miércoles, 27 de febrero de 2019
sábado, 23 de febrero de 2019
UNA REGLA MÁS QUE DE ORO
Reflexión Homilética para el Domingo 24 de Febrero de 2019. 7º del Tiempo Ordinario, C.
“Él te puso hoy en mis manos,
pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor”. El grito de David sonaba
como un desafío desde el otro lado del barranco. De noche se había acercado
hasta el campamento del rey Saúl. Y se había llevado desde su misma cabecera la
lanza de aquel rey que lo perseguía con una tropa desmesurada (1 Sam 26,23).
La escena se repite a lo largo de
la historia. El poderoso y el débil. El rey y su fiel vasallo, que lo ha
librado del enemigo y toca el arpa para aliviar las depresiones del rey. La
fuerza teme a la debilidad y utiliza toda su influencia para satisfacer su
envidia y su deseo de mantenerse en el poder. Pero el joven David se muestra
grande en su pequeñez. No quiere vengarse. No daría nunca la muerte al ungido
por el Señor.
No hay razones políticas para la
grandeza del perdón. Sólo hay esa razón religiosa que pregona el salmo
responsorial: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según
nuestras culpas” (Sal 102,8.10). Nuestra fe nos invita a vivir no según el
modelo del hombre terreno. Nos exhorta y nos ayuda a vivir según los ideales
del hombre celestial (1 Cor 15,45-49).
LO RAZONABLE Y LA LOCURA
Tras la proclamación de las bienaventuranzas,
el evangelio de Lucas nos recuerda el mensaje fundamental de Jesús: “Amad a
vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os
maldicen, orad por los que os injurian”. Cuatro verbos que resumen una
propuesta que parece descabellada e imposible (Lc 6,27-38).
En un lenguaje oriental, tan
colorista como exagerado, el texto concreta en algunos ejemplos ese tipo de
amor inimaginable que propone el Maestro. Presentar la mejilla al que nos
hiere. Dar más que lo que nos piden. No reclamar lo que nos arrebatan. ¿No es
una locura?
Amar a los que nos aman, hacer el
bien a quien nos ha hecho bien, prestar dinero para cobrarlo con intereses. Eso
es lo normal, lo habitual, lo más razonable de este mundo. Eso lo hacen con
frecuencia hasta los más degenerados. Claro que para seguir comportándonos así,
no necesitábamos al Mesías de Dios. ¿Dónde estaría la novedad que todos
soñamos?
EL TALANTE DEL PADRE
Dios es compasivo y
misericordioso. Imitar esas cualidades suyas es el camino de la sabiduría y de
la armonía social. Así es el Padre. Y solo con ese espíritu pueden imitarle sus
hijos. Ese talante se concreta en dos prohibiciones y en dos exhortaciones:
“No juzgar”. No conocemos las
profundas motivaciones que llevan a los demás a actuar. No conocemos todas las
circunstancias en las que se sitúan sus decisiones.
“No condenar”. No podemos negar a
los demás la oportunidad para revisar su comportamiento. Nada es definitivo
mientras vamos de camino.
“Perdonar”. Somos un “ejercito de
perdonados”, como ha dicho el papa Francisco. Todos hemos necesitado y
necesitaremos una y mil veces el perdón.
“Y dar”. Nadie es autosuficiente.
Estamos rodeados de pobres. Podemos dar alimentos y vestidos, oportunidades y
medios para vivir. Y sobre todo, el tiempo, que es la vida misma.
Señor Jesús, tú has querido
adoptar la regla de oro de todos los tiempos: hacer a los demás lo que queremos
que hagan con nosotros. Pero tú no te limitas con ello a apoyar nuestro
egoísmo. Nos invitas a contemplar e imitar la generosidad del Padre. ¡Bendito
seas!
D. José-Román Flecha Andrés
viernes, 15 de febrero de 2019
LA VERDAD DE LO HUMANO
Reflexión Homilética para el Domingo 17 de Febrero de 2019. 6º de Tiempo Ordinario, C.
“Maldito quien confía en el
hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor…
Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza”. Esta
contraposición que proclama Jeremías responde a una forma popular y poética de confrontar
valores y contravalores (Jer 17,5-8).
Lo que realmente importa en la
vida del hombre es la cuestión de su fundamento. Quien se apoya en alianzas y
compromisos humanos es como un cardo del desierto, desarraigado y arrastrado por la ventolera. Quien
se apoya en Dios será como un árbol plantado junto a las aguas, que conserva su
verdor y siempre dará frutos.
El salmo responsorial se hace eco
de esta profecía y nos invita a proclamar: “Dichoso el hombre que ha puesto su
confianza en el Señor” (Sal 1,1). No es extraño que el salterio se abra precisamente
con esta bienaventuranza.
Como escribe san Pablo a los
corintios, la resurrección de Cristo es un buen fundamento para nuestra fe y
para nuestra vida (1 Cor 15,12.16-20).
LA VERDAD DEL HOMBRE
Las bienaventuranzas proclamadas
por Jesús son toda una revelación del misterio de Dios, una manifestación del
espíritu mismo de Jesús y una proclamación de lo que constituye la última
verdad del ser humano.
El evangelio según san Mateo
sitúa el pregón de las bienaventuranzas de Jesús en el contexto del Sermón de
la Montaña. El evangelio según san Lucas que hoy se proclama las coloca en el
ambiente del “Sermón del llano” (Lc 6,17.20-26). También en este caso, como en
el oráculo de Jeremías, se contraponen las actitudes morales.
Son bienaventurados y dichosos
los pobres, los que tienen hambre, los que lloran y los que son odiados y
proscritos por causa del Hijo del hombre. Evidentemente, no se trata de
proponer la moral de los esclavos ni de glorificar el dolor y el fracaso.
Hay dos claves para comprender
estas frases tan impopulares. Por una parte, Jesús declara que en esas
actitudes se cifra la verdadera alegría, que no coincide con la satisfacción
inmediata. Además establece un salto entre el ahora y la recompensa futura ante
Dios.
LA MEMORIA DE LOS PROFETAS
Frente a las ocho
bienaventuranzas que recogía el evangelio de san Mateo, el evangelio de san
Lucas presenta solamente cuatro. Pero inmediatamente recoge también otras
cuatro malaventuranzas, que recuerdan los “ayes” o maldiciones que se
encuentran en el libro de Isaías (Is 5,8-24).
Jesús se lamenta por los ricos,
porque ya han recibido su consuelo. Los que ahora están saciados un día tendrán
hambre. Los que ahora ríen un día
llorarán. Y se lamenta por los que reciben alabanzas de todo el mundo. Es
importante esa contraposición entre el ahora del presente y un día que se sitúa
en el futuro, entre lo temporal y lo eterno.
Tanto las bienaventuranzas como
las malaventuranzas coinciden en una motivación importante, que es la diferente
suerte que los profetas corrieron a lo largo de la historia. Los que en verdad
hablaban en nombre de Dios fueron insultados y perseguidos. Los falsos
profetas, que difundían solo aquello que las gentes querían escuchar, no merecen
compasión.
Señor Jesús, sabemos por
experiencia que estas manifestaciones tuyas provocan el escándalo y el rechazo
de nuestra sociedad. Pero reconocemos la verdad de tu palabra y su coherencia
con el espíritu que te movía. Ayúdanos a ajustar nuestra vida a tu mensaje y a
ser testigos creyentes y creíbles de la verdad de lo humano que tú nos has
revelado. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
sábado, 9 de febrero de 2019
LA ELECCIÓN Y LA MISIÓN
Reflexión Homilética para el Domingo 10 de Febrero de 2019. 5º de Tiempo Ordinario, C.
“¡Ay de mí, estoy perdido! Yo,
hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros,
he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos!” (Is 6,5). Ese lamento
de Isaías responde a sus sentimientos más profundos. En el templo ha tenido la
experiencia de ver la gloria de Dios.
Ante la grandeza del Dios santo,
Isaías descubre su propia pequeñez. Confiesa que es un hombre de labios
impuros, que comparte la situación de impureza que caracteriza a su pueblo. Sin
embargo, a pesar de ese sentimiento de in-dignidad que lo embarga, Dios lo
purifica, lo elige y lo envía como profeta a anunciar la salvación a las
gentes.
El salmo responsorial refleja la
humildad y la gratitud de quien ha tenido la experiencia de la cercanía y de la
compasión de Dios: “Señor, tu
misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos” (Sal 137,8). Esa compasión divina es la que da fuerzas a
san Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado
en mí” (1 Cor 15,10).
UNA PESCA INSOSPECHABLE
Isaías percibió la revelación de
Dios que tuvo en el templo. A Simón
Pedro se le revela la divinidad de Jesús en la barca en la que sale a pescar
al lago de Galilea. Aquí no hay
serafines que proclamen la gloria de Dios, sino una gran redada de peces. Y no
ve al Dios de los astros del cielo, sino a Jesús de Nazaret. Sin embargo, las
palabras de Pedro reflejan la hondura de su experiencia (Lc 5, 1-11):
“Maestro, nos hemos pasado la
noche bregando y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las
redes”. El discípulo tal vez se considera un experto pescador. Sin embargo,
tiene que admitir el fracaso de una fatigosa noche de pesca. Al mismo tiempo,
manifiesta la confianza que pone en las palabras de un maestro que le ha
llamado a la orilla del lago.
“Apártate de mí, Señor, que soy
un pecador”. La confianza en Jesús ha dado un fruto insospechable. Ante la
enorme captura de peces, Simón cambia el título con el que se dirige a Jesús.
El Maestro es reconocido ahora como Señor. Frente al poder de Jesús, Simón
descubre su distancia y su in-dignidad. A pesar de ello, también él será
enviado.
UN FUTURO INESPERADO
A pesar de la indignidad de
Isaías, el Dios Santo lo elige como su profeta. Y a pesar de la conciencia de
pecado de Simón Pedro, Jesús lo elige como su apóstol. En ambos casos, a la
llamada reatuita corresponde la generosa disponibilidad del llamado. Merece la
pena recordar las dos frases que el Maestro dirige a Simón:
“Rema mar adentro y echad las
redes para pescar”. Como se puede ver, Jesús requiere la colaboración del amigo
pescador, suscita en él un dinamismo nuevo e interpela al mismo tiempo sus
capacidades y su confianza. El resultado responde más a la iniciativa de Jesús
que a la pericia de Simón y de sus compañeros en el oficio de pescadores.
“No temas: desde ahora serás
pescador de hombres”. Admás, Jesús sabe bien que el asombro ante el misterio
puede provocar el temor, pero tranquiliza al amigo. Lo que ha hecho hasta el
presente se convierte en signo profético para su misión en el futuro. Jesús
conoce la historia y las aptitudes del amigo. Las valora y les confiere un
nuevo destino.
Señor Jesús, sabemos que tú nos
conoces y confias en nosotros. Cremos que te manifiestas en las tareas que nos
ocupan y nos preocupan cada día. Te damos gracias porque quieres contar con
nuestra colaboración para anunciar tu mensaje. Ayúdanos a ser fieles testigos
de tu presencia en el mundo. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
domingo, 3 de febrero de 2019
EL PROFETA RECHAZADO
Reflexión Homilética para el Domingo 3 de Febrero de 2018. 4º de Tiempo Ordinario, C.
“Antes de formarte en el vientre
te escogí… Te he nombrado profeta de los gentiles… No les tengas miedo…
Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte”.
En este oráculo del Señor encuentra su fundamento la vocación del profeta
Jeremías (Jer 1, 4-5.17-19).
Su misión no brota de una
decisión personal, sino que se debe a la elección gratuita por parte de Dios. A la elección sigue el
envío para anunciar la palabra de Dios a los paganos. Y el envío es sostenido
por una protección continua de Dios. Elección, misión y protección. He ahí los
tres tiempos que articulan la vocación del profeta.
¿Será posible que también
nosotros descubramos esos tres momentos de la presencia de Dios en nuestra
vida? En ese camino se encuentran quienes buscan un sentido para su vida y
luchan por una sociedad más justa.
Con razón pueden cantar con el
salmo: “Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza desde mi juventud”
(Sal 70, 5). De él esperamos ese don del amor que san Pablo nos expone en la segunda
lectura de hoy (1 Cor 12,31 -13,13).
EL PROFETA DE LA MISERICORDIA
El evangelio que hoy se proclama
nos lleva de nuevo a la sinagoga de Nazaret.
Y a leer un texto del libro de Isaías, Jesús añade: “Hoy se cumple esta
Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21). Se suele decir que, admirando las
palabras llenas de gracia que salían de sus labios, las gentes de su pueblo
primero lo aceptaron, aunque después lo rechazaron.
Pero tal vez hay que revisar esa
traducción. Los vecinos de su pueblo se escandalizaron porque anunciaba un año de gracia universal.
Jesús se arrogaba la misión de pregonar el jubileo de la reconciliación, pero
había omitido las palabras que en el texto anunciaban la venganza de Dios
contra los enemigos. Para él no había enemigos ni venganza.
Jesús se presentaba como el
profeta de un Dios misericordioso. Un Dios que acogía también a los extranjeros
y a los paganos. Por eso recordaba a Elías, que había atendido a una viuda de
las tierras de Sidón, y a Eliseo, que había curado al leproso Naamán, llegado
de Siria. El Dios de Jesús superaba con su gracia las fronteras de los
nacionalismos.
EL MENSAJERO DE LA PAZ
Pero las gentes de su aldea no
podían aceptar que el hijo de José les cambiara su idea de Dios. Así que lo
consideraron como un blasfemo. Y, según la Ley de Moisés, los blasfemos habían
de ser castigados con la muerte (Lev 24,16).
“Ningún profeta es bien mirado en
su tierra”. El evangelio pone en boca de Jesús este refrán. Él fue rechazado en
el pueblo donde se había criado y por las gentes con las que había convivido.
También hoy los pueblos cristianos rechazan su doctrina y hasta su nombre.
“Ningún profeta es bien mirado en
su tierra”. A lo largo de los tiempos, el refrán ha podido aplicarse a la
Iglesia. También hoy es perseguida la comunidad que trata de predicar la
reconciliación entre las gentes y las comunidades divididas y enfrentadas.
“Ningún profeta es bien mirado en
su tierra”. Lo mismo ocurre también hoy con los evangelizadores. Sus vecinos y
parientes, por no aceptar el mensaje de la gracia, rechazan a veces
violentamente al mensajero que lo anuncia.
Señor, Jesús, te reconocemos
como el enviado de Dios y el profeta de un Dios que nos llama a superar
nuestras diferencias y a aceptar con gratitud esa fe que nos abre a la
universalidad. Queremos aceptarte como el mensajero de la paz. Ayúdanos a ser
fieles a tu evangelio a pesar de todas las dificultades. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
Suscribirse a:
Entradas (Atom)