sábado, 19 de octubre de 2019

ORACIÓN Y JUSTICIA


Reflexión Homilética para el Domingo 20 de Octubre de 2019. 29º del Tiempo Ordinario.

“Mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía Amalec”. Este relato bíblico nos presenta a Moisés orando en el monte por su pueblo, mientras Josué se enfrenta en el llano a  los amalecitas (Éx 17,8-13).

Evidentemente se trata de subrayar la fe de Moisés y su influencia ante Dios. Por otra parte, se anticipa ya la presentación de Josué como el futuro guía de su pueblo. Pero, sobre todo, se pone de relieve el valor de la oración. La imagen de Moisés orando con los brazos en alto sería toda una lección sobre la misericordia de Dios y la gratuidad de la liberación.

El salmo responsorial responde al orante que se pregunta de dónde le vendrá el auxilio: “El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma, el Señor guarda tus entradas y salidas ahora y por siempre (Sal 120,7-8).

San Pablo dice a Timoteo que la Sagrada Escritura puede darle la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación” (2 Tim 3,15).

LOS TRES PERSONAJES

También el evangelio subraya el valor de la oración. Para reflejarlo de una forma fácilmente inteligible, Jesús lo expresa en la parábola de la viuda y el juez injusto  (Lc 18,1-8). Los dos personajes encarnan dos tipos humanos de personas, al tiempo que reflejan los atributos de Dios.

La viuda era en Israel la imagen más evidente de la pobreza y el desamparo. Se sabía por experiencia que una viuda se veía sola y no tenía quien defendiera sus derechos ante la asamblea popular. En este caso, se dice que sus derechos han sido ignorados y pisoteados repetidas veces por los prepotentes.

Por otro lado aparece el juez al que acude la viuda reclamando justicia. La Biblia presenta varias veces a los jueces como símbolos de la rectitud y del respeto que merecen tanto la ley como las personas. Pero el texto presenta a este juez con unos rasgos que lo descalifican ante nuestros ojos: “Ni temía a Dios ni le importaban los hombres”.

Este juez corrupto ignora a la viuda que le suplica. Después de mucho insistir, esta logra que la escuche el juez, no por responsabilidad profesional, sino para librarse de su insistencia. Por contraposición, se anuncia que Dios escucha la oración de los que le suplican y les hace justicia. Dios es justo y compasivo, misericordioso y fiel.

LA SÚPLICA Y EL JUICIO

La parábola del juez inicuo que ignora el lamento de la pobre viuda nos lleva también a recordar el tono de su humilde súplica:

“Hazme justicia frente a mi adversario”. Hoy muchas personas se sienten marginadas en la sociedad, en el puesto de trabajo y aun en su propia familia.Tienen derecho a reclamar justica y atención a sus derechos.

“Hazme justicia frente a mi adversario”. También la Iglesia, como comunidad tantas veces humillada, puede y debe dirigirse a Dios. De hecho, habrá de implorar su misericordia y su justicia, cuando muchos de sus hijos son perseguidos hasta la muerte.

“Hazme justicia frente a mi adversario”. Muchas personas y comunidades ven pisoteados sus derechos por la injusticia de los poderosos. Pero Dios no es neutral. Pensar en el juicio de Dios es un motivo de esperanza para los oprimidos, como escribió Benedicto XVI en su encíclica “Salvados en esperanza”.

Padre nuestro que estás en el cielo, que la fe en tu poder y tu misericordia aliente siempre nuestra oración. Y que ésta nos motive para anunciar el valor de la justicia y denunciar la injusticia que con frecuencia aplasta a los más humildes de tus hijos. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés

sábado, 12 de octubre de 2019

LEPRA Y CURACIÓN


Reflexión Homilética para el Domingo 13 de Octubre de 2019. 28º del Tiempo Ordinario.

Orientado por una joven esclava israelita, Naamán había llegado a Samaría buscando remedio para su lepra. Por orden del profeta Eliseo, accedió a bañarse en las aguas del Jordán. Al ver que había quedado curado, aquel jefe de los ejércitos de Siria exclamó: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el Dios de Israel” (2 Re 5,13-17).

Este relato nos dice que todo ser humano, aunque sea poderoso, es más vulnerable de lo que cree. Además el relato refleja la dignidad la libertad y la generosidad del profeta, que acoge aceptando a los necesitados, sean de la raza y religión que sean. Pero el relato habla también de la fe. Aun siendo pagano, Naamán descubre el poder de Dios sobre el mal.

Esa  misericordia universal de Dios se refleja en el salmo responsorial:  “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 97,3). Como escribe Pablo a su discípulo Timoteo, “Dios permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13).

COMPASIÓN Y  GRATITUD

También el evangelio que hoy se proclama recuerda la plaga de la lepra (Lc 17,11-19). Ante Jesús aparece un día un grupo de leprosos que caminan por los campos, lejos de los pueblos y ciudades, según lo prescribe la Ley. Sin embargo, parece que han llegado a conocer la fama de Jesús.

Lo reconocen como un hombre de Dios. Así que desde lejos le imploran a gritos: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Y efectivamente, la compasión del profeta Eliseo se hace ahora realidad en la persona de Jesús, que los envía a los sacerdotes para que certifiquen su curación y puedan insertarse  en la sociedad.

Junto a la misericordia de Jesús, el relato subraya la confianza de los leprosos. Es preciso observar que todos ellos se fían de la palabra de aquel al que ya reconocen como Maestro. De hecho, aun antes de verse curados, obedecen su mandato y se ponen en camino para ir en busca de los sacerdotes.
Además, el relato evangélico indica que a la gratuidad del profeta ha de responder la gratitud de los favorecidos. Sin embargo, se anota que si bien son diez los que piden la curación, solo uno de ellos regresa a dar gracias por haberla obtenido. Lo asombroso es que el que se muestra agradecido es un samaritano, considerado como enemigo y proscrito.

FE Y SALVACIÓN

A este leproso que regresa para agradecer la sanación se dirigen las palabras de Jesús con las que se cierra este relato:

“Levántate y vete: tu fe te ha salvado”. Ha quedado claro que los leprosos no han sido curados por la fuerza de la antigua Ley de Moisés, sino por la fe en el Maestro de la nueva Ley. La sanación significa la salvación integral que solo de él puede venir.

“Levántate y vete: tu fe te ha salvado”. También queda de manifiesto que el creyente de hoy ha de aprender a pedir y agradecer. Si puede y debe dirigirse al Señor en oración, al mismo Señor ha de agradecer siempre la salvación.

“Levántate y vete: tu fe te ha salvado”. Y ha de quedar muy claro que también los que se consideran lejos pueden acercarse al que es la fuente de la salud y de la gracia. La solidaridad en el dolor y en la prueba invita a celebrar la salvación universal.

Padre nuestro que estás en los cielos, tú sabes que con frecuencia buscamos la excusa de nuevas lepras para excluir a algunos de nuestra sociedad. Sin embargo, hemos de reconocer que tan solo la fe en tu Hijo Jesucristo puede abrirnos a la salvación. Que tu Espíritu nos ayude a mostrarnos siempre  agradecidos a tu misericordia. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés

HOY SUBE LA ESTRELLA A SU ERMITA

7 de la tarde. Iglesia de la Inmaculada Concepción.

domingo, 6 de octubre de 2019

¡AUMÉNTANOS LA FE!


Reflexión Homilétca paa el Domingo 6 de Octubre de 2019. 27º del Tiempo Ordinario.

¡Hombre, Lucas, ya será menos! ‘Inútiles’, ‘inútiles’ del todo tampoco somos….

De nuevo nos encontramos, en las imágenes que Jesús utiliza de la semilla de mostaza y del siervo inútil, con el gusto oriental por la exageración (los lingüistas la llaman «hipérbole», que queda más fino).

Los discípulos piden más fe, con lo cual están reconociendo ya que algo de fe sí tienen, pero se siente limitados y tienen también dudas. Además, Las palabras que Jesús acaba de decir (que no están en la lectura de hoy, pero podéis ver en cualquier Biblia), exigen el perdón sin medida ante el hermano que vuelve arrepentido por séptima vez. Los apóstoles comprenden la dificultad del perdón, y más todavía si la ofensa se ha repetido siete veces en un sólo día; cualquiera le echaría los perros al que pide perdón por enésima vez, casi como si se estuviese burlando de uno.

Pero Jesús sabe que la única forma de construir una sociedad en paz es ser capaz de perdonar. Hay culturas en el mundo que no contemplan el perdón; lo consideran un signo de debilidad impropio de seres humanos. Hay mucha gente que también lo ve así. Pero entonces sería imposible vivir en sociedad; tan sólo los seres perfectos podrían vivir juntos, los humanos, en cambio, tarde o temprano nos equivocamos, metemos la pata y hacemos daño a alguien, incluso a los más cercanos y queridos.
Por eso, la única solución que queda es el perdón, la reconciliación, la voluntad compartida de ponerse de acuerdo y construir entre todos una sociedad en la que quepamos todos. Esto es válido para las familias, para los grupos de personas y también para los países y las sociedades. Pero ciertamente es muy difícil.

Los discípulos, como decía, se dan cuenta, y comprenden que la única forma de sofocar los deseos de venganza que brotan espontáneos del corazón ofendido es dejar que Dios nos transforme, nos haga como él, por eso piden: «Auméntanos la fe».

Jesús responde que no es cuestión de mayor o menor fe, sino de una fe activa y viva. Pone como ejemplo la semilla de mostaza, una de las de menor tamaño, pero que lleva dentro de sí la vitalidad para hacer crecer un arbusto. No se trata de disponer de montones de fe que pueda mostrar orgulloso o atesorar satisfecho. Una fe tan pequeña como la semilla, si es viva, es capaz de cambiar lo que parece inamovible: arrancar un árbol como la morera, de grandes raíces, símbolo de firmeza y resistencia; y también es capaz de cambiar el orden establecido: plantar un árbol en el mar y que viva es imposible. Con estas imágenes llamativas expresa Jesús la importancia de la fe.

La reflexión que nos piden estas palabras es muy personal; es hora de «hacerle la revisión» a nuestra fe. No nos preocupemos por su tamaño, no importa que no sea vistosa y adornada. Lo que Jesús quiere es que sea viva y activa. Hay mucha gente que se preocupa por tener «dudas de fe»; y a veces estas dudas son signo de una fe que se hace preguntas, que quiere conocer, que desea aprender más. Hay dudas de fe que se parecen mucho a «dolores de crecimiento». El que no tiene fe de ningún tipo, tampoco tiene dudas; el que duda, al menos le da importancia a pensar en ello, y se interroga y se cuestiona.

Los niños pueden vivir con su fe sencilla e ingenua cuando son pequeños, pero en la vida de todo cristiano llegan momentos de reflexión que ponen en crisis aquello que se ha aprendido de pequeño. Muchos no encuentran en esos momentos a nadie que les ayude a pensar, que les enseñe que un cristiano también puede ser crítico y profundamente creyente; algunos incluso reciben un mensaje contrario, como si hubiese que creer sin hacerse preguntas. Dios mismo nos ha creado con capacidad de pensar, de preguntar, de investigar, para que vivamos más en profundidad, para que seamos más nosotros mismos, para que nos puedan manipular menos. No tendría sentido que Dios mismo pidiese una fe acrítica, vacía de contenido, sin reflexión.

Pero la fe no es sólo una actividad de la mente (que es necesaria), sino también la decisión de vivir de una determinada manera. En el capítulo anterior de su evangelio, el 16, Lucas nos ha interpelado para que aprovechemos las riquezas al modo de Jesús, siendo solidarios con los más pobres en vez de acumularlas. En los versículos precedentes, ya mencionados, nos habla del perdón.

¿Cómo es, por tanto, nuestra fe? ¿Le dedicamos tiempo a hacerla crecer? ¿Le damos importancia a vivir como Jesús nos pide? ¿Pensamos en su mensaje en las grandes decisiones de nuestra vida?

Por otra parte, en la parábola del siervo campesino hay una fuerte crítica a los que actúan para que Dios les recompense; como si quisiesen «comprarle» a Dios su gracia y su amor. La gracia, precisamente, es gratis; Dios nos da su amor porque nos lo quiere dar.

No podemos prometerle a Dios que haremos tal o cual cosa «a cambio» de algo que le pedimos. Tan sólo podemos mostrarle nuestro agradecimiento, pero no como un «precio» que le pagamos a Dios por el favor.

No podemos hacer ante él gestos que nos conviertan en sus preferidos, ni nuestras buenas obras tienen valor si son interesadas. Jesús enseña constantemente, con sus palabras y con sus gestos, que el amor de Dios es gratuito y desinteresado y que nuestro amor a él es simplemente el agradecimiento generoso de los hijos hacia su Padre.

sábado, 28 de septiembre de 2019

ESCUCHAR A LOS PROFETAS


Reflexión Homilética para el Domingo 29 de Septiembre de 2019. 26º del Tiempo Ordinario.

“Os acostáis en lechos de marfil; tumbados sobre las camas, coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo”. Amós era un pastor allá en las tierras de Técoa, en el reino de Judá. Un día subió a Samaría, en el reino de Israel, y vio el lujo de que alardeaban algunas personas. Y no pudo evitar criticarlas con el lenguaje de un pastor (Am 6,1.4-7).

Al mismo tiempo pudo ver la postración en que yacían los pobres, la indiferencia de los que los marginaban y la corrupción de los jueces que se dejaban comprar por un par de sandalias. Él nunca había pensado en ser profeta. Pero reconocía que cuando Dios habla, uno no puede quedar en silencio, sin transmitir su mensaje.

En esta línea, el salmo responsorial recoge una confesión de la justicia e imparcialidad de Dios: “Él mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos” (Sal 145,7). Y san Pablo escribe a su discípulo Timoteo: “Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza” (1 Tim 6,11).

UNA GOTA DE AGUA

El evangelio de hoy contrapone dos estilos de vida que se repiten en todo tiempo y lugar. Un hombre rico se viste con ropajes de lujo y banquetea cada día con un derroche escandaloso.

Pero a su puerta yace un mendigo que espera satisfacer algo de su hambre con las migajas que caigan de la mesa del rico, mientras deja ver unas llagas que lamen de vez en cuando los perros callejeros (Lc 16,19-31).

El relato evangélico no da el nombre del rico. En cambio recuerda el nombre del pobre. Se llama Lázaro, que significa “Dios ayuda”. ¿Lo conocía Jesús personalmente? ¿O le atribuyo ese nombre con toda intención?

Las diferencias que los marcaban en la vida continuaron más allá de la muerte. Pero invertidas. El pobre participa de la mesa y de las bendiciones de Abrahán, el amigo de Dios. Pero el rico es arrojado a un infierno, que se describe como un horno de fuego. El rico que en vida no compartió su comida y su bebida, pide ahora que el pobre se acerque a él con una gota de agua para sus labios abrasados. Pero ya no es posible ese servicio.

EL PROTOCOLO DEL JUICIO

Ante esa imposibilidad, el rico tiene aún otra petición para Abrahán. Que envíe a Lázaro para que advierta a sus hermanos que aún quedan en la tierra para que cambien de conducta y no vayan a terminar en el fuego que él padece. Las dos respuestas de Abrahán son un aviso para las gentes de toda clase y condición.

“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. No es fácil escuchar a los demás. Y es más difícil escuchar a los profetas que Dios nos envía. Su misión es anunciar el bien y la verdad y denunciar el mal y la mentira. Pero nuestros intereses nos llevan con frecuencia a descalificar a los mensajeros para no aceptar el mensaje.

“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”. Un viejo refrán latino decía que no nos conmueve lo acostumbrado. Andamos siempre a la caza de lo extraordinario. Pero Dios no nos envía muertos resucitados para que nos adviertan. Nos envía testigos de la fe que viven junto a nosotros.

Señor Jesús, en su exhortación “Gozaos y regocijaos”, el papa Francisco nos recuerda el protocolo por el que un día seremos juzgados, tanto los creyentes como los no creyentes. Tú te has identificado con los pobres y los necesitados. Y nos preguntarás si te hemos atendido a ti en ellos. No permitas que ignoremos el rostro de ese Lázaro que yace a nuestra puerta. Amén.

D. José-Román Flecha Andrés

domingo, 22 de septiembre de 2019

LA INJUSTICIA Y LA ASTUCIA

Reflexión Homilética para el Domingo 22 de Septiembre de 2019. 25º del Tiempo Ordinario.

Escuchad esto los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo: ¿cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo y el sábado para ofrecer el grano?” (Am 8,4). El pueblo de Samaría gozaba de una cierta prosperidad. Pero Amós, aquel pastor llegado de Técoa, de pronto comenzó a denunciar las injusticias que envenenaban allí la convivencia.

Él nunca se hubiera creído un profeta. Pero con razón decía que nadie puede dejar de temblar cuando el león ruge en la selva.  Es un crimen aplastar al débil y al indefenso. Pero es una infamia y un pecado tratar de ignorar los fraudes y los abusos contra ellos.

Amós sabe que algunos parecen celebrar el día del sábado, pero al mismo tiempo lamentan que no se pueda comerciar en ese día. Los que solo piensan en sus dineros no pueden detenerse a celebrar con verdad los días  dedicados al descanso sagrado.

Con razón el salmo responsorial proclama que el Señor “levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre” (Sal 112,7). Como escribía san Pablo, “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Y esa voluntad de Dios alcanza tanto al oprimido como al opresor.

LA PAZ Y LOS BENEFICIOS

La parábola evangélica que hoy se proclama evoca también el ambiente de los negocios. Un administrador va a ser despedido por defraudar a su amo. Pero aprovecha una última oportunidad para ganarse unos amigos. Disminuyendo la deuda que tienen pendiente, espera conseguir sus favores cuando se encuentre en la calle y sin trabajo (Lc 16,1-13).

Lo más sorprendente del relato evangélico es que el amo felicita a ese administrador infiel por la astucia que ha demostrado. El comentario con el que Jesús concluye la parábola podría aplicarse a muchas situaciones actuales: “Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.

Algunos comentaristas modernos tienen en cuenta la frecuencia con la que aparecen los dineros en el evangelio de Lucas. Y se preguntan si el dueño no alabará al administrador porque el fraude le ha hecho comprender que no merece la pena perder el ánimo y la paz por la pérdida de unos beneficios económicos.

RESPONSABLES Y FIELES

Por otra parte, Jesús utiliza la parábola para dirigir a sus discípulos algunas reflexiones  de tipo sapiencial. En ellas se refiere al hombre, pero también a Dios.

“El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar”. Ser honrados en los pequeños compromisos de cada día constituye una buena preparación para asumir nuestra responsabilidad humana y para aceptar el proyecto de Dios sobre nosotros.

“Ningún siervo puede servir a dos amos”. El corazón dividido no puede encontrar la paz, ni en el trabajo ni en la vida familiar. Pero esa división llega a ser dramática cuando pretendemos ser fieles a las voces del mundo y olvidamos la voz de Dios.

“No podéis servir a Dios y al dinero”. Parece que siempre hemos de servir a alguien. Y muchas veces servimos a los que nos ofrecen seguridades inmediatas. Sin embargo, hemos de reconocer que esas satisfacciones no equivalen a la felicidad. Solo Dios es Dios. Solo quien adora a Dios y solamente a Dios, puede encontrar la libertad.

Señor Jesús, reconocemos que con frecuencia vivimos asentados en el fraude y en la mentira, en el interés y en la idolatría. Que tu Espíritu nos ayude a ser responsables en las cosas de este mundo y a ser fieles a nuestra vocación cristiana. Amén.

D. José-Román Flecha Andrés