domingo, 18 de enero de 2015
LA LLAMADA Y EL ANUNCIO

Homilía para el Domingo 18 de Enero de 2015. 2º Tiempo Ordinario, B.
“Aquí estoy. Vengo porque me has llamado”. Hasta tres veces repite el niño Samuel estas palabras que se recogen en la primera lectura de la misa de hoy (1Sam 3,3-10.19). La escena se sitúa en el Santuario de Silo. El pequeño oye que alguien le llama durante la noche y acude presuroso a ponerse a las órdenes del sacerdote Elí.
Pero no es el sacerdote quien le ha llamado. Él es el primero en comprender que esa voz misteriosa viene de lo alto. El niño ha sido elegido por el Señor. Así que cuando de nuevo le despierta la voz que le llama, Samuel pronuncia la oración que le ha sugerido el mismo Elí: “Habla Señor que tu siervo escucha”.
A lo largo de nuestra vida hemos meditado muchas veces esas palabras del pequeño Samuel. Y las hemos adoptado como modelos de oración. También nosotros nos ponemos a disposición del que nos ha llamado. Sabemos que nuestra vida puede cambiar totalmente si escuchamos con atención la voz del que nos habla en la noche.
LA BÚSQUEDA
También el evangelio que hoy se proclama nos ayuda a repensar el misterio de la llamada. Juan Bautista descubre entre sus oyentes a Jesús y lo presenta como el Cordero de Dios. Dos de sus discípulos, Andrés y otro de ellos, dejan al Bautista y lo siguen. “¿Qué buscáis?” Esa pregunta de Jesús se dirige a todos nosotros.
En realidad, esa pregunta se dirige a toda la humanidad. Cada uno de nosotros se define por sus búsquedas. Nuestros afanes de cada día revelan nuestros intereses. Aunque no queramos admitirlo, dejan al descubierto nuestras necesidades más hondas. Y esa idea escondida y profunda que tenemos de nosotros mismos. Nuestro yo ideal.
Los dos discípulos preguntan a Jesús donde vive. Y él responde con una invitación: “Venid y lo veréis”. Como sabemos, Jesús no tiene dónde reclinar su cabeza. Aquel encuentro con Jesús debió de llevarles a comprender que lo importante de Jesús no era lo que tenía, sino lo que era. Una importante lección que el Maestro guarda también para nosotros.
EL ENCUENTRO
Pero los dos curiosos discípulos de Juan aprendieron bien esa lección. Comprendieron que su aprendizaje junto al Precursor los llevaba definitivamente hacia el Anunciado. Algo podemos percibir por la frase que Andrés dirige a su hermano Simón:
“Hemos encontrado al Mesías”. Su curiosidad no ha sido en vano y se ha visto coronada por un premio no esperado. Los dos discípulos del Bautista han pasado ya de la búsqueda al encuentro, del Siervo al Señor y del profeta al Mesías.
“Hemos encontrado al Mesías”. Él pequeño Samuel había escuchado la voz de Dios durante la noche y en el ámbito sagrado del santuario. Los discípulos de Juan han encontrado al que es la Palabra de Dios a pleno día y en el espacio abierto entre el río y el desierto.
“Hemos encontrado al Mesías”. El niño Samuel oyó una voz de Dios que había de transmitir al sacerdote Elí. Los discípulos de Juan escucharon al enviado de Dios y supieron que habían de anunciar a los demás aquel encuentro.
- Señor Jesús, tú sabes que nuestras búsquedas nos dejan siempre insatisfechos. Pero nosotros sabemos y confesamos que tú eres la meta de nuestra búsqueda. Mándanos ir a tí para que podamos anunciarte a nuestros hermanos. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
lunes, 12 de enero de 2015
BAUTISMO Y LIBERACIÓN
Homilía para el Domingo 11 de Enerode 2015. Fiesta del Bautismo de Jesús, B.
“Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi
elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu para que
traiga el derecho a las naciones”. Este texto que hoy se lee en la misa
(Is 42, 1-4. 6-7) pertenece al primero de los cuatro “Cantos del Siervo
de Yahvéh”, que se encuentran en la segunda parte del libro de Isaías.
- El poema presenta a un misterioso personaje que parece identificarse
a veces con el pueblo de Israel. En primer lugar se nos dice que Dios
lo ha elegido y lo ama con predilección. Sobre él se ha detenido el
Espíritu de Dios para que se convierta en testigo y ejecutor de la
justicia divina.
- Por otra parte, se subraya que esa justicia se identifica con la misericordia de Dios. Su Siervo es enviado para “abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prision y de la mazmorra a los que habitan en las tiniebas”. Al Siervo le ha confiado Dios la misión de liberar a los pobres y a los marginados.
LA PALOMA
No es extraño que la tradición cristiana haya visto en este Siervo de
Yahvéh el anuncio del mismo Jesús. Él es el Hijo amado del Padre, su
predilecto. Así lo proclama la voz del cielo que se oye en el momento
del bautismo de Jesús en el Jordán, según lo recuerda el evangelio que
se lee en esta fiesta del Bautismo del Señor (Mc 1, 11).
Según el texto evangélico, al salir de las aguas del Jordán en las
que ha sido bautizado, Jesús ve rasgarse el cielo y al Espíritu Santo
bajar hacia él “como una paloma”. Al Jordán habían bajado Josué y Elías,
llenos de la fuerza de Dios. El Espíritu de la nueva creación baja
sobre Jesús para confiarle una misión. La de revelar la presencia de
Dios.
Así pues, el Bautismo es el momento de la revelación de Jesús y de su
misión en el mundo. Su origen divino no le aleja de la tierra y de sus
habitantes. La paloma que baja sobre él recuerda la otra paloma que
indicó a Noé el fin del diluvio. Jesús es la tierra firme de la nueva
humanidad. La tierra de la esperanza y de la vida.
EL AGUA Y EL ESPÍRITU
La visión de Jesús viene también a corroborar el anuncio de Juan el
Bautista. Juan reconocía no ser el profeta anunciado a Moisés. No era
Elías. Ni era el Mesías esperado. Su bautismo anunciaba el bautismo del
Mesías:
- “Yo os bautizo con agua”. Y no era poco. Por una orden del profeta
Eliseo, aquel agua del Jordán había limpiado de la lepra al general
sirio Naamán. Por el ministerio de Juan, el Bautismo era para su pueblo
una llamada al arrepentimiento y a la conversión. El pecado era y es en
realidad la verdadera lepra.
- “Él os bautizará con Espíritu Santo”. Eliseo sólo tenía un deseo:
heredar dos partes del espíritu de Elías. Era como la herencia del hijo
primogénito, estipulada por la Ley. Pues bien, Jesús es el Hijo
primogénito, que recibe el Espíritu de Dios y lo derrama con abundancia
sobre los que creen en él y deciden seguirlo por el camino.
Señor Jesús, en tu Bautismo hemos sido bautizados todos. Te
reconocemos como el Hijo enviado por el Padre para liberarnos del mal y
de nuestro egosísmo. Tú eres nuestro Salvador. Bendito seas, Señor!
Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
jueves, 8 de enero de 2015
lunes, 5 de enero de 2015
EPIFANÍA DE NTRO. SEÑOR JESUCRISTO

El 6 de Enero celebra la Iglesia
Católica la solemnidad de la Epifanía, es decir, de la Manifestación de Jesús,
Hijo de Dios, ante los pueblos de la tierra, representados por los Magos de
Oriente. La Navidad era en principio una fiesta privada, un acontecimiento de
familia. La Epifanía es, en cambio, una fiesta social: La Presentación de Jesús
ante el conjunto de la humanidad, la venida mesiánica de los pueblos, en busca
del Salvador.
Ésta es una fiesta pendiente, que
se apoya en un "midrash" o relato simbólico, construido por el
Evangelio de Mateo, partiendo de las profecías de Isaías y Miqueas. No dice lo
que ha sido (lo que un día pasó externamente en Belén de Judá), sino lo que ha
de ser, lo que hemos de hacer, según la profecía, abriendo un camino de esperanza
universal, a partir del nacimiento de Jesús, con el signo de la Estrella de
Oriente, para iluminar el mundo entero.
Es fiesta de Jesús, que espera en
brazos de su madre, con José, la llegada de los magos . Pero es, sobre todo, la
fiesta de esos "magos" que, en medio de un mundo sangriento de
batallas y luchas por el oro y el dominio brutal de la tierra, siguen buscando
la luz de Dios en la vida de un Niño que nace.
No es fiesta de "reyes"
especiales, con poder para imponerse, sino de magos que ofrecen una sabiduría
más alta, en libertad y en gratuidad. La intención del Rey Herodes bien clara
se ve, quiere matar al niño. Los magos, en cambio (¡no reyes!), son hombres o
mujeres de experiencia y compromiso de amor al servicio de la vida; así quieren
coronar a Jesús como Rey de Dios, Rey Niño, para que todos los hombres y
mujeres de la tierra seamos reyes como dirá Jesús al proclamar su mensaje:
- Que todos seamos
reyes-hermanos-amigos del Reino de Dios. Una "fiesta de reyes
particulares" sería totalmente contraría al sentido de este día.
- No es que lo seamos todos para
que ninguno lo sea de verdad, sino que todos seamos Magos y Reyes, herederos y
"propietarios" del Reino de Dios, en libertad y amor, bailando y
gozando en torno al Niño Rey Dios, que son hoy todos los niños del mundo.
Por eso, esta fiesta es nuestra
fiesta, y sigue pendiente, pues depende de nosotros, mujeres y hombres,
llamados a ser magos, oponiéndonos así el poder de Herodes (que es el dominio
del mundo a través del dinero, en sumisión a las legiones imperiales), para
que los niños puedan nacer a la vida, aunque para ello tengan que estar
dispuestos a huir, a oponerse claramente a los poderes que dominan esta
tierra.
Es una fiesta pendiente... Se han
apoderado de ella los mercaderes de mercados de "casta" que no creen
en nada, y los reyes y gobiernos que se inclinan ante su ley, no a la vida de
los hombres... Por eso, buscando a Jesús, estamos llamados a superar esta
fiesta de mercado y reino elitista que el mismo Jesús mayor quiso limpiar
cuando entró en el mercado de mercaderes del templo.
Es una fiesta que podemos y
debemos rescatar, al servicio de la Vida de Dios que se revela en la vida de
los hombres, empezando por los niños. No es una fiesta "astronómica",
aunque algunos se han empeñado en entenderla así, buscando la
"supernova" o conexión de planetas astrales. Es una fiesta humana,
radicalmente humana, de todos los hombres y mujeres de la tierra, llamados a
ser Reyes con Jesús.
UNA FIESTA PENDIENTE
1. Está pendiente aún, porque
habla de magos de Oriente, de la tierra del sol (Mesopotamia, Persia, la India,
hasta China), que ha sido siempre para los judíos el foco y origen de la
sabiduría y de la vida... En conjunto, ellos siguen en camino, no han llegado
todavía hasta Belén. En tiempo de Jesús dominaba sobre el mundo conocido un
emperador de Occidente (Roma), pero como buen judío Mateo sigue esperando la
llegada de lo sabios de Oriente. Nosotros nosotros les seguimos esperando, nos
hallamos ante un profecía y fiesta pendiente.
2. Es una fiesta pendiente,
pues los que vienen no son reyes sino "magos", en el sentido original
de astrónomos, expertos en la fiesta interior de la vida, en el equilibrio
cósmico. La "imaginación posterior" les ha hecho reyes, y los ha
puesto más en un transfondo político de Roma (o de Bizancio), en línea de poder
externo. Pero ellos no tienen ningún poder externo, no son conquistadores, sino
expertos en humanidad hombres que vinculan la estrella del cielo con el niño que
nace. Son la sabiduría de la vida. Esperamos que vengan. Sin duda, ellos son
signos de una fiesta pendiente.
3. Es una fiesta pendiente
porque no la han asumido todavía oficialmente las mujeres. Hemos imaginado que
los magos son "varones" ¿por qué no pensar que son mujeres, tres,
cuatro, otras muchas? Mujeres que vienen del origen de la vida de Dios,que
enseñan al Niño a vivir, que traen su dones "infinitos": La palabra,
el agua, la esperanza... Estas son las mujeres que expresan la magia buena de
la vida, el arte de dar a luz y educar, el origen de toda cultura, ha sido
siempre tarea de mujeres. Sin duda son ellas las que han hecho posible el
nacimiento y despliegue mesiánico de Jesús, aunque hayan sido después muy
marginadas en la Iglesia. Ésta es sin duda una fiesta pendiente, así tendremos
que poner a Jesús en manos de mujeres.
4. Es fiesta pendiente, porque
es fiesta de los dones de la vida, de la vida hecha regalo de amor, de
experiencia y riqueza compartida.Los dones de los magos "no son dinero",
no son objeto de cambio universal, para comprar y vender todo (hasta cuerpos y
almas humanas), sino regalo y gozo de amor. El oro de estos magos/magas no es
capital de mercado (real ni virtual), sino capital"humano", belleza,
gozo y tarea de la vida que debemos compartir con Jesús, desde Jesús, todos los
humanos.
5. No es fiesta de reyes que
se imponen, sino de "magos" que ofrecen un nuevo conocimiento de la
vida. Es la fiesta de la Epifanía de Dios, es decir, de manifestación, no de
"imposición". No se trata de obligar, ni de exigir, ni de dominar a
nadie, sino todo lo contrario: de mostrar lo que somos, de manera humilde y
fuerte: ¡El gozo de la vida, el nacimiento de Dios que tenemos en nuestra
casa...
6. Es la fiesta de la
"revelación de Dios", su manifestación suprema, en la vida de Jesús,
un hombre que nace para "alumbrar" a otros hombres. Le digo a Dios.
No me traigas nada, ven tú; y Dios ha venido y se ha manifestado. Esta ha sido
durante siglos la fiesta principal de la Navidad, mejor dicho, la Navidad en
sí, como expresión de la Luz de Dios que alumbra a los hombres. Es una fiesta
de ilusión creadora, pues los "reyes" no son reyes, sino buscadores
de Dios, hombres atentos a la voz de la estrellas... Tampoco son
"magos" en sentido vulgar, sino visitantes que vienen de lejos
queriendo encontrar (y compartir) la verdad... Ellos nos preguntan. Podemos y
debemos responderles.
7. Es la fiesta de la
"estrella" ¿qué hacemos con la estrella. Hace aún dos días, una
cadena de Televisión de ámbito internacional ha querido descubrir y fijar la
estrella de los magos... Ese ha sido un tema que ha inquietado a muchísimos científicos, como verá quien siga leyendo. Pero el midrash del evangelio que
comentaré a continuación sabe que la estrella "está en el corazón de cada
hombre y mujer", en el conjunto de la humanidad. Es la estrella que abre
al conocimiento completo de la venida de Dios entre los hombres.
domingo, 4 de enero de 2015
PALABRA Y VIDA
Homilía para el Domingo 4 de Enero de 2014. 2 después
de Navidad, B.
“Desde el principio, antes de los
siglos, me creó, y no cesaré jamas… Eché raíces en un pueblo glorioso, en la
porción del Señor, en su heredad”. Estas palabras se ponen en boca de la
Sabiduría de Dios. Como se ve, ha sido personificada en el texto del libro del
Eclesiástico, que se proclama en la primera lectura de la misa de hoy (Eclo 24,1-4.12-16).
En un primer momento, la
Sabiduría se nos presenta como engendrada por el mismo Dios, antes del comienzo
del mundo. La Sabiduría de Dios precede al tiempo. Por tanto, acompaña al mismo
Dios desde toda la eternidad. Se identifica con él. Dios puede presentarse como
misericordia y justicia, pero también como sabiduría.
Pero en un segundo momento, se
nos dice que la Sabiduría ha sido enviada para habitar entre los hombres. El
texto proclama que la Sabiduría ha puesto su trono en Jerusalén. Desde allí
guía al pueblo elegido. Evidentemente, ese pueblo olvidaría su elección y
perdería su esplendor si tratara de ignorar la Sabiduría de Dios.
ETERNA Y TEMPORAL
En este segundo domingo del
tiempo de Navidad leemos siempre el comienzo del evangelio según San Juan (Jn
1,1-8). Las personas mayores recuerdan que antes del Concilio Vaticano II se
leía al final de todas las misas. Con ello se trataba de reflejar el valor y la
importancia de este texto para la vida cristiana. ¿Qué nos dice hoy a nosotros?
En primer lugar, es fácil
descubrir el paralelismo entre el Verbo de Dios y la Sabiduría de Dios. El
Verbo, es decir, la Palabra, estaba junto a Dios. Era Dios. La Palabra de Dios
es creadora de todo y a ella se encamina todo lo creado. La Palabra es vida, e
ignorarla nos lleva a la muerte. La Palabra es luz, de modo que sin ella
caminamos en tinieblas.
En segundo lugar, al igual que la
Sabiduría, tambien la Palabra ha bajado a nuestra tierra. Ha plantado su tienda
en el campamento de todos los que peregrinamos por este mundo. La Palabra de
Dios se ha hecho carne humana y ha habitado entre nosotros. Por eso, y solo por
eso, hemos podido contemplar su gloria.
En tercer lugar, esa Palabra de
Dios, eterna como Él y temporal como nosotros, se nos presenta con rasgos
humanos. Se identifica con el Hijo único de Dios. La fe cristiana reconoce en
Jesús de Nazaret la Palabra salvadora de Dios. Esa Palabra nos salva y nos
guía. Nos ilumina y nos interpela. Nos alienta cada día y nos juzgará en el
último día.
LA LEY Y LA GRACIA
Entre otras muchas riquezas, este
comienzo del Evangelio de Juan, nos ofrece una perla final: “La Ley se dio por
Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo”. El
misterio de la Navidad es el eje sobre el cual giran la antigua y la nueva
alianza.
“La Ley se dio por Moisés”. La
Ley no era un peso para Israel, al contrario, era un don que marcaba el camino
de la liberación. Un camino que Dios mismo había iniciado. Moisés era recordado
como el intermediario de la alianza entre Dios y su Pueblo. Ser fieles a la Ley
era la única posibilidad de ser libres.
“La gracia y la verdad nos han
llegado por medio de Jesucristo”. Esos dones de Dios no pueden ser rechazados
impunemente. La gracia y la verdad no pueden ser conseguidas por el simple
esfuerzo humano. Jesús es el intermediario de esta nueva alianza. Escuchar la
Palabra de Dios, que se ha hecho carne en Jesús, es el único camino para alcanzar
la vida verdadera.
- Señor Jesús, la Navidad nos ha
acercado al pesebre en el que descansas. Pero el misterio de la Palabra, que se
ha hecho carne en tu vida, nos lleva a aceptarte como la revelación de Dios al
hombre y como la revelación de lo que el hombre es y está llamado a ser.
Bendito seas por siempre. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
jueves, 1 de enero de 2015
NO ESCLAVOS, SINO HERMANOS

Homilía Jueves 1 de enero de 2015, Solemnidad de Santa María Madre de Dios.
Vuelven hoy a la mente las
palabras con las que Isabel pronunció su bendición sobre la Virgen Santa:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo
para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1, 42-43).
Esta bendición está en
continuidad con la bendición sacerdotal que Dios había sugerido a Moisés para
que la transmitiese a Aarón y a todo el pueblo: «El Señor te bendiga y te
proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre
su rostro y te conceda la paz» (Nm 6, 24-26). Con la celebración de la
solemnidad de María, Madre de Dios, la Iglesia nos recuerda que María es la
primera destinataria de esta bendición. Se cumple en ella, pues ninguna otra
criatura ha visto brillar sobre ella el rostro de Dios como María, que dio un
rostro humano al Verbo eterno, para que todos lo puedan contemplar.
Además de contemplar el rostro de
Dios, también podemos alabarlo y glorificarlo como los pastores, que volvieron
de Belén con un canto de acción de gracias después de ver al niño y a su joven
madre (cf. Lc 2,16). Ambos estaban juntos, como lo estuvieron en el Calvario,
porque Cristo y su Madre son inseparables: entre ellos hay una estrecha
relación, como la hay entre cada niño y su madre. La carne de Cristo, que es el
eje de la salvación (Tertuliano), se ha tejido en el vientre de María (cf. Sal
139,13). Esa inseparabilidad encuentra también su expresión en el hecho de que
María, elegida para ser la Madre del Redentor, ha compartido íntimamente toda
su misión, permaneciendo junto a su hijo hasta el final, en el Calvario.
María está tan unida a Jesús
porque él le ha dado el conocimiento del corazón, el conocimiento de la fe,
alimentada por la experiencia materna y el vínculo íntimo con su Hijo. La
Santísima Virgen es la mujer de fe que dejó entrar a Dios en su corazón, en sus
proyectos; es la creyente capaz de percibir en el don del Hijo el advenimiento
de la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), en el que Dios, eligiendo la vía
humilde de la existencia humana, entró personalmente en el surco de la historia
de la salvación. Por eso no se puede entender a Jesús sin su Madre.
Cristo y la Iglesia son
igualmente inseparables, porque la Iglesia y María van siempre juntas y esto es
precisamente el misterio de la mujer en la comunidad eclesial y no se puede entender
la salvación realizada por Jesús sin considerar la maternidad de la Iglesia.
Separar a Jesús de la Iglesia sería introducir una «dicotomía absurda», como
escribió el beato Pablo VI (cf. Exhort. ap. N.Evangelii nuntiandi, 16). No se
puede «amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la
Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia» (ibíd.). En efecto, la
Iglesia, la gran familia de Dios, es la que nos lleva a Cristo. Nuestra fe no
es una idea abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una
persona: Jesucristo, el Hijo único de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó
para salvarnos y vive entre nosotros. ¿Dónde lo podemos encontrar? Lo
encontramos en la Iglesia, en nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica. Es la
Iglesia la que dice hoy: «Este es el Cordero de Dios»; es la Iglesia quien lo
anuncia; es en la Iglesia donde Jesús sigue haciendo sus gestos de gracia que
son los sacramentos.
Esta acción y la misión de la
Iglesia expresa su maternidad. Ella es como una madre que custodia a Jesús con
ternura y lo da a todos con alegría y generosidad. Ninguna manifestación de
Cristo, ni siquiera la más mística, puede separarse de la carne y la sangre de
la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Cristo. Sin la Iglesia,
Jesucristo queda reducido a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la
Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación,
de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo.
Queridos hermanos y hermanas.
Jesucristo es la bendición para todo hombre y para toda la humanidad. La
Iglesia, al darnos a Jesús, nos da la plenitud de la bendición del Señor. Esta
es precisamente la misión del Pueblo de Dios: irradiar sobre todos los pueblos
la bendición de Dios encarnada en Jesucristo. Y María, la primera y perfecta
discípula de Jesús, la primera y perfecta creyente modelo de la Iglesia en
camino, es la que abre esta vía de la maternidad de la Iglesia y sostiene
siempre su misión materna dirigida a todos los hombres. Su testimonio materno y
discreto camina con la Iglesia desde el principio. Ella, la Madre de Dios, es
también Madre de la Iglesia y, a través de la Iglesia, es Madre de todos los
hombres y de todos los pueblos.
Que esta madre dulce y premurosa
nos obtenga la bendición del Señor para toda la familia humana. De manera
especial hoy, Jornada Mundial de la Paz, invocamos su intercesión para que el
Señor nos de la paz en nuestros días: paz en nuestros corazones, paz en las
familias, paz entre las naciones. Este año, en concreto, el mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz lleva por título: «No más esclavos, sino hermanos».
Todos estamos llamados a ser libres, todos a ser hijos y, cada uno de acuerdo
con su responsabilidad, a luchar contra las formas modernas de esclavitud.
Desde todo pueblo, cultura y religión, unamos nuestras fuerzas. Que nos guíe y
sostenga Aquel que para hacernos a todos hermanos se hizo nuestro servidor.
Miremos a María, contemplemos a la Santa Madre de Dios. Y
quisiera proponerles que la saludáramos juntos, como hizo aquel valeroso pueblo
de Éfeso, que gritaba ante sus pastores cuando entraban en la iglesia: “¡Santa
Madre de Dios!”. Qué hermoso saludo para nuestra Madre…
Dice una historia, no sé si es
verdadera, que algunos, entre aquella gente, tenían bastones en sus manos,
quizás para hacer comprender a los Obispos lo que les habría sucedido si no
hubieran tenido el coraje de proclamar a María “Madre de Dios”.
Invito a todos ustedes, sin
bastones, a alzarse y a saludarla tres veces,
de pie, con este saludo de la Iglesia primitiva: “¡Santa Madre de
Dios!”.
Papa Francisco
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