domingo, 16 de agosto de 2026

"TEN COMPASIÓN DE MÍ"

Reflexión Evangelio Domingo 16 de Agosto de 2026. 20º del Tiempo Ordinario.

Mi salvación está por llegar.
El pueblo de Israel, que se consideró el elegido por Dios para manifestar las maravillas de la salvación, siempre tuvo miedo a los extranjeros. Tal vez por su situación geográfica, por sus problemas reales con otros pueblos o las maneras de entender la realidad se fue encerrando en sí mismo. Hasta el punto de considerar como peligroso todo lo que viniera de fuera. “Los paganos”, quienes no tenían acceso a Dios, porque ellos mismos se lo negaban eran, siempre, “los enemigos”. Sin embargo, una de las experiencias históricas más dolorosas, el exilio a Babilonia, se convirtió en una oportunidad para intentar comprender a Dios de otra manera. Fue ciertamente una minoría la que se empezó a cuestionar que tal vez los “no judíos” también podrían ser invitados al plan de salvación. Por encima de la procedencia, la cultura o la raza.

Fue el tercer Isaías (capítulos 56 a 66 del libro) una de las figuras más señeras en defender una salvación universal para todos los pueblos y criaturas. Bastaba con vivir rectamente y buscar a Dios con sinceridad a través de la Ley y el cumplimiento del Sábado. La salvación que Él ofrece no es real, ni tampoco completa, cuando separa o excluye, sino cuando hermana, acerca y facilita el encuentro. ¡Seguimos buscando esa salvación para “todos, todos, todos”!

Mi casa es casa de oración para todos los pueblos.
Las ideas de Isaías convivían con los planteamientos exclusivistas más radicales que se arrastraban del pasado. El profeta era una voz discordante que apuntaba a un futuro diferente, como Dios lo soñaba. El texto de hoy utiliza la imagen del Templo: el lugar de los sacrificios para las personas puras está llamado a ser, en la mente de Isaías, el espacio de la oración universal para las gentes de buen corazón. De la religión del cumplimiento y el exclusivismo se debe pasar a la fe que se centra en el encuentro, la fraternidad, la rectitud, la dignidad humana. ¡Así lo aprendemos de Jesús! Porque según entendamos nuestras prácticas religiosas, así entenderemos a Dios y también a los hermanos.

Para tener misericordia de todos.
Pablo expresa en este texto a los Romanos su propia confesión: su predicación misionera ha sido, en general, un fracaso entre los israelitas y ha recibido aceptación en los ambientes paganos. ¡Lo que él, judío de vocación y educación, nunca hubiera imaginado! La salvación de Dios, su amor, su llamada a la vida plena, no se encierra en culturas, tradiciones o instituciones. Todos están llamados a alcanzar misericordia. Porque la iniciativa de la gracia no viene de las personas o de nuestros planes humanos: es don del Señor; o mejor dicho, es el corazón de su proyecto, que todos se salven, que nadie se quede fuera… Nuestros grupos pueden crear barreras o separar, tristemente. Pero Dios desborda lo que nosotros creamos, y tiene el empeño de que su bondad alcance a todos. ¡Y no parará hasta conseguirlo, incluso a pesar de nuestra propia cerrazón!

Ten compasión de mí, Señor.
Es curioso el encuentro de Jesús con la mujer cananea que se acerca a Jesús, gritando de dolor, pidiendo la curación para su hija. Estamos en territorio pagano, en la zona de Tiro y Sidón. Allí no hay judíos, y según la mentalidad de los discípulos, nadie va a pedir a Jesús nada: no tienen acceso a las cosas de Dios. Por eso sorprende el encuentro y la ironía que Jesús utiliza. Una mujer pagana, que pide salud para otra persona, grita y entra en un diálogo profundo con el Maestro. Se mueven en las claves del judaísmo más intransigente, que -seguro- ninguno de los dos comparte. Jesús se niega a sanar a alguien que no sea de las “ovejas” de Israel; ese era el lenguaje tierno de los profetas para hablar del pueblo elegido. La mujer se reconoce como pagana, “perro”: ¡utiliza un insulto horrible entre los judíos para sí misma! Esa confrontación es alimentada por los discípulos: “Atiéndela, que viene detrás gritando”, “haz que se calle y nos deje en paz”.

Una expresión de la mujer hace girar por completo la actitud de Jesús: “los perritos también tienen derecho”. ¡No puede ser más sincera! Esa simple frase se convierte en una enorme confesión de fe, de las más grandes que recogen los evangelios: Dios es para todos. Lo mismo que quien pone la mesa desea alimentar a todos los que se sientan en ella, y que sus sobras lleguen a los hambrientos, las cosas de Dios, por designio suyo, no son propiedad únicamente de un pueblo.

Grande es tu fe.
Su hija quedó curada, aunque eso fuese lo de menos. Su confesión de fe hizo de ella torrente, acequia, de la vida y sanación de Dios para su hija. Solo su palabra. Solo la certeza que había en su mente (Dios es para todos). Solo el amor que movía su corazón. Y eso es lo importante del relato: hay muchos que tienen sed de Dios, de vida plena, de gracia y salvación. Que lo sienten y anhelan, aunque no entiendan nuestras categorías religiosas a veces tan estrictas. Nadie con sed puede quedar seco junto a la fuente; nadie, hambriento, puede quedar sin alimentarse de la mesa que se pone para todos.

“Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”.
El Papa León XIV pronunciaba esa frase el 11 de junio de 2026. Lo hacía en el Puerto de Arguineguín, Gran Canaria. Allí donde el mar y las injusticias humanas traen miles de migrantes con hambre de una mesa de fraternidad que se pone para todos, no para una minoría exclusiva. El mundo en el que vivimos tiene muchos “Tiro y Sidón”, muchas “mujeres cananeas” que gritan desesperadas por su hijos enfermos, moribundos, endemoniados… Los que estamos de este lado de la mesa no podemos sino abrirla para que quepan todos y se sientan en casa. No es solo el alimento o el vestido: es la fraternidad, es el espíritu de dignidad humana, es el corazón del Evangelio que nos empuja a amar. Aquí, en esta mesa que se ensancha y que alcanza la Eucaristía, Jesús rompe nuestros prejuicios y nos insinúa una vez más su proyecto: que todos tengan vida, que todos se salven, que todos se llamen y se sientan hermanos.

Fr. Javier Garzón Garzón O.P.

domingo, 9 de agosto de 2026

“ANIMO, SOY YO, NO TENGAS MIEDO"

Reflexión del Evangelio Domingo 9 de Agosto de 2026. 19º del Tiempo Ordinario.


El miedo al fracaso: Elías.
En la primera lectura encontramos a Elías en uno de los momentos más difíciles de su vida. Ha sido perseguido, amenazado y experimenta el peso del fracaso. Llega al Horeb buscando a Dios y espera encontrarlo en una manifestación extraordinaria, en el huracán, el terremoto o el fuego. Sin embargo, Dios no está allí, sino que se hace presente en el susurro de una brisa suave. Elías descubre entonces una verdad que todos necesitamos aprender: Dios no siempre actúa desde lo espectacular, sino desde la discreción y la cercanía.

Muchas veces esperamos respuestas inmediatas, soluciones contundentes o señales extraordinarias, mientras Dios se acerca en la sencillez de una oración, en una palabra que nos reconforta, en una amistad que nos acompaña o en una paz interior que devuelve serenidad al corazón.

Aquel profeta agotado comprende que Dios no ha venido a darle explicaciones, sino a recordarle que no está solo. También nosotros, cuando nos sentimos decepcionados, cansados o confundidos, necesitamos escuchar esa misma voz que nos dice: "Ánimo, soy yo, no tengas miedo".

El miedo a sufrir por quienes amamos: Pablo.
La segunda lectura nos abre una ventana al corazón de san Pablo. El Apóstol habla de una tristeza profunda y permanente por su pueblo. No se trata de una preocupación pasajera, sino del sufrimiento que nace del amor.

Pablo lleva a los suyos en el corazón y desearía que todos descubrieran la salvación de Cristo. También nosotros conocemos ese dolor. Todos tenemos nombres y rostros que nos acompañan: un hijo que atraviesa una situación complicada, un hermano con el que se ha enfriado la relación, un amigo que se ha alejado de la fe o una persona querida que vive momentos difíciles.

Hay sufrimientos que no podemos resolver y caminos que no podemos recorrer por los demás. Y precisamente ahí aparece la tentación de la indiferencia, de pensar que ya no hay nada que hacer.

Sin embargo, Pablo nos enseña que el amor auténtico no se desentiende. No controla, no obliga ni impone, pero tampoco abandona. Sigue esperando, sigue rezando y sigue confiando. Quizá una de las formas más hermosas de la caridad sea precisamente esta: continuar llevando a alguien en el corazón cuando ya no sabemos qué más hacer por él. También en esa impotencia el Señor nos repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo».

El miedo a hundirse: Pedro.
Finalmente llegamos al Evangelio. Los discípulos están en medio de la noche, lejos de la orilla, sacudidos por las olas y por un viento contrario. La oscuridad, el cansancio y el miedo los dominan. Entonces Jesús se acerca caminando sobre las aguas y pronuncia unas palabras que constituyen el centro del relato: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Es significativo que antes de calmar la tormenta, Jesús quiera calmar el corazón de sus discípulos. Porque muchas veces la tormenta más peligrosa no es la que está fuera, sino la que llevamos dentro.

Pedro se atreve a salir de la barca y mientras mantiene la mirada fija en Jesús camina sobre las aguas. Pero cuando dirige su atención al viento y a las olas comienza a hundirse. Es una imagen muy cercana a nuestra propia vida. Cuando fijamos la mirada únicamente en los problemas, en los miedos o en las incertidumbres, sentimos que nos hundimos. Entonces, como Pedro, solo nos queda una oración sencilla y sincera: «Señor, sálvame».

Y el Evangelio nos dice que Jesús extendió inmediatamente la mano para sostenerlo. No lo reprendió primero, no lo dejó hundirse un poco más para que aprendiera la lección; lo sostuvo enseguida. Así actúa Dios con nosotros.

Las tres lecturas nos hablan, en el fondo, de tres miedos muy humanos: el miedo al fracaso, representado por Elías; el miedo a sufrir por quienes amamos, reflejado en Pablo; y el miedo a hundirnos en medio de las tormentas de la vida, simbolizado en Pedro.

Frente a todos ellos, Dios no ofrece recetas mágicas ni elimina de golpe todas las dificultades. Lo que ofrece es algo mucho más profundo: su presencia. Por eso la gran noticia de esta liturgia es que nunca estamos solos. En el silencio de nuestras decepciones, en el dolor por las personas que amamos y en medio de las tormentas que amenazan con hundirnos, Cristo sigue acercándose a nuestra barca y continúa pronunciando la misma palabra: «¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!».

Para la Reflexión:
Como Elías, ¿estoy esperando encontrar a Dios solo en lo extraordinario o soy capaz de reconocerlo en la brisa suave de cada día, en las personas y acontecimientos sencillos que Él pone en mi camino?
Como Pablo, ¿Quién ocupa hoy mi corazón? ¿Por qué persona sigo amando, rezando y esperando, incluso cuando siento que no puedo hacer nada más por ella?
Como Pedro, cuando arrecian las tormentas de mi vida, ¿Dónde fijo mi mirada: en el viento y las olas de mis problemas o en Cristo que me repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo»?
¿Qué miedo necesito hoy poner en las manos de Jesús para escuchar de nuevo su palabra: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo»?

Fr. Néstor Morales Gutiérrez O.P.

domingo, 2 de agosto de 2026

¿QUIÉN NOS APARTARÁ DEL AMOR DE CRISTO?

 

Reflexión Evangelio Domingo, 2 de Agosto de 2026. 18º del Tiempo Ordinario.
“Estamos hechos para ser amados y para amar”
La primera lectura de hoy nos ayuda a pensar en un alimento espiritual. El profeta Isaías refiere estás palabras de Dios: “¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprar trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde”. El alimento espiritual no tiene costo, no se puede vender como el alimento material: es un don de Dios, que se comunica en la Iglesia a través de los sacramentos y que alimenta a las almas, dando fuerza, luz y paz interior.

El profeta insiste en la de acoger el don de Dios, que, en el fondo, es uno solo: el amor que viene de Él y que desea transformar nuestra vida. Este amor pasa a través del corazón de Jesús y trata de un alimento maravilloso que nos nutre. Nos recuerda que estamos hechos para ser amados y para amar, en unión con Dios y con Cristo.

La segunda lectura nos recuerda el valor y el poder de este amor. Pablo afirma: “Quién nos apartará del amor de Cristo?”. Y el apóstol enumera una serie de dificultades, pero concluye: “En todas esas circunstancias vecemos de sobre gracias al que nos amó”. Percibimos aquí la fuerza contenida en el amor que nos da Dios por medio del corazón de Cristo. Es una fuerza que supera todos los obstáculos, que nos proporciona la capacidad de transformar en bien todas las situaciones, incluso la más negativas, además, vivir como oportunidad de crecer, madurar en el amor.

“Dadles vosotros de comer”
“Una frase para cada uno de nosotros”
En el evangelio, se nos narra la actitud más profunda del Señor ante sus hermanos los hombres, especialmente los necesitados: “Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos”. La traducción no es totalmente exacta y puede debilitar el sentimiento de Cristo. “Lástima” en español, puede quedarse en algo superficial ante la vista de una situación desagradable de alguien o, incluso, en un sentimiento en cierto modo humillante para el otro y, por eso, decimos: “no necesito tu lástima, sino amor, o justicia”.

Pero el texto original griego es mucho más fuerte, profundo e involucra hasta el fondo a la persona de Jesús. Había que traducirlo como: “se le conmovieron las entrañas”, al igual que una madre encinta siente en sus entrañas a su criatura.

Por eso, los sentimientos de Jesús lo llevan a la acción curativa, a darse cuenta, después, de que la multitud necesita de comer. Y no quiere actuar solo. Desea que sus discípulos sientan lo que él y se comprometan en acciones concretas: “Dadles vosotros de comer”.

“Dadles vosotros de comer”. Es una frase que cada uno de nosotros debe oír como dirigida a él. Si queremos ser cristiano, cuando encontremos a personas que se encuentran en necesidad, debemos preocuparnos de ellas y hacer lo posible para poner remedio a sus necesidades.

A Santo Domingo se le define como un hombre compasivo, que supo responder con creatividad ante las necesidades de los pobres de su tiempo. Sigue siendo modelo permanente para la familia dominicana y para todos los creyentes, saber encarnar el evangelio en el tiempo histórico. Que el ejemplo de Jesús y Santo Domingo nos inspire a ser más compasivos y generosos con los demás, confiando en que Dios puede hacer mucho con poco.

Generosidad: El episodio de la multiplicación de los panes y los peces nos invita a reflexionar sobre nuestra propia generosidad y disposición a compartir lo que tenemos con los demás. Con pocos recursos -cinco panes y dos peces- Jesús alimenta a una gran multitud, demostrando que en sus manos lo poco se convierte en abundancia para todos. La actitud de Jesús es siempre la de dar, y nos dice: “es más feliz el que da, al que recibe”.

Jesús tomará el pan en la Última Cena, lo partirá y, después de haber pronunciado la bendición, lo dará a sus discípulos diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Lo que significa que esta acción de Jesús se debe multiplicar. Y, en efecto, continúa multiplicándose hoy de una manera cada vez más abundante y generosa.

Ese es nuestro reto hoy y que señala muy aguda y profundamente el Papa León XIV en su encíclica “Magnífica humanitas”. Frente a un peligro real de una civilización del descarte de los vulnerables y de una tranquilidad ficticia de los poderosos que utilizan la técnica para despersonalizar a las personas y monopolizar el poder, predica una opción distinta y comprometida en el día a día.

Nos dice el Papa en el número 186 de esa encíclica: “Hoy debemos recuperar con fuerza esta visión: la civilización de amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro -ya sea persona o pueblo- como un aliado necesario para la construcción del bien común. Como nos ha recordado la encíclica “Fratelli tutti”, sólo este amor social, capaz de convertirse en cultura y norma, puede generar un orden internacional estable, transformando la convivencia de simple coexistencia armada en comunidad de destino”.

Que el ejemplo de Jesús, beata Juana de Asa madre de Santo Domingo de Guamán que hoy la familia dominica conmemora, nos inspire a ser compasivos y generosos con los demás, confiando en que Dios puede hacer mucho con poco.

Nos puede ayudar a seguir la reflexión: ¿Somos movidos por la compasión hacia aquellos que nos rodean? ¿Confiamos en la providencia de Dios para satisfacer las necesidades de todos? ¿Qué ponemos como comunidad para que en nuestro barrio nadie viva indignamente?

Fr. Leoncio Vallejo Benítez O.P.

viernes, 31 de julio de 2026

¡SIEMPRE AGRADECIDOS!

La comunidad parroquial de Villa del Río, despidió ayer al Sacerdote D. Douglas González que nos ha acompañado este mes de Julio. Hay personas que solamente con una sonrisa nos hablan de su fe y de su forma cristiana de entender la vida. Por ello, gracias por acercarnos a Cristo en unas homilías llenas de cercanía y de conocimiento. Deseamos que disfrute de unas buenas vacaciones y pronto volvamos a verlo por nuestra localidad. ¡Muchas gracias!

martes, 28 de julio de 2026

¡FELIZ CUMPLEAÑOS D. MANUEL!

 

En el día de ayer celebramos, al finalizar la Eucaristía, los 81 años de nuestro párroco emérito. Dimos gracias a Dios por una vida entregada al sacerdocio y a la Parroquia de Villa del Río.

domingo, 26 de julio de 2026

EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO ESCONDIDO

Reflexión Evangelio Domingo 26 de Julio de 2026. 17º del Tiempo Ordinario.

Jesús, de distintas maneras nos describe la realidad misteriosa del reino de Dios. Lo compara a una siembra, a un poco de levadura, al hallazgo de un tesoro escondido, a un comerciante que encuentra una perla de gran valor… Nunca habla del Reino como un espectáculo admirable, ni como algo ya acabado. Para Jesús el reino representa una realidad dinámica. Se trata de buscar, caminar, trabajar, elegir, decidir, sacrificar algo y comprometerse. Y eso es lo que nos cuesta mucho hacer.

En las parábolas del tesoro y la perla Jesús habla del Reino como un descubrimiento. Da la impresión de que es algo casual. Pero lo importante es que hay que responder a ese descubrimiento con renuncias y desprendimientos, el labrador se ve obligado a “vender todo lo que tiene” para comprar aquel campo. El mercader tiene que “vender todo lo que tiene para conseguir aquella perla.

El hallazgo presupone una búsqueda, un deseo, una pasión. Y pone al hombre ante una elección precisa. En la medida que es importante el hallazgo, así debe ser la opción y elección radical. La importancia del tesoro lleva a una decisión precisa y dolorosa, porque implica sacrificios, desarraigos, renuncias.

"¿Habéis entendido todo esto?"

Al hacer mía estas parábolas, lo primero que me viene a la cabeza es que discípulo de Cristo no es tanto alguien que ha “dejado”, sino alguien que ha encontrado. Dejar es la condición para poseer plenamente las exigencias más profundas del corazón del hombre. Dejar es el primer paso, no el resultado obtenido ni la meta alcanzada. El cristiano no es alguien que se detiene en el sacrificio, es alguien que tiende a la alegría a la plenitud.

Es posible que a nivel intelectual no tengamos problema para entender el sentido de las parábolas, pero tenemos que tomar conciencia de que nuestra vida concreta sea una ilustración convincente del mensaje de las parábolas. El discípulo no puede vivir el cristianismo como una pesada carga de deberes y obligaciones, sino como descubrimiento gozoso, como posibilidad de volverse ligero y libre. De ahora en adelante se puede cambiar toda la vida.

El Reino no es algo añadido a todo lo que ya poseemos y que queremos tener bien asegurado. El Reino es todo, la única cosa necesaria, que nos obliga a dejar todo lo que se ha apegado a nuestro corazón, a abandonar sin lamentaciones todo lo superfluo que nos impide caminar. Es curioso pensar que al Reino se llega más restando que sumando.

Los dos personajes de las parábolas eran tipos muy serios. ¿Somos nosotros así? A veces nos mostramos más calculadores, demasiado prudentes, incapaces de arriesgar nada. A lo mejor nos es fácil hablar y describir el tesoro, pero no nos decidimos a venderlo todo para comprarlo. Y Dios ama a los que se juegan mucho. No a los que sólo se limitan a conocer las reglas del juego.

"... va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo"

El reino de Dios ya está escondido en el gran campo del mundo. Podemos advertir su presencia, pero sin lograr tocarlo nunca. Más que lamentarnos por ello, deberíamos alegrarnos. En el campo de nuestro mundo tan perturbado, es consolador saber que hay un tesoro escondido, un tesoro que nos garantiza que el que lo ha puesto protegerá el campo, nuestro mundo. El Reino está escondido dentro. Ya no es posible separarlos, pero tampoco confundirlos. No es posible tener el tesoro sin tener el campo.

No es posible obtener el Reino, sin comprar el campo. Eso me hace pensar que tengo que aceptar el mundo donde está el tesoro escondido. Tengo que asumirlo como Dios nos lo ha dado. La esperanza escondida dentro me obliga a tomar el recipiente que la contiene. Lo mismo ocurre con el tesoro de la palabra de Dios que está escondida en la Biblia. La palabra de Dios nos obliga a todos a adquirir y aceptar todo el campo.

Las dos parábolas nos han presentado dos personajes distintos. En la primera se habla de un jornalero que trabaja en un campo que no es suyo, en la segunda de un rico mercader que tiene negocios. Son los sujetos de todos los verbos: encuentran, van, venden, compran. Pero los verdaderos protagonistas son el tesoro y la perla que cautivan a los dos hombres. Que nuestra vida concreta reproduzca la experiencia alegre de haber encontrado el gran tesoro y la perla maravillosa que ha cambiado nuestros esquemas y nuestra existencia.

Reflexiona un momento y responde a estas preguntas: ¿Cuál es el tesoro en donde tienes puesto tu corazón? ¿Qué es lo que has dejado para obtener tu tesoro? ¿El tesoro encontrado ha dinamizado tu vida o la ha acomodado? ¿Qué actitudes has cambiado en tu vivir cotidiano?

Fray Miguel Ángel Vilchez Torés

miércoles, 22 de julio de 2026

domingo, 19 de julio de 2026

“DEJADLOS CRECER JUNTOS HASTA LA SIEGA ”

Reflexión Evangelio Domingo 19 de Julio de 2026. 16º del Tiempo Ordinario.

“Fuera de ti no hay otro Dios”
La primera lectura, tomada del Libro de la Sabiduría, destaca precisamente esta actitud divina. Aunque Dios es todopoderoso, no utiliza su poder para imponer su voluntad ni para castigar a quienes se equivocan. La grandeza de Dios se manifiesta, por el contrario, en la paciencia y la misericordia. Él concede a sus hijos tiempo para arrepentirse, ofrece nuevas oportunidades y, como un buen padre, acompaña pacientemente nuestros procesos de crecimiento. Esta forma de actuar revela que la justicia de Dios siempre va acompañada de amor.

Creo que el Libro de la Sabiduría nos ofrece una bonita enseñanza que siempre conviene recordar. Con frecuencia, las relaciones humanas se ven marcadas por la tendencia a etiquetar o condenar a quienes han cometido errores. Más aún en nuestras sociedades, donde cada vez se fomenta la expulsión de lo distinto —como expresa el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en una de sus obras—, no siempre se favorece virtudes como la comprensión, la compasión o la posibilidad de empezar de nuevo. Frente a esta realidad, el autor del Libro de la Sabiduría nos recuerda e invita a adoptar una mirada capaz de reconocer que toda persona, independientemente de sus errores, pecados o pasado, posee una dignidad que nunca pierde y una posibilidad de conversión que nunca debe ignorarse.

“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”
Esta misma enseñanza se encuentra expresada, a su manera, en el Evangelio de Mateo. En él, Jesús nos presenta a Dios como el sembrador que esparce buena semilla en su campo. Sin embargo, Jesús también señala que junto a esta buena semilla crece la cizaña. Esta es una manera de reconocer con realismo la presencia del mal en el mundo. Todos sabemos por experiencia que la historia de la humanidad está marcada por luces y sombras, por avances y contradicciones, por gestos de generosidad y también por actitudes que dañan la convivencia.

Ante esta situación, los criados del dueño del campo proponen algo práctico y de sentido común: arrancar de inmediato la cizaña. Pero la respuesta del dueño es sorprendente: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega». ¿Acaso el dueño del campo está ignorando la presencia del mal en su viña? desde luego que no. Él no minimiza la gravedad del mal ni su respuesta es una invitación a la indiferencia. Más bien, transmite la misma idea que ya encontramos en la primera lectura: Dios actúa con paciencia, conoce la profundidad del corazón humano y no deja de ofrecer oportunidades para que el bien crezca y dé fruto.

Con esta respuesta, Jesús nos enseña que la misión principal del discípulo no es dedicar sus energías a arrancar la cizaña ni obsesionarse por señalar el mal del mundo, sino cuidar el crecimiento del trigo y procurar que produzca frutos abundantes, incluso en medio de las dificultades.

En un tiempo marcado por las tensiones, las divisiones, los enfrentamientos y la tendencia a expulsar lo diferente, la Palabra de Dios nos invita a redescubrir el valor de la paciencia, la comprensión y la esperanza. El Señor sigue actuando en la historia y haciendo crecer el trigo en medio de las dificultades.

¿De qué manera la paciencia de Dios me inspira una mirada más esperanzada hacia las personas y las situaciones de la vida cotidiana? ¿Qué actitudes ayudan a favorecer el crecimiento del buen trigo que Dios sigue sembrando en el mundo?

Fr. Jesús Nguema Ndong Bindang O.P.

jueves, 16 de julio de 2026

LA VIRGEN DEL CARMEN RECIBE EL AMOR DE LOS VILLARRENSES

Hace tan solo unos minutos tenía lugar la Santa Misa y Besamanos en honor de Nuestra Madre Bendita del Carmen.

En la Eucaristía, se nos ha invitado a ponerla como intercesora nuestra y de los que ya han partido de este mundo. El párroco ha agradecido a los que han hecho posible el montaje de los cultos. Gracias a las Hermandad de la Magdalena y a la Franciscana Hermandad de la Humildad.

También ha mostrado su agradecimiento a los asistentes, al Coro Parroquial y a Estrella Castro Ferrer, que han intervenido musicalmente. Ha concluido con el rezo de la Salve. Que la “Señora del Sagrario” nos cobije siempre bajo su manto del Carmelo.

domingo, 12 de julio de 2026

"SALIÓ EL SEMBRADOR..."

Reflexión Evangelio Domingo 12 de Julio de 2026. 15º del Tiempo Ordinario.

Jesús recibe a la gente que acude a Él.
Los cuatro relatos del Evangelio constatan una realidad fundamental: la gente busca a Jesús. Hay algo en su persona, en su palabra y en su forma de tratar a las personas que lo distingue de los referentes religiosos de su tiempo, que solamente le recordaban al pueblo su imposibilidad de acceder a Dios, de recibir la gracia del perdón y de esperar confiadamente la salvación. Jesús se distingue de los sacerdotes, de los fariseos y de los escribas porque es capaz de hacerse tiempo para estar con los enfermos, los pobres, los pecadores, y con todos aquellos a quienes el sistema religioso mantenía al margen del corazón de Dios.

Pero no sólo se hace tiempo para estar con ellos, también los acoge cordialmente, les dirige su palabra y se dedica a enseñarles los misterios del Reino, revelándoles un nuevo rostro de Dios y llamándolos a la conversión. Jesús se ha encarnado para entablar un diálogo de amistad con la gente, especialmente la más sencilla, la más vulnerable y la más marginada. Con sus palabras y sus gestos Él les recordó que cada uno de ellos estaba llamado a participar entrar Reino para sentarse a la misma mesa con el Padre. Es decir, le recordó a todos su vocación a la salvación.

Sin embargo, aunque la gente busca a Jesús, las motivaciones para ir a su encuentro, para estar con Él y escucharlo son distintas. Para unos es la posibilidad de «zafar» de las exigencias de la Ley (que Jesús no vino a abolir sino a dar plenitud a través del mandamiento del amor y de la misericordia). Para otros, es la oportunidad de escuchar a un profeta o a un sabio (porque hasta ahora nadie ha hablado con autoridad como Él lo hace). Pero, para algunos, el encuentro con Jesús es un verdadero espacio de gracia, de misericordia y de sanación.

Jesús habla a la gente en parábolas.
En Jesús de Nazaret, Dios ha entablado con la humanidad, especialmente con la humanidad doliente, un diálogo directo, histórico y con un decisivo horizonte salvífico. Toda persona es su interlocutora por el único hecho de ser un ser humano, creado originalmente a imagen y semejanza de Dios y, por tanto, con una dignidad inalienable.

Cuando el otro es importante, entrar en diálogo es un camino esencial para llegar a su corazón. Y Jesús ha elegido una forma de dialogar totalmente cercana, asumiendo nuestras propias categorías e imágenes. Por eso, las parábolas se inscriben dentro de esta pedagogía dialogal que Él mismo ha elegido para hablar de tú a tú con el hombre, ya que para llegar al corazón del otro hace falta transitar los caminos que el mismo corazón e inteligencia tienen para conocer la realidad, para entablar vínculos con las personas y para acercarse al misterio. Sólo alguien verdaderamente sabio es capaz de ponerse al nivel de su interlocutor para que éste pueda aprender, comprender y sorprenderse. Con lo cual, el verdadero sabio no necesita apelar a la elocuencia de las palabras, ni recurrir a la retórica o a una técnica oratoria para demostrar su sabiduría. La humildad y el respeto por el prójimo en su situación vital, moral y espiritual son los signos más radicales de una persona verdaderamente sabia.

Mucha de la gente que busca a Jesús y lo rodea es gente sencilla que, en su mayoría, no sabrían leer ni escribir: campesinos, artesanos, amas de casa…; gente, en algunos casos, con una vida moral compleja; en otros, con una religiosidad y una piedad de corte formal. Algunos con una imagen de Dios muy severa y más cercana a un juez o a un verdugo que a un Padre rico en paciencia y misericordia. Pero ¿por qué les habla en parábolas? Seguramente porque confía en la capacidad de acogida, apropiación y fructificación de la Palabra que tiene todo hombre y toda mujer de buena voluntad.

Jesús explica la parábola a sus discípulos.
Es importante señalar que, para Jesús, apelar a las parábolas no es un recurso pedagógico que tiene como objetivo captar la atención de sus interlocutores. Hay una intención más profunda que se relaciona con la revelación de los misterios del Reino. Jesús apuesta por el proceso interior que cada persona puede hacer si deja crecer la Palabra en su corazón; proceso que, cuando llega a su madurez, lleva a forjar una convicción vital capaz sostener una espiritualidad, una religiosidad y una moral en una vida cotidiana. Y para ello parte de una realidad fundamental: el hombre es «tierra buena» por esencia. Todo lo que siembra en su corazón siempre produce fruto.

En la parábola del sembrador, Jesús presenta cuatro espacios significativos de siembra en los cuales cae la semilla de la Palabra de Dios: el borde del camino, el terreno pedregoso, los abrojos y la tierra buena. Independientemente de estos espacios significativos, hay una realidad que no se puede obviar: la semilla de la Palabra siempre cae en el corazón. De ahí que la aceptación, la apropiación y la fructificación de la Palabra no es algo improvisado. El Sembrador siempre tiene una esperanza en la siembra, ya que confía en el potencial de vida que tiene la tierra. Pero si la tierra no está suficientemente cuidada o abonada, la semilla no puede hacer un milagro. Sólo cuando se toma en serio la vida, se toman los recaudos necesarios para cuidar el espacio donde ella pueda germinar y dar fruto pleno y abundante.

Cuando Jesús explica la parábola a sus discípulos en privado, lo que hace es ayudarlos a tomar conciencia de su camino de fe y el de la gente, porque para poder anunciar el Reino, antes tienen que dejar que la Palabra tenga raíces sólidas en el corazón. Con lo cual, tendrán que aprender a respetar el tiempo en el cual la semilla de la Palabra absorba el potencial de vida que tiene la tierra buena, que es cada uno de ellos. Un cristianismo de convicción es el signo de credibilidad de acogida, apropiación y fructificación de la Palabra de Dios en el corazón humano.

Para la meditación y la oración.
El borde del camino, el terreno pedregoso, los abrojos y la tierra buena son espacios del corazón donde puede caer la Palabra de Dios. ¿Cuál es el espacio que más me representa hoy? Recordando que Dios nos ha creado como «tierra buena»: ¿Cuáles son los signos del cuidado de Dios en mi vida?

Fr. Rubén Omar Lucero Bidondo O.P.

"TEN COMPASIÓN DE MÍ"

Reflexión Evangelio Domingo 16 de Agosto de 2026. 20º del Tiempo Ordinario. Mi salvación está por llegar. El pueblo de Israel, que se consid...