domingo, 25 de enero de 2026

“VENID EN POS DE MI Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES”

Reflexión Evangelio Domingo 25 de Enero de 2026. 3º del Tiempo Ordinario.

"El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande"

La tierra de Galilea en tiempos de Isaías vivió el destierro y la guerra; estaba sumida en tinieblas, bajo la sombra de la opresión, sin alegría y sin esperanza. En esta situación el profeta Isaías proclama el gran cambio: brilla la luz, renace la alegría, llega la liberación. El protagonista no es otro que el Dios de la paz, que interviene de forma eficaz en la historia de su pueblo.

Este acontecimiento salvador es el que evoca Mateo en el evangelio para describir el inicio del ministerio de Jesús. Jesús es la verdadera luz que trae alegría y liberación. Él anuncia el Evangelio, la buena noticia de la presencia y acción de Dios, y lo hace con palabras (enseñando) y con signos (curando).

Esto se realiza en Cafarnaúm, en Galilea que es tierra de paso y mezcla de pueblos, en el margen de la sociedad judía, lejos del centro religioso (Jerusalén).

No es solo un hecho histórico que recordamos, sino memoria del ministerio de Jesús en nuestra vida, en este presente histórico tan diverso de aquel, pero a la vez con tantos parecidos: situaciones de oscuridad, tristeza y desesperanza; vida y necesidad en los márgenes de la sociedad; tierra de mezcla de pueblos, de ideas, de criterios…

Pero, ¿somos capaces de percibir esa luz, esa buena noticia que nos llena de alegría y esperanza? Haremos bien en mirar nuestras vidas y nuestro entorno, en reconocer las situaciones de oscuridad, de tristeza, de ausencia de paz y esperanza. Porque en estas circunstancias, en la vida concreta de cada uno y de su Iglesia, Dios se hace presente: nos enseña y cura, proclama la buena noticia y es luz para el camino. Sí, hoy Dios sigue salvando.

Hoy sigue llamando

Y como entonces, hoy sigue llamando a muchos a colaborar con él. La invitación de Jesús a esos primeros discípulos encierra cierto misterio: «venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Dice el texto que aquellos hermanos pescadores respondieron de forma radical: dejaron todo y lo siguieron. Hoy sabemos que el camino no fue tan sencillo. Ir tras Jesús, seguirle, implica conocerle, escucharle, configurarse con él, tener sus mismos sentimientos, preferir a los mismos que él prefirió, tener la misma relación con el Padre que él tuvo, padecer como él padeció…

Sólo entonces podremos ser pescadores de hombres, evangelizadores que anuncian el Reino de Dios con palabras y con hechos, capaces de portar luz y esperanza, y liberar de todo mal y dolencia en este momento de la historia.

Una fortaleza que parece olvidarse a veces, es que este camino de discípulos y apóstoles no lo realizamos solos. Siempre lo vivimos con otros hermanos, lo recorremos en comunidad.

Vivir la comunión requiere un aprendizaje que realizamos todos los días de nuestra vida. Días en los que tenemos que estar muy atentos a las pequeñas interferencias que se van mezclando en nuestro vivir y creer. En la comunidad de Corinto, nos dice la segunda lectura, había discordias y divisiones. Los protagonismos y los "egos" a veces ocultan al que debería ser el verdadero protagonista de nuestras vidas: Cristo. Él es el que nos ha llamado por nuestro nombre, el que ha tocado nuestras vidas y nos ha hecho renacer en el bautismo, el que nos ha enseñado y curado.

Él nos ha llamado para ser sus discípulos, y así después, poder afrontar la misión de proclamar el evangelio del reino.

Discípulos y testigos de la Palabra de Dios

Que tengamos que dedicar un día extraordinario a la Palabra de Dios parece una broma, pues escucharla, vivirla y transmitirla debería ser la verdadera marca del cristiano, debería ser lo ordinario en nuestra vida creyente. Sin embargo, tal vez debido a la historia eclesial, es la gran desconocida para una gran parte de los bautizados en la fe católica.

Como los primeros discípulos, los actuales también caminamos en pos de Cristo escuchando su Palabra. Es esta Palabra la que nos enseña, nos guía, nos cura… ilumina nuestra vida para configurarla con aquel que es el centro de la vida y la fe: Dios Padre.

Somos los primeros receptores de la Palabra que Dios, testigos de primera mano de la encarnación de esa Palabra en Jesús (algo que celebrábamos hace solo unas semanas). Si afinamos nuestro oído y nuestro corazón para reconocer su Palabra, entonces seremos capaces de acogerla y dejar que habite en nosotros. El discípulo ha de estar habitado por la Palabra y ser dócil a ella, dejándose interpelar y transformar.

Solo entonces, cuando somos buenos discípulos, podremos ser testigos de la Palabra, podremos, como hizo Jesús, proclamar el evangelio del Reino con palabras y hechos.

Miremos nuestra vida como creyentes y preguntémonos qué lugar ocupa la Palabra de Dios en muestras vidas, cómo asumimos el camino de discípulos y testigos.

Que el Señor nos abra el oído y el corazón para escucharle, y transforme nuestras vidas para mostrarle. Os invito a orar con palabras de santo Tomás de Aquino, para que el Señor nos conceda la gracia de escuchar y vivir su Palabra.

Ven, oh Espíritu Santo, dentro de mí, en mi corazón y en mi inteligencia.

Concédeme tu inteligencia, para que pueda conocer al Padre al meditar la palabra del Evangelio.

Concédeme tu amor, para que también hoy, impulsado por tu Palabra, te busque en los hechos y en las personas que encuentro.

Concédeme tu sabiduría, para que sepa cómo vivir y juzgar, a la luz de tu Palabra, aquello que hoy acontece.

Concédeme la perseverancia para penetrar pacientemente el mensaje de Dios en el Evangelio.

Santo Tomás de Aquino

Fr. Óscar Jesús Fernández Navarro O.P.

domingo, 18 de enero de 2026

“TRAS DE MÍ VIENE UNO QUE ESTÁ POR DELANTE DE MÍ"


Reflexión Evangelio 18 de Enero de 2026. 2º del Tiempo Ordinario.

“Preparad los caminos, allanad los senderos”

Para entender este texto se hace imprescindible conocer algo de la figura de Juan Bautista para así poder descubrir la novedad de la buena nueva de Jesús, que al fin y al cabo es lo único que nos debe importar. También, sólo así podremos extraer de este evangelio una reflexión vital y edificante para nuestra vida cristiana.

Conviene no olvidar que Juan Bautista, primo de Jesús, liderará un movimiento profético y penitencial en los primeros tiempos del cristianismo ante la certeza inminente de la llegada del Mesías, realidad largamente esperada por Israel.

Él es consciente que ante la magnitud de tal acontecimiento sólo queda una salida: “preparad los caminos, allanad los senderos” y hacer penitencia para que las faltas e infidelidades se borren, porque Dios va a intervenir definitivamente en la historia.

Por eso se retirará al desierto para preparar ese momento, bautizando a penitentes en torno al río Jordán, en un bautismo de conversión y purificación. Su estilo de vida austero y su Dios de la justicia, el cual separará lo bueno de lo malo, y su Dios de la ira inminente ante el pecado e infidelidad de Israel, seducirá a muchos, pues su discurso estaba ligado al Dios del Antiguo Testamento muy enraizado en la mentalidad del pueblo de Israel.

“Detrás de mí viene a quien no merezco desatarle la correa de las sandalias”

Como suele pasar a lo largo de la historia con otros líderes espirituales, serán más bien sus seguidores quiénes los pondrán en lugares que no les corresponden, y en este caso serán ellos quienes verán en Juan Bautista al mesías esperado.

Tal vez, algo así habrán pensado sus seguidores: este hombre justo, bueno y austero que habla del Dios de la justicia, tiene que ser el salvador. Ante tal confusión no es de extrañar que los cuatro evangelios, con matices, pero señalando lo mismo, se esfuercen en mostrar a Juan como simplemente el precursor, el último de los profetas, el nexo entre lo antiguo y lo nuevo, pero no el mesías; siempre poniendo en boca de Juan el intento de clarificar los roles: “detrás de mí viene a quien no merezco desatarle la correa de las sandalias”. Y este texto deja claro quién es quién; mostrando la identidad de uno y de otro.

"Juan dio testimonio"

El mensaje y estilo de Jesús estarán en las antípodas del de Juan, frente al estilo penitencial del bautista y sus seguidores, simbolizado en el desierto, su soledad y su ascetismo, Jesús se acercará a la gente en el corazón de sus vidas; participará en comidas, banquetes; irá a bodas, estará en las plazas públicas.

El Reino de Dios anunciado por Jesús llegará al centro del mundo, no alejado de él, sanando, acogiendo y curando las heridas de los hombres y mujeres de su tiempo. Frente al Dios de buenos y malos, propio del judaísmo vetero testamentario, reflejado en el discurso de Juan, Jesús irá por la oveja perdida, porque todos son hijos de Dios.

Se juntará con los pecadores, con hombres y mujeres de mala fama, afirmando que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores, que son los que tienen necesidad de “médico”. Y podríamos seguir.

En definitiva, frente al Dios de los buenos y malos de Juan, emerge de la mano de Jesús el Dios del amor y de la misericordia que ofrece a todos siempre otra posibilidad de vida. El Dios de Jesús es el Padre de la parábola del Hijo Pródigo, que hace fiesta por el hijo que vuelve a casa, perdonándole su pecado.

"Este es el Hijo de Dios"

En el texto que comentamos hay dos frases que vienen a cerrar lo anterior, marcando la diferencia radical entre Juan y Jesús.

Juan dirá que Jesús es “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y que ha visto que el Espíritu Santo se posaba sobre él”.

Hacer penitencia, arrepentirse, se puede y debe, y es muy noble y necesario, pero erradicar, “quitar”, el pecado como ruptura radical de la amistad del ser humano con Dios, eso sólo lo puede hacer Dios mismo, sólo Jesús como Hijo de Dios, por obra del Espíritu Santo.

Juan bautizaba con agua, todo un símbolo de regeneración y de pureza ritual, pero la distancia entre el ser humano y Dios seguían siendo infinitas. Jesús bautizará en el Espíritu Santo, haciéndonos participar de la misma vida de Dios, convirtiéndonos en verdaderos hijos e hijas en Él.

Hoy el evangelio nos invita a mirar de frente a Jesús con los ojos de Juan Bautista, sin vacilaciones, con coraje y a escucharlo con un corazón sincero y bien dispuesto. Que cada uno de nosotros pueda decir, como Juan: “He visto al Señor obrando en mi vida, y quiero anunciarlo.”

Pidamos al Espíritu Santo  que nos convierta en testigos humildes, valientes y fieles, que sepamos señalar a Cristo en un mundo que necesita encontrarse con Él. Que como Juan tengamos el coraje de seguir anunciando con palabras y con nuestras vidas que Jesús es Dios y es la palabra de amor del Padre para el mundo.

martes, 13 de enero de 2026

NACIMIENTO DE Mª ANA MOGAS

 

Hoy nuestra Parroquia felicita con motivo del 199 Aniversario del nacimiento de su Fundadora a la Comunidad de Religiosas Franciscanas de la Madre del Divino Pastor que durante más de 100 años lleva sembrando en este pueblo el mensaje hecho servicio de "Amor y Sacrificio".

domingo, 11 de enero de 2026

"CONVIENE ASÍ QUE CUMPLAMOS TODA JUSTICIA"

 
Reflexión Evangelio 11 de Enero de 2026. Bautismo de Ntro. Señor Jesucristo.

"Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país"

¡Qué contraste entre las lecturas que se nos presentan hoy y nuestra manera de actuar y de pensar! Cuántas veces hacemos uso de una justicia fría que no tiene en cuenta la realidad de los individuos que tiene delante, que hace acepción de personas, que mira principalmente a los que no son del propio grupo, que descarta a los que no siguen las mismas pautas y no defienden los mismos intereses.

Cuántas veces hacemos uso de esa justicia fría que no sabe ponerse en el lugar del otro y que busca la venganza. Si nos fijamos en las noticias, en la gente que hay a nuestro alrededor, incluso, en nosotros mismos, nos veremos juzgando y condenando, contribuyendo así a la confrontación y polarización en la que se ven envueltos nuestra sociedad y nuestro mundo.

En cambio, en la primera lectura del profeta Isaías que hemos escuchado podemos ver cómo el siervo, el elegido del Señor, no viene a traer venganza ni a condenar, sino que nos viene a traer la justicia que salva, que levanta, que dignifica. Esta justicia que consiste en “abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la cárcel y de la prisión a los que habitan en las tinieblas”.

Esto me recuerda a esa máxima que dice “odia el delito y compadécete del delincuente”. Es la misericordia la que traspasa la justicia y la que busca restablecer el bien, invitando a la conversión y al cambio, sanando las heridas que se hayan podido producir entre las personas o entre estas y la creación, construyendo un mundo en el que no haya muros que dividan y separen, que enfrenten y lleven a la enemistad, sino puentes que unan y que lleven al encuentro y a la comunión.

"Dios no hace acepción de personas"

Y, en esta llamada, como nos dice la segunda lectura del libro de los Hechos, el Señor no hace acepción de personas: “Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”, y podríamos seguir, sea de la raza que sea, tenga el sexo que tenga, pertenezca al partido que pertenezca, etc.

Es una invitación a ver en el otro a un hermano al que hay que cuidar y al que hay que tratar como a uno le gustaría que le tratasen.  Lo importante es hacer vida en la propia vida la Buena Noticia de la paz que trajo Jesús y hacer lo que él hizo: pasar haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal.

"Este es mi Hijo amado, en quien me complazco"

Esto nos tiene que llevar a nosotros a aquel de quien el Señor dice “este es mi Hijo amado en quien me complazco”. Al igual que Juan lo reconoce: “soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”, nosotros también estamos llamados a reconocerle y a encontrarnos con él.

Estamos llamados a abrirle las puertas de nuestro corazón y nuestra vida, a dejarnos llenar por él, a configurarnos y conformarnos con él. Esto significa intentar vivir como él vivió, haciendo la voluntad del Padre, en nuestra época y en los lugares en los que nos toque vivir: “Conviene así que cumplamos toda justicia”.

En el día en el que celebramos el bautismo del Señor, hacemos también memoria de nuestro bautismo. Y no podemos dejar de recordar la invitación de Jesús a la conversión y a creer en el evangelio. Que una vida auténtica, vivida en relación con los demás desde la justicia y la misericordia y al cuidado de la creación nos lleva a la fidelidad al Dios de Jesucristo que quiere que todos tengan vida y la tengan en abundancia.

¿No es la voluntad del Padre vivir nuestra vida de creyentes desde la autenticidad, viviendo conforme a nuestra fe, a aquello que creemos, e intentando crecer en el seguimiento de Cristo? No dejemos nunca de confrontar nuestra fe y nuestra vida con la Palabra y de dejarnos acompañar por la comunidad de creyentes.

¿No es voluntad del Padre que vivamos nuestras relaciones con los demás desde la justicia y la misericordia? No podemos olvidar que nuestras relaciones con los otros, deben de tener como base estas dos realidades, la justicia y la misericordia, que no son otra cosa que expresión del amor de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia los demás.

¿No es voluntad del Padre que vivamos nuestra relación con todo lo creado desde el cuidado? Cuántas veces hemos malinterpretado las palabras del Génesis, fijándonos sólo en el “sed fecundos y multiplicaos, henchid la tierra y sometedla”, olvidando y separándolo de “para que lo labrase y lo cuidase”. Así hemos tratado la creación como nuestra despensa personal, puesta al servicio de nuestros propios intereses, olvidándonos de que es nuestra casa común y que hemos de vivir en comunión con ella, cuidándola y respetándola como creatura de Dios que es.

¿No es voluntad del Padre que vivamos nuestra relación con él desde la fidelidad? La fidelidad nos tiene que llevar a purificar las imágenes de Dios que muchas veces nos hacemos y con las que nos justificamos, a vivir nuestra vida teniéndole presente en nuestro día a día y a vivirla conforme a nuestra fe en Él.

domingo, 4 de enero de 2026

"Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS"

Reflexión del Evangelio Domingo 4 de Enero de 2026. 2º de Navidad.

"La Palabra existía desde el principio"

Juan comienza su Evangelio con un eco del Génesis: "En el principio…" (Gn, 1,1). Antes de que existieran los mundos, antes de que el tiempo empezara a correr, ya estaba la Palabra. No una idea, no un sonido, no un símbolo, sino una realidad viva junto a Dios y en Dios. En cambio, el libro del  Eclesiástico lo expresa de otra manera: la Sabiduría, “existía antes de los siglos, desde el principio”. Ambas imágenes Sabiduría y Verbo se complementan para mostrarnos un mismo misterio: Dios no actúa improvisando; crea desde su Sabiduría y desde su Palabra, que son eternas, pero no lejanas.

Para el creyente, esta afirmación tiene un enorme consuelo: nuestra vida está sostenida por una Palabra previa, una Palabra que nos precede, que nos acompasa, que nos da sentido incluso cuando no lo entendemos todo. No somos fruto del azar, ni del capricho de nadie: venimos de una Palabra que quiso que existiéramos.

"La Sabiduría que baja a habitar entre los hombres"

En la primera lectura, la Sabiduría habla de su “doble ciudadanía”: una morada en las alturas y una casa en la tierra. Mirada desde el Evangelio, esta imagen encuentra su plenitud en Jesús: Dios no se conforma con reinar en lo alto; quiere plantar su tienda entre nosotros y dejarse ensuciar  y acostumbrarse a  nuestra realidad humana.

En texto del Eclesiástico, autor utiliza verbos intensos: “habita”, “descansa”, “arraiga”. No son verbos superficiales. Indican permanencia, compromiso, deseo de fecundidad. La Sabiduría no es un visitante fugaz; es una presencia que transforma el lugar donde habita. Y si Dios decide arraigarse en medio de su pueblo, entonces la historia humana ya es un lugar sagrado.

Esta cercanía de Dios abre una pregunta para cada uno: ¿Permitimos que la Sabiduría arraigue también en nuestra vida, o solo la dejamos pasar de largo? A veces lo dejamos entrar solo a ciertas zonas “ordenadas”, pero le cerramos puertas en los lugares que consideramos frágiles o conflictivos. Sin embargo, es ahí donde su Sabiduría quiere arraigar, porque ahí puede dar fruto y puede brotar luz, amor, convención. Dios no quiere rozar nuestra existencia; quiere echar raíces en ella.

"Bendecidos desde siempre"

San Pablo, en el hermoso himno que abre la carta a los Efesios, proclama que hemos sido “bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales” y que Dios nos eligió antes de la creación del mundo. La Palabra que crea también bendice, elige, sostiene y conduce.

Pablo nos invita a mirar nuestra vida desde esta clave: Somos fruto de una elección amorosa, no de la casualidad. Somos destinatarios de un proyecto bueno de Dios. Y cuando vivimos desde esta verdad, nuestra existencia deja de estar marcada por la comparación, la culpa o la sensación de insuficiencia. Este pasaje de Efesios es una invitación a recuperar la conciencia de nuestra identidad: hijos amados, redimidos, acompañados por la Sabiduría divina que actúa en nuestra historia.

La Palabra como luz que ilumina la vida

Juan dice que la Palabra es la “luz verdadera que ilumina a todo hombre”. La luz no solo permite ver, también revela lo que somos. Muestra caminos, disipa miedos. Por eso la Palabra de Dios, cuando es acogida, nos ayuda a leer nuestra propia historia con claridad y verdad.

Pero el Evangelio reconoce una resistencia: "La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió". Hoy también nos ocurre: preferimos a veces una vida sin demasiada luz, sin cuestionamientos, sin verdad. Nos acomodamos a sombras afectivas, laborales, sociales o espirituales. La Palabra no humilla ni deslumbra, sino ilumina, sí, pero iluminar implica transformar, y eso en ocasiones nos incomoda.

Sin embargo, Juan afirma que a quienes la reciben, les da poder de ser hijos de Dios. Recibir la Palabra no es un examen de perfección: es abrir la puerta a una vida nueva.

La Palabra hecha carne: el corazón del misterio

El centro de este domingo es la afirmación que cambia toda la fe cristiana:

"La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". Esta Palabra, no se hizo idea, ni discurso, ni norma. Se hizo carne: fragilidad, límites, afectos, cansancio, esperanza. Dios entra por la vía más humana para mostrarnos que lo divino y lo humano no se excluyen, sino que se abrazan.

Por lo tanto, la Encarnación nos dice que: Dios no teme nuestra humanidad. Dios se acerca para comprender desde dentro nuestra vida. Dios se hace uno de nosotros para que lo podamos encontrar en lo cotidiano. La Navidad no termina el 25 de diciembre: empieza cada vez que descubrimos a Dios habitando nuestras propias realidades, la de los rostros sin horizontes, incluso las que consideramos demasiado pequeñas o complicadas. Como apostilla León XIV en In Unitate Fidei: “Es precisamente en virtud de su encarnación que encontramos al Señor en nuestros hermanos y hermanas necesitados”: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”, (Mt 25,40).

jueves, 1 de enero de 2026

MARÍA, MEMORIA CREYENTE DE LA BENDICIÓN


Reflexión Evangelio 1 de Enero de 2026. Solemnidad de Santa Mª Madre de Dios.

La bendición que inaugura el año: un don que precede todo esfuerzo

La primera palabra que escuchamos al iniciar el año no es una exigencia, sino una bendición. El libro de los Números nos ofrece una fórmula paternal, cercana y luminosa que resalta en el lenguaje histórico y jurídico de este libro: “El Señor te bendiga y te guarde… haga brillar su rostro sobre ti… te conceda la paz.”

Esta bendición revela a un Dios que no comienza exigiendo, sino regalando. Antes de nuestras metas y de nuestras decisiones, hay una gracia que nos precede. Empezamos el año sostenidos por un Dios que protege, ilumina y acompaña.

El Salmo 66 recoge esta misma intuición y amplía el horizonte: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga… para que conozca la tierra tu camino y todas las naciones tu salvación.”

La bendición no es solo bienestar personal: es misión. Dios nos bendice para que seamos signo de su luz para el mundo.

Comenzar el año bajo esta bendición es situarnos en una postura de confianza. La vida no es una lucha solitaria: Dios está presente, su rostro brilla y su paz nos cubre.

La bendición hecha carne: Cristo nacido de mujer

San Pablo afirma: “Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer.” Esta frase concentra toda la fe cristiana. La bendición divina no es abstracta, no es un deseo, no es un amuleto: es una persona. En Jesús, “nacido de mujer”, Dios bendice a la humanidad haciéndose uno de nosotros.

La maternidad de María es esencial en este misterio. Ella es la mujer por la que Dios se hace cercano, frágil, abrazable. Por su fe humilde, la bendición entra en la historia. Comenzar el año con María significa aprender a acoger la gracia como ella: sin comprender del todo, pero confiando plenamente.

Los pastores: pobres que reciben primero la bendición

El Evangelio nos lleva al pesebre, al mismo donde estuvimos al inicio de la octava de Navidad. Allí, unos pastores —hombres simples, socialmente marginados— son los primeros destinatarios de la buena noticia. Dios comienza por los pequeños, porque viven disponibles para dejarse sorprender.

Los pastores escuchan el anuncio, se ponen en camino, encuentran al Niño y después regresan “dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído”.

Su itinerario es también el nuestro:

Escuchar la Palabra.

Ponerse en camino hacia lo que Dios muestra.

Encontrar a Cristo en la humildad.

Agradecer y alabar, dejando que la alegría transforme la vida.

Compartir lo recibido con sencillez.

Los pastores inauguran el año nuevo de la humanidad —el nacimiento del Mesías— no desde el poder, sino desde la alegría agradecida de quien ha sido sorprendido por la misericordia de Dios.

El Salmo invita a unirnos a ellos: “Que canten de alegría las naciones… Que Dios nos bendiga y que lo teman hasta los confines del orbe.” Quien recibe la bendición no puede guardar silencio: se convierte en testigo.

Iniciar el año agradeciendo y alabando

El gesto de los pastores es profundamente espiritual: vuelven a su vida cotidiana alabando. No escapan de su realidad; vuelven a ella, pero transformados por lo que han visto.

Su actitud nos invita a contagiarnos para comenzar el año, no desde la preocupación, sino desde la confianza; no desde la autosuficiencia, sino desde el reconocimiento de la gracia; no desde la tristeza, sino desde la alabanza.

El Salmo 66 es una invitación a esta actitud interior: la bendición de Dios produce alegría, expande el horizonte, renueva el corazón. Alabar es agradecer. Y agradecer es recordar que no caminamos solos.

María, memoria creyente de la bendición

El Evangelio concluye diciendo que María “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.” El inicio del año bajo su mirada nos enseña una actitud esencial: guardar la bendición recibida y meditarla para reconocer la presencia de Dios en nuestra historia.

María es la memoria viva de la acción divina. Comenzar el año con ella es aprender a leer cada acontecimiento —luminoso u oscuro— desde la fe. Su corazón es escuela de contemplación, de escucha, de disponibilidad.

¿Qué bendición específica siento que Dios me ofrece para comenzar este año? ¿Cómo puedo imitar a los pastores, iniciando el año con un corazón que agradece y alaba? ¿En qué aspectos de mi vida necesito dejar que Cristo, “nacido de mujer”, me humanice y me libere? ¿Qué puedo hacer este año para que la bendición recibida llegue también a otros?