sábado, 28 de diciembre de 2024

"JESÚS IBA CRECIENDO EN SABIDURÍA"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 29 de Diciembre de 2024. Solemnidad de la Sagrada Familia.

Hoy celebramos la Sagrada Familia de Nazaret. Dios eligió a una familia humilde y sencilla para vivir entre nosotros. Mientras contemplamos y celebramos la belleza de este misterio, reafirmamos la dignidad y el valor primordial de la familia y nos preguntamos cómo está viviendo hoy la familia cristiana en una sociedad donde han surgido diversos modelos de entender esta realidad.  Una realidad tan fundamental de la vida social de la persona, que garantiza su formación emocional, así como los valores que orientan la trayectoria de cada individuo.

La comunidad cristiana ha defendido y protegido siempre el valor de la familia entendida, según el proyecto de Dios, como una comunidad de vida y de amor. Para entrar en la historia humana, Jesús eligió hacerlo en una familia. Es hermoso verle integrado en la red de afectos familiares, naciendo y creciendo en el abrazo y el cuidado de los suyos. Nosotros también venimos de una historia de familia y la persona que hoy somos, aunque resultado de muchos factores, nace de manera especial del amor que hemos recibido en el seno de nuestra propia familia.

No es fácil vivir la realidad familiar en nuestro día. La familia cristiana afronta el reto de mantenerse coherente en medio de grandes cambios culturales y sociales. Al desgaste de vivir en un ambiente que minusvalora y rechaza el modo como los cristianos entendemos la vida en familia. Es necesaria mucha serenidad, misericordia y diálogo para afrontar esta situación. A pesar de todo, son muchas las familias que hoy, dentro de los límites propios de la fragilidad humana, se esfuerzan por construir una familia sana y en comunión, intentando reflejar los valores fundamentales de la familia de Nazaret. La oración y la gracia del sacramento del matrimonio, que permanece a lo largo de la historia de la familia, son la garantía para lograr esa añorada aspiración. Una familia en comunión y armonía es uno de los mejores testimonios que los cristianos pueden ofrecer en estos tiempos de confusión. También hay otras familias que atraviesan tiempos difíciles, con serios problemas y desavenencias que sumen a toda la familia en profunda tristeza. Otras que, lamentablemente, han roto definitivamente la comunión. Nuestra actitud ha de ser siempre de comprensión, cercanía y ayuda.                

En el Evangelio vemos que incluso en la Sagrada Familia no todo va bien: hay problemas inesperados, angustia, sufrimiento. María y José pierden a Jesús cuando ya es adolescente. Lo buscan angustiados y cuando lo encuentran, su madre le dice: hijo ¿por qué nos has hecho esto? Conocemos la respuesta de Jesús, que María y José no entienden. Pero respetan la decisión del hijo que va madurando y con quien deben establecer nuevos lazos de respeto y amistad. La clásica ruptura que se repite en el seno de cada familia cuando los hijos viven las distintas etapas del desarrollo.

Los padres de Jesús necesitan tiempo para aprender a conocer a su hijo. Cada día, en la familia, hay que aprender a escucharnos y comprendernos, a caminar juntos, a afrontar los conflictos y las dificultades en común. Porque la felicidad de una familia nace de la dedicación de unos a otros, del afecto y respeto mutuos, de la armonía y de la reconciliación frecuente entre sus miembros. La alegría de una familia es plena cuando cada miembro no busca su propia alegría, sino que piensa en procurársela a los demás, porque la dedicación al bien de todos es la condición de esta felicidad que es un don de Dios.

Sin duda que la familia es un hermoso proyecto, que se va construyendo, aprendiendo cada día a ser familia. El Papa Juan Pablo II definía la familia como el santuario de la vida, esto es, “el lugar donde la vida -regalo de Dios- puede ser propiamente bienvenida y protegida contra los muchos ataques a los que está expuesta, y puede crecer con un auténtico crecimiento humano”.  A lo que hacen eco las palabras del Papa Francisco: “si la familia cristiana es el santuario de la vida, el lugar donde la vida es concebida y cuidada, es una contradicción tremenda cuando se convierte en lugar donde es rechazada y destruida”. Hermosa manera de recordarnos otra tarea ineludible de la familia.

Fr. Pedro Luis González González

miércoles, 25 de diciembre de 2024

"EL VERBO ERA LA LUZ VERDADERA"

 

Reflexión del Evangelio 25 de Diciembre de 2024. Solemnidad de la Natividad de Ntro. Señor Jesucristo.

La desproporción entre la propuesta de Dios y la respuesta del hombre

En este “diálogo de sordos” entre Dios y los hombres que es el hecho de la Navidad, del que hablábamos en la homilía de la misa de medianoche, hoy, en la misa del día, nos sorprende la otra vertiente: la desproporción entre lo que pide Dios y lo que está dispuesto a responder el ser humano.

La oferta de Dios está presentada en la Prólogo dl Evangelio según san Juan, que proclamamos. A primera vista (y más si se lee rápido y con voz cansina y se escucha distraído), es un galimatías, en el que se habla de un Verbo, de un ser eterno, de una luz que ilumina, de alguien que es rechazado por los suyos, pero, que, a pesar de todo se hace carne para habitar ente ellos…

Y sin embargo, este texto intenso y profundo hasta parecer enigmático, es la presentación más elocuente del misterio de la Navidad y sus consecuencias para nosotros. Lo supieron resumir genialmente los Santos Padres: “El Hijo de Dios se hizo hombre, para que el hombre pueda ser hijo de Dios”.

¿Quieren el hombre y la mujer, especialmente el hombre y la mujer de nuestra sociedad secularizada, “ser hijo, hija de Dios”? ¿Le ilusiona? ¿Pone en ello su esperanza y, por lo tanto, el esfuerzo serio por recibirlo y responder a tal promesa?

Solo descendiendo a la profundidad del ser humano, a sus verdaderas y eternas preguntas e inquietudes, puede encontrar cada uno, cada una, el deseo y la nostalgia de encontrar su auténtica autoestima, la raíz de su dignidad inalienable, la razón de su libertad y la respuesta a esa ansia necesaria de lo más necesario: el sentirse amado incondicionalmente y para siempre y poder amar así. Es decir: ser, sentirse y actuar como hijo e hija de Dios.

Un camino práctico para comprender qué significa que Dios se ha hecho hombre lo tenemos en la última encíclica del Papa Francisco, que tiene por título: “Dilexit nos” (“Nos amó”). En ella se nos habla del lugar en donde este “diálogo de sordos” encuentra la luz, el sentido, la razón y la fuerza de las preguntas y las respuestas recíprocas de Dios y del ser humano: el corazón de cada uno abierto al corazón de Cristo:

“En lugar de buscar algunas satisfacciones superficiales y de cumplir un papel frente a los demás, lo mejor es dejar brotar preguntas decisivas: quién soy realmente, qué busco. Qué sentido quiero que tengan mi vida, mis elecciones o mis acciones; por qué y para qué estoy en este mundo, cómo querré valorar mi existencia cuando llegue a su final, qué significado quisiera que tenga todo lo que vivo, quién quiero ser frente a los demás, quién soy frente a Dios. Estas preguntas me llevan a mi corazón” (8).

“Dice el Evangelio que Jesús “vino a los suyos” (Jn 1,110. Los suyos somos nosotros, porque él no nos trata como a algo extraño. Nos considera algo propio, algo que él guarda con cuidado, con cariño. Nos trata como suyos. No significa que seamos sus esclavos, y él mismo lo niega: “Ya no os llamo servidores" (Jn 15,15). Lo que él propone es la pertenencia mutua de los amigos. Vino, saltó todas las distancias, se nos volvió cercano como las cosas más simples y cotidianas de la existencia. De hecho, él tiene otro nombre, que es “Enmanuel” y significa “Dios con nosotros”, Dios junto a nuestra vida, viviendo entre nosotros. El Hijo de Dios se encarnó y “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo” (Flp 2,7)” (34).

“Ese mismo Jesús hoy espera que le des la posibilidad de iluminar tu existencia, de levantarte, de llenarte de su fuerza. Porque antes de morir, dijo a sus discípulos: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes”. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán (Jn 14, 18-19). Siempre encuentra alguna manera para manifestarse en tu vida, para que puedas encontrarte con él” (38).

Fr. Francisco José Rodríguez Fassio

domingo, 22 de diciembre de 2024

¡BENDITA, TÚ ENTRE LAS MUJERES!

 

Reflexión del Evangelio 22 de Diciembre de 2024. 4º de Adviento.

Estamos terminando nuestro camino del Adviento. Una nueva oportunidad para seguir creciendo en la alegría y la esperanza.

De la mano de la palabra de Dios salen a nuestro encuentro algunos personajes claves en la historia de la salvación. Una historia en la que se pone de manifiesto cómo Dios cuenta siempre con los más pequeños y humildes para hacerse presente a la humanidad. También tenemos que hacernos conscientes del papel relevante que ocupa la figura de la mujer en los planes de Dios.

De un lado aparece Isabel, mujer de Zacarías. Ella, estéril y de edad avanzada. De otro María, joven y virgen. De ambas el Evangelio nos narra una experiencia extraordinaria: van a ser madres. Tanto en María como en Isabel se da una intervención especial de Dios. Un Dios para quien no hay nada imposible y que cumple todas sus promesas.

Para María la fe se traduce en disponibilidad. Ella experimenta que en sus entrañas se hace realidad el milagro de la vida y se pone en camino. Su propósito, tremendamente humano, es ayudar a su prima Isabel ante el inminente nacimiento de su hijo, al que pondrán por nombre Juan.

Para Isabel la fe se traduce en capacidad de acogida agradecida. Le sorprende y agrada la presencia de María. La proclama dichosa por haber creído a Dios y reconoce la grandeza de María, por ser la madre de su Señor.

Las dos mujeres son conscientes de la acción del Espíritu Santo en lo más íntimo de sus entrañas. El encuentro les produce una profunda alegría, que se explica no solo por el cariño que provocan los lazos de la carne y de la sangre, sino por la experiencia compartida de la fe. El Espíritu les une en una especial complicidad, que se pone de manifiesto en los saltos de alegría del hijo de Isabel en su vientre, al experimentar la cercanía del Enmanuel, del Dios con nosotros. El Espíritu es el motor del gozo y la esperanza de estas dos mujeres protagonistas indiscutibles de la historia de la salvación, que se pone de manifiesto en este texto del Evangelio de Lucas.

Al saludo de María, Isabel responde con una doble bendición. La primera sobre María, la elegida de Dios para ser madre del Salvador.  La segunda sobre el fruto de su vientre, Jesús, en quien se cumplen todas las promesas. El pastor que trae la paz, del que habla el profeta Miqueas y que viene a hacer la voluntad de Dios, como recuerda la Carta a los Hebreos.

Son mujeres en estado de buena esperanza. Esperan un hijo cada una de ellas. Se unen en las dos  la alegría, la acción de gracias, la bendición y la esperanza.

Para nosotros, los creyentes, también la fe, acogida con un corazón agradecido, como un gran don de Dios, tiene que traducirse, siguiendo el ejemplo de María, en capacidad de salir al encuentro del otro en actitud de servicio.

En tiempo de Adviento los cristianos estamos llamados a vivir la alegría y la acción de gracias ante un Dios que, en el misterio de la Encarnación, hace realidad el cumplimiento de sus promesas. Cada uno de nosotros está invitado a vivir en estado de buena esperanza y a dar a luz a Jesucristo, haciéndole presente en nuestro mundo de hoy con nuestra forma de ser y de actuar.

Ahora nos  preguntamos:

¿Es la fe el mejor regalo y tesoro de mi vida? ¿La acojo con un corazón agradecido a Dios? ¿Soy una persona capaz de ser sensible a las necesidades de los otros? ¿Fomento en mi vida la actitud de servicio? ¿Salgo de mi mismo, de mis cosas y de mis seguridades, para encontrarme con los demás? ¿Soy una persona abierta al Espíritu y en estado constante de buena esperanza? ¿En medio de las dificultades de nuestro mundo de hoy, creo que Jesús sigue siendo buena noticia y fuente de vida y alegría?

Fr. Francisco José Collantes Iglesias O.P.

sábado, 7 de diciembre de 2024

"HÁGASE EN MI SEGÚN TU PALABRA"


Reflexión del Evangelio Domingo 8 de Diciembre de 2024. Solemnidad de la Inmaculada Concepción. 2º de Adviento.

En este tiempo de incertidumbres de diversa índole, en nuestro caminar como creyentes cristianos por la liturgia del Adviento hacia la Natividad del Señor, celebramos hoy la gran solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

Quizás porque lo que acontece en el Misterio de Dios sea algo así como el devenir de un continuo e ininterrumpido presente, cuanto nosotros captamos en el tiempo esté en íntima conexión con los acontecimientos salvíficos acaecidos y protagonizados por el Señor Jesucristo, Hijo de Dios, nacido de María, Virgen; y Señor y Salvador nuestro; todo ello tan densamente expresado por San Pablo en su carta a los cristianos de Filipenses, que hoy se nos ofrece como segunda lectura.

Es a esta luz de los misterios de la Encarnación y Redención del Señor Jesucristo a la que podríamos contemplar, agradecer y vivir esta hermosa solemnidad de la Concepción Inmaculada de María, Virgen y Madre de Dios.

Contemplar la belleza de quien está, por don del Eterno Padre, libre de toda acechanza del Mal, incluyendo el momento mismo de su concepción.

Una canción tradicional a la Virgen María lo expresa con sencillez y hondura admirables: “Que más pura que tú sólo Dios”.

Agradecer esta belleza sin par: En María se nos permite entrever el plan original de Dios al crear al ser humano, truncado por la caída de Eva y Adán, que nos recuerda hoy la primera lectura del libro del Génesis (3, 9-16.20).

Contrasta con esta rebeldía al plan de Dios la admirable y plena docilidad de María a la propuesta del Ángel que nos narra San Lucas en el texto evangélico (1, 26-38). Por este “SÍ”, que inicia la obra redentora, María es plenitud de luz, de belleza, de consonancia sin fisuras con el proyecto de Dios; y razón, más que sobrada, para que hoy, y siempre, nuestra gratitud sea el punto de partida en toda nuestra relación con el Misterio Divino; pues no en vano somos, hemos de ser, “alabanza de su gloria” (Ef 1, 12 y Sal 97 -responsorial de hoy-).

Por todo lo comentado, la figura, y todo el ser de la Virgen María, nos invita hoy a vivir y testimoniar este proyecto de esperanza y de lucha contra el mal: En la meta de nuestro caminar está la Gloria del Resucitado, garantía y fuente de sentido que plenifica nuestros anhelos más profundos. Esta Inmaculada Concepción de María, y la victoria de su Hijo sobre todo mal, vienen a reforzarnos, una vez más, en el acertado anuncio de uno de nuestros himnos litúrgicos: “Peregrinos, en esperanza caminamos; que si arduos son nuestros caminos, sabemos bien a donde vamos”.

Y junto a la firme esperanza, el renovado compromiso de nuestra lucha contra el mal.

Hace unas semanas, con motivo de los resultados de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, y sus repercusiones a nivel europeo y mundial, el Presidente de Grecia ofrecía un pensamiento, referido a Europa, que nos puede ser muy provechoso.  “Europa, apuntaba, no puede cambiar el mundo, pero sí puede cambiarse a sí misma en este mundo cambiante”.

Es un buen programa para nuestra tarea personal de vigilancia, de conversión, de lucha contra el mal. No podremos cambiar el mundo, pero sí podemos cambiar nuestro espacio vital llenándolo de la esperanza y del amor que nos vienen del plan de Dios para toda la humanidad.

María, desde su Inmaculada Concepción, nos invita a estar atentos y a cambiar en nosotros mismos todas nuestras propensiones al mal: Envidias, celos, juicios, adicciones, desprecio y manipulación y extorsión a la vida del ser humano, distorsión de la verdad, connivencia con la injusticia, aparición de sutiles nuevas formas de esclavitud, generación de violencias y divisiones, increíbles guerras implacablemente destructivas, relativismos que nos confunden en la valoración de la realidad que nos rodea y de lo que nos constituye como humanos... y un largo etcétera que podríamos seguir enumerando. En cada lucha y en cada victoria contra el mal en sus variadas manifestaciones seguimos aplastando la cabeza de la astuta y maligna  serpiente. Conscientes de que para que el mall progrese basta con que las personas de bien no hagamos nada por detenerlo.

Vueltos nuestros ojos y corazón a nuestra Madre Inmaculada, nos dejamos interrogar por Ella: ¿Qué mal debo acometer en mí mismo, en mi entorno familiar, social, laboral o estudiantil?

¿Qué signos de esperanza puedo y debo ofrecer para garantizar a quienes cruzan por mi vida, que pese a todo, mañana será un día mejor; y el último mañana será plenitud de Vida y Amor?

Fr. César Valero Bajo O.P.

sábado, 30 de noviembre de 2024

"ESTAD DESPIERTOS EN TODO TIEMPO"


Reflexión Evangelio Domingo 1 de Diciembre de 2024. 1º de Adviento.

Cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá

Con la Fe y el cumplimiento de las Promesas de Dios a su pueblo, como la Primera Lectura del Profeta Jeremías nos trae, tiene que ver la Primera Venida de Dios, la de la Encarnación del Hijo, la que sucedió en la historia hace dos milenios. Es esta espera la del cuidado de la memoria de lo acontecido. La Navidad como memoria de la venida en la historia del Hijo de Dios, Jesús, el Cristo, encarnado de María la Virgen, para traer la salvación y la plenitud a los hombres. La memoria de su nacimiento y de su vida en su enseñanza y su camino hasta la muerte en Cruz y la Resurrección. La fe necesita de la memoria porque recordar, pasar por el corazón, es lo que la enciende y la mantiene viva y fresca.  El mayor enemigo de la fe no es la increencia, sino la distracción, la superficialidad, el despiste y el descuido. Estar a todo y a nada. El olvido. Por eso la atención y la memoria son imprescindibles para la fe. Prepararse es así ejercitar la memoria con la vuelta constante a la Escritura que la alimenta. Recordar, regresar, releer la Palabra, como camino de preparación, de creencia, de volver a encender nuestra fe.


El Señor les da a conocer su Alianza

La otra venida que esperamos tiene que ver con el Amor, pues esperamos la venida diaria y cotidiana del Espíritu Santo de Dios, el Espíritu de su amor, a nuestra vida. Acogerle con el amor, el cuidado, el afecto, de saber que viene para cada uno de nosotros a traernos vida y vida en plenitud. El Salmo que proclamamos nos recuerda que el Seños nos ha enseñado cómo vivir y vivir en plenitud. La venida diaria a nuestra vida del mensaje del Evangelio nos llama a cambiar nuestro corazón, nuestra mente, nuestra vida, para que el mensaje de Cristo, el mensaje del Amor, se haga realidad con su poder salvador en nuestro día a día. Con su Resurrección, nos dejó el Espíritu como presencia viva, actuante, santificadora en nuestra vida, en la Iglesia, en los sacramentos. Pero que comenzó en esa Navidad de la Encarnación con la que comenzó nuestra historia de salvación. Para acoger esta venida del Amor de Dios en nuestra vida, de su Espíritu, para la espera de la venida y Navidad en esta dimensión de amor y Espíritu, se hace necesario volver al silencio. Vaciar la mente y la vida de todo ruido que estorba y oculta el susurro del Espíritu, limpiar y purificar corazón y espíritu de todo lo que no deja que el amor sea el que mueva nuestra vida. Aquí cobra sentido también ese cierto espíritu penitencial y austero que tiene también el Adviento como tiempo de conversión, de purificación interior para acoger al que vino, y al que viene. Limpiar y silenciar todo lo que no deja que nazca cada día, cada año, cada tiempo, a Dios en nosotros.


…de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos

Y para acoger también al que vendrá. Pablo a los Tesalonicenses nos recuerda también que esperamos una venida más de Cristo. La tercera de las claves de la espera y la venida del Adviento tiene que ver con la Esperanza, porque como dice San Cirilo de Jerusalén (315-386) en una preciosa catequesis que se lee en el Oficio de Lectura de la Liturgia de las Horas del Primer Domingo de Adviento, esperamos también la segunda venida de Dios, la venida definitiva que traerá el Reino Divino definitivo a la creación. Esperamos la plenitud del tiempo, la llegada manifiesta y en gloria de Dios Padre para juzgar la creación y consumarla en sí. La Parusía, la venida futura de Dios, la aparición completa de la gracia de la salvación que abrirá a todo lo creado al Reino y Reinado del buen Padre Dios. Esperamos la llegada que completará lo que existe con su venida en Gloria, renovando, completando, perfeccionando lo que ha sido en el tiempo para sacarlo del tiempo. Esperamos el amanecer sin ocaso donde todo anhelo, todo sueño, todo limpio deseo profundo del hombre se completará en Dios. Esperamos el banquete eterno de la creación donde no habrá dolor, sufrimiento ni enfermedad alguna, donde toda injusticia y sufrimiento serán sanados y limpiados, donde se enjugará toda lágrima. Esperamos esa eternidad de plenitud donde se dará todo, siempre, completamente, a la vez, y sin cansancio, donde resucitarán todos los muertos que en la historia han vivido, y donde la creación entera se culminará. ¿Cómo nos preparamos para eso? La oración es la herramienta. La petición, la adoración, la vigilia consciente de la búsqueda de Dios. Nos preparamos pidiéndole al señor y orándole para que venga, y que venga ya, Ven Señor Jesús, Ven, Maranata. Orar sin desfallecer.


…levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación

Desde esas claves, el Adviento no es un mero tiempo bisagra hasta la Navidad, es una inmensa posibilidad que se nos ofrece el prepararnos para renovar nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza. Para regresar y reconectar y convertir nuestra mente y nuestro corazón al Dios Trino de la vida. Para preparar nuestro tiempo y todo lo que somos, para el Dios que vino, que viene y que vendrá. Para esperar con auténtica Fe, Amor y Esperanza la liberación que nos llega.

¿Cómo cuido mi memoria de la fe? ¿Acudo a la Palabra con frecuencia? ¿Recuerdo las maravillas que ha hecho Dios en mi vida?

¿Logro identificar lo que en mi vida no deja que venga el amor y el Espíritu de Dios a mi vida? ¿Busco el silencio y vaciarme de mí para dejar que Él guíe mis días? ¿Qué he de cambiar, dejar, apartar de mi vida para ir convirtiéndome?

¿Dónde están mis esperanzas puestas? ¿Cuál es el horizonte último al que guío mi oración? ¿Qué espero de Dios?

Fray Vicente Niño Orti 

Convento Santo Tomás de Aquino 'El Olivar' (Madrid)

domingo, 24 de noviembre de 2024

¡LLENOS DEL ESPÍRITU!

En la tarde de ayer, la Iglesia Parroquial acogió la celebración del Sacramento de la Confirmación de cerca de noventa jóvenes y adultos.

De fondo, presidia la imponente imagen del Señor de la Humildad ataviado con clámide bordada en plata del S.XIX., dado que se celebraba la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. El rojo de la realeza y del sacramento impregno la decoración floral y el conjunto ornamental del altar mayor.

A las siete en punto se realizó la procesión de entrada al altar con ciriales y cruz parroquial. El Señor Vicario, D. David Aguilera Malagón tanto en la homilía, como en la despedida, animó a todos a ser apóstoles, a vivir el mensaje de Cristo y a estar al servicio de nuestra Parroquia, de nuestros amigos y familiares, en definitiva, a hacer verdad el compromiso adquirido.

Destacar el comportamiento de los asistentes, que a pese a abarrotar el templo, fue ejemplar. La Parroquia agradece a todos los catequistas el tiempo dedicado y su servicio, agradece al coro parroquial y a todos los que han hecho posible el acto.

Que el Espíritu Santo nos renueve a todos y a los nuevos confirmados los haga personas comprometidas y fieles al Evangelio.

sábado, 23 de noviembre de 2024

"MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO"

 

Reflexión Evangelio Solemnidad de Cristo Rey del Universo

1. En la primera lectura el profeta Daniel apunta ya el talante o estilo de la realeza que celebramos en Jesucristo, El profeta se refiere primero a cuatro grandes imperios con el símbolo de bestias que siembran esclavitud y muerte. En ese contexto aparece otra figura que viene del cielo como un hijo de hombre. Es la nueva humanidad suscitada por el Espíritu, servidora y solidaria de todos desde el amor. Con su nuevo estilo esa humanidad abre “un imperio eterno”.

Posiblemente el único título que Jesús de Nazaret se dio a sí mismo, fue “Hijo del hombre” que seducido por el amor del “Abba”, tiene que ir a Jerusalén y sufrir la muerte injusta, confiando en que el Padre abandona en la muerte. El Hijo del hombre actúa ejerciendo su poder desde el amor sellado con su muerte. Es el estilo de conducta que propone a sus seguidores.

2. La segunda lectura es de Apocalipsis. Un libro profético para animar a la Iglesia que ha sido echada fue de la sinagoga judía y sufre la persecución en el imperio romano. Propone a los cristianos el camino recorrido por Jesucristo. Testigo fiel, primogénito de los creyentes, se abrió totalmente a la Presencia de amor que es el “Abba”. Príncipe de los reyes de la tierra: con su forma de vivir y morir por amor a los demás manifiesta el camino para todos: el poder solo humaniza como ejercicio del amor que sirve.

“Un reino de sacerdotes”. Jesús no fue sacerdote ofreciendo sacrificios rituales en el templo de Jerusalén, sino curando enfermos, incluyendo a los incluidos y combatiendo los demonios que dividen y tiran a las personas por los suelos, siendo totalmente para los demás. Jesucristo vencedor de la muerte sigue siendo luz y camino para todas las naciones

3. El evangelista San Juan en ese apretado texto que hoy leemos ofrece catequesis muy rica y profunda. Cabe acentuar algunos temas de fondo.

Los discípulos han dejado a Jesús solo ante los poderosos que le van a juzgar y condenar.  El evangelista dice que Pedro “le seguía de lejos”. Actualizar en la propia vida la realeza de Jesús se llama espiritualidad cristiana. Una tarea que es nueva cada día, en lo cotidiano que no se repite. Suponiendo que nos inspire su mística de amor, nos invita a tomar “nuestra cruz”. Dar sentido a escollos y sufrimientos que nos salen al camino. Siempre conscientes de que la cruz y el sufrimiento salvan. Lo que salva de verdad es el amor que dan sentido a la cruz y al sufrimiento.

Lógicamente verdad es lo opuesto a mentira. En su intervención pública como profeta itinerante una y otra vez Jesús denuncia la mentira de religiosos hipócritas que dicen una cosa y hacen; que acusan a Jesús ante el gobernador romano, pero no entran en la sala de juicio para no contaminarse. Y el gobernador romano ve que no hay motivo para condenar a Jesús, pero para crearse problemas acepta también la mentira.

Mi reino no es de este mundo”. Cuidado con la traducción.  Porque el “reino de Dios”, o una sociedad fraterna, ya tiene lugar en este mundo, aunque todavía de modo imperfecto y en espera de una plenitud sin sombras. Ese reino ya está aquí como la levadura en la masa, fermentando a la humanidad para que sea más solidaria. No funciona con la lógica del poder, sino con la lógica de la gratuidad o del amor que sirve sin esperar nada a cambio.

Es un reino que lejos de negar sin más la existencia de las autoridades o poderes necesarios en la organización social, los sana del individualismo y los legitima como mediación del amor. “En Jesucristo”, la Iglesia, todavía en proceso de conversión al Evangelio, es signo visible y creíble de la única vocación para toda la humanidad. Eso significa celebrar la fiesta de Jesucristo rey del universo, cuando ansiamos la justicia y la paz, pero sufrimos la injusticia, las guerras y desgracias que nos dejan sin palabras.


Fr. Jesús Espeja Pardo O.P.

sábado, 16 de noviembre de 2024

"SABED QUE ÉL ESTÁ CERCA"

 

Reflexión Evangelio del Domingo 17 de Noviembre de 2024. 33º del Tiempo Ordinario

Todos los años, al final del año litúrgico, nos encontramos con el discurso escatológico de Jesús, y del cual es necesario reflexionar sobre su sentido, que no es para anunciar una serie de desgracias y situaciones negativas, que sí pueden ocurrir, sino para resaltar que, ocurra sobre lo que ocurra, la victoria de Jesucristo sobre el mal es lo que se nos presenta y anuncia.

Ya los primeros cristianos de Roma, para quien San Marcos había escrito este evangelio, vislumbraban en su horizonte grandes pruebas o momentos que iban a vivir. En primer lugar, el recuerdo de la muerte de Jesús, que supuso un cierto hundimiento de sus esperanzas, aunque se sintiesen fortalecidos con el anuncio de su resurrección. En segundo lugar, tenían una dura prueba en las persecuciones que inició el emperador Nerón (años 64-67) y en las que murieron Pedro y Pablo. Y, en tercer lugar, la destrucción de Jerusalén por los romanos, en el año 70, que hará desaparecer todo vestigio de la relación de encuentro del pueblo judío con Dios, durante muchos siglos.

Estos momentos difíciles que se acercaban ya lo habían sido años atrás como lo recuerda la primera lectura, que amenazaban con borrar todo signo de identidad del pueblo elegido. Y el libro de Daniel quiere hacer frente a esas duras realidades que tenía que vivir el pueblo elegido manteniendo firme su esperanza… Y Jesús se sirve de este estilo apocalíptico para afirmar la esperanza de los elegidos a pesar de las desgracias que realmente suceden.

Jesús, precisamente, anuncia que todas las catástrofes tenían que suceder en el devenir de la historia pero que eran signo de la acción de Dios para salvar a su pueblo… “se levantará Miguel… y salvará a su pueblo”.

Así nos lo anuncia en su evangelio San Marcos, que quiere llegar a todas las gentes como Buena Nueva de salvación para aquellos “que se encuentran en las tinieblas”.

No debemos sacar consecuencias atemorizadoras sobre el fin del mundo, ni pensar en persecuciones a la fe, aunque haya momentos difíciles en algunos lugares… quizás nos sirvan para purificar nuestra fe y tomar precauciones en nuestras comunidades cristianas. Debemos percibir la actitud salvadora y protectora de Jesús que nos acompaña en todo momento, con una llamada a la fidelidad en esas circunstancias en sí complicadas.

No olvidemos que los primeros cristianos también fueron llamados a la fidelidad en tiempos difíciles y que nosotros también estamos llamados a vivir en esa fidelidad. Y la plenitud llegará, pero será cuando el Padre Dios lo quiera.

Y nosotros, pues no debemos aguardar a que ese momento final de la vida llegue para arreglar “nuestras cosas” con Dios, ni hemos de pensar que en un instante vamos a realizar lo que no hemos sido capaces de hacer durante toda la vida. Nuestro último destino dependerá, en gran medida, de cómo hayamos vivido todos y cada uno de los momentos de nuestra existencia.

Al final del relato de la creación, Dios “vio todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1,31). Tal vez lo que tendríamos que hacer, sería dejarnos de especulaciones sobre cómo será el más allá y tomar la responsabilidad que nos toca en la marcha del más acá, porque es aquí donde tenemos que desarrollar nuestra actividad para contribuir a hacer un mundo más bueno y humano, empezando por ser cada uno un poco más humano cada día.

“El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán” nos dice al final el evangelio, porque sólo Dios permanece para siempre y él es el que da sentido a la existencia humana.

Después de leer y orar estas lecturas ¿es Dios el refugio de mi vida en los momentos difíciles, como nos sugiere el salmo responsorial y como lo fue para los primeros cristianos? Con el versículo del aleluya ¿Me siento confiado al revisar mi vida, para presentarme ante Dios?

Fray Carmelo Preciado Medrano O.P.

sábado, 9 de noviembre de 2024

"HA ECHADO TODO LO QUE TENÍA PARA VIVIR"

 

Reflexión del Evangelio Domingo 10 de Noviembre de 2024. 32º del Tiempo Ordinario.

La seducción de las apariencias

El evangelio es de una actualidad sorprendente. En tiempos de Jesús y en los actuales, en el mundo eclesiástico y en el civil, ¡cuántos hay que sólo sirven para figurar, o sea, que no sirven para nada! ¡Cuántos hay que lo único que pueden lucir es la apariencia, la ropa que llevan o el asiento que ocupan! Y, a veces, quienes les vemos, envidiamos este puesto, este ropaje, esta apariencia. ¡Cuanta vaciedad, cuanta inconsistencia!

Sí, el Evangelio de Jesús es siempre actual. El de hoy es una advertencia a todos los que nos dejamos seducir por lo superficial. Y es también una invitación a saber descubrir, detrás de otras apariencias que mundanamente no valoramos, los auténticos valores del Reino de Dios. Una advertencia a todos aquellos que como los letrados están encantados de “pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas o buscan los asientos de honor en las Iglesias y los primeros puestos en los banquetes”. Advertencia, porque todo esto a los ojos de Dios no vale nada. Y una invitación a mirar con otros ojos lo que el mundo no valora, para descubrir en la pobre limosna de la pobre viuda, la abundante riqueza de un corazón amante. Invitación a descubrir dónde están los verdaderos valores, lo fundamental, dónde la auténtica humanidad.

Las cosas que valen no suelen ser las más deslumbrantes. Lo que vale, como la verdad, Dios, el sentido, el amor, a veces se nos aparece humildemente. Porque los grandes valores no quieren violentarnos, se contentan con persuadirnos, haciéndonos el honor de contar con nuestro pensar y amar, con nuestra inteligencia y predilección. En estos grandes valores podemos encontrar a Dios, que oculta su fuerza tras la debilidad. En el indigente, el enfermo o el solitario, Dios suplica humildemente nuestro amor. Seducido por la apariencia, puede el hombre inclinarse por considerar fuerte lo que aparece como fuerte o por despreciar como débil lo que tiene apariencia de debilidad.

Uno de los grandes pecados del ser humano de todos los tiempos ha sido la seducción de las apariencias. Y así corremos el riesgo de perder lo real y de perdernos nosotros. Este peligro ha cobrado nuevas formas en el mundo de hoy: los medios de comunicación tienen una influencia grande, hasta el punto de condicionar la vida de las personas y de las sociedades, orientando nuestro pensar y nuestro obrar. Utilizados sin responsabilidad, pueden estar al servicio de la mentira.

Sin olvidar las dimensiones sociales y políticas de la apariencia, conviene quizás que empecemos por detectar y corregir las dimensiones personales de la misma; nuestras propias caretas, nuestras ganas de aparentar, de parecer lo que no somos. Nuestra envidia, adulación y falta de crítica hacia aquellos que ocupan puestos importantes. Nuestra inatención e incluso nuestro desprecio hacia los pobres, los marginados, lo que no tienen puesto.

¡Atención!, nos dice hoy el Evangelio. Atención a mí, a ti, a todos los que sólo sirven o servimos para figurar, para presidir. A todos estos que, cuando no presiden, no tienen nada que hacer, porque en el fondo lo suyo es pura vaciedad. Y así va todo lo que tocan y así van los que les siguen o se dejan engañar por ellos.

¡Atención!, nos dice el Evangelio. En la postura de la pobre viuda está lo verdaderamente valioso. ¡Abrid los ojos de la fe! Estos ojos permiten ver los auténticos valores del Reino de Dios. Son los ojos del amor, los ojos del que ama.

¿Tras de qué se nos van los ojos? ¿Qué tipo de vida tenemos que llevar para ver lo valioso, lo de dentro de las personas? ¿Por qué nos gustan tanto las apariencias si… las apariencias engañan? ¿Por qué será que Dios resulta tan inaparente, que no se impone, que no nos fuerza, que siempre nos deja libres? ¿Por qué razón canta María que Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes? Es que el Señor, leemos en el libro primero de Samuel (16,7) “no se fija en las apariencias ni en la buena estatura. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia. El Señor ve el corazón”.

Fray Martín Gelabert Ballester

domingo, 3 de noviembre de 2024

"AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO"

 

Reflexión Evangelio Domingo 3 de Noviembre de 2024. 31º del Tiempo Ordinario.

Necesitamos saber, conocer, para vivir…

El letrado, posiblemente lo tenía claro, en teoría, cumplir los mandamientos. Sí, pero “¿hay algo más?” A este letrado, parece que el hecho de conocer, saber la teoría, no era suficiente. Quizá necesitaba saber también el cómo desarrollar, cómo hacer realidad ese mandamiento. El mandamiento: “… amarás al Señor nuestro Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda tu mente y todas tus fuerzas.” (Dt 6,4-5)

La respuesta a la pregunta del letrado comienza así: “¡Escucha…!” Se nos pide atención, olvídate de los deseos e intereses personales, si quieres enterarte. Escuchar y hacer nuestro el mandamiento de forma que la razón de ponerlo en práctica no sea el hecho de cumplirlo… sino una decisión desde la libertad. No está el valor en el hecho de ser mandado, sino que está en su contenido que nos motive a llevarlo a cabo. Dios no es un tirano, Dios es Padre, no impone, invita, propone. Dios es siempre posibilidad de ir más allá, crecer…  Por tanto, no es el cumplimiento sino la opción libre de hacer realidad en nuestra vida algo que realmente nos llena de sentido. Que nuestra vida sea un desarrollo de relaciones con Dios, con los demás, con nosotros mismos, siempre desde el amor, con amor.

Amar a Dios, amar al prójimo.

La respuesta de Jesús al letrado, añade el amor al prójimo. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18)”

Hagamos memoria, traigamos a nuestro mente y a nuestro corazón lo que Juan dice en su primera carta: “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues si no ama al hermano suyo a quien ve, no puede amar a Dios a quién no ve.”(4,20). 

El planteamiento, por tanto, del evangelio es más amplio, más vital, tener presente a Dios y tener presente al prójimo. Esta presencia es riqueza y gracia cuando se traduce en unas relaciones desde la gratuidad, la gratitud, el servicio y la aceptación, todo esto son signos y manifestaciones de amor.

La respuesta de Jesús al letrado es, por tanto, todo posibilidad, llamados a ir más allá desde nuestra condición humana. La importancia de amar a Dios y amar al prójimo es la misma. Nuestra relación con Dios se resuelve en nuestra relación con los demás, con los que convivimos, con los que buscamos y hacemos la vida.

Volvemos a las palabras de Juan. A Dios no lo vemos y sí vemos a nuestro prójimo, amando a quién vemos y conocemos podemos saber, sentir, afirmar que amamos a Dios.

¿A qué Dios amamos?

Una cuestión importante:  si nos limitamos a decir y pensar que nuestro objetivo, nuestro compromiso, es amar a Dios y nos olvidamos de los demás tenemos que preguntarnos: ¿a qué Dios amamos? A un Dios que me da seguridad, me protege, “me saca las castañas del fuego”, me da la razón,  y/o  cuando las cosas no salen como uno pretende la culpa es de Dios que se ha olvidado de mí.

Podríamos pensar que amar a Dios, olvidándose de los demás, es caer en el error de crearse un dios a nuestra medida, a nuestra conveniencia, un dios a imagen y semejanza de uno mismo. Más todavía, un dios al que le decimos lo que tiene que hacer, a quién ha de premiar y a quién ha de castigar. Este no es el Dios de Jesucristo, no es Dios Padre (Abba) en el que descansaba, confiaba Jesús de Nazaret. No es el Dios que llama a nuestra puerta que ocupa nuestro corazón (otra cosa es que le hagamos caso, que queramos reconocerlo). Más, desde la realidad humana que se hace cada día, que puede crecer…  sabemos y distinguimos lo que es el bien y lo que es el mal. Experimentamos momentos, situaciones, encuentros, que podemos definir como amor.  Y es amor siempre cuando nos interesamos por el bien de lo que amamos, cuando aceptamos a cada cual como es… El amor es contemplación, miremos con limpieza, dejemos lo que “me gustaría” y lo que “debería”, contemplemos y miremos con amor lo que “es”.

Para la reflexión

Partamos de la experiencia. 

Valoremos la satisfacción personal de nuestros actos cuando son respuestas desde la coherencia, la veracidad, la sinceridad… en contraste con lo que hacemos desde la obligación, lo que está mandado, lo que me conviene. 

Valoremos la satisfacción personal cuando somos nosotros los beneficiarios de la atención de los demás. Distinguimos cuando somos atendidos desde el “quedar bien”, el cumplimiento o, por el contrario, cuando somos atendidos, mirados con amor sincero, veraz…

Desde este contraste, conscientes, elijamos cómo amar a Dios y al prójimo.

“Amar al prójimo como a ti mismo”. No está mal… pero si el objetivo es ser bueno para que conmigo sean buenos, es una razón egoísta. Por otra parte, aceptar que no todo lo que para mí es bueno, tiene que ser bueno para los demás. El amor al prójimo precisa de saber guardar una distancia para permitir que el otro sea el mismo.

Desde este contraste, conscientes, revisemos y aprendamos a amar a Dios y al prójimo.

Fr. José Luis Ruiz Aznarez OP

sábado, 26 de octubre de 2024

¡ANDA, TU FE TE HA SALVADO!

 

Reflexión del Evangelio Domingo 27 de Octubre de 2024. 30º del Tiempo Ordinario.

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

El profeta Jeremías nos invita al regocijo, a la alegría; nuestro Dios nos salvará, rescatará su templo secuestrado, convertirá nuestros eriales estériles en huertos ubérrimos, dará luz a los ciegos, movimiento a los paralíticos... acompañará a su pueblo por el camino de La liberación. No es un camino de rosas, tiene dificultades, pero nos llena de esperanza porque tenemos confianza en nuestro Dios, que nos ha dado como hermano a su Hijo y lo ha establecido, para siempre como puente (según el rito de Melquisedec), como camino, entre Él y nosotros: ¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres ¡

Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí

La escena del evangelio de este domingo se encuadra en la subida de Jesús a Jerusalén, la ciudad santa, a la que tienden los profetas para coronar su misión. Ha estado enseñando, curando, compartiendo con sus paisanos de Galilea; sale de Cafarnaúm, acompañado de discípulos y seguidores, camino de Jerusalén. Llegan al oasis Jericó, ciudad de las palmeras a orillas del Jordán, separada de Jerusalén a 25 Km de desierto. Al entrar en la ciudad, al borde del camino, Bar Timeo, un mendigo ciego, con su manto extendido por el suelo para recoger limosnas de los viandantes, al enterarse, que la razón del alboroto de la multitud se debía a la presencia de Jesús, sobreponiéndose al griterío de la gente y desoyendo las amonestaciones de los acompañantes, a voz en grito reclama la atención de Jesús: “Hijo de David, ten compasión de mí”

Jesús, que siempre está pendiente de quien lo pueda necesitar, le manda llamar y, al enterarse de ello, Bartimeo da tres pasos que le van a cambiar la vida: suelta el manto, seguramente con algunas monedas que le habrían echado, que le estorba para estar más ligero, da un salto, posiblemente con riesgo (no olvidemos que es ciego) y se acerca a Jesús.

La fe ciega (y nunca mejor dicho) de Bartimeo en Jesús le pone en movimiento, le urge a responsabilizarse lo que sea necesario con las consecuencias de su fe y le impone su seguimiento en el camino a Jerusalén.

Y a nosotros, ¿nos moviliza?, ¿nos implica?

Nos llamamos cristianos y lo somos... incluso “practicantes”: cumplimos ¿o no? con las normas que hemos recibido en nuestra educación cristiana. Hemos participado en los sacramentos y sin duda lo seguimos haciendo. Nos consideramos y nos llamamos “cristianos religiosos”, Pero ¿eso es ser seguidor de Jesús?, ¿era Jesús un “hombre religioso”?

Nuestro Bartimeo se saltó a la torera la creencia de su culpabilidad en la ceguera que tenía, reclama la compasión de Jesús, con una fe inquebrantable en Él, se ve feliz al sentirse llamado y toma la firme decisión de seguirle (recordemos que Jesús va camino a Jerusalén).

¿Percibimos nosotros en Jesús un compañero de camino? Porque si Dios se hace uno de nosotros es porque quiere acompañar nuestro caminar, sentir nuestros desmayos, fracasos y debilidades, enfrentar con nosotros nuestros retos y proyectos, disfrutar con nuestros triunfos y conquistas, sufrir nuestro dolores y desgarros... ¡va a Jerusalén nuestro camino!

Creer en Jesús ciegamente es adherirse a Él con la certeza de que tiene respuestas para nuestras vidas. No podemos quedarnos en la apatía de una vida ya acabada, sin nuevos alicientes, como si ya hubiéramos hecho cuanto podíamos hacer. El Papa nos pone en guardia contra lo que él llama “acedia”.

Somos un proyecto de Dios con vocación de estar haciéndose día a día y, si hemos optado, como Bartimeo, seguir a Jesús, siempre será un proyecto inacabado, en continuo dinamismo.

La misión que nos queda, como una continua tarea, es vigilar nuestra fidelidad al mandato de Jesús: proclamar que el Reino de Dios está ya aquí. Tan sólo tenemos que actualizarlo en nuestro vivir cotidiano.

Fray Fernando Serrano Pérez O.P.

sábado, 19 de octubre de 2024

JESÚS LLENA DE MISERICÓRDIA LA TIERRA

 

Reflexión Evangelio Domingo 29 de Octubre de 2024. 28º del Tiempo Ordinario.

En el Antiguo Testamento se encuentra una verdadera siembra de circunstancias, personas, acontecimientos, gestos, en una palabra, de mensajes mesiánicos. Una muestra puede verificarse en este breve fragmento que hoy se toma del profeta Isaías (53, 10-11) y que invita a repasar tolo el capítulo 53. Claramente se anuncian rasgos y actitudes del Mesías, destacados de manera particular en el trance de su pasión, muerte y también de su victoria frente al pecado y la muerte.

Los trazos que se anticipan no son, precisamente, los que más se ajustaban con los comunes que mantenía la generalidad del pueblo de Israel. Llegado el tiempo, se manifestará en los mismos apóstoles y discípulos del Señor. Pero, en realidad, estas características son las que libremente eligió Dios vara llevar una vida humana, sin dejar nunca de ser Dios. El Mesías quiso ser triturado por el sufrimiento, sufrir fatigas anímicas y corporales, eligió soportar dolencias y dolores, desprecios, burlas, humillaciones, marginaciones…

Todo este sufrimiento, es verdad, no le correspondía al Mesías como Dios, pero, siempre con plena libertad, quiso soportar cargas sobre sus hombros, las que corresponden a la humanidad herida por el pecado. Cuando se hizo hombre muchos no lo tuvieron en cuenta y sí lo consideraron, llegado el momento, como un desecho ante el que se oculta el rostro, azotado y objeto de burlas, molido por las culpas de sus hermanos…

Sin embargo, asumió tan lacerantes sufrimientos para abrir un camino, ofrecer una puerta de salida a la humanidad que se hallaba culpablemente cerrada para ella. Sanó a todos a fin de practicar una senda que lleva a la vida; aportó el don inapreciable de la paz, sin la cual es imposible la convivencia, ofreció la unidad para alcanzar una fuerza constructiva y en concordia, mostró los frutos que se consiguen por la paciencia, las humillaciones y, claro está, por su muerte redentora.  Su donación sacrificial justificará a muchos, se ganó una descendencia y alargamiento de sus días, verá siempre la luz. Además, «lo que plazca al Señor se cumplirá por su mano». En promesa, se contempla al Mesías como el que cargará con el pecado e intercederá por los rebeldes. Pueden recordarse aquellas palabras de santo Tomás de Aquino: «Todo lo que pertenece a la fe en la encarnación y redención se transmite tan claramente en el antiguo libro de los Salmos, que casi parece Evangelio y no ya profecía».

En el Evangelio según san Marcos (Mc 10, 35-45) se comprueba cómo también los apóstoles pensaban muy diversamente que Isaías acerca de las peculiaridades del Mesías. Siguieron un tiempo a Jesús como quien acompaña a un personaje con poderes especiales, como quien, llegado el momento, podía establecer un reino, incluso con una clase preferente, al estilo de los reinos del mundo, aunque llegaron a darse cuenta de que el reinado de Jesús iba a ser algo distinto. Los hermanos Santiago y Juan anhelaban, con todo, un puesto eminente.

De cara a los suplicantes y, en definitiva, a los apóstoles reunidos, aclaró que, para la glorificación de los seres humanos, es obligado recorrer un trayecto común a todos: el de aceptar la vida como un servicio, sin tiranizar a nadie, buscando lo mejor para los demás, desviviéndose en la búsqueda del bien pleno, sin pugnar por los primeros puestos y, mucho menos, para obrar sin moralidad alguna. En el reino de Cristo, ya iniciado en este recorrido terreno, todos y a porfía han de considerarse como ayudantes de los demás, en definitiva, cual «esclavos de cada uno».

Hay una razón muy poderosa para lanzarse a semejante meta: la humanidad nueva que comienza con la encarnación del Hijo de Dios ha de configurarse desde el ejemplar supremo que es Jesús, nuestra cabeza: no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por todos. Lo hizo por medio de un cáliz cuyo contenido bebió y un bautismo con el que quiso soberanamente bautizarse: su pasión, muerte y resurrección. Se sumergió en el bautismo de la muerte y se alzó victorioso para la nueva vida que nos ganó.

Jesús es el sumo sacerdote que ha atravesado el cielo para franquearnos aquella puerta que nos habíamos voluntariamente cerrado. Pide que en esta peregrinación nos mantengamos firmes en la fe. En cualquier circunstancia se compadece y vuelca su misericordia hacia nosotros; sabe que somos débiles, ha pasado por lo nuestro, menos por el pecado; nos da su gracia y auxilio oportuno, quiere vernos confiados caminando hacia el trono de gloria que nos tiene preparado.

¿Qué lección se desprende del camino de sufrimiento que eligió nuestro Salvador?  ¿Cómo dar cabida durante el día a algún Salmo, por el ejemplo el n. 3?  ¿Cómo seguir a Jesús en el servicio cotidiano?

Fray Vito T. Gómez García O.P.