sábado, 26 de octubre de 2024

¡ANDA, TU FE TE HA SALVADO!

 

Reflexión del Evangelio Domingo 27 de Octubre de 2024. 30º del Tiempo Ordinario.

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

El profeta Jeremías nos invita al regocijo, a la alegría; nuestro Dios nos salvará, rescatará su templo secuestrado, convertirá nuestros eriales estériles en huertos ubérrimos, dará luz a los ciegos, movimiento a los paralíticos... acompañará a su pueblo por el camino de La liberación. No es un camino de rosas, tiene dificultades, pero nos llena de esperanza porque tenemos confianza en nuestro Dios, que nos ha dado como hermano a su Hijo y lo ha establecido, para siempre como puente (según el rito de Melquisedec), como camino, entre Él y nosotros: ¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres ¡

Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí

La escena del evangelio de este domingo se encuadra en la subida de Jesús a Jerusalén, la ciudad santa, a la que tienden los profetas para coronar su misión. Ha estado enseñando, curando, compartiendo con sus paisanos de Galilea; sale de Cafarnaúm, acompañado de discípulos y seguidores, camino de Jerusalén. Llegan al oasis Jericó, ciudad de las palmeras a orillas del Jordán, separada de Jerusalén a 25 Km de desierto. Al entrar en la ciudad, al borde del camino, Bar Timeo, un mendigo ciego, con su manto extendido por el suelo para recoger limosnas de los viandantes, al enterarse, que la razón del alboroto de la multitud se debía a la presencia de Jesús, sobreponiéndose al griterío de la gente y desoyendo las amonestaciones de los acompañantes, a voz en grito reclama la atención de Jesús: “Hijo de David, ten compasión de mí”

Jesús, que siempre está pendiente de quien lo pueda necesitar, le manda llamar y, al enterarse de ello, Bartimeo da tres pasos que le van a cambiar la vida: suelta el manto, seguramente con algunas monedas que le habrían echado, que le estorba para estar más ligero, da un salto, posiblemente con riesgo (no olvidemos que es ciego) y se acerca a Jesús.

La fe ciega (y nunca mejor dicho) de Bartimeo en Jesús le pone en movimiento, le urge a responsabilizarse lo que sea necesario con las consecuencias de su fe y le impone su seguimiento en el camino a Jerusalén.

Y a nosotros, ¿nos moviliza?, ¿nos implica?

Nos llamamos cristianos y lo somos... incluso “practicantes”: cumplimos ¿o no? con las normas que hemos recibido en nuestra educación cristiana. Hemos participado en los sacramentos y sin duda lo seguimos haciendo. Nos consideramos y nos llamamos “cristianos religiosos”, Pero ¿eso es ser seguidor de Jesús?, ¿era Jesús un “hombre religioso”?

Nuestro Bartimeo se saltó a la torera la creencia de su culpabilidad en la ceguera que tenía, reclama la compasión de Jesús, con una fe inquebrantable en Él, se ve feliz al sentirse llamado y toma la firme decisión de seguirle (recordemos que Jesús va camino a Jerusalén).

¿Percibimos nosotros en Jesús un compañero de camino? Porque si Dios se hace uno de nosotros es porque quiere acompañar nuestro caminar, sentir nuestros desmayos, fracasos y debilidades, enfrentar con nosotros nuestros retos y proyectos, disfrutar con nuestros triunfos y conquistas, sufrir nuestro dolores y desgarros... ¡va a Jerusalén nuestro camino!

Creer en Jesús ciegamente es adherirse a Él con la certeza de que tiene respuestas para nuestras vidas. No podemos quedarnos en la apatía de una vida ya acabada, sin nuevos alicientes, como si ya hubiéramos hecho cuanto podíamos hacer. El Papa nos pone en guardia contra lo que él llama “acedia”.

Somos un proyecto de Dios con vocación de estar haciéndose día a día y, si hemos optado, como Bartimeo, seguir a Jesús, siempre será un proyecto inacabado, en continuo dinamismo.

La misión que nos queda, como una continua tarea, es vigilar nuestra fidelidad al mandato de Jesús: proclamar que el Reino de Dios está ya aquí. Tan sólo tenemos que actualizarlo en nuestro vivir cotidiano.

Fray Fernando Serrano Pérez O.P.

sábado, 19 de octubre de 2024

JESÚS LLENA DE MISERICÓRDIA LA TIERRA

 

Reflexión Evangelio Domingo 29 de Octubre de 2024. 28º del Tiempo Ordinario.

En el Antiguo Testamento se encuentra una verdadera siembra de circunstancias, personas, acontecimientos, gestos, en una palabra, de mensajes mesiánicos. Una muestra puede verificarse en este breve fragmento que hoy se toma del profeta Isaías (53, 10-11) y que invita a repasar tolo el capítulo 53. Claramente se anuncian rasgos y actitudes del Mesías, destacados de manera particular en el trance de su pasión, muerte y también de su victoria frente al pecado y la muerte.

Los trazos que se anticipan no son, precisamente, los que más se ajustaban con los comunes que mantenía la generalidad del pueblo de Israel. Llegado el tiempo, se manifestará en los mismos apóstoles y discípulos del Señor. Pero, en realidad, estas características son las que libremente eligió Dios vara llevar una vida humana, sin dejar nunca de ser Dios. El Mesías quiso ser triturado por el sufrimiento, sufrir fatigas anímicas y corporales, eligió soportar dolencias y dolores, desprecios, burlas, humillaciones, marginaciones…

Todo este sufrimiento, es verdad, no le correspondía al Mesías como Dios, pero, siempre con plena libertad, quiso soportar cargas sobre sus hombros, las que corresponden a la humanidad herida por el pecado. Cuando se hizo hombre muchos no lo tuvieron en cuenta y sí lo consideraron, llegado el momento, como un desecho ante el que se oculta el rostro, azotado y objeto de burlas, molido por las culpas de sus hermanos…

Sin embargo, asumió tan lacerantes sufrimientos para abrir un camino, ofrecer una puerta de salida a la humanidad que se hallaba culpablemente cerrada para ella. Sanó a todos a fin de practicar una senda que lleva a la vida; aportó el don inapreciable de la paz, sin la cual es imposible la convivencia, ofreció la unidad para alcanzar una fuerza constructiva y en concordia, mostró los frutos que se consiguen por la paciencia, las humillaciones y, claro está, por su muerte redentora.  Su donación sacrificial justificará a muchos, se ganó una descendencia y alargamiento de sus días, verá siempre la luz. Además, «lo que plazca al Señor se cumplirá por su mano». En promesa, se contempla al Mesías como el que cargará con el pecado e intercederá por los rebeldes. Pueden recordarse aquellas palabras de santo Tomás de Aquino: «Todo lo que pertenece a la fe en la encarnación y redención se transmite tan claramente en el antiguo libro de los Salmos, que casi parece Evangelio y no ya profecía».

En el Evangelio según san Marcos (Mc 10, 35-45) se comprueba cómo también los apóstoles pensaban muy diversamente que Isaías acerca de las peculiaridades del Mesías. Siguieron un tiempo a Jesús como quien acompaña a un personaje con poderes especiales, como quien, llegado el momento, podía establecer un reino, incluso con una clase preferente, al estilo de los reinos del mundo, aunque llegaron a darse cuenta de que el reinado de Jesús iba a ser algo distinto. Los hermanos Santiago y Juan anhelaban, con todo, un puesto eminente.

De cara a los suplicantes y, en definitiva, a los apóstoles reunidos, aclaró que, para la glorificación de los seres humanos, es obligado recorrer un trayecto común a todos: el de aceptar la vida como un servicio, sin tiranizar a nadie, buscando lo mejor para los demás, desviviéndose en la búsqueda del bien pleno, sin pugnar por los primeros puestos y, mucho menos, para obrar sin moralidad alguna. En el reino de Cristo, ya iniciado en este recorrido terreno, todos y a porfía han de considerarse como ayudantes de los demás, en definitiva, cual «esclavos de cada uno».

Hay una razón muy poderosa para lanzarse a semejante meta: la humanidad nueva que comienza con la encarnación del Hijo de Dios ha de configurarse desde el ejemplar supremo que es Jesús, nuestra cabeza: no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por todos. Lo hizo por medio de un cáliz cuyo contenido bebió y un bautismo con el que quiso soberanamente bautizarse: su pasión, muerte y resurrección. Se sumergió en el bautismo de la muerte y se alzó victorioso para la nueva vida que nos ganó.

Jesús es el sumo sacerdote que ha atravesado el cielo para franquearnos aquella puerta que nos habíamos voluntariamente cerrado. Pide que en esta peregrinación nos mantengamos firmes en la fe. En cualquier circunstancia se compadece y vuelca su misericordia hacia nosotros; sabe que somos débiles, ha pasado por lo nuestro, menos por el pecado; nos da su gracia y auxilio oportuno, quiere vernos confiados caminando hacia el trono de gloria que nos tiene preparado.

¿Qué lección se desprende del camino de sufrimiento que eligió nuestro Salvador?  ¿Cómo dar cabida durante el día a algún Salmo, por el ejemplo el n. 3?  ¿Cómo seguir a Jesús en el servicio cotidiano?

Fray Vito T. Gómez García O.P.

sábado, 12 de octubre de 2024

"ASÍ TENDRÁS UN TESORO EN EL CIELO"



Reflexión Evangelio Domingo 13 de Octubre de 2024. 28º del Tiempo Ordinario.

La pregunta del joven versa sobre la vida eterna.

El texto evangélico está construido sobre una situación: interrogar sobre la herencia de la vida eterna. No busca tener éxito en este mundo, ni formar parte de los elegidos, ni pertenecer a una élite religiosa…, sino poseer la vida eterna. La inquietud del joven y lo que desea saber es conseguir la vida eterna. La respuesta de Jesús es que se necesita actitud de compasión hacia los demás, apoyo en remediar sus necesidades y no tener el corazón apegado los bienes temporales, además de cumplir los restantes mandamientos, por supuesto. Sólo así se sigue a Jesús y se vive en el reino de Dios. El joven fallaba en el desprendimiento de los bienes terrenos.

La vida eterna es pura donación gratuita.

Es lo mismo que preguntar por lo más valioso de nuestra vida, lo más distinto de este mundo y lo que menos puede uno adquirir por sí mismo. La vida humana puede tener muchas cosas deseables, pero hay una cosa que no se puede obtener ni nadie la puede alcanzar por sí mismo. La vida eterna es un premio inalcanzable para todo el mundo. Sólo cabe la preparación a ella: se hace por el cumplimiento de toda rectitud humana. El joven cumplía esa rectitud en la mente popular: cumplimiento de los mandatos; sólo le faltaba una cosa para la buena disposición: vender lo que se posee y darlo a los pobres. La codicia y avaricia de los bienes es incompatible con el desprendimiento, y la prodigalidad que exige la vida eterna.

Seguir a Jesús es incompatible con la codicia de bienes.

No se puede seguir a Jesús en la insolidaridad y cicatería frente a los demás pues el reino de Dios es solidario y fraternal. La tacañería es impropia de quienes todo lo han recibido gratuitamente de Dios. ¡Es difícil entrar en el reino de Dios! Es decir, donde está la vida eterna. Pero es fácil porque Dios nos ayuda “imposible para los hombres, no para Dios”.


De ese seguimiento es de lo que se trata. Es obra de amor, desinteresado, pero sobre todo es don de Dios. La vida eterna es un don, el más preciado, y que se recibe cuando se entra en el reino de Dios. Esa es la verdadera sabiduría de este mundo. Captar este valor singular es obra del Espíritu Santo.

¿En qué sentido y bajo qué formas la vida eterna está ya en nosotros?

“Dáselo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el cielo” (Mc 10,21). En qué sentido distribuir los bienes es atesorar.


Fr. Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.