miércoles, 21 de junio de 2017

ALTARES QUE DAN ESPLENDOR AL CORPUS




Altar de la Hermandad de la Humildad dedicado este año a la Virgen de Fátima con motivo del Centenario de las Apariciones.







Altar de la Hermandad de la Magdalena en la Casa de las Cadenas.





Altar de la Hermandad de la Soledad en la Calle Blas Infante.




Altar de la Hermandad de Padre Jesús Nazareno dedicado a la Divina Pastora con motivo  de los 100 Años del Colegio que lleva su nombre.


Altar de la Hermandad de la Paz y Esperanza en el Altozano.


Altares particulares en la calle Alta.


Altar de  Cultos de la Hermandad del Corpus.

sábado, 17 de junio de 2017

EL DON DE LA EUCARISTÍA


Reflexión homilética para la Solemnidad del Corpus Christi, A, Domingo 18 de Junio de 2017.

“Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer esos cuarenta años por el desierto… Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios” (Dt 8,2-3).

En los discursos del Deuteronomio se invita a Israel a la fidelidad al Dios de la liberación. En este caso se le recuerda el maná que sostuvo su dura peregrinación por el desierto. Aquel alimento había de ser una prueba del amor y de la providencia de Dios hacia su pueblo. Aún así, lo invitaba a reconocer el valor de la palabra de Dios.

Ante la indiferencia de algunos cristianos de Corinto hacia las necesidades de sus hermanos, san Pablo les recuerda que el cuerpo y la sangre de Cristo son fuente y estímulo de unión: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1Cor 10,17).

ALIMENTO Y CAMBIO

El evangelio que se proclama en esta fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo recoge una parte del discurso que, después del reparto de los panes y los peces, Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm (Jn 6,51-58). En él sobresalen dos temas importantes.

A la Samaritana, Jesús se revelaba como el que puede dar el agua de la vida. Ahora se revela como el pan vivo que da la vida. Sólo él puede calmar nuestra sed y saciar nuestra hambre. La carne y la sangre del Hijo del Hombre resumen su persona, su vida y su enseñanza. Son verdadera comida y verdadera bebida. Ahí está la verdadera vida y la promesa de la resurrección.

Jesús revela que su Padre vive y él vive por el Padre. Del mismo modo, quien se alimenta de Cristo, vive de Cristo, por él y en él. Como escribió Benedicto XVI, “no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; nos atrae hacia sí” (Sacramentum caritatis, 70).

RECUERDO Y ESPERANZA

En el discurso de Jesús hay una evocación del maná que alimentó a los hebreos. Y hay una promesa sobre la vida que comporta el alimento que Cristo es para el creyente.

“Este es el pan que ha bajado del cielo”. Los creyentes en Jesucristo no despreciamos el pan que nos viene de la tierra y del trabajo humano. Pero recibimos y agradecemos como un don impensable el Pan que nos ha venido del cielo, es decir de la bondad divina.

“No como el de vuestros padres que lo comieron y murieron”. Los seguidores de Jesús valoramos el camino de nuestros hermanos hebreos hacia la libertad. Pero sabemos y creemos que Cristo es el nuevo maná que alimenta nuestro camino de liberación.

“El que come este pan vivirá para siempre”. Los cristianos estimamos los deseos de vida y de progreso integral de todos nuestros hermanos. Pero creemos que el cuerpo y la sangre de Cristo son semilla de una vida que no tiene fecha de caducidad.

Señor Jesús, agradecemos y veneramos el don de tu Cuerpo y de tu Sangre. En ellos recordamos tu entrega, aprendemos a entregarnos por los demás y a vivir esperando tu manifestación gloriosa.

D. José-Román Flecha Andrés

sábado, 10 de junio de 2017

LOS DONES DE DIOS


Reflexión homilética Solemnidad de la Santísima Trinidad,  Domingo 11 de Junio de 2017. A.

“El Señor, el Señor: un Dios clemente y misericordioso, paciente, lleno de amor y fiel” (Ex 34,7). Así se presenta y se califica el mismo Dios en un momento especialmente dramático.

Adorando a un becerro de oro, el pueblo de Israel había quebrantado la alianza que Dios le había dispensado. Al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Moisés lanzó contra las rocas las dos tablas de piedra en que estaban escritos los mandamientos.

Ahora Moisés vuelve a subir al monte Sinaí con las nuevas tablas de piedra, que sustituyen a las antiguas. El Señor se muestra benigno, compasivo y dispuesto a renovar la alianza. A Moisés solo le queda pedir al Señor que acompañe a su pueblo, aunque sea un pueblo obcecado.

Al final de la primera carta a los Corintios, san Pablo desea que el Dios Trinidad derrame sobre los fieles tres dones sagrados: la gracia de Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo (1Cor 13,11-13).

LA CONDENA

El evangelio que se proclama en esta fiesta de la Santísima Trinidad recoge una parte de los comentarios que el evangelista añade a las palabras que Jesús dirige a Nicodemo (Jn 3,16-18). En este breve texto llaman la atención las alusiones a la condenación.

“Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo”. Es bueno comenzar con esa afirmación. La misión de Jesús no tiene por objeto la condenación de este mundo. Bastaría saber que Jesús pasó por el mundo haciendo el bien.

“El que cree en él no será condenado”. La fe en Jesucristo no se reduce a la afirmación de algunas verdades abstractas. Tampoco se limita a regular algunos ritos o ceremonias. Creer en Jesús es aceptarlo como Salvador. ¿Cómo va a ser condenado quien se identifica con él?

“El que no cree en él ya está condenado”. Nadie será condenado por no haber creído en Jesucristo. El mismo rechazo del Salvador ya es en sí mismo una lamentable condenación. Lo penoso de rechazar su Luz es haber elegido vivir en la tiniebla.

Y LA SALVACIÓN

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). La primera parte del texto evangélico de hoy es un maravilloso ventanal que nos abre al horizonte de los grandes dones de Dios:

El amor de Dios al mundo.” ¿Es que Dios puede dejar de amar al mundo que ha creado para derramar sobre él su bondad? El amor de Dios sostiene el mundo material y, más aún, el mundo social en el que nos insertamos.

La entrega de Jesús y la fe. Si el amor de Dios se muestra en la creación y en la providencia, se revela sobre todo en el envío de su Hijo. Creer es aceptarlo como Señor y Salvador de nuestra existencia.

La vida eterna. La vida es el primero de los dones de Dios. La vida humana ha de ser acogida con gratitud y responsabilidad. Pero saber que nuestra vida puede ser eterna en Dios es el mayor premio a esa fe, que también nos ha sido dada.

“Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”.
D. José-Román Flecha Andrés

sábado, 3 de junio de 2017

EL DON DEL ESPÍRITU


Reflexión homilética para la Festividad de Pentecostés. Domingo 4 de Junio de 2017.

“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu los movía a expresarse”. Ese parece ser el primer efecto de la efusión del Espíritu sobre los discípulos del Señor en el día de Pentecostés (Hech 2,4).

El orgullo de querer ser como dioses había llevado a los hombres a la confusión de las lenguas. La humildad de los que han pasado por la prueba de ver morir a su Maestro y por el trance del miedo les lleva a unirse ahora en la misión de anunciar el mensaje del Señor.

El Espíritu se presenta con las imágenes del viento y del fuego. Arrastra las semillas y calienta los corazones. La efusión del Espíritu indica el ideal de la humanidad. Y representa también la plenitud de la Ley.

El Espíritu es el motor y garante de la unidad, el maestro de la oración, el impulsor de la misión. Nos llena de alegría leer que, según el apóstol Pablo, todos nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido un mismo Espíritu en el bautismo a fin de formar un solo cuerpo (1Cor 12,13).

LA PAZ

El texto evangélico que se proclama en esta solemnidad de Pentecostés (Jn 20,19-23) nos recuerda la primera manifestación del Resucitado a sus discípulos, reunidos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. La visita de Jesús les trajo la paz, los llenó de alegría y los preparó para el envío.

La paz no era tan solo la tranquilidad en el orden como decían los filósofos, los políticos y los estrategas. La paz que anunciaba el Cristo era la certeza de que se cumplían las antiguas promesas. Era la plenitud de los dones de Dios.

La alegría no era una simple superación de la angustia y del temor que había dispersado en huida a sus discípulos al ver a su Maestro apresado por la guardia de los sumos sacerdotes. La alegría era el fruto de la presencia del Señor resucitado.

Y el envío no era sólo la huida para poder liberarse de la persecución a la que serían sometidos muy pronto. Era la participación en la misión de su Señor. Era la ocasión para ser testigos de la vida y del amor hasta los últimos confines de la tierra.

EL PERDÓN

Jesús se presenta de pronto ante sus discípulos, atemorizados y sorprendidos, y alienta sobre ellos. Pero el gesto es acompañado por unas palabras inolvidables:

“Recibid el Espíritu Santo”. El soplo de Dios que se cernía sobre las aguas en el alba del mundo es ahora el soplo del Resucitado que crea una nueva tierra y una nueva historia.

“A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará”. Jesús no había venido a condenar, sino a salvar. En la nueva comunidad se hace presente el amor perdonador de Dios.

“A quienes retengáis los pecados, Dios se los retendrá”. Ante la continua tentación de justificarnos a nosotros mismos, todos necesitamos aceptar un juicio más imparcial.

Señor Jesús, sabemos que has entregado a tu Iglesia el don del Espíritu de la paz y del amor, de la gracia y del perdón. Te damos gracias. Y te pedimos que nos prepares para aceptar con diligencia el envío y la misión que tú nos confías. Amén. Aleluya.

                                                                                                                  D. José-Román Flecha Andrés

sábado, 27 de mayo de 2017

LOS CONFINES DEL MUNDO


Reflexión homilética para la Festividad de Ascensión del Señor. Domingo 28 de mayo de 2017.

“Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra”. He aquí el último mensaje de Jesús antes de ser elevado a la gloria de Dios, según se narra en la primera lectura de esta fiesta (Hech 1,1-11).

Sus apóstoles lo han visto siempre como un mesías nacional. Jesús les habla del Reino de Dios, pero ellos solo piensan en el reino de Israel. Siguen soñando en los puestos de poder que su Maestro puede confiarles. Pero él abre ante sus ojos un horizonte universal. Ellos mismos reciben el encargo de anunciar ese Reino de Dios “hasta los confines de la tierra”.

En la segunda lectura se nos recuerda que al Cristo resucitado Dios lo ha constituido como cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo. ¿Qué nos queda a nosotros? Pedimos confiadamente que Dios ilumine los ojos de nuestro corazón para que descubramos la esperanza a la que hemos sido llamados (Ez 1,17-23).

ENVÍO Y LLAMADA

En el relato evangélico que se proclama en esta solemnidad de la Ascensión del Señor (Mt 28,12-20) podemos encontrar algunos detalles que se refieren a Jesús, a sus discípulos y también a nosotros mismos.

En primer lugar, a Jesús se le ha dado autoridad plena sobre el cielo y sobre la tierra. Como sabemos, el demonio se había atribuido el poder y la posesión de todos los bienes de la tierra (Lc 4,6). Pero mentía. Sólo Jesús es el Señor del universo y de la historia.

Los discípulos habían sido llamados un día allá en la Galilea de los gentiles. Es cierto que allí habían dudado de Jesús, pero precisamente ahí terminan adorándolo. Y desde ahí son enviados a hacer discípulos a todos los pueblos de la tierra.

Y, por nuestra parte, nosotros agradecemos que el Señor haya pensado en nosotros y nos haya llamado a escuchar atentamente su evangelio, a recibir gozosamente el bautismo y a insertarnos finalmente en la realidad misma de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

EL GRAN MENSAJE

Muchas veces hemos meditado las últimas palabras de Jesús, tal como se recogen al final del Evangelio de Mateo: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo”. Ese es el gran mensaje que resuena en la fiesta de su Ascensión a la gloria de Dios.

“Yo estoy con vosotros”. El evangelio de Mateo comenzaba aplicando a Jesús el nombre de Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”. Y termina precisamente recogiendo su promesa de estar siempre con nosotros. Aquel nombre era el resumen y la clave de su misión.

“Todos los días”. Jesús había enseñado a sus discípulos a pedir a Dios el pan de cada día (Mt 6,11; Lc 11,3). Pero bien sabemos que Jesús es el verdadero pan del cielo. Él será un guía permanente para sus seguidores. Él será su pan en el desierto un día tras otro.

“Hasta el final del mundo”. Los discípulos soñaban un reino circunscrito a los límites de su pueblo. Pero ahora Jesús los envía a ensanchar los horizontes de la misión. Su palabra habrá de ser semilla de esperanza sembrada en todo el mundo.

Señor Jesús, perdona tú nuestras dudas y acepta nuestra adoración humilde. Sabemos que no nos dejarás solos en esta misión que nos has confiado. Ayúdanos a hacer visible tu presencia en este mundo nuestro y en este tiempo nuestro y tuyo. Amén. Aleluya.

D. José-Román Flecha Andrés

sábado, 20 de mayo de 2017

UNA TRIPLE RELACIÓN


Reflexión homilética del Domingo 21 de Mayo de 2017. 6º de Pascua.

“Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hech 8,17). Esas palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles cierran la primera lectura que se proclama en la celebración de la misa del sexto domingo de Pascua. Es sorprendente ver que el anuncio de Cristo en Samaría, por obra de Felipe, produce efectos admirables: la liberación del mal, la curación de las enfermedades y la difusión de la alegría.

A la vista de esos prodigios, la comunidad de Jerusalén envía allá a Pedro y a Juan. Su presencia garantiza la autenticidad de aquella misión. Y finalmente la completa con la imposición de las manos sobre los bautizados, que aún no han recibido el Espíritu Santo.

El salmo responsorial (Sal 97) nos sugiere que también hoy la comunidad cristiana ha de alabar al Señor de forma que todos los pueblos reconozcan su grandeza y su santidad.

Pero la alabanza verdadera es inseparable del ejercicio del amor mutuo, que es la auténtica revelación de ese Dios que es amor (1 Jn 4,7-10).

VER Y VIVIR

Al igual que el evangelio del 5º domingo de Pascua, también el que hoy se proclama recuerda las solemnes palabras de Jesús después de la última cena. Muchas ideas se agolpan en tan pocas líneas.

- Jesús dirige a sus discípulos una gran promesa. Pedirá al Padre que envíe sobre ellos “otro” Paráclito, es decir, otro Consolador o Abogado. Jesús manifiesta que esa tarea formaba parte de su misma misión. Tarea que ha de ser completada por el Espíritu de la verdad.

- Además Jesús establece una distinción entre sus discípulos y el mundo en el que viven. El mundo no conoce ni puede reconocer al Espíritu. Pero los discípulos lo conocen porque viven en sintonía y mutua habitación con el Espíritu. Por esa señal se caracterizan.

- Aún hay más. Jesús promete también a sus discípulos que nunca los dejará huérfanos. A pesar de las dificultades, ellos podrán verlo y en esa visión consistirá precisamente la vida de la comunidad. Los creyentes vivirán ya en el que vive para siempre.

EL CÍRCULO DEL AMOR

Todavía podemos escuchar y meditar otra promesa de Jesús: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21). Meditemos esas palabras del Señor.

- “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”. En las relaciones humanas la sintonía en los valores y los propósitos es signo de amor. De modo semejante, la prueba del discipulado no está en repetir las palabras del Maestro, sino en aceptar y cumplir sus mandatos.

- “El que me ama será amado por mi Padre”. En las relaciones humanas hay un lazo que une a las generaciones entre sí. También Jesús nos enseña que quien le ama de verdad será amado por el Padre, que nos ha entregado a su Hijo amado.

- “Yo también lo amaré y me manifestaré a él”. En las relaciones humanas, el amor no puede concebirse en una sola dirección. Quien ama espera ser correspondido. Pues bien, Jesús promete amar a aquellos que le han manifestado su amor cumpliendo sus mandatos.

Señor Jesús, sabemos que tus promesas no son palabras vacías. En tu despedida nos has revelado el horizonte de una triple relación: contigo, con el Padre y con el Espíritu. Una relación que se fundamenta en el amor, en la verdad y en la vida que perdura para siempre. Bendito seas, Señor.

D. José-Román Flecha Andrés

sábado, 13 de mayo de 2017

CREED


Reflexión homilética del Domingo 14 de Mayo de 2017. 5º de Pascua.

“La Palabra de Dios iba cundiendo y en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos; incluso muchos sacerdote aceptaban la fe” (Hech 6,7). El libro de los Hechos de los Apóstoles da cuenta de la elección de los siete “diáconos” de lengua griega para que atiendan a los hermanos procedentes de esa cultura. Una apertura totalmente necesaria.

A continuación se incluye esa nota sobre el crecimiento de la comunidad de Jerusalén. No solo aumenta gracias a los griegos. Entre los hebreos hay también muchos sacerdotes que han llegado a creer en Jesús como el Mesías de Dios.

El redactor del libro parece maravillado por lo que ha sucedido. Su narración suscita la acción de gracias por la misericordia de Dios, que se alaba en el salmo responsorial (Sal 32).

La primera carta de Pedro, que seguimos leyendo en este tiempo pascual, nos dice que todos los que reconozcan al Señor como la piedra angular, no quedarán defraudados. Para los creyentes es una piedra de gran precio (1Pe 2,4-9).

LA META Y EL CAMINO

El evangelio de este 5º domingo de Pascua nos sitúa en el cenáculo para recordarnos una solemne invitación de Jesús a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14,1). Ante estas palabras dos discípulos se atreven a dirigirse a Jesús con unas palabras que bien podrían ser las nuestras.

Tomás confiesa que no sabe adónde va Jesús y, por tanto tampoco puede conocer el camino. También nosotros damos la impresión de haber olvidado el horizonte al que Cristo nos conduce. Demasiadas veces parecemos perdidos y descaminados. Ignoramos que solo él es el camino, la verdad y la vida.

Felipe solo desea que Jesús les muestre al Padre. También en ese anhelo nos sentimos representados nosotros. Rezamos al Padre si nos vemos agobiados. Pero no reconocemos la paternidad de Dios si las cosas nos van mal. No hemos descubierto aún la necesidad de arrepentirnos y regresar a su casa. No hemos visto en Jesús el rostro misericordioso del Padre.

LA FE Y LAS OBRAS

Así pues, la invitación a creer es el tema clave en este domingo. Es también la clave de toda nuestra vida cristiana. Esta es la promesa de Jesús: “En verdad en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”.

“Creer en Jesús”. Ese ideal de vida implica aceptarlo como nuestro Maestro y nuestro Salvador. Jesús es el Señor. Acogemos su palabra y damos gracias por su ejemplo. Creemos que él vive y camina con nosotros.

“Hacer las obras de Jesús”. Esa es nuestra vocación y es también nuestro mejor deseo. Sabemos que, por brillantes y eficaces que parezcan a simple vista, nuestras obras son bien poca cosa si no coinciden con las suyas.

“Hacer obras mayores que las suyas”. Esa promesa nos parece poco probable. Y, en efecto, solo será posible gracias a la exaltación de Jesús (Jn 12,31), que, una vez levantado en alto, reunirá a los hijos de Dios dispersos (Jn 11,52).

Señor Jesús, no queremos olvidar esa exhortación con la que tú nos invitas cada día a creer en Dios y a creer también en ti. Te rogamos que mantengas viva nuestra fe y nuestra confianza. Y que nos envíes tu Espíritu para que podamos suscitar esa fe en medio de nuestro mundo. Amén. Aleluya.

D. José-Román Flecha Andrés