viernes, 27 de marzo de 2026

¡FELICIDADES MADRE DE LOS DOLORES!

  

Hoy, llegamos a ese día en que antes de la pasión de Cristo, nos fijamos en María y en los momentos tan duros que viviría al ver a su hijo escarnecido, muerto, entregado a los planes de Dios. Acordémonos de todos aquellos que sufren los dolores del alma, del cuerpo y del mundo en este día. Pidámosle a Ella para que interceda ante el Padre por ellos.

sábado, 14 de marzo de 2026

EL SEÑOR MIRA EL CORAZÓN

Reflexión del Evangelio Domingo 15 de marzo de 2026. 4º de Cuaresma.

Donde nosotros buscamos culpables, Jesús busca a la persona y la levanta.
Hay una pregunta que aparece enseguida en el evangelio de hoy, y que sigue viva entre nosotros, aunque la disimulemos con palabras más modernas. Al ver al ciego de nacimiento, los discípulos preguntan “¿Quién pecó?”. Es decir: “¿De quién es la culpa?”. ¿Acaso nosotros no hacemos con frecuencias los mismo?

Y hay algo curioso en esa pregunta con apariencia religiosa, que, a menudo, es una coartada para no implicarnos. Si el dolor es responsabilidad del dolorido, yo puedo apartarme. Si la herida es “castigo” o “consecuencia”, entonces me quedo tranquilo. A veces, nos parapetamos detrás de nuestra religiosidad.

Pero Jesús no entra en ese juego, no se pone a debatir sobre causas, méritos, pecados heredados o teorías piadosas. Jesús mira al hombre, lo ve en su dignidad de hijo de Dios. Verlo, en el evangelio, no es echar un vistazo, es reconocer, es dejarse tocar por la realidad concreta de alguien que está ahí, sentado a la orilla de la vida, sin nombre, reducido a “el ciego”, “el mendigo”, “el que no encaja”, “el migrante”. Jesús lo mira de otra manera, no como un problema a explicar, sino como una persona a la que rescatar.

El tiempo de cuaresma no es un gimnasio moral para gente ya correcta. Tampoco es una temporada de perfeccionismo religioso, ni un “a ver si este año consigo ser mejor”. La cuaresma un don, es dejar que Cristo nos cure la mirada para ver como ve Dios, es decir, no desde la sospecha, sino desde la misericordia, no desde el prejuicio, sino desde la dignidad.

Dios se agacha hacia nuestro barro y nos invita a caminar hacia la luz.
Jesús hace barro, se agacha y mezcla saliva y tierra. A algunos les chocará este gesto, pero es un gesto que conmueve. Dios no cura desde arriba, se arrodilla en el barro humano y toca lo que a nosotros nos da reparo tocar: la fragilidad, lo feo, lo que huele a fracaso. Jesús no cura con magia, sino acompañando. El ciego no es un mero espectador, tiene que levantarse, caminar, confiar. La gracia no aplasta tu libertad, por el contrario, la despierta.

Es entonces cuando el ciego empieza a ver. Pero no se trata solo de recuperar la vista física, sino que implica todo un proceso, como si el Señor nos dijera: “la fe no te cae encima; es una invitación, un regalo que pide tu asentimiento, tu colaboración”.

Cristo no se revela a los impecables, sino a los disponibles, a los que, aun sin tenerlo todo claro, no se cierran a su amor. La fe nace cuando descubrimos que Dios no es juez implacable, sino compañero de camino.

Cuando la religión expulsa, Jesús se acerca.
La luz del ciego deja al descubierto la oscuridad de otros, porque cuando alguien se levanta, cuando alguien recupera dignidad, cuando alguien empieza a hablar con libertad, eso incomoda. Y aquí aparece otro tipo de ceguera: la ceguera religiosa.

Los fariseos, que son gente seria y defensora de la pureza, de la norma y del control... no soportan que Dios se salga del guión. Ellos “saben” quién es puro y quién no. Ellos reparten carnés de pertenencia. Ellos deciden quién puede estar dentro y quién fuera. Y como no pueden negar el hecho –¡el hombre ve!–, atacan a la persona: “Empecatado naciste”. Esa frase es una piedra que con violencia convierte la biografía del otro en sentencia.

En nuestra sociedad seguimos haciendo lo mismo, aunque con un vocabulario y formas nuevas, etiquetamos a personas por su origen, por su historia, por su caída, por su situación afectiva, por su salud mental, por su manera de vivir, por su acento, por su pasado. Las reducimos a un titular, a una estadística, y así nos ahorramos el trabajo de conocerlas. También en la Iglesia, a veces sin darnos cuenta, convertimos la mesa compartida de Jesús en un examen, y el templo en una aduana, y el Evangelio en un reglamento, y la comunidad en “el club de los que cumplen”.

El texto dice que lo expulsan. Expulsar es una palabra dura, no es solo “te invito a irte”, sino “no tienes sitio con nosotros”. Y hay muchas personas que viven eso hoy. Algunas se van en silencio, porque ya no se sienten miradas con amor; otras se quedan en la periferia, acercándose a la fe con miedo a ser señaladas; Otras, a su vez, creen, rezan, buscan a Dios... pero sienten que su historia no cabe en nuestras categorías.

Una de las frases más bellas del pasaje evangélico es esta: “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a buscarlo”. Jesús no se queda del lado del sistema para protegerse, se mueve hacia el expulsado, se desplaza a la periferia y va en su búsqueda; y con esa actitud nos dice que el lugar de Dios no está donde se presume pureza, sino donde se defiende la vida herida, donde se sana y curan heridas.

En este cuarto domingo de Cuaresma, el domingo de la alegría, no hablamos de una alegría ingenua sino de la alegría de saber que Cristo sale siempre a nuestro encuentro. Hablamos de la alegría de creer que nadie está definitivamente condenado a vivir en la oscuridad, la alegría de que la última palabra no la tiene la etiqueta, ni el rumor, ni el prejuicio, ni la culpa. La última palabra la tiene Jesucristo, el Señor.

Dejemos que este evangelio nos haga tres preguntas sencillas:
A quién estoy tratando como “culpable” para no acercarme.
A quién estoy mirando como “caso” y no como hermano o hermana.
Qué tipo de ceguera religiosa se me ha pegado sin darme cuenta; ¿acaso esa que hace que yo “sepa” demasiado, pero ame poco?

Y una petición para esta semana: Señor, cura mi mirada. Que vea como Tú ves. Que no use tu nombre para dejar fuera a nadie. Que, cuando alguien sea expulsado, yo tenga el coraje de salir contigo a buscarlo.

Fray Ricardo Aguadé Rodríguez O.P.

domingo, 8 de marzo de 2026

"DAME DE BEBER"

Reflexión del Evangelio Domingo 8 de Marzo de 2026. 3º de Cuaresma.

La verdadera libertad no es la ausencia de dificultades
La primera lectura de este tercer domingo de Cuaresma muestra cómo el pueblo se enfrenta a Moisés a consecuencia de la sed que padecen en el desierto. Su reacción revela que prefieren la esclavitud con el estómago lleno antes que la libertad envuelta en incertidumbre. Esta manera de reaccionar no deja de ser un reflejo del miedo que siempre trae consigo cualquier cambio: ese vértigo que nos hace añorar seguridades que nos encadenan cuando el horizonte se muestra árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde van a experimentar que Dios no mira desde la distancia, sino que «camina con ellos» y que la precariedad que padecen es pasajera.
Que el agua -ese elemento imprescindible para poder sobrevivir- salga de una roca, no deja de ser una imagen que sacude nuestra lógica. Dios se manifiesta precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible. Ahora bien, no es un mago que elimina el obstáculo, sino una fuente que surge desde dentro mismo de la situación. Porque Dios no se manifiesta como un esclavo de nuestros caprichos ni responde a la magia de un bastón. Él es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.
Justificados por puro amor
Pablo, en la segunda lectura de este domingo, quiere trasmitir qué efecto produce en el ser humano el amor de Dios. Y para llevar a cabo su propósito, recurre a lo que Dios mismo ha realizado a través de Jesucristo. El Apóstol hace ver que toda la iniciativa parte de Él; es decir, está en las manos de Dios. Y aunque a priori cueste un poco entenderlo desde nuestros cálculos mentales, la muerte de Jesús en la cruz es la máxima expresión visible de ese amor que Dios siente -sin hacer excepción alguna- por toda la humanidad. Por ello, lo ocurrido en la cruz se convierte en la acción indiscutible de nuestra paz con Él.
Ser justificados es, por tanto, vivir de la gracia. Es ser amados por Dios de tal manera que se nos permite algo que sería absolutamente inimaginable si la iniciativa no partiera de Él. Porque la gracia tiene la enorme capacidad de sanar, limpiar, recomponer y restaurar a quien se siente roto y deshecho. Es una inyección de amor capaz de llenar de encanto a la persona. Pero no estamos ante una cuestión de encanto físico, sino de belleza espiritual, de verdadera profundidad y madurez en la fe. Así pues, que Dios nos ame sin condición alguna, es decir, sin pedirnos nada a cambio no es sinónimo de que cualquier comportamiento sea válido, sino que es el motor que nos impulsa a vivir de una manera distinta, precisamente porque ya hemos sido justificados por su amor.
Ser capaces de dejar el cántaro
Si algo deja claro el pasaje del evangelio de este domingo, es que Jesús rompe el muro de los prejuicios. Sabemos perfectamente que los judíos y los samaritanos eran dos pueblos que se evitaban por sistema.
Sin embargo, la ruptura de lo políticamente correcto que muestra Jesús en el texto de hoy nos ha de hacer caer en la cuenta, una vez más, que él estaba por encima de escrúpulos nacionalistas, religiosos o de género; por encima de cualquier barrera ideológica. Y es que el diálogo que Jesús mantiene con la samaritana es toda una llamada de atención para que dejemos a un lado los estigmas con los que solemos marcar a todos aquellos, que no piensan ni actúan como a nosotros nos gustaría.
Que la escena ocurra junto a un pozo no es ninguna casualidad; y se trata, nada más y nada menos, que del pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley.
Además, el hecho de que la conversación gire en torno al agua nos pone sobre la pista de que nos encontramos ante un texto -y no hay que olvidar que estamos en el Evangelio de Juan- que busca transmitirnos un mensaje de nuevo nacimiento, es decir, un nuevo comienzo por medio del Espíritu.
Pues bien, el Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma nos indica que este comenzar de nuevo se hace realidad en la samaritana: esa mujer cuya vida estuvo marcada por incesantes búsquedas frustradas y naufragios afectivos, y que acabó viciando su relación con Dios como inevitable resultado de tantos desencantos. Su existencia y su vivencia de lo religioso estaban inmersas en un pozo de aguas muertas, o dicho de otra manera, en un caudal estancado que ya no servía siquiera para refrescar en el bochorno más pesado.
Sin embargo, precisamente desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y descoloca a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual; la sed de una nueva manera de entender lo religioso, que ya no dependerá de lugares físicos ni geográficos, sino del torrente de «agua viva» que es Él mismo y que desemboca en lo más íntimo de su ser.
Por ello, ya no necesitará el cántaro. Porque una vez que ha comprendido que todo lo que llevaba buscando durante tanto tiempo se encuentra en su interior, ese cántaro se ha convertido en un peso y un estorbo que es preciso dejar atrás. Fray Luis de Granada, en uno de sus sermones de Cuaresma, nos dice que el hecho de dejar el cántaro supone «la valentía de salir corriendo a predicar la gloria de Cristo el Señor». Y es que el cántaro simboliza todo aquello que nos ata a una religiosidad vacía e idólatra, que nos aleja del Dios vivo que es capaz de transformarlo todo.
Que durante este tiempo de Cuaresma seamos mendicantes de esa «agua viva» que nos propone Jesús en el Evangelio de hoy. Que tengamos el coraje de dejar nuestros cántaros a un lado -con todo su peso de rutinas sin sentido y cargas innecesarias- y nos dejemos embriagar con la frescura de este mensaje, que nos invita a amar y ser amados con una mirada libre de prejuicios. Así, el día de Pascua podremos proclamar, como la samaritana del evangelio de Juan, la esencia de nuestra fe: nada de lo humano puede ser indiferente al anuncio del Evangelio. Porque su mensaje de felicidad y salvación alcanza a cualquier persona, sin que importen sus circunstancias vitales.

lunes, 2 de marzo de 2026

CULTOS CUARESMALES DE LA FRANCISCANA HERMANDAD DE LA HUMILDAD

 

SOLEMNES CULTOS CUARESMALES EN HONOR DEL STMO. CRISTO DE LA HUMILDAD EN SU PRESENTACIÓN AL PUEBLO Y SAN BARTOLOMÉ APÓSTOL

6,7 y 8 de Marzo. 7´30 de la tarde.

Iglesia Parroquial de la Inmaculada.

Predicarán:
Viernes, día 6: Rvdo. D. Jeremías Abumwami.
Sábado, día 7: Rvdo. D. Juan Luís Selma Folch.
Domingo, día 8: D. Víctor J. Morón Illanes. Párroco y Consiliario de la Hermandad.

Fiesta de Regla:

Domingo, 8 de Marzo. 7'30 de la tarde.
Solemne Veneración, Besamanos, Jura e imposición de medallas a los nuevos hermanos.

domingo, 1 de marzo de 2026

"LEVANTAOS , NO TENGÁIS MIEDO"

Reflexión Evangelio Domingo 1 de Marzo de 2026. 2º de Cuaresma.

La fe que se pone en camino.
La primera lectura nos sitúa ante la vocación de Abrahán, el padre de los creyentes. Dios le pide algo radical: “Sal de tu tierra…”. Salir de la tierra significa romper con lo que da seguridad, con lo que define la identidad, con lo que uno controla, con lo que hoy llamamos zona de confort. La fe bíblica no comienza con una idea, sino con un movimiento: ponerse en camino hacia una tierra que Dios mostrará, no hacia una meta conocida.

La promesa que acompaña esta llamada es desbordante: bendición (hasta 5 veces aparece la palabra en dos versículos), fecundidad, un nombre nuevo, una misión universal. Pero Abrahán no recibe garantías previas. La bendición se despliega mientras camina. La Cuaresma nos sitúa en la misma dinámica: Dios nos invita a dejar atrás aquello que nos impide reconocerlo como Señor de nuestras vidas. A veces son apegos, otras miedos, otras heridas que no hemos entregado. La fe es confianza activa: “Partió Abrahán, como le había dicho el Señor”.

En Abrahán descubrimos que la historia de salvación comienza cuando alguien se atreve a creer que Dios puede hacer nuevas todas las cosas. Su salida anticipa todas las “salidas” que Dios pedirá a su pueblo: el Éxodo, el retorno del destierro, el seguimiento de Jesús. Cada creyente está llamado a vivir su propio éxodo interior.

La gracia que sostiene en la prueba.
La segunda lectura nos sitúa en un contexto de dificultad. Pablo anima a Timoteo a no avergonzarse del Evangelio ni del sufrimiento que lleva consigo. La fe no es evasión, sino compromiso. Anunciar a Cristo implica cargar con la fragilidad propia y ajena, sostener la esperanza cuando todo parece oscuro.

El texto subraya algo esencial: la vocación cristiana no nace de nuestras obras, sino de la gracia. Dios nos ha salvado y nos ha llamado desde la eternidad. Esa gracia se ha manifestado plenamente en Cristo, que ha destruido la muerte y ha hecho brillar la vida. La luz de la Transfiguración anticipa esta victoria: la gloria que contemplan los discípulos es la misma que brotará del sepulcro vacío.

Timoteo, como nosotros, experimenta miedo, cansancio, dudas. Pero la gracia no abandona. La Cuaresma es tiempo para reavivar el don recibido, para pedir fortaleza, para perseverar en la fe cuando no vemos resultados. La luz de Cristo no elimina la cruz, pero la llena de sentido.

La luz que transforma.
En este domingo, el Evangelio nos conduce a un monte de luz y de pocas palabras, donde Dios deja entrever la verdad más honda del ser de su Hijo. Jesús sube a un monte alto con Pedro, Santiago y Juan. Allí se revela su identidad: su rostro brilla como el sol, y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Moisés y Elías aparecen conversando con Él, como testigos de que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas. Es un instante de claridad concedido a los discípulos, para que el escándalo de la Cruz que se aproxima no apague del todo su fe, sino que puedan acogerlo, aunque solo sea por un momento, a la luz de la gloria prometida.

La escena está cargada de símbolos: la montaña, la nube luminosa, la voz del Padre. Todo indica que estamos ante una teofanía, una manifestación de Dios. Pero el centro no es el resplandor, sino la palabra: “Este es mi Hijo amado… escuchadlo”. La fe cristiana nace de la escucha. Escuchar a Jesús es dejar que su palabra ilumine nuestras sombras, cuestione nuestras seguridades, transforme nuestros criterios.

Pedro quiere quedarse allí. Es comprensible: todos guardamos momentos de oración, de consuelo, de claridad, en los que sentimos que Dios está cerca. Pero Jesús no permite instalarse en la experiencia. La luz del monte no es para quedarse, sino para bajar y afrontar la realidad. La Transfiguración no evita la cruz; la ilumina desde dentro.

El gesto final de Jesús es profundamente humano: se acerca, toca a los discípulos y les dice: “Levantaos, no tengáis miedo”. La Cuaresma es ese tiempo en el que Dios nos toca para levantarnos de nuestras postraciones: miedos, culpas, cansancios, heridas. La luz de Cristo no humilla, sino que sana; no deslumbra, sino que revela; no aplasta, sino que levanta.

Una llamada para hoy.
La Transfiguración nos invita a revisar qué impide que la luz de Dios brille en nuestra vida. ¿Qué sombras necesitan ser entregadas? ¿Qué apegos nos impiden caminar? ¿Qué miedos nos paralizan? La oración es ese encuentro de transparencia donde Dios nos mira con amor y nos ayuda a vernos con sus ojos.

Como los discípulos, estamos llamados a atesorar los momentos de intimidad con Jesús, pero también a descubrirlo en lo cotidiano: en el camino, en las conversaciones, en las comidas, en la Cruz. La fe madura cuando aprendemos a discernir su presencia en todo.

La Cuaresma es subida al monte y bajada a la vida. Es contemplación y misión. Es luz que transforma y envío que compromete. Dios nos dice hoy, como a Jesús: “Tú eres mi hijo amado”. Desde esa certeza sigamos caminando hacia la Pascua.

lunes, 23 de febrero de 2026

PRESENTADOS LOS CARTELES DE SEMANA SANTA 2026

Con un teatro lleno hasta la bandera, hace tan solo unas horas, ha tenido lugar la Presentación del Cartel de Semana Santa de nuestra localidad y el tradicional Concierto de Marchas Procesionales que abre el portón de la Cuaresma.
D. Francisco de Asís Sendra Montes, Vicepresidente de la Agrupación de HHCC, nos ha exhortado con las palabras del Papa León a potenciar la escucha y el diálogo con los demás.
Un bello repertorio y una magnífica ejecución de la AMC Puente Romano, ha creado el ambiente oportuno para descubrir el Cartel 2026 de D. Leandro Lara Quero que representa la Imagen de Ntro. Padre Jesús Nazareno en la Plaza de la Constitución. Dedicando este su premio a D. Francisco Tabares, gran organizador de la Exaltación a la Saeta y a nuestro Párroco Emérito, D. Manuel Tirado.
El cartel de la Semana Santa Chiquita 2026, corresponde al primer premio del concurso de dibujo de la Semana Santa del niño David Bermúdez Delgado, del Colegio "Divina Pastora", con la imagen del Stmo. Cristo de la Humildad en su Presentación al Pueblo.
El acto ha estado presidido por D. Jesús Morales Molina, alcalde de Villa del Río, junto a ediles y miembros de la Corporación Municipal, D. Víctor J. Morón, Párroco de Villa del Río, D. Manuel Tirado, las Madres Religiosas de la Divina Pastora, así como los Hermanos Mayores de las diferentes Hermandades y Cofradías.


domingo, 22 de febrero de 2026

“NO TENTARÁS AL SEÑOR, TU DIOS”

Reflexión Evangelio Domingo 22 de Febrero de 2026. 1ºde Cuaresma.

“Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos”
El relato del pecado original, como todo relato mítico, recoge una profunda verdad: que la tentación es siempre un engaño. Nos promete plenitud, felicidad, sentido, verdad… y es una inmensa mentira.

Si caemos en ella, descubrimos que ese engaño nos lleva a todo lo contrario: al sufrimiento, el miedo, a perdernos a nosotros mismos. A perder no sólo la paz, sino todo lo que nos une a los demás y a nosotros mismos. A perder nuestra identidad. A perder a Dios.

Y toda tentación, todo pecado, viene de la misma clave: del engaño de que sin Dios seríamos más plenos. De no fiarnos de Él, de dudar de que sus planes para nuestra vida son los que realmente nos harían plenos, felices, llenos de vida. Por no fiarnos de Dios, por dudar de sus mandatos, lo perdemos todo. En pos de una quimera, caemos en el engaño. Perdiendo a Dios, perdemos lo que somos, para no ganar nada…

“…por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos”
Pero Dios no abandona al ser humano a merced de ese pecado. Toda la historia de la Salvación es un acercarse constante de Dios al ser humano para devolverle su identidad perdida. Para recordarle cómo vivir en plenitud desde la justicia y el amor, desde el perdón y la entrega.

Una historia de salvación la historia de la humanidad, que culmina en la encarnación del Hijo de Dios en Cristo, y de su entrega por amor hasta la muerte por el género humano, para acabar con esa huella de mal y de pecado del corazón del hombre, para reconciliarlo cada vez que sucumbe al engaño.

Eso dice Pablo en este pasaje de Romanos. Como por Adán entró el pecado –en el relato mítico escuchado en Génesis- por Jesús y su entrega de amor, llegó el perdón. La desobediencia de Adán y la obediencia de Cristo, la desconfianza del primer hombre, y la entrega absoluta y confiada de Jesús de Nazaret, verdadero Dios, pero también verdadero hombre.

“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado”
La central declaración de nuestra fe es ésa: la condición de verdadero Dios y verdadero Hombre, en todo menos en el pecado, de Jesús de Nazaret.

Eso quiere decir que como verdadero hombre, aunque Él no cayó en la tentación, sí que fue tentado con las mismas tentaciones que cualquier hombre.

Este pasaje de Mateo nos habla de tres tentaciones, que recogen casi todas las tentaciones que el ser humano puede vivir. Son como las tres claves que subyacen a cualquier pecado humano: tener, parecer y poder.

“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”
Aquí nos habla de la tentación de tener en todo su más amplio espectro. La tentación de creer que las cosas saciarán nuestra hambre profunda de vida y de sentido, que consumiendo, cubriendo nuestras apetencias materiales, ya estaría la vida llena…

Olvidarnos de que el hombre vive de más cosas que sólo de tener, alejarnos de Dios tal cual nos hizo, con ese deseo profundo de Él y de amor, para pensar que las cosas materiales llenarán nuestra vida.

Renunciar a Dios como fuente de plenitud, para caer en la tentación de que lo que realmente nos haría felices no es Dios, sino tener, acumular, la comodidad, el placer… como este nuestro mundo constantemente nos dice.

“Si eres Hijo de Dios, tírate abajo y te sostendrán en sus manos sus ángeles”.
La tentación del parecer, del ser reconocido, del ser importante, de que nos quieran y nos valoren, de ponernos a nosotros mismos en el centro. El diablo le sube al alero del templo a Jesús para que todos puedan verlo y se asombren y lo adoren…

Y nos habla también de nuestros propios pecados. De hacer lo que sea para parecer importante, para que nos adulen, para que nos valoren, seamos considerados, seamos importantes…

Y olvidarnos de la humildad, de que lo pequeño es lo que llena el corazón del ser humano. Que no es en nosotros mismos donde hay que poner el foco, que cuanto más nos olvidemos de nosotros y más vivamos en don, en amor y en entrega, más realmente seremos quienes estamos llamados a ser. Olvidar la paradoja central del evangelio, que muriendo a nosotros mismos, es cuando más vivos estaremos. Quitar a Dios del centro para ponernos a nosotros…

“Todo esto te daré, si te postras y me adoras”
La tentación del poder, del dominio, de ejercer control para que el mundo, la vida, las cosas marchen y funcionen y se organicen como uno cree.

La tentación del tener razón siempre y que los demás nos hagan caso en todo. La tentación de ser dioses que ordenen la existencia según nuestros propios criterios.

La tentación de no aceptar que con otros, con sus propias ideas y criterios, se vive mejor. No aceptar ni la pluralidad, ni que hay una realidad creada por Dios de la mejor manera posible. Del individualismo salvaje de ser uno mismo lo más importante que existe y quien realmente sabe cómo todo iría mejor…

Olvidarnos que Dios es la realidad que mejor nos enseña cómo vivir en este mundo, para vivir según nuestros antojos

“He aquí que se acercaron los ángeles y lo servían”
Igual a todos los hombres fue Jesús en todo, menos en el pecado. No sucumbe al engaño, a la tentación, no olvida a Dios, y nos recuerda a quienes hoy escuchamos sus respuestas a cada tentación -No solo de pan vive el hombre; No tentarás al Señor, tu Dios; Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto- que la verdad frente al engaño y la mentira de la tentación, es que solo Dios puede dar la plenitud al ser humano.

Sólo la realidad de acoger y abrirnos a cómo nos ha hecho Dios, a cómo está hecho el mundo, solo aceptar eso, sólo buscar a Dios y su mensaje de cómo vivir desde el amor, es lo que puede llenar el corazón del hombre.

sábado, 14 de febrero de 2026

“NO HE VENIDO A ABOLIR LA LEY, SINO A DARLE PLENITUD"


Reflexión del Evangelio Domingo 15 de Febrero de 2026. 6º del Tiempo Ordinario.

“Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”

Estas palabras de Jesús debieron sorprender y desconcertar a sus oyentes. Jesús les invitaba a ellos, y nos invita a nosotros, a no entender la religión, o sea, la relación con Dios, de forma legalista, como el cumplimiento de una serie de preceptos y, mucho menos, como un cumplimiento de mínimos.

La religión no es una cuestión de medidas. Es una manera de ser, de vivir, de amar.

Jesús nos invita a ir a lo esencial, a lo que ilumina todo lo demás, a aquello sin lo que lo demás no tiene sentido, o se convierte en esclavitud insoportable y letra que mata. Y lo esencial, como dejó escrito el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium (n. 39) es “responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos”.

En el evangelio encontramos una serie de contraposiciones entre “lo que se dijo a los antiguos”, o sea, lo que dice la ley, y lo que dice Jesús. Este “pero yo os digo”, o sea, “por el contrario yo os digo”, debió resultar escandaloso, porque era una manera de reivindicar una autoridad superior a la de la ley recibida en el Antiguo Testamento.

No es cuestión solo de “no matar”, aunque con esto hayamos cumplido la ley; eso, sin olvidar que hay muchas maneras de matar cumpliendo la ley o, al menos, no quebrantándola, por ejemplo, cuando odio en mi corazón a mi hermano. Es cuestión de dar vida y buscar siempre el bien del prójimo, aunque muchas veces lo que el otro hace no nos gusta.

Se trata de adoptar siempre actitudes positivas e incluso de adelantarse y tomar la iniciativa ante la debilidad e incluso la malicia del prójimo, como queda claro en esta palabra de Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Aquí no se dice quién tiene la culpa de que tenga algo contra ti. Quizás la culpa es del hermano, porque te tiene manía, o es un exigente, o un maniático, o siempre está pensando mal. Pues bien, aunque la culpa sea del hermano, tú debes buscar la reconciliación, sin esperar que él cambie o te pida primero perdón.

"Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no"

En el evangelio queda claro que Jesús nos invita a tomar la defensa de los débiles. Es el caso del repudio a la mujer o del divorcio. En tiempos de Jesús solo el varón tenía ese derecho; la mujer no tenía ningún derecho. El evangelio nos hace caer en la cuenta de que la mujer es igual al varón, con los mismos derechos y deberes.

Por otra parte, el matrimonio no se reduce a relaciones sexuales, sino a una relación de igualdad en el respeto mutuo, en la ayuda mutua, en la defensa mutua, sobre todo en la defensa del más débil; y en aquella sociedad el débil era la mujer, el niño, el huérfano, la viuda. El divorcio es un atentado contra el amor y, en todo caso, si se hiciera necesaria una separación porque el amor ha muerto, el mismo derecho tienen el varón y la mujer.

Dígase lo mismo a propósito del juramento. En cierto modo también es un atentado contra el amor. Allí donde hay relaciones sanas, donde hay fraternidad, donde hay capacidad de perdón, donde hay confianza mutua no es necesario ningún juramento. El juramento indica desconfianza, miedo a que el otro mienta. La lealtad debe regir las relaciones humanas.

Desgraciadamente, hoy el legalismo sigue presente en muchas partes. Fingir virtud o devoción es una tentación que acecha al hombre religioso. La expresión: “yo no mato, ni robo, ni hago mal a nadie”, demuestra que no se ha entendido el evangelio. Pues no se trata solo de no robar, sino de compartir generosamente.

Dígase lo mismo de la supuesta defensa de la ortodoxia, que hoy tiene muchos adeptos. Una ortodoxia, un conocimiento del catecismo sin misericordia, es una mala ortodoxia. Los piropos a la Virgen sin colmar de bienes a los hambrientos son ofensivos. En suma, lo más perfecto para Jesús no es lo que se atiene a las prescripciones legales, sino lo que renueva la vida, lo que la llena de felicidad, en definitiva, el amor. El amor crea y no destruye, cura y no hiere, comparte y no acapara, comprende y no juzga, perdona y no condena.

¡FELICIDADES MADRE DE LOS DOLORES!

   Hoy, llegamos a ese día en que antes de la pasión de Cristo, nos fijamos en María y en los momentos tan duros que viviría al ver a su hij...