jueves, 1 de enero de 2026

MARÍA, MEMORIA CREYENTE DE LA BENDICIÓN


Reflexión Evangelio 1 de Enero de 2026. Solemnidad de Santa Mª Madre de Dios.

La bendición que inaugura el año: un don que precede todo esfuerzo

La primera palabra que escuchamos al iniciar el año no es una exigencia, sino una bendición. El libro de los Números nos ofrece una fórmula paternal, cercana y luminosa que resalta en el lenguaje histórico y jurídico de este libro: “El Señor te bendiga y te guarde… haga brillar su rostro sobre ti… te conceda la paz.”

Esta bendición revela a un Dios que no comienza exigiendo, sino regalando. Antes de nuestras metas y de nuestras decisiones, hay una gracia que nos precede. Empezamos el año sostenidos por un Dios que protege, ilumina y acompaña.

El Salmo 66 recoge esta misma intuición y amplía el horizonte: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga… para que conozca la tierra tu camino y todas las naciones tu salvación.”

La bendición no es solo bienestar personal: es misión. Dios nos bendice para que seamos signo de su luz para el mundo.

Comenzar el año bajo esta bendición es situarnos en una postura de confianza. La vida no es una lucha solitaria: Dios está presente, su rostro brilla y su paz nos cubre.

La bendición hecha carne: Cristo nacido de mujer

San Pablo afirma: “Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer.” Esta frase concentra toda la fe cristiana. La bendición divina no es abstracta, no es un deseo, no es un amuleto: es una persona. En Jesús, “nacido de mujer”, Dios bendice a la humanidad haciéndose uno de nosotros.

La maternidad de María es esencial en este misterio. Ella es la mujer por la que Dios se hace cercano, frágil, abrazable. Por su fe humilde, la bendición entra en la historia. Comenzar el año con María significa aprender a acoger la gracia como ella: sin comprender del todo, pero confiando plenamente.

Los pastores: pobres que reciben primero la bendición

El Evangelio nos lleva al pesebre, al mismo donde estuvimos al inicio de la octava de Navidad. Allí, unos pastores —hombres simples, socialmente marginados— son los primeros destinatarios de la buena noticia. Dios comienza por los pequeños, porque viven disponibles para dejarse sorprender.

Los pastores escuchan el anuncio, se ponen en camino, encuentran al Niño y después regresan “dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído”.

Su itinerario es también el nuestro:

Escuchar la Palabra.

Ponerse en camino hacia lo que Dios muestra.

Encontrar a Cristo en la humildad.

Agradecer y alabar, dejando que la alegría transforme la vida.

Compartir lo recibido con sencillez.

Los pastores inauguran el año nuevo de la humanidad —el nacimiento del Mesías— no desde el poder, sino desde la alegría agradecida de quien ha sido sorprendido por la misericordia de Dios.

El Salmo invita a unirnos a ellos: “Que canten de alegría las naciones… Que Dios nos bendiga y que lo teman hasta los confines del orbe.” Quien recibe la bendición no puede guardar silencio: se convierte en testigo.

Iniciar el año agradeciendo y alabando

El gesto de los pastores es profundamente espiritual: vuelven a su vida cotidiana alabando. No escapan de su realidad; vuelven a ella, pero transformados por lo que han visto.

Su actitud nos invita a contagiarnos para comenzar el año, no desde la preocupación, sino desde la confianza; no desde la autosuficiencia, sino desde el reconocimiento de la gracia; no desde la tristeza, sino desde la alabanza.

El Salmo 66 es una invitación a esta actitud interior: la bendición de Dios produce alegría, expande el horizonte, renueva el corazón. Alabar es agradecer. Y agradecer es recordar que no caminamos solos.

María, memoria creyente de la bendición

El Evangelio concluye diciendo que María “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.” El inicio del año bajo su mirada nos enseña una actitud esencial: guardar la bendición recibida y meditarla para reconocer la presencia de Dios en nuestra historia.

María es la memoria viva de la acción divina. Comenzar el año con ella es aprender a leer cada acontecimiento —luminoso u oscuro— desde la fe. Su corazón es escuela de contemplación, de escucha, de disponibilidad.

¿Qué bendición específica siento que Dios me ofrece para comenzar este año? ¿Cómo puedo imitar a los pastores, iniciando el año con un corazón que agradece y alaba? ¿En qué aspectos de mi vida necesito dejar que Cristo, “nacido de mujer”, me humanice y me libere? ¿Qué puedo hacer este año para que la bendición recibida llegue también a otros?

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