sábado, 21 de abril de 2018

EL PASTOR VERDADERO


Reflexión Homilética para el Domingo 22 de Abril de 2018. 4º de Pascua.

 “No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos” (Hech 4,12). Evidentemente, Simón Pedro se refiere al nombre de Jesucristo. En su nombre, Juan y él habían curado al paralítico que yacía a la puerta del Templo.

Los jefes del pueblo y los ancianos los habían detenido, encarcelado y azotado.  Pero no los juzgaban por haber devuelto la salud a un enfermo. Eso les habría merecido el rechazo de las gentes. Los apóstoles son juzgados como malhechores precisamente por haber curado a aquel paralítico en el nombre de Jesús.

Jesús era como la piedra desechada por los constructores. Pero por voluntad del Padre se había convertido en la piedra angular de un nuevo edificio (Sal 117). He ahí la gran contradicción y la fuente de escándalo, entonces y ahora.

LA COMUNIDAD

El evangelio de este domingo cuarto de Pascua nos ofrece todos los años la alegoría evangélica que nos presenta a Jesús como el verdadero Pastor de su rebaño. En el contexto en el que fueron pronunciadas, esas palabras eran una denuncia contra los pastores que no servían a su pueblo, sino que se servían de él. Hay tres actores en el relato:

- El lobo ataca a los rebaños. Roba las ovejas y las dispersa. Estas imágenes no pueden ser ignoradas. El texto evangélico tiene ya presentes a las comunidades que son atacadas, divididas y dispersadas por los que buscan sus intereses y traen la muerte.

- Hay responsables de la comunidad que se comportan como asalariados.  No les importan las ovejas. No están dispuestos a defenderlas. En consecuencia, las abandonan en el momento en que se presenta el peligro.

- El pastor verdadero se interesa por sus ovejas. En realidad, está dispuesto a dar su vida por ellas. Y, además, se interesa por otras ovejas que no pertenecen a su rebaño o le han sido arrebatadas. Hace lo posible por atraerlas a la comunidad.

LA REVELACIÓN

Esta alegoría evangélica contiene una de las revelaciones más importantes sobre Jesús: sobre su identidad y sobre su misión: “Yo soy el buen Pastor, que conozco a mis ovejas y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre”.

- “Yo soy el buen Pastor”. Era esta una imagen muy familiar para el pueblo de Israel. Con ella se revelaba el amor de Dios a su pueblo. Y la comunidad cristiana habría de ver en ella la imagen del Señor que se cuidaba de ella.

- “Conozco a mis ovejas y las mías me conocen”.  La expresión refleja la cercanía y la intimidad de Jesús con cada uno de los que le siguen. Si Jesús los conoce personalmente, ellos han de esforzarse por conocerlo y reconocerlo cada día. 

- “Como el Padre me conoce y yo conozco al Padre”.  No se puede olvidar esta comparación final. La relación existente entre el Padre y Jesús ha de ser el modelo y la pauta para las relaciones entre los miembros de la comunidad y sus pastores.    
  
Señor Jesús, te reconocemos como nuestro verdadero Pastor. Conocemos tu solicitud por cada uno de nosotros. Te agradecemos el don de tu vida. Y queremos seguir tus pasos y esforzarnos por construir una comunidad digna de ti. Bendito seas por siempre. Amén.
D.  José-Román Flecha Andrés

sábado, 14 de abril de 2018

TESTIGOS

 

Reflexión homilética para el Domingo 15 de Abril de 2018. 3º de Pascua.

“Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello”. En el texto del libro de los Hechos de los Apóstoles que hoy se lee (Hech 3,13-19) sobresalen estas vibrantes palabras del apóstol Pedro. En su discurso hay varias notas que nos llaman la atención:

- En primer lugar, Pedro denuncia vigorosamente la ceguera de su pueblo, que ha renegado del Santo y del Justo, al tiempo que anuncia que Dios lo ha resucitado.

- Además, Pedro asume y proclama el papel de testigos del Mesías que corresponde a los discípulos que han convivido con Él.

- Y finalmente, tiene la grandeza de disculpar a los que condenaron a Jesús, aun reconociendo que han pecado y necesitan convertirse.    

Que también nosotros guardemos la palabra de Señor y cumplamos sus mandamientos, como nos pide la segunda lectura (1Jn 2,1-5).

LOS CONTRASTES

El evangelio de este domingo tercero de Pascua nos sitúa en el momento en que los dos discípulos que se habían alejado hasta Emaús se encuentran de nuevo con sus hermanos que habían quedado en Jerusalén (Lc 24,35-48).

Unos y otros se apresuran a dar cuenta de su respectivo encuentro con Jesús. Pero de pronto se les muestra el Resucitado con un mensaje cargado de fuertes contrastes:

-  Por una parte les ofrece y desea el don de la paz, pero al mismo tiempo les reprende por las dudas a las que se aferran y por sus dificultades para creer.

- Además, se presta a comer con ellos para demostrarles que es el mismo que han seguido por los caminos, pero les recuerda que era necesario que se cumplieran las Escrituras.

- Jesús recuerda el pasado reciente de su muerte y resurrección, pero orienta a sus discípulos al futuro para que prediquen la conversión a todos los pueblos.

EL TESTIMONIO

Ante esta manifestación del Señor Resucitado cabría preguntarse qué misión confía a sus discípulos. ¿Cuál ha de ser el contenido de su predicación? ¿Con qué argumentos habrán de apoyarla? ¿Qué instituciones, secciones y boletines habrán de crear? ¿Con qué títulos tendrán que adornarse para hacerse respetar? ¡Nada de eso! Él sólo les entrega una consigna:

- “Vosotros sois testigos de esto”.  Eso significa esforzarse por recordar fielmente el pasado y la convivencia que les ha unido a su Maestro.

- “Vosotros sois testigos de esto”.  Eso significa reconocer que lo han abandonado en el momento de su muerte, pero han recibido el don de su presencia resucitada.

- “Vosotros sois testigos de esto”.  Eso significa que son las obras, más que las palabras, las que han de comunicar a las gentes el gozoso mensaje del Señor.       

Señor Jesús, te damos gracias porque nos has elegido para compartir tu vida y para reconocer tu triunfo sobre el mal y sobre la muerte. Y te agradecemos que nos hayas enviado para ser testigos de tu resurrección.   Bendito seas por siempre. Amén. ¡Aleluya!.
                                                                         D. José-Román Flecha Andrés

sábado, 7 de abril de 2018

EL PERDÓN Y LA FE

 

Reflexión homilética para el Domingo 8 de Abril de 2018. 2º de Pascua.

“Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”, Así comienza la primera lectura de este segundo domingo de Pascua (Hech 2,42 47).

¡Qué hermoso este “sumario” incluido en el libro de los Hechos de los Apóstoles! En él se resumen las actitudes y la vida de la primera comunidad que se reunía en Jerusalén.

Con estas breves pinceladas se traza también el ideal de aquel grupo de seguidores de Jesús o discípulos de Cristo. Así se entendía la nueva vida. Así es como había que vivir. 

En este domingo que Juan Pablo II quiso dedicar a la meditación de la misericordia de Dios, recordamos que  Dios Padre en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva (1Pe 1,3-9).

Como para agradecer ese don de Dios, el salmo 117 nos invita por tres veces a proclamar públicamente en la asamblea: “¡Eterna es su misericordia!” 

EL MENSAJE

En el evangelio se nos recuerda una manifestación de Jesús a sus discípulos (Jn 20,19-31). Están atemorizados y encerrados en una casa, por miedo a los judíos. De pronto, se les muestra Jesús resucitado. No viene a reprenderles su abandono. ¡Al contrario! Les dirige el saludo de la paz y les hace ministros del perdón.

- “Hemos visto al Señor”.  Ese es el anuncio nervioso que dirigen a Tomás, que estaba ausente en el momento de la manifestación de Jesús. Eso era lo más importante que les había ocurrido. Y  eso es precisamente lo que él tenía que saber.

- “Hemos visto al Señor”.  En realidad ese era el mensaje que deberían proclamar por todo el mundo cuando el Espíritu les concediera el don de la fortaleza. Si escuchar su palabra había sido una gracia divina, más decisivo aún era verlo resucitado.

- “Hemos visto al Señor”. Y ese es el anuncio que todos los seguidores del Maestro hemos de repetir en todos los tiempos y en todos los lugares. Ese es el resumen del Evangelio. Y esa es la experiencia que fundamenta nuestra fe y nuestra misión.

LA DICHA

Solemos decir que Tomás tuvo dificultades para creer que el Señor había resucitado. Tal vez su actitud refleja más bien su desconcierto al ver el entusiasmo de sus compañeros. Los que se resistían a seguir a Jesús hasta su muerte se apresuran ahora a cantar su resurrección.

- “Dichosos los que crean sin haber visto”. Isabel había proclamado dichosa a María por haber creído lo que le había comunicado Dios. Ahora Jesús proclama dichosos a todos los que crean en él. La fe en el Cristo es la clave de la vida cristiana.

- “Dichosos los que crean sin haber visto”. Esa bienaventuranza afecta a todos los que a lo largo de los siglos han llegado a Jesús a través del testimonio de los apóstoles. Y dichosos ellos porque son un eslabón más en la transmisión de la palabra que salva.

- “Dichosos los que crean sin haber visto”.  Esa felicitación se dirige a todos los que hoy logramos escuchar la voz del Señor y aceptarla como luz para nuestro camino. Es una dicha  que se nos escapa del corazón. ¿Cómo no compartirla con todos nuestros vecinos?         

Señor Jesús, gracias por tu vida y por tu presencia, por tu perdón y por el don de la fe que has hecho llegar hasta nosotros. Bendito seas por siempre. Amén. ¡Aleluya!
D. José-Román Flecha Andrés

domingo, 18 de marzo de 2018

CULTOS DE LA HERMANDAD DE LOS ESTUDIANTES

EL GRANO DE TRIGO



“Ya llegan días –oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva”. Así comienza el texto de Jeremías que hoy se lee en la misa (Jer 31,31-34). En los domingos anteriores la liturgia cuaresmal nos ha presentado las sucesivas alianzas de Dios con Noé, Abrahán, Moisés y el pueblo deportado a Babilonia.

Hoy se proclama la alianza que Dios promete tanto al reino del Norte como al reino del sur, separados a la muerte de Salomón y llevados ambos al destierro. Dios escribirá su ley en el corazón de las gentes. Será su Dios y será reconocido como tal por ese pueblo. Todos lo conocerán, desde el pequeño hasta el mayor.

Haciéndose eco de esta promesa, el famoso salmo “Miserere” no invita a suplicar: “Oh Dios, crea en mi un corazón puro” (Sal 50). En el corazón de la cuaresma, la carta a los Hebreos nos recuerda que Cristo aprendió sufriendo a obedecer (Heb 5, 7-9).

LA HORA

En el evangelio se evoca un momento importante, en vísperas de la pasión y muerte de Jesús. El Maestro ha entrado ya en Jerusalén, acompañado por los que lo aclaman como “el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel” (Jn 12,13).

Entre los que llegaban a Jerusalén había siempre algunos paganos “temerosos de Dios”. Hablaban griego, como tantos otros ciudadanos del imperio romano.  Algunos de ellos, llegados para la celebración de la Pascua, se acercaron a Felipe para decirle: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Felipe consultó con Andrés y ambos se lo dijeron a Jesús

Para el evangelio de Juan esos peregrinos representan a toda la humanidad que busca al Mesías. Cuando Jesús supo de aquel interés pareció entrar en éxtasis. Era como si hubiera llegado para él la señal de su hora: la hora de la glorificación.

Es en ese momento cuando pronunció la alegoría del grano de trigo. Es preciso que muera en el surco para producir fruto abundante (Jn 12,20-33). Jesús conoce y acepta el destino que le espera. Su muerte será fuente de vida para los que crean en el.

VER A JESÚS

La frase de los paganos que pidieron la ayuda de Felipe no debería quedar en el olvido. De hecho, refleja nuestro mejor anhelo:

- “Queremos ver a Jesús”. Esa aspiración es la de los cristianos más comprometidos con su fe. Con ella indican a veces su displicencia ante las cosas del mundo. O, mejor, su deseo de participar en la gloria definitiva del Hijo de Dios.

- “Queremos ver a Jesús”. Esa expresión se encuentra también en labios de los no creyentes. Ruegan a la Iglesia que les facilite el acceso a Aquél en quien ella dice creer. Le reprochan que no viva de verdad su fe y oculte a su Señor a los ojos del mundo.

- “Queremos ver a Jesús”. Debería ser ésta la confesión sincera y humilde de una comunidad que se sabe llamada al encuentro con su Señor y, sin embargo, se encuentra torpe y enredada en mil asuntos que dificultan su camino de fe.

Señor Jesús, la llegada de aquellos peregrinos que te buscaban te llevó a aceptar la llegada de la hora de tu entrega y a dirigirte al Padre celestial con una súplica decidida y confiada: “Padre, glorifica tu nombre”. Cómo tú, también nosotros  queremos aceptar su voluntad. Bendito seas por siempre, Señor.
D. José-Román Flecha Andrés