"Ruega por nosotros"
sábado, 8 de septiembre de 2018
sábado, 1 de septiembre de 2018
UN CORAZÓN LIMPIO
“Estos mandatos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia” (Deut 4,6). En la primera lectura de hoy, se nos dice que los mandamientos son la clave de la racionalidad y del buen sentido. Señalan el camino de la verdad y del bien que nos lleva a la felicidad.
Hoy se repite todos los días que “todo vale”. Claro que ya no pensamos lo mismo, si somos nosotros la víctima de un atropello o de una injusticia. No todo vale. Tiene que haber un criterio que ayude a marcar los límites entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto.
Ahora bien, ese criterio no puede depender del capricho o de los intereses, de una persona. Si así fuera, no se podría denunciar al ladrón o al que finge tener un título universitario. El criterio tampoco puede ser la voz de las mayorías. Los que han renovado la sociedad siempre fueron minorías. Las mayorías buscan la comodidad y la satisfacción.
Recordar los mandamientos es una señal de prudencia. En ellos se contienen los valores humanos fundamentales. Además, los mandamientos son un signo del amor de Dios que ha liberado a su pueblo de la esclavitud, como acaba de explicar el papa Francisco.
MANÍAS E INTERESES
Todos los días del año nos empeñamos en marcar por nuestra cuenta los límites del bien y del mal. Jesús lo dice en el evangelio que hoy se proclama: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres” (Mc 7,8).
La lectura del texto evangélico se refiere directamente a los lavatorios de los judíos.
Pero podemos pensar en muchas situaciones actuales De hecho, en muchas ocasiones ponemos nuestras propias normas y manías, nuestras costumbres y tradiciones por encima de los mandamientos del Señor.
Todos podemos recordar algunas costumbres de nuestra familia, las tradiciones de nuestro pueblo, unos refranes que parecen sabios y son inmorales, esas decisiones de la comunidad de vecinos y aquellos estatutos de una hermandad. Nuestros intereses nos llevan a olvidar el bien y la justicia.
Olvidamos el doble mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
APARIENCIA Y VERDAD
El evangelio recuerda hoy otra frase de Jesús que se refiere todavía a los lavatorios. Pero también ella puede ser aplicada a todos los ámbitos de la vida actual.
- “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro”. No somos perfectos: eso es claro. Pero nos cuesta aceptar nuestra responsabilidad. Así que nos limitamos a descargarlas obre “lo de fuera”. La crisis, el gobierno, nuestra familia, la educación que nos dieron en el colegio, la jerarquía de la Iglesia. Pensamos que son los demás los que tienen la culpa de nuestra desgracia. Pero esa mentalidad es signo de que seguimos siendo adolescentes.
- “Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. Jesús nos invita a enfrentarnos con nuestra propia verdad. “Lo de dentro” es lo que nos mancha y oscurece. Es preciso revisar el fondo más tenebroso de nuestra conciencia. Y examinar la raíz de nuestros malos deseos, de nuestros prejuicios, de nuestras hipocresías. No podemos justificarnos por nuestra apariencia o por nuestras acusaciones a los demás.
Señor Jesús, tú eres el profeta que nos recuerda la bondad y la santidad de los mandamientos de Dios. Tú nos invitas cada día a vivir en la coherencia y en la verdad. Purifica tú nuestra conciencia, líbranos de nuestro egoísmo y nuestro deseo de aparentar unas virtudes que no tenemos, y crea en nosotros un corazón puro. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
sábado, 25 de agosto de 2018
PALABRAS DE VIDA ETERNA
Reflexión Homilética para el Domingo 26 de Agosto de 2018. 21º del Tiempo Ordinario, B.
A propósito de la multiplicación
y reparto de los panes y los peces, por parte de Jesús, la Liturgia nos ha
presentado a tres grandes personajes del pueblo de Israel que han servido como
mediadores de Dios para alimentar a las gentes: Eliseo, Moisés y Elías. Además,
nos personifica a la Sabiduría como ejemplo de la providencia de Dios.
Finalmente, en este domingo se
cierra el ciclo con la mención de Josué (Jos 24), el elegido por Dios para
suceder a Moisés e introducir a su pueblo en la tierra prometida. Sin embargo,
en este día Josué no es el explorador que informa a su gente sobre la tierra de
sus esperanzas. No es el guerrero que lucha contra los madianitas ni el guía
que, al cruzar el Jordán, repite la epopeya del cruce del Mar Rojo.
Hoy Josué es un predicador que
interpela a su pueblo para que haga pública su opción de vida. ¿Adorar a los
dioses de los cananeos o adorar al Dios que lo ha sacado de la esclavitud? Esa
es la alternativa. Josué confiesa que él y su familia ya han optado por servir
al Señor. Y el pueblo promete: “También nosotros serviremos al Señor: ¡es
nuestro Dios!”.
Con razón el salmo responsorial
nos dirige una gozosa invitación: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal
33).
EL VIENTO DE DIOS
Este relato del libro de Josué es
más actual de lo que imaginamos. También hoy muchos creyentes dudan de su fe,
es decir, del Dios que les ha entregado el don de la fe. Y dudan del Mesías al
que han prometido seguir. Se parecen a aquellos discípulos de Jesús, que
juzgaron inaceptable su discurso sobre el pan de la vida (Jn 6, 60-69).
En el evangelio que hoy se
proclama, Jesús afronta esa tentación de sus seguidores. No son los jefes de
los judíos los que lo critican. Son sus propios “discípulos” los que se
escandalizan de sus palabras y “vacilan”. Al dirigirse a ellos, también nos
interpela a nosotros, estableciendo una distinción entre la carne y el
Espíritu.
- En el evangelio, la carne no es
el compuesto orgánico que hay que alimentar cada día. La carne es una actitud
vital. Es la disposición a juzgar las cosas según nuestros intereses. La carne
refleja nuestros cálculos y nuestra mezquindad. De ella dice Jesús que “no
sirve de nada”. Y así es. La carne no puede captar la verdad de la entrega del
Señor.
- El Espíritu no es un fantasma.
Es el viento de Dios, que creó el mundo y dio vida al ser humano. Es el aliento
divino que habló por los profetas. Es la presencia misma de Dios que nos guía
por los caminos de la verdad y del amor. Según Jesús, el Espíritu “es quien da
vida” y nos hace comprender que sus palabras “son espíritu y son vida”.
EL SANTO DE DIOS
El evangelio de Juan anota que
muchos discípulos abandonaron a Jesús. Y que él se dirigió a los Doce
preguntando: “¿También vosotros queréis marcharos?” Jesús interpela a los suyos
como Josué había interpelado a los hebreos. En ambos casos se plantea la opción
fundamental. Ahora es Pedro quien responde con una doble confesión:
- “Señor ¿a quién vamos a acudir?
Tú tienes palabras de vida eterna”. En medio del bullicio, de la confusión y
del griterío de los hombres, se hace oír el que es la Palabra misma de Dios.
Entre tantas palabras efímeras y enfermizas, las palabras de Jesús brotan de la
vida sin principio y llevan a la vida sin final.
- “Nosotros creemos y sabemos que
tú eres el Santo consagrado por Dios”. En el mundo de hoy se establece con
frecuencia un abismo entre el saber y el creer, entre la ciencia y la fe. Pero
los verdaderos creyentes saben y confiesan que Jesús es el Mesías. Solo el
enviado de Dios puede hacer posible la realización integral del hombre y de lo
humano.
Señor Jesús, a pesar de
nuestras dudas, nosotros te reconocemos como el Mensajero de Dios. De ti
recibimos el mensaje último y definitivo sobre Dios y sobre el hombre. Sabemos
que optar por ti y escuchar tu palabra significa acertar con el sentido de la
existencia. Porque tú eres el Santo y el Salvador. ¡Bendito seas por siempre!
Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
sábado, 18 de agosto de 2018
COMER Y BEBER
Reflexión Homilética para el Domingo 19 de Agosto de 2018. 20º del Tiempo Ordinario.
“Venid a comer mi pan y a beber
mi vino que he mezclado” Esas palabras parecen apropiadas para la publicidad de
una posada medieval. El mesonero ofrece a los caminantes su pan y su vino.
En la celebración de este
domingo, el mesonero es otro la Sabiduría de Dios personificada. El texto del
libro de los Proverbios (Pr 9, 1-6), que hoy se lee, a la invitacion primera añade una exhortacion
que explica por que se invita al caminante: “Dejad la inexperiencia y viviréis;
seguid el camino de la prudencia”.
En la Biblia, la sabiduría no es simple erudición. Es el
discernimiento que ayuda a jerarquizar los valores. Es la sintonía con el
proyecto de Dios. Es la Sabiduría divina quien nos alimenta y reconforta. Solo
ella marca el camino verdadero y orienta y guía a los caminantes. Sin el pan y el vino de la Sabiduría podemos
extraviarnos y perecer agotados.
LA VIDA ETERNA
Tras la multiplicación y reparto
de los panes y los peces, Jesús pronuncia un denso discurso en la sinagoga de
Cafarnaúm. En él, Jesús se compara con
el maná que alimentó a los hebreos en el desierto. Y se presenta a sí mismo
como el pan bajado del cielo para dar la vida a los hombres.
En el texto que hoy se proclama
(Jn 6, 51-58) Jesús identifica su pan con su propia carne y sangre: “Mi carne
es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Ademas, Jesús explica su
pensamiento con dos frases complementarias.
- “Si no coméis la carne del Hijo
del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Esta expresión
negativa nos advierte del riesgo de vivir junto a la fuente y morir de sed. En
la totalidad reflejada por el cuerpo y la sangre, Jesús se nos entrega como el
alimento imprescindible, que no puede ser despreciado.
- “El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día”. Esta expresión afirmativa nos propone el gran
don de una vida que supera los límites del tiempo y de la muerte. Jesús es la
resurrección y la vida para todo el que se alimenta de su mensaje.
LA INTIMIDAD
Por fin añade el Maestro: “El que
come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. La oferta de la vida
se completa ahora con la oferta de la intimidad.
- “El que come mi carne y bebe mi
sangre habita en mí y yo en él”. Nos pasamos la vida cambiando de vivienda, y
no sólo en el sentido material de la casa. Buscando un lugar espiritual en el
que echar raíces. Un espacio que pueda ser nuestra morada. Un corazón en el que
descansar. Eso y más es Jesús para el que se alimenta de su vida.
- “El que come mi carne y bebe mi
sangre habita en mí y yo en él”. Jesús dijo una vez que no tenía donde reclinar
su cabeza. En el Apocalipsis se dice que Él está a la puerta y llama para
compartir nuestra mesa. Quien se alimenta de su cuerpo y de su sangre le
ofrece, casa y descanso. Y comparte su intimidad.
Señor Jesús, tú conoces nuestra
necesidad de vivir de verdad, de convivir en intimidad y de pervivir para
siempre. Al entregarte en cuerpo y sangre, Tú nos ofreces esa posibilidad.
Bendito seas por siempre, Señor. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
martes, 14 de agosto de 2018
ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Miércoles, 15 de Agosto de 2018. Solemnidad de la Asunción de la Stma. Virgen María
En este día nos agrada volver a
consultar los sermones de San Juan de Ávila. Según él, la fiesta de la Asunción
de María marcaba “el término tan
deseado y tan pedido por la sacratísima Virgen María, Madre de Dios y Señora
nuestra”. Ante aquella evocación,
invitaba a los fieles a alegrarse por el triunfo de María. No le faltaba
fantasía para imaginar la admiración a los ángeles:
“Espantados de que en este miserable desierto
hubiese tan preciosa reliquia y que con tanta honra y pompa fuese subida a la alteza
del cielo y constituida por Señora de los que están allá y de los de acá,
preguntan diciendo: ¿Quién es esta que sube del desierto, abundante en regalos,
arrimada sobre su Amado?” (Cant 8,5).
Para aquel fogoso predicador, el
día de la Asunción de María se convertía en la fiesta de la libertad, de la
gloria cumplida y de la esperanza realizadas:
“Gócense, pues, los buenos hijos
de la libertad de su bendita Madre, y esperen ellos que, a semejanza de ella,
les vendrá el día de su libertad, en que, libres de la corrupción de esta vida,
gocen con ella en el cielo del don de incorrupción perpetua, de cumplida gloria
y de la alegre vista de Dios. Y entiendan que esta Virgen bendita no sólo nos
es dada para ejemplo de nuestra vida, a la cual sigamos e imitemos en sus
virtudes, mas también tenemos en ella ejemplo y motivo para esperar que, si
fuéremos acá por el camino que ella fue, aunque no tan aprisa ni con tanta
santidad, iremos donde ella fue, aunque menores en gloria”.
Pero sabía Juan de Ávila que poco
presta la contemplación sin la acción y el regusto sin el esfuerzo. La
celebración de la Asunción de María a los cielos le sugería, pues, una sencilla
exhortación adornada de una pizca de dramática poesía:
“Estemos, pues, muy atentos, y no
perdamos de vista a esta Señora, tan acertada en sus caminos y tan verdadera
estrella y guía de los que en este peligroso mar navegamos”.
También Santa Teresa cuenta que
en esta fiesta de la Asunción de María, se le representó en un arrobamiento “su
subida al cielo, y la alegría y solemnidad con que fue recibida y el lugar
adonde está” . Y añade que esta visión
le aprovechó “para desear más pasar grandes trabajos” y le quedó un “gran deseo de servir a esta
Señora, pues tranto mereció”.
LA OBRA DE DIOS
El relato evangélico que hoy se
proclama recoge el canto gozoso y
agradecido de María (Lc 1, 39-56). Sus estrofas no miran tanto a la obra del
hombre cuanto a la obra de Dios. El
canto del “Magnificat”, en efecto, revela, proclama, canta y agradece el estilo
de Dios.
- “Ha mirado la humillación de su
esclava”. Más que una confesión personal
es un resumen de la historia entera de la salvación. Frente a la altanería de los poderosos, con
frecuencia injusta y despiadada, se alza la misericordia del Dios que apuesta por
los débiles y oprimidos.
- “Me felicitarán todas las
generaciones”. En otros tiempos le había
sido prometido a Abraham que por él se bendecirían todos los linajes de la
tierra (Gén 12,3). La antigua profecía se ha cumplido en María. Gracias a
Jesús, fruto bendito de su vientre, la bendición de Dios se convierte en
bienaventuranza para todos los que lo siguen.
- “Ha hecho obras grandes por
mí”. Lo mismo pudieron decir Sara, madre
de Isaac, y Ana, la madre de Samuel. Para María, las grandes obras de Dios
incluyen la maternidad física de Jesús. Pero comprenden las riquezas del Reino
que por Jesús se revelan y se otorgan a los pequeños y a los humildes.
UN SIGNO CELESTIAL
La visión del Apocalipsis coloca
a la Iglesia en el centro de la bóveda celeste (Ap 12,1). La liturgia ve esa
profecía a la luz de los misterios que transforman la vida de María:
- “Una mujer vestida del
sol”. La luz de Dios revelada en el
Cristo inunda a María y a la Iglesia. Purificadas e iluminadas por Él se
convierten en faro para la peregrinación de las gentes. Su esencia determina su
misión imprescindible.
- “Una mujer con la luna por
pedestal”. La luz de María y de la
Iglesia no brota de sus méritos. Como
el pálido claror de la luna, su brillo es reflejo de una luz que las trasciende
y las lleva a vivir en humilde transparencia.
- “Una mujer coronada con doce
estrellas”. El signo cósmico del zodíaco se asocia a las tribus de Israel y al
número apostólico para desvelar el papel de María y de la Iglesia. La
naturaleza y la historia coronan al icono de la fe, al ejercicio de la fe, a la
obediencia de la fe.
“Dios todopoderoso y eterno,
que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María,
Madre de tu Hijo; concédenos que
aspirando siempre a la realidades divinas, lleguemos a participar con ella de
su misma gloria en el cielo”. Amén.
D. Jose Román Flecha Andrés
domingo, 12 de agosto de 2018
EL PAN DE VIDA
Reflexión Homilética para el Domingo 12 de Agosto de 2018. 19º del Tiempo Ordinario.
Elías fue elegido para ser el
defensor del Dios único frente a la imposición política de los ídolos
extranjeros. Pero fue elegido también para ser el defensor del pobre aplastado
por los poderosos. Esa doble misión del profeta no había de ser fácil. De hecho
lo lanzó a los caminos del desierto para defender su propia vida.
Gracias al pan y el agua que el
ángel le muestra, Elías puede seguir su camino durante cuarenta días hasta el
Horeb, el monte de Dios (1Re 19,4-8). El profeta es el icono del creyente que
sigue con fidelidad al Señor. El pan y el agua significan aquí la providencia y
la fidelidad de Dios al que ha elegido para una arriesgada misión.
El desierto es la tierra del
despojo. Y de la más profunda verdad del ser humano. El desierto fue para el pueblo
de Israel el lugar del encuentro con su Dios. También lo es para Elías. En un
caso y el otro, el pan y el agua son los medios imprescindibles para vivir y
afrontar la vida con valentía y disponibilidad ante el Señor.
VENIR A JESÚS
El evangelio de hoy recoge la
reacción de los judíos a las palabras con las que Jesús se revelaba como el pan
bajado del cielo. “¿Cómo dice que ha bajado del cielo?” Los judíos no pueden
reconocer como venido del cielo a un hombre cuyos orígenes terrenos creen
conocer.
Jesús no parece extrañarse por
esa desconfianza. Conoce bien de dónde brota. No se la reprocha, pero les
indica el camino recto para llegar a Él. El texto emplea para ello una frase
negativa y otra positiva, en las que se contraponen el “nadie” y el “todos”:
- “Nadie puede venir a mí si no
lo trae el Padre que me ha enviado”. Es imposible llegar a reconocer y aceptar
por las propias fuerzas el mesianismo de Jesús. Venir a Jesús es la clave y el
sentido de la fe cristiana.
- “Todo el que escucha lo que
dice el Padre y aprende, viene a mí”. Escuchar humildemente al Padre celestial
y dejarse guiar por su voluntad: ése es el requisito y la condición para venir
a Jesús.
VIVIR PARA SIEMPRE
El enviado por el Padre se
presenta a sí mismo como el pan de la vida: “Yo soy el pan vivo que ha bajado
del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es
mi carne, para la vida del mundo”. Ese es el núcleo de nuestra fe.
- “Yo soy el pan vivo que ha
bajado del cielo”. En la memoria permanece el recuerdo del maná del desierto.
Jesús es el nuevo maná que el Padre ha entregado al pueblo de la nueva alianza.
Gracias a él puede sostenerse en su peregrinación.
- “El que coma de este pan vivirá
para siempre”. Los que se alimentaron del maná pudieron satisfacer su hambre,
pero al fin murieron. En cambio, quien se alimenta del pan del Señor vive para
siempre.
- “El pan que yo daré es mi
carne, para la vida del mundo”. El pan que Jesús ofrece a su pueblo es su
propia carne. Es su propia vida que entrega por él. Es decir, por su pueblo y
por todo el mundo.
Señor Jesús, creemos que eres
el Mesías enviado por Dios. Que la fe nos ayude a buscarte y encontrate. Y que
tu pan nos mantenga en la vida sin fin que brota de ti. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
viernes, 3 de agosto de 2018
EL DESIERTO Y EL HAMBRE
Reflexión homilética para el Domingo 5 de Agosto de 2018. 18 del Tiempo Ordinario, B.
“Nos habéis sacado a este
desierto para matar de hambre a toda la comunidad”. Así suena la queja del
pueblo de Israel, como se contiene en el texto bíblico que hoy se proclama (Éx
16,2-4.12-15). Es una queja airada contra Moisés y Aarón. Es tambien una queja
injusta contra los que habían sido elegidos por Dios para liberar a su pueblo
de la esclavitud.
Pero bien sabemos que el hambre
es una mala consejera. Contribuye a ver la realidad como una amenaza. Favorece
la inquietud social. Y lleva a las gentes a la rebelión.
El libro del Éxodo recuerda hoy
el paso de Israel por el desierto. Atrás queda la opresión sufrida en Egipto.
Por delante, se promete el país de la libertad. Pero, en medio, se vive entre
una nostalgia siempre tentadora, y una esperanza siempre difícil de alcanzar.
El desierto es soledad y
austeridad. El desierto es hambre y sed. Y esa sensación de abandono y orfandad
que lleva a los peregrinos a preguntarse si Dios se cuida verdaderamente de
ellos. De ahí que el maná que aparece en la mañana sea más que un medio para
saciar el hambre. Es la señal de que Dios es el Señor. Su Señor.
TRES PALABRAS
El evangelio de hoy (Jn 6,24-35)
contiene una parte del discurso con el que Jesús comenta la distribución de los
panes y los peces. Las gentes siguen a Jesús, pero él pretende cuestionar la
sinceridad del seguimiento. Entonces y ahora se puede seguir al Señor por un
interés inmediato. Pero no es esa la actitud que corresponde a la fe.
El evangelio de Juan juega con
tres palabras cargadas de espesor y de sentido: el trabajo, el signo y el pan.
El trabajo que Dios quiere y
espera de nosotros es el de la fe. Creer en el que Él ha enviado para nuestra
salvación. Esa es la verdadera respuesta del creyente.
El signo de la cercanía de Dios
ya no es el maná de los tiempos del éxodo. El signo definitivo es su mismo
Hijo, enviado como alimento para el nuevo éxodo.
El maná que alimentó a Israel en
el desierto aparecía en la tierra. Pero el verdadero pan de Dios ha bajado del
cielo y da la vida al mundo.
EL PAN DE LA VIDA
En este contexto, el evangelio
pone en boca de Jesús una de esas frases con las que se nos revela su ser y su
misión: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre”. Es esa una
revelación que había de atravesar el bosque de los siglos.
“Yo soy el pan de vida”. Jesús es
el pan que sostiene nuestro diario vivir. Nos alimenta ya con el ejemplo de su
vida, entregada al servicio de los pobres y los humildes. Nos alimenta con sus
palabras, nacidas de la honda y eterna verdad de la que vino a dar testimonio.
Y nos alimenta con su presencia-eucaristía, memoria de su entrega y de su
pascua.
“El que viene a mí no pasará
hambre”. No es posible detenerse, sabiendo dónde está el horno del pan. Bien
conocía Él nuestra insatisfacción. Ni los tesoros ni los honores pueden calmar
nuestra hambre. Para saciar nuestro apetito de amor y de esperanza, hemos de ir
a Él.
Señor Jesús, te reconocemos
como el pan de la vida. Te damos gracias porque te han entregado generosamente
para saciar nuestras hambres. Y te presentamos la necesidad de los que no te
conocen. A ti que vives, reinas y nos alimentas por los siglos de los siglos.
Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
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