. Su presencia hará
que nuestra vida sea diferente. Por eso, hay que estar atentos. No podemos
dejar que la presencia del Señor nos encuentre despistados o sin preparar
adecuadamente.
Es tiempo de hacer caso a lo que nos dice
san Pablo en la carta a los Romanos. Ya es hora de despertarse porque la
salvación está cerca. No sabemos cómo, dónde ni cuándo vendrá Jesús, pero sí
sabemos que tenemos que estar preparados. Y para estar preparados, él nos da
los mejores consejos: vamos a dejar de lado las obras de la oscuridad, las
veces en que nos dejamos llevar por la envidia, la codicia y el desamor. Vamos
a vivir como si Jesús ya estuviera aquí, que no hay mejor forma de estar
preparados. Se trata de vivir a la luz del Evangelio, dejándonos llevar por el
amor de Dios que cuida de sus hijos, de su familia, de nosotros. Volvamos los
ojos hacia aquellos con los que vivimos. Con ellos, nunca sin ellos ni contra
ellos, es como construiremos la solidaridad y la justicia que harán que nuestro
Señor nos encuentre preparados cuando llegue.
Fernando Torres cmf
sábado, 23 de noviembre de 2019
UN REY MISERICORDIOSO
Reflexión Homilética para el Domingo 24 de Noviembre de 2019.
Solemnidad de Cristo Rey del Universo
“Todos
los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con
ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como
rey de Israel”. David había ya sido
ungido como rey de Judá (2 Sam 2,4). Ahora el texto bíblico nos dice que las
gentes del norte le ofrecen también reinar sobre Israel.
Los
ancianos apoyan su decisión en la promesa que el mismo Dios había hecho a
David: “Tú serás el pastor de mi pueblo, Israel, tú serás el jefe de Israel”.
De alguna forma, el relato nos recuerda la alianza que Dios había hecho con
todo su pueblo.
En
esta nueva etapa de su reinado, David traslada su residencia de Hebrón a
Jerusalén. Y a la fortaleza y la armonía de la Ciudad Santa se refiere el salmo
responsorial: “Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta” (Sal 121,3).
En
la segunda lectura, san Pablo nos ayuda a ver en Jesús la culminación del
reinado de David. De hecho, Dios Padre nos ha sacado del dominio de las
tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido” (Col 1,13).
LOS
LEJANOS
En
el evangelio (Lc 23,35-43) se insiste por tres veces en la paradójica realeza
de Jesús, un crucificado junto a dos malhechores. Las dos primeras referencias
responden a unos testigos lejanos, seguramente extranjeros y ciertamente
paganos, que no pueden entender ni aceptar el sentido de lo que ellos mismos
han contribuído a llevar a cabo.
- En primer lugar toman la palabra los soldados
que han sido elegidos para practicar el cruel tormento de la crucifixión: “Si
eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Es evidente que esa frase
está cargada de ironía. Piensan que el condenado es un pobre iluso. Pretende
ser rey, pero sus imaginados súbditos no han aparecido para defenderlo.
- En segundo lugar, sobresale el letrero en tres lenguas que Pilato ha ordenado
colocar sobre la cruz: “Este es el rey de los judíos”. De haber creído en él,
los judíos lo habrían calificado como “El rey de Israel”. Pero el gobernador
romano desprecia a Jesús. Y al mismo tiempo humilla a los judíos, que atribuyen
a aquel pobre hombre la pretensión de
ser rey.
Y
EL CERCANO
Junto
a los comentarios de los testigos lejanos al ambiente de Jesús, en tercer lugar
el evangelio de Lucas recoge el ruego de uno más cercano a su ambiente.
Podemos
imaginar algunas notas que lo caracterizan. Seguramente es un judío que conoce
las expectativas de su propio pueblo. Es
uno los malhechores condenado a muerte, pero reconoce que merece el castigo.
Además, parece haber oído a Jesús pedir al Padre el perdón para quienes lo
condenaban. Eso motiva el diálogo entre
el Maestro y su último discípulo:
- “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. En la súplica de este
malhechor resuena el Antiguo
Testamento. En su fe se manifiesta la esperanza de Israel. Él intuye que el
Reino de Dios está llegando en la persona de Jesús, el Justo crucificado junto
a él. Con su oración se hace eco de las gentes de su pueblo, que durante siglos
pedían a Dios que se acordase de ellos.
- “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. La respuesta de Jesús
refleja la gran certeza que abre el Nuevo Testamento: el Reino de Dios ha
llegado ya. En realidad, ese Reino evoca la armonía del paraíso primordial. Y
Jesús, el Justo injustamente ajusticiado, se revela como el nuevo Adán. Es el
Rey misericordioso que reina desde la cruz. Ha llegado la nueva creación.
Señor Jesús, sabemos que en el mundo muchas personas no reconocen tu realeza.
Ayúdanos a vivir con alegría la suerte
de pertenecer a tu Reino. Y a proclamar con humilde osadía tu señorío sobre el mal. Porque tuyo es el Reino, tuyo el poder y la
gloria por los siglos de los siglos. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
miércoles, 20 de noviembre de 2019
ESTE DOMINGO ES CRISTO REY
DOMINGO 24 DE NOVIEMBRE. 12 DE LA MAÑANA.
IGLESIA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
DOMINGO 24 DE NOVIEMBRE. 7'30 DE LA TARDE.
CAPILLA DE JESÚS NAZARENO
viernes, 15 de noviembre de 2019
EL JUICIO Y EL TESTIMONIO
Reflexión Homiletica para el Domingo 17 de Noviembre de 2019. 33º del Tiempo Ordinario.
“A vosotros, los que teméis mi
nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra”. Este
texto del profeta Malaquías anuncia el día del Señor. Un día ardiente como un
horno. Así será el juicio de Dios sobre los hombres y sobre la historia. Los
malvados serán como la paja que consume el fuego. Pero a los justos, ese mismo
fuego les proporcionará un calor saludable y luz para el camino (Zac 3,20).
De esa profecía se hace eco el
salmo responsorial de este domingo. De nuevo aparece la visión del juicio de
Dios sobre la historia y sobre el proceder de cada persona. “El Señor llega
para regir la tierra, para regir a los pueblos con rectitud” (Sal 97,9).
La consideración del juicio de
Dios sobre el mundo debio de dejar impresionados a los fieles de Tesalónica.
Sin duda pensaban que el juicio estaba ya muy próximo. Tanto que algunos vivían
desordenadamente y habían dejado de trabajar. San Pablo repite lo que ya había
ordenado antes: “Que si alguno no quiere trabajar, que no coma” (2 Tes 3,7-12).
CURIOSIDAD Y FIDELIDAD
El evangelio que se proclama en
este penúltimo domingo del año litúrgico (Lc 21,5-19) nos recuerda que algunos
contemporáneos de Jesús se quedaban admirados por la belleza del templo de
Jerusalén, que desde los días de Herodes el Grande estaba siendo reconstruido
con magnificencia.
Sin embargo, Jesús les advierte
sobre la caducidad de todas las obras humanas: “Esto que contempláis, llegarán
días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida”. El anuncio
suscita la curiosidad de los oyentes. Desearían saber cuándo va a ocurrir ese
desastre. Pero Jesús se niega a ofrecer
una respuesta sobre esa fecha.
De todas formas, el texto incluye
una lista de fenómenos cósmicos y sociales que inducirán a muchos a pensar que
se acerca el final de los tiempos. Además, Jesús anuncia las persecuciones que
habrán de afectar a los que le siguen.
Serán denunciados hasta por sus
mismos familiares. Y, al igual que el mismo Jesús, habrán de comparecer ante
las autoridades religiosas y civiles. Pues bien, todo lo que puedan sufrir por
causa del nombre del Señor, tendrán que verlo como una ocasión para dar
testimoniono de su fe y de su fidelidad al Maestro.
AVISOS PARA EL CAMINO
La pregunta de los curiosos se ha
ido repitiendo a lo largo de estos 2000 años de cristianismo. A muchos les
interesa saber el cómo, el dónde y el cuándo de los acontecimientos. Los
seguidores de Jesús le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ser eso?”. En lugar
de responder, Jesús nos dejó tres avisos para el camino:
- “No vayáis tras ellos”. Muchos
vendrán recordando todos los fenómenos que suelen atemorizar a las gentes y se
presentarán como el Mesías enviado por
Dios. Los seguidores de Jesús no deberán
prestar atención a esos pretendidos salvadores de la humanidad. La salvación
está en seguir al Señor.
- “No tengáis pánico”. Siempre habremos de
vivir en un tiempo de contradicción y persecución. Si queremos de verdad
seguir a Jesucristo tendremos que contar
con calumnias y acusaciones de todo tipo. Pero hemos de superar el temor y
aprender a remar contra corriente. Ser testigos implica estar ahí y ser
diferentes.
- “Con vuestra perseverancia
salvaréis vuestras almas”. Salvar el alma es seguir al Salvador de nuestras
vidas. Salvar el alma es descubrir el sentido de la vida y tratar de realizarlo
y celebrarlo un día tras otro. El pensamiento sobre el futuro nos exige un
compromiso de verdad y fidelidad en el presente.
Señor Jesús, conocemos la
debilidad de las grandes construcciones humanas. Y la falsedad de los que se
arrogan el papel de salvadores de la humanidad. Nosotros creemos que tú eres el
único Salvador. Que tu gracia nos ayude a escuchar tu voz entre las voces y a
dar un testimonio valiente y creible de tu palabra y de tu vida.
D. José-Román
Flecha Andrés
sábado, 9 de noviembre de 2019
CREADOS PARA LA VIDA
Reflexión Homilética para el Domingo 10 de Noviembre de 2019. 32º del Tiempo Ordinario.
“Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando
hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida
eterna”. Así interpela al rey Antíoco IV Epífanes uno de los siete hermanos que
fueron condenados a muerte por aquel tirano que pretendía hacerlos renegar de
su fe (2 Mac 7,1-2.9-14).
Como se ve, el texto contiene varias contraposiciones. Por
un lado aparece un rey temporal, mientras que el joven pone su confianza en el
Rey celestial. El primero impone un decreto de muerte, mientras que Dios ofrece
su ley de vida. Antíoco condena a muerte a los creyentes, pero el Señor
resucita a sus fieles para la vida
eterna.
En el salmo 16 esa certeza se manifiesta como una confesión
de fe y un grito de esperanza: “A la sombra de tus alas escóndeme. Yo con mi
apelacion vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu sembante”.
Y, por otra parte, san Pablo recuerda a los fieles de
Tesalónica que el Padre nos ha amado y nos ha regalado un consuelo permanente y
una gran esperanza. Amar a Dios y esperar en Cristo: esa es la respuesta del
creyente (2 Tes 2,15-3.5).
LA MUERTE Y LA VIDA
El evangelio de este domingo 32 del tiempo ordinario retoma
la idea de la resurreción, tan discutida en tiempos de Jesús. Sabemos que los
fariseos la admitían. Y también la admitía Marta, la hermana de Lázaro. Pero, a
pesar de que ya había entrado en la conciencia del pueblo en la época de los Macabeos,
los saduceos seguían rechazándola.
Pues bien, unos saduceos se acercan a Jesús y le cuentan la
leyenda de una mujer que había tenido siete maridos. Su relato recuerda lo que
se atribuía a Sara, la joven destinada a convertirse en la esposa de Tobías
(Tob 7,11). Los saduceos preguntan cuál de aquellos hombres sería el verdadero
esposo de la mujer que se había casado con todos ellos.
Jesús responde afirmando que la vida temporal está
condicionada por la muerte. La caducidad
humana impone la reproducción. Pero en la vida futura, libre ya de la muerte,
no es necesario el matrimonio. “Los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección
de entre los muertos no se casarán, pues ya no pueden morir, son como ángeles”.
Es más, Jesús añade que “son hijos de Dios porque participan
en la resurrección”. Por tanto, parece que el ser hijos de Dios no es un punto
de partida, sino el final de un camino de fe, de esperanza y de amor.
DIOS DE VIVOS
Pero ¿cómo puede explicar Jesús esta convicción a los que
están acostumbrados a leer las Escrituras? Imitando las discusiones habituales
entre ellos, Jesús afirma que la fe en la resurrección se apoya en los relatos
sobre los antiguos patriarcas. Basta recordar que Dios es el Señor de Abrahán,
de Isaac y de Jacob. De esa memoria colectiva se deducen dos certezas:
“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”. La afirmación
sobre el destino del hombre depende de la afirmación sobre Dios. Dios nos ha
creado para la vida. Para esa vida que brota de él y que ha de culminar en él.
Sin embargo, la pregunta sobre lo que el hombre es y lo que va a ser de él
difícilmente se podrá responder si se ignora a Dios.
“Para Dios todos están vivos”. Conocemos los ritos
funerarios de muchas culturas antiguas y actuales. En todos ellos se refleja el
amor que une a los vivos con sus difuntos. Si amamos a una persona deseamos
mantenerla en vida. La fe nos dice que Dios es amor. Nos ha creado por amor y
su amor nos mantiene en vida para siempre junto a él.
Padre nuestro que estás en el cielo, somos conscientes de
que vivimos sumergidos en una “cultura de la muerte”. Pero hemos de reconocer
que amamos la vida y amamos a los que nos la han transmitido. Es más, todos
aspiramos a permanecer vivos, de una forma o de otra, mas allá de la muerte. En
ti esperamos y en tu amor confiamos. Alentados por la palabra de Jesús y
siguiendo su ejemplo, en tus manos encomendamos nuestro espíritu. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
sábado, 2 de noviembre de 2019
VIVIR DE LAS APARIENCIAS O EN LA VERDAD
Reflexión Homilética para el Domingo 3 de Noviembre de 2019. 31º del Tiempo Ordinario.
Una vez conocí a una persona para la que
su fundamental preocupación era mantener su imagen. El tiempo que me tocó vivir
cerca de él, me di cuenta de que era un trabajo agotador. Tenía que estar todo
el día en guardia, tenía que decir la mentira oportuna a la persona oportuna en
el momento justo, tenía que disimular continuamente. Aquel sujeto no se podía
permitir expresar nunca lo que sentía de verdad. Siempre iba como cubierto con
una coraza que, supongo, le debía pesar muchísimo y resultarle muy incómoda. De
aquel modo lograba el aplauso de la gente. Pero ciertamente pagaba un precio
muy alto. Demasiado alto.
La historia de Zaqueo es parecida. Por lo
que nos dice el Evangelio, era un hombre rico. De entrada eso ya nos habla de
una persona que tiene una buena imagen. La imagen social se hace a base de
tener una buena casa y un buen coche, vivir en un buen barrio y disponer de
fondos en el banco. A esas personas, los empleados de los bancos los tratan con
respeto. Zaqueo era un hombre rico. Zaqueo había conseguido el respeto de los
que vivían con él. Pero sabía que ese respeto era más por temor que por amor.
Le tenían respeto pero no cariño. Porque su riqueza, probablemente, había sido
amasada a base de hacer harina a los demás. Zaqueo era un publicano, uno que se
dedicaba a recaudar los impuestos para los opresores romanos a cambio de
quedarse con un tanto por ciento. Había hecho su riqueza a base de oprimir a
sus vecinos. Zaqueo sabía que su imagen era sólo apariencia, que si le cedían
el paso cuando le encontraban por la calle no era porque le amasen. En absoluto.
Más bien, le odiaban. Zaqueo se había esforzado mucho por triunfar pero la
verdad era que no lo había logrado. Para nada.
De repente, Jesús pasa por su vida.
Porque Jesús es el enviado de Dios y Dios, como dice la primera lectura, ama
todo lo que es suyo. Y Zaqueo es suyo. Zaqueo es hijo de Dios. Dios le quiere
mostrar el buen camino, lo que tiene que hacer para triunfar de verdad en la
vida. Hoy Dios va a pasar por su casa. Jesús se lo dice con claridad. “Hoy me
voy a quedar contigo”. Jesús le va a hacer de espejo. Mirando a Jesús, Zaqueo
se da cuenta de que ha perdido el tiempo y de que su aparente éxito en la vida
no es más que un estrepitoso fracaso. Pero Jesús es su oportunidad. Dios le
visita y le ofrece un nuevo comienzo. Menos mal que Zaqueo no fue tonto. Abrió
su corazón a la salvación que Dios le ofrecía. Aceptó la realidad de su fracaso
y reorientó su vida. Empezó a construir de nuevo su futuro pero esta vez
apoyado en la realidad: no en el cuidado de la imagen y las apariencias sino en
el amor y en la confianza en Dios.
Fernando Torres CMF
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