sábado, 16 de septiembre de 2017

EL PERDÓN


Reflexión homilética para el Domingo 17 de Septiembre de 2017. 24 del Tiempo Ordinario, A.

“Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante y pide perdón de sus pecados?” (Si 28,2-4). Con estas reflexiones, el libro del Eclesiástico sugiere una reflexión sobre la coherencia.

De hecho, subraya la unión que existe entre el perdón que el hombre espera obtener de Dios y el que él está dispuesto a conceder a sus semejantes. La misericordia es sobre todo un atributo de Dios. Él la concede abundantemente. Pero exige que el hombre la refleje y la continúe en sus relaciones con los demás.

El salmo responsorial se hace eco de esa afirmación al confesar: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Sal 102). Según san Pablo, esa misericordia de Dios se manifiesta sobre todo en Jesús, que murió por nosotros y resucitó para nuestra salvación (cf. Rom 14,9).

LA ESPIRAL DE LA VIOLENCIA

En la boca de Lamec, descendiente de Caín, se colocaba el canto de la venganza salvaje: “Caín será vengado siete veces, y Lamec setenta y siete” (Gén 4,24). Pues bien, Simón Pedro pregunta a Jesús: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Y Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22).

Bien sabemos que el siete es un número de calidad, más que de cantidad. La tendencia humana es la de continuar la venganza hasta lo insospechable. La propuesta de Jesús es la de romper la espiral de la violencia mediante el ofrecimiento generoso del perdón.

El perdón de las ofensas es ciertamente difícil. Pero la misericordia humana es posible porque brota de la fuente de la misericordia divina. Mediante la parábola de los deudores, Jesús afirma que el creyente ha de tener compasión, puesto que Dios ha tenido compasión con él (Mt 18, 23-35).

EL AJUSTE DE CUENTAS

En la parábola del rey que quiso ajustar cuentas con sus criados hay una invocación que se repite dos veces.

“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Así suplica el deudor que debe al rey la fabulosa cantidad de diez mil talentos. Los hombres nos engañamos al pensar que podremos pagar toda nuestra deuda a Dios. Pero él tiene compasión hasta de ese autoengaño.

“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Así ruega el deudor que debe a su compañero la cifra de cien denarios. Nosotros nos creemos más agraviados que él, y por cosas que no tienen importancia. Nuestro mayor pecado es no pasar a los demás el perdón que nos ha sido concedido.

Padre de piedad y de misericordia, confesamos que en el ajuste de cuentas hemos salido beneficiados por tu gracia. Apiádate de nosotros, perdona nuestras culpas y ayúdanos a ser humildes transmisores de tu compasión y tu perdón. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén
D. José-Román Flecha Andrés

ACTOS 75 ANIVERSARIO DE LA HECHURA DE NTRO. PADRE JESÚS NAZARENO


sábado, 9 de septiembre de 2017

LA COMUNIDAD


Reflexión homilética para el Domingo 10 de Septiembre de 2017. 23 del Tiempo Ordinario, A.

“Si tú adviertes al malvado que cambie de conducta y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida” (Ez 37,9). En este oráculo que se lee este domingo, Dios advierte al profeta de la misión que le ha sido confiada. El que ha sido elegido como mensajero divino ha de estar siempre dispuesto a corregir los errores humanos.

Corregir al que yerra es una de las obras de misericordia más difíciles. Quien ha obrado mal no siempre lo reconoce. Con mucha frecuencia piensa y afirma que está en la verdad. A la mala acción suele acompañar la mala conciencia. Por otra parte, quien debería corregir no siempre está limpio de culpa ni libre del temor de ser denunciado.

A unos y a otros el salmo responsorial nos recuerda un oráculo divino: “No endurezcáis vuestro corazón” (Sal 94). A todos nos resultaría más fácil corregir y ser corregidos si recordáramos la advertencia de san Pablo: “Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera” (Rom 13,10).

CORRECCIÓN Y DIÁLOGO

El texto evangélico que hoy se proclama (Mt 18,15-20) supone con todo realismo la posibilidad de que se dé el pecado en la comunidad. Por eso advierte de la necesidad de llamar la atención al hermano que ha pecado. Además establece el orden que se ha de seguir al aplicar la corrección fraterna.

El que trata de corregir al que ha faltado a los ideales de la comunidad no debe caer en el peligro de desprestigiar al otro. De hecho, se le pide que comience por hablar a solas con el hermano. Ambos habrán de ganar con la salvación del que ha caído.

No se debe olvidar la primera frase: “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos solos”. Ese es elprimer paso. Pero ahí se indica el motivo y el tono de la corrección. El derecho y deber de corregir corresponde al hermano por ser hermano.

En un segundo y en un tercer paso hay que acudir a otros hermanos. Esas tres etapas del diálogo tratan de evitar el subjetivismo o el resentimiento de quien pretende corregir. Como se ve, la referencia a la fraternidad caracteriza a la comunidad cristiana.

DISCERNIMIENTO Y ORACIÓN

El texto evangélico se incluye en el llamado “discurso eclesiástico”. A la corrección fraterna, el evangelio de Mateo añade otras dos notas importantes que caracterizan a la comunidad cristiana: el discernimiento y la oración común.

“Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo”. Lo que Jesús ha dicho ya a Simón Pedro, lo dice ahora a toda la comunidad. Atar y desatar suponen una gran responsabilidad. Pero Dios confía de tal manera en su Iglesia que reconoce el discernimiento que ella haga sobre el bien y el mal.

“Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del Cielo”. Nuestros egoísmos individuales dificultan la oración. Solo el amor puede unirnos ante Dios. Solo la concordia entre los hermanos garantiza el valor y la eficacia de nuestras plegarias.

Señor Jesús, tú te haces presente cuando nos reunimos en tu nombre. No permitas que nos reúnan nuestros intereses ni la búsqueda del prestigio. Que todo lo hagamos en tu nombre. Porque sólo quienes se reúnan en tu nombre serán escuchados. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés

domingo, 3 de septiembre de 2017

COMIENZAN LAS FIESTAS PATRONALES



El Pregón a cargo de D. Miguel Rodríguez, sencillo y directo, emocionó al pueblo asistente a la ofrenda a la Santísima Virgen de la Estrella Coronada. Intervino el Coro  Alboreá.



SANTA MISA DEL ALBA EN EL HUMILLADERO










Como cada primer domingo de Septiembre la Misa más tempranera llega para conmemorar la Aparición de la Virgen de la estrella en 1495. Una Eucaristía llena de emotividad y de recogimiento en la que nos sumergen los cantos del Coro Paz y Esperanza de Villa del Río.

sábado, 2 de septiembre de 2017

EL TROPIEZO


Reflexión homilética para el Domingo 3 de Septiembre de 2017. 22 del Tiempo Ordinario.

“La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: no me acordaré de él, no hablaré más en su nombre. Pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla y no podía”. Es impresionante esa confesión de Jeremías (Jer 20,7-9).

En otro tiempo el profeta se había sentido llamado y seducido por Dios. Pero al ejercer esa vocación se sintió ridiculizado y perseguido por su pueblo. Hubiera querido olvidar aquella misión recibida de lo alto. Pero la palabra de Dios había entrado de tal forma en su vida que estaba dispuesto a morir antes que olvidarla.

El salmo responsorial responde a ese sentimiento del alma que se siente arrebatada por el Señor: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío” (Sal 62). Con razón san Pablo nos exhorta a no ajustarnos a este mundo y a discernir cuidadosamente lo que corresponde a la voluntad de Dios (Rom 12, 1-2).

LA TENTACIÓN

Al leer el evangelio de Mateo que hoy se proclama, pensamos que de alguna manera en Simón Pedro se repite la experiencia de Jeremías (Mt 16,21-27). También el pescador había dejado todo para seguir a Jesús. Lo reconocía como el Mesías enviado por Dios, pero no podía aceptar que hubiera de ser ejecutado.

Jesús equipara la actitud de Simón con una tentación diabólica. El Maestro le había dado el sobrenombre de Pedro, es decir “roca”. Él había de ser la piedra enterrada como cimiento para la nueva comunidad. Pero ahora contradecía aquella esperanza del Señor. De hecho, se manifestaba como una piedra de escándalo, es decir de tropiezo.

Por si no quedaba claro, Jesús explicó a Simón Pedro en qué consistía aquella traición a su vocación: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”. Los hombres esperaban y esperan que su vida se realice por el camino del triunfo, no de la derrota; del éxito, no del fracaso; del poder, no del servicio. Pero ese no es siempre el plan de Dios.

LA PÉRDIDA

Efectivamente, a continuación Jesús expone a los que le escuchan que ser discípulo implica tres decisiones: negarse a sí mismo, cargar con la cruz y seguir al Maestro. Lo contrario es la tentación. El mensaje de Jesús es una gran paradoja:

- “Quien quiere salvar su vida, la perderá”. Quien quiere salvar su vida, su prestigio y sus posesiones no se aventura a oponerse al poder. Procura ajustarse a los criterios del mundo. No se atreve a remar contra la corriente. Quiere ahorrarse la vida, pero en realidad pierde el sentido de su existencia.

- “El que pierda su vida por mí, la encontrará”. Es cierto que también hay personas que arriesgan su vida. Quien la pierde por alcanzar riquezas o fama, ya ha recibido su recompensa. Pero quien la pone en peligro por amor a Jesús y a su mensaje, ese encuentra el verdadero valor de la vida. Su premio no es algo, sino Alguien.

Señor Jesús, el ansia del tener, del poder o del placer es una piedra de tropiezo en nuestra vida. Pero también nosotros podemos ser una piedra de tropiezo para la extensión de tu Reino. Concédenos la lucidez suficiente para discernir entre el bien y el mal, y danos la libertad y la valentía para seguirte por el camino. Amén.

D. José-Román Flecha Andrés