sábado, 29 de junio de 2024

"NO TEMAS; BASTA QUE TENGAS FE"

Reflexión Evangelio del Domingo 30 de Junio de 2024. 13º del Tiempo Ordinario.

El ser llamados a la vida es algo maravilloso que Dios da, y ha de ser vivida con agradecimiento, a pesar que en algunos momentos, se vea truncada por la enfermedad, la pobreza, los problemas de cualquier tipo, las guerras, y en general cualquier vulnerabilidad, etc. y que incluso parezcan ser insoportable. Es la muerte física la que parece ser más insuperable, pero para el cristiano es más superable, ya que la muerte al pecado fue superada por Cristo en el bautismo.

La relación estrecha con Cristo por medio del contacto espiritual de la oración, y poder saborear sus sacramentos, da a quienes cuidan esa relación la confianza en la palabra de Jesús y a orillar el pecado y la muerte, porque se aspira a los bienes de allá arriba como dice san Pablo. Es cruzar a la otra orilla como escribe el evangelista Marcos.

Dios no hizo la muerte, dice la Sabiduría, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; al contrario, por eso nos envió a su Hijo, para que muertos al pecado vivamos con espíritu de resurrección. La resurrección, punto álgido donde debe apoyarse nuestra fe, es lo que transmite el evangelio de hoy.

La enfermedad y la muerte física, apuntada por el evangelista Marcos, en dos mujeres (la mujer adulta enferma de hemorragias,12 años enferma y la hija del jefe de la sinagoga de 12 años) le sirven a Marcos para poner de manifiesto la resurrección. Una estaba dormida, que no muerta, y Jesús tomándola de la mano la despierta del sueño de la muerte; la otra, toca el vestido de Jesús y desaparece su impureza, pudiendo así ser aceptada entre los suyos, según la ley judía su enfermedad la hacía impura.

En ambos pasajes la fe, animada por la oración, de súplica, por un lado, (el jefe de la sinagoga), y de confianza silenciosa (la mujer con hemorragias) más el contacto del Señor, directamente (“la cogió de la mano”) e indirectamente y, (“acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto”), y en silencio, ambas mujeres son curadas.

Esa fe capaz de dar vida y salvación, queda clara por las palabras del Señor Jesús: No temas; basta que tengas fe” dice a Jairo y a la mujer; “Hija tu fe te ha curado”.

Ambos pasajes sirven para enseñar al verdadero seguidor de Cristo cómo la fuerza de la fe da Vida y es camino para la Salvación futura. Ha de servir al cristiano de hoy en día a acepta la voluntad de Dios en su vida, fruto de la oración ante cualquier necesidad y pequeñez, sirve para aumento de fe.

El seguidor del Señor Jesús, cruza a la otra orilla, donde posiblemente no esté la Vida y menos la Salvación, para que mezclándose con todos (“acompañado de mucha gente que lo apretujaba”) lleve ese mensaje salvífico que solo Dios puede dar.

El acompañar a los de la otra orilla: increyentes, doloridos en el espíritu y en el cuerpo o en cualquier otra necesidad, ayuda a nivelar preocupaciones. No solamente los materiales, -que también-, sino por el hacernos como Jesucristo, pobres por los demás. Es una forma inmediata de poner en marcha y funcionamiento la sinodalidad (sin menos cabo del aspecto jerárquico) con el necesitado. Éste ha de ver en la acción del cristiano la mano de Cristo que les toca para levantarnos, y hemos de tener confianza, sin miedo, en tocar al Señor en las llagas y vulnerabilidades de quien se acerque a nosotros demandando cubrir su necesidad.

¿Qué hacer y cómo proceder ante las realidades humanas de la enfermedad y la muerte? ¿Cómo es la oración que practicamos: de súplica o de silencio; pública en asamblea o privada e interior?

Quizá el miedo al contacto con el necesitado, sea su necesidad de la clase que sea, nos paralice a cruzar a la otra orilla por comodidad o por miedo al contagio. Orilla que un día se ha de cruzar para vivir en plenitud la Salvación que Cristo trae para todo el que quiera aceptarla, y especial para los que por la fe podemos o pueden vivir un atisbo de ella en esta vida.

Dejarse abrazar por Cristo elimina lo inmediato, hacer vislumbrar el horizonte de perfección que es Dios (la resurrección), que conlleva la felicidad inmortal, cuyas semillas ya están en el verdadero seguidor del Señor.

¿Ayudamos a vivir a los demás, cómo preparar la Vida definitiva, haciéndolos con nuestro comportamiento, deseable la vida presente? Si esta vida no se hace atractiva, difícilmente se deseará la otra.

¿Comunicamos la Vida definitiva que Cristo nos da a través de los sacramentos y de la acción caritativa?

Si creados por Dios ¿creamos y recreamos la vida terrena por el cuidado que de ella hacemos?

La fe mueve montañas. Ánimo, y encomendémonos al Señor, y el actuará.


Fr. Carlos Recas Mora O.P.

Convento del Santísimo Rosario (Madrid)

sábado, 22 de junio de 2024

¿POR QUÉ TENÉIS MIEDO?

Reflexión Evangelio 23 de Junio 2024. 12º del Tiempo Ordinario.

Las olas rompían contra la barca

El mar sobre el que navega nuestra barca personal, eclesial y social, es la historia. A veces tan desconcertante. También hoy.

Experimentamos la vida, con la que se va fraguando la historia, amasada de múltiples experiencias, sentimientos y sensaciones; también de temores e inseguridades de diversa índole.

Recuerdo que durante la trágica pandemia que vivimos hace pocos años un pensador apuntó que  nuestras confortables inmanencias se habían derrumbado. Cierto. Fueron tiempos recios, temerosos, que de alguna manera perviven en nosotros. Tuvimos la sensación de la zozobra.

Nuestras seguridades se tambalearon. Experimentamos el desvalimiento. Sombras de dolor y angustia nos envolvieron. Muchos orábamos para mantener la calma y la confianza.

Actualmente soplan vientos recios de belicismos preocupantes, de violencias crueles e incontroladas; nos habita la sensación de la inseguridad. Los estados poderosos aumentan sus gastos armamentísticos.

Somos testigos, quizás también sufridores, de la dureza amarga que para millones de personas significa el hecho básico de sobrevivir; sentimos el abatimiento que provoca la percepción de horizontes oscuros de futuro que se ciernen sobre nosotros.

También nos es conocido, en mayor o menor grado, el desvalimiento que la enfermedad conlleva cuando subrepticiamente invade nuestra vida, y fácilmente nos sentimos habitados por diversos temores que se despiertan en nosotros.

Vientos recios de diversas desconfianzas han multiplicado los sistemas de seguridad en nuestros días, y la sensación de navegar sobre aguas procelosas, de caminar sobre arenas movedizas, de múltiples inconsistencias, nos desazonan.

Los fracasos, los desamores, las soledades amargas, son también parte de esta mar de fondo que encrespa las olas sobre las que avanza la barquichuela de nuestra vida.

En medio de todo ello, de los temores que éstas y otras realidades nos puedan generar, ¡la palabra del Señor cobra tanta fuerza! “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”.

Una invitación clara y fuerte a seguir manteniendo vida la confianza en el Señor. Siempre. También cuando la vida se nos hace más difícil. Ciertamente la dificultad es el crisol de la fe.

¿Quién es éste?

- Es el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, el que actúa con el mismo poder del Padre. El que aplaca y subyuga a nuestros enemigos. El que trae a nuestras vidas esta Buena Noticia. El que nos atrae a vivir su novedad, la que consiste en vivir para Él, que murió resucitó por nosotros (cf II Cor 5, 14-17)

Lo nuevo ha comenzado

Y esta novedad consiste en vivir con Él, como Él, para Él. Cada uno de nosotros hemos de descubrir qué urgencias deberemos incorporar a nuestro vivir y a nuestro actuar para ser expresión de la novedad del Señor Jesucristo en este momento presente de la historia. Permítanme presentarles tres realidades que puedan ser referencia y ayuda para que cada uno de nosotros encontremos las nuestras:

1. Ha comenzado a brillar en nuestro mundo la novedad de la luz del sentido. Se ha devaluado en estos tiempos modernos o posmodernos el interés por el sentido de nuestra existencia. El pragmatismo y la satisfacción de nuestras necesidades más básicas colman nuestros intereses y aspiraciones; y asfixian, en gran medida, nuestras búsquedas trascendentes. La novedad del Señor Jesucristo nos remite de forma constante al Misterio del Amor del Padre Dios para descubrir en Él la verdad de quiénes somos y cuál es nuestro destino: en el origen y en la meta de nuestro existir está su Amor.

2. Ha comenzado a germinar en nuestra historia la novedad de la comunión fraterna universal; de la búsqueda y consecución de la justicia, la paz y la dignificación de todas las personas. Cada una de las páginas del Evangelio encierran la clave de lo que significa vivir y desarrollarnos como seres humanos. Algo tan sencillo y, a la vez, tan exigente, como pasar por el mundo haciendo el bien.

3. Ha comenzado la novedad de una alegría inexplicable, presente también cuando las lágrimas nos visitan. Jesucristo, el Señor, lo es porque la fuerza de su amor ha vencido todo el poder del mal y sus diversas manifestaciones. Los acontecimientos de su Pascua así lo atestiguan. Y por esto, la alegría y la esperanza, más allá de cualquier otra esperanza, ha acompañado siempre la vida de la gran familia de los creyentes cristianos. Hoy hemos de ser nosotros los exponentes de esta radiante realidad.

La Palabra proclamado hoy nos interpela: ¿Es viva y fuerte mi confianza en el poder de Dios? ¿Me siento seguro, envuelto y habitado por su Amor? ¿Estoy siendo reflejo de la bondad y de la alegría que encierra nuestra fe en el Señor?

Fr. César Valero Bajo O.P.

domingo, 16 de junio de 2024

¿CON QUÉ COMPARAREMOS EL REINO DE DIOS?

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 16 de Junio de 2024. 11º del Tiempo Ordinario.


El reino de Dios es como la semilla del grano de trigo. Depositada en la tierra, germina y crece por sí sola. Semilla que entraña dentro de sí una fuerza secreta que actúa indefectiblemente como verdadero principio vital acompañando todo el proceso de su desarrollo. En ningún momento alude Jesús al trabajo del campesino, a intervención humana alguna. Esté despierto o dormido, el sembrador no tiene que preocuparse, pues el grano crece y se desarrolla sin que se sepa cómo. Es la propia semilla la que hace su trabajo, se desenvuelve de forma independiente desplegando toda su energía interna.

 

El reino de Dios es como el grano de mostaza. A pesar de ser la más pequeña de las semillas, una vez sembrada, crece y echa ramas tan grandes que las aves del cielo vienen a anidar a su sombra. La parábola pone en primer plano el sorprendente y grandioso resultado final de la acción de Dios, a la vez que subraya el valor decisivo del momento presente, por muy insignificante que pueda parecer. Con esta imagen, el evangelista está haciendo referencia a la alegoría del águila y el cedro del Líbano, muy conocida en la tradición judía y recogida en la primera lectura, con la que el profeta Ezequiel criticaba irónicamente la altivez, el orgullo y la vanagloria que se arrogaban los faraones y emperadores como benévolos protectores y benefactores de sus súbditos. En el nuevo reino mesiánico inaugurado por Jesús, es el Señor quien gobierna y protege a su pueblo. Su reino  eterno, aunque pase casi desapercibido en el presente, está llamado a convertirse en el frondoso árbol que dé cabida a toda clase de pueblos, razas y lenguas.

 

Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que teníamos que hacer.

Es la actitud del creyente consciente de la fuerza de la fe y del dinamismo que implica. Acoge humildemente su papel de servidor sin sentirse por ello indispensable, pues todo se lo debe a su Señor (Lc 17,10). Y es que la semilla del grano de trigo germina y crece por sí sola augurando y garantizando su cosecha final. Uno solo es el Señor que acompaña, guía y activa a su pueblo: el que moviliza todas sus energías ya sea de día y de noche, estén en vela o dormidos; el que se encarga de llevar a buen término la obra iniciada (Flp 2,13). En este sentido, no hay por qué preocuparse del mañana estando en sus manos (Mt 6,25). Dios es fiel a su promesa: la salvación, como el grano de trigo, ya está actuando.

 

Efectivamente, la Iglesia no  actúa por su propio poder, no es el reino soberano y eterno de Dios. Está sencillamente a su servicio como fiel administradora de sus designios. Inspirada en su Señor y atenta a sus criterios y proyecto de vida, busca en todo momento y lugar guardar con fidelidad y solicitud cada uno de sus mandatos. Es así como su testimonio se convierte en faro esclarecedor y signo de esperanza para cuantos, anidados en sus respectivas comunidades, anhelan habitar un día las muchas estancias preparadas en la casa del Padre (Jn 14, 2).  

 

Caminamos a la luz de la fe.

Es lo que  nos recuerda el Apóstol en la segunda lectura: desterrados en nuestro cuerpo mortal, pero llenos de confianza y de buen ánimo, para ir a habitar junto al Señor. Como el grano de mostaza, es la semilla de la fe, escondida a los ojos de los poderes mundanos, la que va modelando el mundo interior del creyente hasta configurarlo con el que murió en el árbol frondoso de la Cruz. Ese es el objetivo primordial y la meta final del recorrido conversivo y transformador del cristiano.

 

Así de paradójica es la gestación que comporta el seguimiento discipular de Cristo Jesús. No nacemos cristianos. Nos vamos haciendo en la medida que acogemos la Palabra de Dios dejándole actuar libremente para que conforme nuestra existencia a la luz del Crucificado, el Señor de la Gloria que enaltece a los humildes (Lc 1,52). No somos los merecedores y protagonistas de esta metamorfosis y metabolismo del espíritu, cuyo resultado final no está en nuestras manos. Somos sencillamente receptores de una semilla de vida nueva, llamada a culminar en el frondoso final de la bienaventuranza prometida.

 

Sobre el grano de trigo. ¿Confías y te abandonas en el Señor? ¿No es Él, más allá de tu buena voluntad o determinación, el que sustenta y activa cuanto haces?

 

Sobre el grano de mostaza. ¿Afrontas esperanzado, con paciencia y perseverancia, el largo proceso de crecimiento y maduración que comporta el peregrinaje de la fe?

 

Fray Juan Huarte Osácar

domingo, 9 de junio de 2024

"ESTOS SON MI MADRE Y MIS HERMANOS"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 9 de Junio de 2024. 10º del Tiempo Ordinario.

En el pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar se nos narran tres escenas que ocurren en la casa de Simón Pedro y Andrés (cf. Mc 1,29), en Cafarnaúm. Recordemos que Jesús se hospedaba en aquella casa y desde ella salía a predicar a los pueblos de Galilea, junto a sus discípulos (cf. Mc 1,38). Y cuando estaban en la casa muchas personas del pueblo acudían a escuchar a Jesús y ser sanadas por Él. Pues bien, nos dice san Marcos que un día «se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer» (Mc 3,20).

Podemos imaginarnos a Jesús sentado en la sala principal rodeado de personas hacinadas, unas sentadas y otras de pie. Nadie estaba ahí por obligación o para cumplir con algún precepto, sino que estaban por propia voluntad, pues deseaban estar junto a Jesús. Sentían la necesidad de escucharle y contemplarle.

Estando así las cosas, llegaron a la casa unos familiares de Jesús con la idea de «llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí» (Mc 3,21). Sabemos que la familia de Jesús era descendiente de David (cf. Mt 1,1-17; Lc 3,23-38). Eso era para sus miembros un gran honor, pero también les hacía ser un importante referente religioso para los otros judíos. Por ello debían cuidar su imagen pública.

Parece que Jesús suscitó dudas y sospechas entre algunos de sus familiares cuando vieron que dejó Nazaret para ser bautizado por san Juan Bautista en el Jordán. Y dichas sospechas las vieron reforzadas cuando después les llegaron noticias de que estaba predicando la conversión y, además, difundía unas ideas religiosas que no se ajustaban a la estricta Ley judía. Y debió de escandalizarles aún más que sanara a enfermos y expulsara «espíritus inmundos». Por ello, sabiendo que solía hospedarse en Cafarnaúm, fueron allí para llevárselo de vuelta a Nazaret.

En tal situación, ¿Qué hicieron aquellas sencillas personas que se hacinaban en torno a Jesús? Podemos deducir de las escuetas palabras de san Marcos que no sólo rechazaron la idea de que Él estuviera «fuera de sí», sino que, además, le apoyaron y le defendieron ante aquellos familiares suyos. De haber sucedido lo contrario, san Marcos lo habría indicado.

Después nos dice este evangelista que Jesús recibió otra mala visita. Esta vez se trataba de un grupo de escribas que había bajado desde Jerusalén para reprenderle y acusarle de actuar con el poder de Belcebú, el jefe de los demonios. Es decir, le acusaban de estar endemoniado. Aquella era una acusación muy fuerte.

Pero de nuevo las personas que estaban alrededor de Jesús dieron la cara por Él, pues, escuchándole y contemplándole, habían podido comprobar que sus palabras y actos eran divinos, no demoniacos. E intuían que, acusarle de actuar con el poder de Belcebú era, como el propio Jesús afirmaba, una blasfemia contra el Espíritu Santo (cf. Mc 3,29). Así que aquel grupo de escribas tuvo que regresar a Jerusalén sin haber conseguido desacreditar a Jesús ante sus vecinos.

Por último, llegaron otras personas que querían hablar con Jesús, pero esta vez se trataba de una visita muy buena: eran su madre y algunos familiares muy cercanos que no venían a acusarle de nada, sino todo lo contrario. Sabiendo que otros miembros de la familia habían ido a Cafarnaúm a importunarle, ellos, en cambio, fueron a apoyarle y a animarle a seguir predicando y sanando a la gente.

Y aquí ocurrió algo muy importante. Antes de que saliera de la casa para abrazar a su madre y a sus otros familiares, Jesús, «mirando a los que estaban sentados alrededor» (Mc 3,34), consideró oportuno concederles algo muy valioso: les incorporó a su familia espiritual, porque ellos habían demostrado con creces que hacían la voluntad de Dios Padre, no dejándose llevar por las habladurías ni por los ataques de los escribas.

Pero ¿por qué aquellas mujeres y hombres defendieron a Jesús? Porque escuchándole y contemplándole habían madurado interiormente. Estando junto a Él, a su lado, se habían convertido en buenos discípulos suyos. Por eso le apoyaron en momentos de gran dificultad. Y eso Jesús lo vio y se lo agradeció.

Recordemos que Él proclamó en la sinagoga de Cafarnaúm que había venido a este mundo «a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Is 61,1-2; Lc 4,18). En efecto, Jesús sentía un aprecio especial por los humildes y sencillos, y disfrutaba sintiéndose querido y apoyado por ellos. Por eso se esforzaba tanto en ayudarles a madurar interiormente e, incluso, les incorporó a su familia espiritual.

Eran mujeres y hombres que, ante el Evangelio predicado por Jesús, se reconocieron pecadores. Pero en lugar de reaccionar como Adán y Eva, echándole la culpa a otro, se pusieron en manos de Jesús para que les salvara. Apoyándonos en las palabras que hoy san Pablo nos dice en su carta, podemos decir que, esas sencillas personas, si bien tenían el cuerpo avejentado y estropeado por la dureza de su vida campesina, al escuchar y contemplar a Jesús, sintieron cómo su fe en Él les regeneró interiormente. Efectivamente, como hemos proclamado con el salmista: desde lo hondo suplicaron a Jesús y Él –misericordiosamente– les redimió de sus pecados y les indicó la senda de la salvación.

En definitiva, este pasaje del Evangelio nos habla de la importancia de permanecer junto a Jesús escuchándole y contemplándole, reconociendo humildemente nuestros pecados y arrepintiéndonos de ellos, esperando –llenos de fe– que nos guíe hacia la salvación. Sólo así lograremos integrarnos íntimamente en la Iglesia, es decir, en la familia espiritual de Jesús.

Fray Julián de Cos Pérez de Camino

domingo, 26 de mayo de 2024

"EN EL NOMBRE DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 26 de Mayo de 2024. Solemnidad de la Stma. Trinidad.

Misterio, asombro y reverencia.

Esas tres claves nos deja el pasaje de Deuteronomio de la primera lectura de hoy. Asombro ante el misterio, inabarcable a la mera especulación, que nos abre a la reverencia de un Dios que por amor se revela al hombre, para cuidarle, guiarle y llevarle a la felicidad.

Ese Dios en cristiano es el Dios Trinitario que se sostiene en la experiencia de la fe que Pablo le cuenta a los Romanos, y que nace, como no puede ser de otro modo, de la experiencia de Jesucristo, y que algo de más lucidez, dentro del misterio, da a la experiencia de lo inefable.

Esa experiencia, según Pablo, en los cristianos que no hemos conocido a Jesús en la historia, es fruto del Espíritu, que nutre la Fe y nos permite reconocer a Dios como Padre de Jesucristo. Tres personas y un solo Dios. Ese Dios al que la primera comunidad se siente enviada a predicar como fuente de plenitud, bautizando en su nombre, como escuchamos en ese final del Evangelio de Mateo.

Relación

La reflexión teológica sobre el misterio trinitario pese a no agotarse en sí nunca y reforzar siempre el misterio y el asombro, ha dejado una intuición fundamental de la que derivan claves concretas para el cristiano. La Trinidad podría contemplarse como una suerte de relación entre las tres personas divinas, sin por ello dejar de ser un sólo Dios. De esa relación dimanan, a su imagen y semejanza, la identidad relacional del ser humano. Somos relación -con otros, con nosotros mismo, con cuanto nos rodea, con los otros- a imagen de la relación intratrinitaria de Dios. Se trataría así de que esas relaciones que nos hacen ser como somos, sean relaciones de amor, como en la relación de la Trinidad divina.

Contemplación

De nuevo, ante el misterio y el asombro de la Trinidad, cabría una actitud de desdén, de rechazo por incomprensible, actitud que no es la que la Fe implica, desde luego. La Fe nos impulsa, por contra, a una reverencia contemplativa. Es ya casi un tópico repetir la frase que dice que el cristiano del siglo XXI, para ser cristiano realmente, debería ser un místico. Cabría perfectamente intercambiar “místico” por “contemplativo”. No es la fe de los cristianos principalmente un código ético o solidario de conducta. Es un encuentro personal con el Misterio de un Dios personal y trinitario que es amor profundo por la humanidad y la creación. Ante ese misterio Trinitario sólo cabe abrirse en la contemplación a otra manera de mirar a la existencia, captando las huellas del amor de Dios en ella, y que, entonces sí, nos abrirá a otras formas de conducta, cuidando nuestra naturaleza relacional desde la bondad.

Las huellas de Dios

Pero no sólo el ser humano es creado a imagen de la Trinidad. Los Padres de la Iglesia utilizaban la imagen de las dos manos para hablar de la creación: Dios Padre utilizó las manos del Hijo y del Espíritu para dar forma a la creación. Como un alfarero o un escultor las utilizan, dejando sus huellas y reflejos en todo lo creado. Por eso la contemplación a la que nos invita el Misterio de la Trinidad no es una mera elucubración conceptual, sino que mira a lo creado pleno de belleza, creación hermosa y buena de Dios, buscando captar esa presencia de Dios Trinidad en cuanto nos rodea. En la hermosura de la naturaleza. En la belleza de las creaciones humanas. En cuanto de bueno, verdadero y justo hay, se puede captar para la mirada de fe y de amor, la presencia de Dios.

La reverencia ante la revelación

¿Cómo podría el hombre ser capaz de captar esa presencia de amor creadora con sus huellas trinitarias en el mundo, si no se hubiese revelado a sí misma por amor esa Trinidad? Como niños balbucientes que ven sin entender hubiésemos sido sin la revelación de Dios en Jesucristo. Pero sale Dios a nuestro encuentro para dar luz a nuestro corazón, nuestros ojos y nuestra mente para ser capaz de captarle, siquiera en sus huellas. Reverencia y Humildad de reconocer la inmensa distancia con Él, que Él mismo acorta con la encarnación del Hijo, realizada por Amor a la humanidad, es otra de las claves de ese Misterio de la Trinidad.

Pro Orantibus

En esas claves trinitarias en este Domingo, la Iglesia nos propone la Jornada Pro Orantibus, el día en el que nos aviva el recuerdo y la oración por los contemplativos, los hombres y mujeres entregados al servicio de la oración y la intermediación «cerca de Dios y del dolor del mundo», como reza el lema de este año. Corazón de nuestra Iglesia que ora presentando a Dios al mundo, especialmente a los más sufrientes. Son a su vez signo de Dios Trinidad para el mundo, por su vida de relación, de contemplación, de búsqueda de las huellas de Dios, y de reverencia. En los contemplativos se da de lleno la frase que se le atribuye a la espiritualidad de santo Domingo de Guzmán: que hablaba a Dios de los hombres, y a los hombres de Dios. Asi pues que sea este día memoria y oración del regalo inmenso que son los contemplativos en la Iglesia, y que no dejemos de pedir que el Dios Trinidad toque el corazón de nuevas vocaciones a esta vida de amor entregada en oración y trabajo.

¿Qué papel tiene el asombro y la reverencia ante el Misterio en mi fe?

¿Cómo las dimensiones relacionales de mi existencia se llenan de mi experiencia de Dios?

¿Qué recursos utilizo para profundizar en la identidad contemplativa de mi ser cristiano?

Y una sugerencia: Acérquese a algún monasterio contemplativo, tan sólo saludar y preguntar cómo están, le abrirán a un mundo de amor y cuidado, al corazón de la Iglesia.

Fray Vicente Niño Orti

Convento Santo Tomás de Aquino 'El Olivar' (Madrid)

domingo, 19 de mayo de 2024

"PAZ A VOSOTROS"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 19 de Mayo de 2024. Pentecostés

El escenario de Pentecostés alumbra la comunidad cristiana

En Pentecostés nace la nueva comunidad, que brota del Espíritu del Resucitado y tiene como principio la misericordia: Jesús en el centro, “se puso en medio”, es el soporte de la comunidad que situada a su alrededor le mira y se miran entre ellos. La comunidad no es un círculo cerrado, sino una espiral donde el amor del Padre se vierte y el Espíritu de Jesús se cultiva en la comunidad que a su vez lo vive y comunica a sus realidades humanas.

La noche, el miedo y las puertas cerradas no dejan captar a la comunidad lo que hay fuera; obstaculizan el encuentro y no favorecen la confianza en el ser humano; no podían salir a escuchar y sentir el dolor y sufrimiento que hay fuera; no podían atender a los que estaban privados de la comunidad o excluidos.

El Resucitado en medio de la comunidad la transforma: es la mañana. Les presenta “las llagas y el costado”, su nueva identidad muy pedagógica, entendible para sus discípulos, puesto que está en conexión con la historia y vivencia que había tenido con ellos en Galilea. Vuelve a estar ahora con ellos, no se desentiende, sino que les sigue apoyando e interesándose por sus situaciones y necesidades reales. Además, ahora no se limita a restablecer aquello ya vivido en Galilea, sino que es fuerza dinámica que les hace comprenderlo y cambia la pasión, el dolor, el pecado, el sufrimiento, los miedos en alegría y gozo. El Resucitado, toma lo más débil, limitado y problemático de los discípulos, porque apuesta por lo humano y les hace entender que tienen futuro y hay esperanza a pesar de ello.

De cara a la misión, la comunidad tiene que ser creativa, pero escuchando: “como el Padre me ha enviado, así os envío yo”, ya que es la pretensión de Jesús su mismo mensaje y talante lo que tiene que tener presente: liberar, curar con el mismo Espíritu de Jesús de discernimiento, perdón, misericordia, pues se trata de alargar la humanización, la fraternidad, que Jesús quiere, no de cultivar las llamadas autorreferencias.

Un nuevo aire entró en su casa

Con el Espíritu entendieron las bienaventuranzas y les hizo personas compasivas, misericordiosas, alegres, pacíficas, limpias, … Así los que habían pretendido los primeros puestos; que no habían entendido el sentido de la cruz, del sufrimiento, de la entrega; que creían en un mesías político, por la fuerza; que tenían a Jesús como un milagrero; que no entendían por qué compartir y estar con los pobres, su vida se iluminó.

Los llamados que le abandonaron, los discípulos que le negaron, los que no le entendieron, los pobres y más limitados de la sociedad, le vuelven a sentirle a su lado como cuando comía con ellos, pero ahora llenos de su Espíritu y vida tienen que actualizar sus palabras, sus gestos, sus actitudes; tienen que dar un paso adelante confiando en que su Espíritu les va a llevar a un futuro de esperanza.

El aire nuevo que recibe la comunidad es “el aliento” de Jesús, manifestado en el perdón desparramado a raudales como único camino para construir una sociedad verdaderamente humana, junto con el discernimiento para que el mensaje de Jesús no se corrompa. Solo con el Espíritu del Resucitado se hace la misión de Jesús.

Hoy es Pentecostés

Es nuestro nacimiento como comunidad, como iglesia, nacidos con Jesús en medio y el regalo de su Espíritu. No somos, por tanto, una institución u organización sin carisma, aprisionada por estructuras y normas, dogmas y ritos. Pentecostés es un camino nuevo, basado en el amor y fuera de la religiosidad judía.

Actualizamos las palabras y gestos de Jesús, pero si no está en medio, o está solo como doctrina predicada y no como experiencia vivida que nos nutre, ¿Quién nos abrirá las puertas las puertas cerradas del dialogo, del encuentro con los demás?, ¿Cómo podemos decir que está con nosotros, si no tenemos alegría, nos sentimos cansados o nos autonutrimos de doctrinas, leyes, estructuras para defendernos y no perder visibilidad?

¿Quién va a quitar a la iglesia el miedo a lo nuevo, a la creatividad teológica, las reformas litúrgicas y a cambiar lenguajes atrasados a pesar de que no comunican ni ayudan a celebrar nada? Solo conservando el pasado no somos fieles al evangelio, pues el instinto de conservación es señal de miedo. ¿Quién nos va quitar el miedo a defender los derechos humanos, las tensiones y conflictos que implica ser fieles al evangelio, si nos callamos cuando no debíamos, hablamos para defendernos y vivimos una adhesión rutinaria y cómoda? En el fondo, es miedo a hacer lo que hacía Jesús: acoger a los pecadores misericordiosamente, reconciliar y no juzgar ni condenar, romper hielos razonables, con el amor asimétrico de Jesús y, un largo etc… ¿Quién nos va a quitar el miedo a emprender en la iglesia un verdadero y consecuente camino sinodal, restituir la participación de la mujer en su medida, si no es el Espíritu de Jesús?

¿Quién va a quitar los miedos del hombre de hoy? La falta de trabajo, la pobreza, la vejez, la enfermedad, el fantasma de la soledad, el sufrimiento, el fracaso, el desamor. Nos angustian las realidades, las carencias, los límites humanos y afrontarlos solos, más aún. Tememos la soledad, a pesar de que nos decimos seres relacionales y que las comunicaciones han avanzado desmesuradamente. Cuantos más medios tenemos para afrontar la vida, más miedos nos acechan. Hay inquietud y desazón por los cambios tan rápidos que se dan en nuestra sociedad, por el individualismo, el pragmatismo y la insolidaridad tan exagerada. Hay una angustia disfrazada y solapada, que suele estar ligada al sinsentido de la vida y el miedo al dolor, la muerte, por esa falta de sentido, dispersión y desorganización de la vida.

Donde crece el miedo se pierde de vista a Dios, se ahoga la bondad que hay en las personas y la vida se apaga y entristece. Es importante no perder la confianza en Dios. Si el Dios manifestado en Jesús nos da miedo, no hemos entendido gran cosa. El Dios de Jesús nos quita el miedo a Dios con su imagen tan humana y cercana que nos proyecta.

Solo el espíritu del Resucitado, aclarará nuestra confusión, falta de entendimiento, comunicación y entrega. En un mundo contaminado y con alergias, necesitamos aire puro que nos aclare por dentro y por fuera; nos de valor para testimoniarle, fuerza para no silenciarle, respetando; valor para acompañar, tocar y curar las llagas de nuestros entornos, escuchar los gemidos de las víctimas; y que el mismo Espíritu transforme el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre para nosotros.

El Espíritu de Jesús quitó a los discípulos lo que confundía sus ojos, ¿Quién nos proporcionará, sino Él, la paz y la alegría para superar las contrariedades de la vida y para anunciar que tenemos futuro y que hay esperanza en nosotros?

Fr. Pedro Juan Alonso O.P.

domingo, 12 de mayo de 2024

"ID Y PROCLAMAD EL EVANGELIO"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 12 de Mayo de 2024. 7º de Pascua.

¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Son palabras de los dos hombres vestidos de blanco del libro de los Hechos. Se dirigen a los Apóstoles. En una escena casi de película en la que ven desaparecer a Jesús de su vista. Posiblemente una catequesis de Lucas, para expresar lo que los apóstoles experimentaron. Jesús, el Resucitado, les ha sido arrebatado de su lado. Aquel con el que pudieron compartir tantas cosas durante tres años intensos, ya no está físicamente junto a ellos.

Hacía ya un tiempo, cuarenta días, como los cuarenta días del Señor en el desierto, como los cuarenta años (toda una vida) del pueblo de Israel caminando, desde que Jesús resucitó de entre los muertos. Un tiempo tal vez simbólico. Un margen de tiempo suficiente para tomar conciencia de la nueva situación.

¿Nostalgia? ¿Orfandad? ¿Cuáles son los sentimientos  que les embargan? ¿Miedo? ¿Tristeza? Quizás todo esto a la vez. Pero es el momento de la mayoría de edad.  Todos hemos pasado, quizás a pequeña escala, por esta situación y podemos recordar el miedo de tener que ser responsables, protagonistas de nuestra vida y de nuestras decisiones.

Ya no es Jesús el que lo ordena y dispone todo. Ahora es la Iglesia, esa pequeña Comunidad naciente, la que llega a su pronta mayoría de edad. Los Apóstoles son como arrojados del nido para volar, para comenzar su andadura, su trabajo, su misión. No es fácil. La tarea encomendada aparece en texto del Evangelio que acabamos de proclamar: “Id al mundo entero” una misión universal. El Evangelio no conoce fronteras, el mensaje salvador de Jesucristo no sabe de razas ni de colores de piel. Está por encima de banderas y de ideologías.  Esto todavía choca a los mismos Apóstoles que siguen hablando en términos humanos y localistas del Reino de Israel.

El Reino es un regalo de Dios para todos los que quieran acogerlo en su corazón y en su vida. “Id al mundo entero y haced discípulos” nuevos seguidores de Jesús. Ellos han de contagiar lo que el Maestro les ha enseñado. No sólo un mensaje, una doctrina para saber, sino una nueva forma de ser y de vivir.

En todo esto hay una llamada a la fortaleza. Una fortaleza que no viene de cada uno de ellos, ni siquiera de su propia capacidad. Jesús, el Maestro no se desentiende. Les hace una promesa: “Yo estoy con vosotros” y no una promesa transitoria, sino eterna, para siempre: “Todos los días, hasta el fin del mundo”. Comienza, ha comenzado realmente en la Resurrección, una forma nueva de presencia de Jesús en medio del mundo  especialmente en medio de los suyos. Cada vez que nos reunimos en su nombre Él está con nosotros. Necesitamos la fe para percibir su cercanía y su presencia siempre alentadora.

Todo esto, en la fiesta que celebramos, la Ascensión, nosotros los cristianos no solo lo recordamos sino que lo actualizamos. Estamos en el tiempo que media entre la subida al cielo del Señor y su vuelta. Ha prometido que volverá, aunque no sabemos ni el día ni la hora.

La Iglesia de nuestra generación toma el relevo de la misión de los Apóstoles. También nosotros hemos de llevar el Evangelio a todos los rincones del mundo, también nosotros hemos de enseñar a vivir, desde nuestra experiencia compartida, a los hombres y mujeres de nuestro mundo, de un modo nuevo, al estilo de Jesús. Y no podemos tener miedo. Jesús sigue estando en medio de nosotros, nos sigue animando y alentando.

Nuestra Iglesia de hoy tiene que ser una comunidad evangelizada y evangelizadora. Una comunidad acogedora que irradie la vida y el mensaje de Jesús. Estamos llamados a ser sal y luz en medio del mundo.

El reto sigue siendo grande. Los hombres y mujeres de hoy seguimos necesitando de una palabra que de sentido nuestra existencia. Seguimos necesitando del Jesucristo que se hace presente por medio del Evangelio que proclama la Iglesia. También a todos nos cuesta asumir la responsabilidad. Pero Jesús sigue cumpliendo su promesa y está presente entre nosotros. Él camina a nuestro lado y nos infunde su Espíritu.

Es bueno que nos preguntemos:

¿Experimento la urgencia de compartir mi fe y de dar testimonio de Jesucristo con humildad y con verdadero convencimiento?

¿Vivo la fe y la celebro en comunidad y como una experiencia gratificante que da sentido a mi vida?

¿Asumo mi compromiso como cristiano trabajando por una sociedad más justa y humana en la que se haga realidad el Reino de Dios?


Fr. Francisco José Collantes Iglesias O.P.

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