Hoy viernes comienzan los Cultos en Honor de Ntro. Padre Jesús de la Oración en el Huerto de los Olivos de Getsemaní, que continuarán en la Fiesta de Regla del Domingo a las 12 de la mañana con la bendición de la imagen de Santiago Apóstol.
viernes, 27 de febrero de 2015
domingo, 22 de febrero de 2015
CULTOS REYES Y PAZ Y ESPERANZA

Cultos a los sagrados Titulares de la Hdad. de la Paz y Esperanza.
Domingo 22 de Febrero de 2015 a las 7,30 de la tarde.
Parroquia de a Inmaculada Concepción.
ALIANZA Y SEÑORÍO
Homilía para el Domingo 22 de Febrero de 2015. 1º de Cuaresma, B.
“Yo hago un pacto con vosotros y
con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves,
ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la
tierra!” (Gén 9,9-10). Con esas palabras, Dios promete a Noé una alianza cósmica
que tendrá como signo el arco iris.
El texto termina anunciando que
“el diluvio no volverá a destruir a los vivientes”. Pero esa negación comporta
la oferta preciosa de un don divino. Dios establece una armonía entre el ser
humano y su mundo. Esa armonía es el reflejo de la alianza del Creador con toda
su creación.
Ahora bien, como en tantas otras
ocasiones en la vida del hombre y en sus relaciones con Dios, el don lleva
consigo una tarea. Si Dios es fiel a su alianza, también el ser humano ha de procurar
aprender la fidelidad. Recibir el regalo de la tierra, cuidarla y aprender a
ver en ella el rastro de Dios. Sólo entonces su vida podrá transcurrir en la
armonía del paraíso.
EN EL DESIERTO
En el primer domingo del tiempo
cuaresmal recordamos todos los años que al principio de su vida pública, Jesús fue tentado por Satanás. Los evangelios
de Mateo y de Lucas se detienen a narrar las tres tentaciones. El texto del
evangelio de Marcos (Mc 1,12-15) se refiere a ellas de una forma general. Pero
en su brevedad, incluye algunas notas muy importantes:
“El Espíritu empujó a Jesús al
desierto”. En su bautismo, Jesús había sido presentado por el Espíritu como el
Hijo amado de Dios. Pero vivir como Hijo no iba a ser fácil. El mismo Espíritu
lo expulsa de su tranquilidad para llevarlo al escenario de la prueba. Como a
nosotros.
“Jesús se quedó en el desierto
durante cuarenta días”. El desierto y los cuarenta días nos recuerdan la
experiencia religiosa de Moisés y de todo el pueblo de Israel. Es ahí donde
Jesús ha de comenzar a vivir su verdad y a revelarnos la honda verdad del ser
humano.
“Jesús se dejó tentar por
Satanás”. Marcos no habla del ayuno de Jesús. Su prueba consiste en encontrarse
frente a frente con Satán. El Príncipe de la verdad y de la vida se enfrenta al
príncipe de la mentira y de la muerte. Esa es también nuestra prueba.
EN EL UNIVERSO
Hay una cuarta nota, que sólo se
encuentra en el evangelio de Marcos: en el desierto, Jesús vivía entre alimañas
y los ángeles le servían. Es decir, en el desierto se nos revela el señorío de
Jesús sobre el universo y sobre la historia. El nuevo Adán retorna al paraíso.
“Vivía entre alimañas”. Jesús ha
sabido someter a los poderes del mal, de la injusticia y de la opresión que
tratan de establecer su dominio sobre el mundo. Jesús es sometido a prueba,
pero logra mantener su libertad ante el mal. Una fidelidad que se espera
también de nosotros.
“Los ángeles le servían”. Los
ángeles son los servidores de Dios. Y son enviados para colaborar con Jesús en
la obra que le ha sido encomendada. Combatido por las fieras que sirven a Satán
es ayudado por los ángeles que sirven a Dios. Y esa es también nuestra suerte.
- Señor Jesús, tu estancia en el
desierto nos ayuda a descubrir nuestra vocación y nuestra misión. Ayúdanos a
mantenernos fieles a la alianza con Dios. De esa forma podremos hacer visible
la paz en la creación y en la sociedad. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
sábado, 21 de febrero de 2015
PRESENTACIÓN CARTEL DE SEMANA SANTA 2015
PRESENTACIÓN DEL CARTEL DE SEMANA SANTA 2015
Y CONCIERTO EXTRAORDINARIO DE MARCHAS PROCESIONALES
Sábado 21 de Febrero de 2015. Teatro Olimpia. 8.30 de la tarde.
Y CONCIERTO EXTRAORDINARIO DE MARCHAS PROCESIONALES
Sábado 21 de Febrero de 2015. Teatro Olimpia. 8.30 de la tarde.
martes, 17 de febrero de 2015
REFLEXIÓN PARA LA CUARESMA DE LA HDAD. DE LA HUMILDAD
Otro año más la Hermandad de la Humildad edita un vídeo-catequesis con motivo de la llegada de la Cuaresma. En este caso, una bella canción de Martín Valverde "El Diario de María", ilustrada con momentos de la Pasión y Muerte de Jesús y con imágenes de la Cofradía. María en primera persona nos habla de la vida de su Hijo y nos invita a seguir su ejemplo: proclamar y vivir la Palabra de Dios hecho Hombre.
MENSAJE DE CUARESMA DEL PAPA FRANCISCO
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un tiempo de
renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero
sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no
nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn
4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de
nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo
dejamos.
Cada uno de nosotros le interesa;
su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando
estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios
Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni
las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia:
yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien.
Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial,
hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se
trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
Cuando el pueblo de Dios se
convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia
le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero
detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.
La indiferencia hacia el prójimo
y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso,
necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y
nos despiertan.
Dios no es indiferente al mundo,
sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada
hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del
Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre
el cielo y la tierra.
Y la Iglesia es como la mano que
tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la
celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad
(cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la
puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la
mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o
herida.
El pueblo de Dios, por tanto,
tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí
mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.
1. «Si un miembro sufre, todos
sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
La caridad de Dios que rompe esa
cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con
sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede
testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite
que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para
llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres.
Nos lo recuerda la liturgia del
Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús
le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un
ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo
puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos
tienen "parte" con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.
La Cuaresma es un tiempo propicio
para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando
escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular
la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de
Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener
tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo
cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre,
todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co
12,26).
La Iglesia es communio sanctorum
porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas
santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre
éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta
comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee
sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos.
Y puesto que estamos unidos en
Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes
nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos
rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.
2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn
4,9) – Las parroquias y las comunidades
Lo que hemos dicho para la Iglesia
universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades.
En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte
de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar?
¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace
cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con
los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su
propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).
Para recibir y hacer fructificar
plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia
visible en dos direcciones.
En primer lugar, uniéndonos a la
Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura
una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los
santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en
la cual el amor vence la indiferencia.
La Iglesia del cielo no es
triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en
solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la
resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de
corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo,
los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux,
doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la
victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra
que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi
deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14
julio 1897).
También nosotros participamos de
los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra
lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de
Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas
de indiferencia y de dureza de corazón.
Por otra parte, toda comunidad
cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la
sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza
es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a
todos los hombres.
Esta misión es el testimonio
paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La
misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el
camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8).
Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo
murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos.
E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para
toda la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas,
cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular
nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia
en medio del mar de la indiferencia.
3. «Fortalezcan sus corazones»
(St 5,8) – La persona creyente
También como individuos tenemos
la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes
tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos
toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos
absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
En primer lugar, podemos orar en
la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la
oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que
se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14
de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.
En segundo lugar, podemos ayudar
con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las
lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La
Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo
concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.
Y, en tercer lugar, el
sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad
del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de
los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites
de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos
reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos
hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.
Para superar la indiferencia y
nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de
Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto
XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31).
Tener un corazón misericordioso
no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un
corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que
se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos
llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce
sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.
Por esto, queridos hermanos y
hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: "Fac cor
nostrum secundum Cor tuum": "Haz nuestro corazón semejante al
tuyo" (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo
tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se
deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la
indiferencia.
Con este deseo, aseguro mi
oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra
provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el
Señor los bendiga y la Virgen los guarde.
FRANCISCUS PP.
sábado, 14 de febrero de 2015
LA LIMPIEZA
Reflexión Homilética para el Domingo 15 de Febrero de 2015. 6º Tiempo Ordinario, B.
“El enfermo de lepra andará con
la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando:
¡Impuro, impuro!” (Lev 13,45). Las severas normas del libro del Levítico tratan
de evitar el contagio con los leprosos. Estos han de vivir aislados y vestir de
forma que puedan ser distinguidos desde lejos. Su eventual acogida en la
comunidad es lenta y cautelosa.
Mientras dure la lepra han de ser
considerados como impuros. No están limpios. La soledad que se les impone no es
un castigo sino una forma de prevención, muy dramática por cierto. La limpieza
es entendida a la vez en sentido higiénico y en sentido ritual, De hecho, la
lepra requiere un rito de purificación y de limpieza (Lev 14,2).
Estas observaciones nos llevan a
pensar en otras formas de impureza. En el mundo actual, la limpieza de las
personas y de los lugares ha llegado a identificar el grado de cultura y de
desarrollo de las personas y de los pueblos. Pero se echa de menos una limpieza
integral, de las personas y de las estructuras sociales.
TRES MOMENTOS
También en el evangelio que hoy
se proclama aparece un leproso (Mc 1,40-45). Se acerca a Jesús y postrándose de
rodillas, le suplica diciendo: “Si quieres, puedes limpiarme”.
El evangelio anota cuidadosamente
los pasos que se siguen en la escena. En un primer momento, Jesús siente
compasión por el enfermo que le suplica, extiende su mano y toca al leproso,
como contraviniendo todas las normas vigentes en su ambiente. Para asombro de
todos, el enfermo queda limpio al instante.
En un segundo momento, Jesús
impone al leproso un silencio y una declaración. El silencio responde a la
decisión de Jesús de pasar inadvertido por el momento. Y es también una
justificación del rechazo que encuentra a su paso. Y la declaración a los
sacerdotes no es sólo una obediencia a la Ley sino la única posibilidad de
circular con libertad.
En un tercer momento, el leproso,
ya curado de su enfermedad, no cumple el mandato de guardar silencio, sino que
se convierte en pregonero de su propia curación. Esta publicidad hace que Jesús
ya no pueda entrar abiertamente en los poblados. El Maestro trata de ser
discreto, pero su fama se difunde por toda la región.
DOS FRASES
De todas formas, el evangelio nos
invita a reflexionar sobre las dos frases que resumen el diálogo entre el
enfermo y Jesús.
“Si quieres, puedes limpiarme”.
En el Antiguo Testamento, el pecador pedía a Dios la limpieza del corazón: “Oh
Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (Sal
51,12). Nosotros, como el leproso hemos de dirigir esa súplica confiada a
Jesús.
“Quiero, queda limpio”. Jesús
sabe que no basta limpiar los vasos por fuera (Mt 23,25). Hay que limpiar el
corazón, del que nacen los males que contaminan al hombre (Mt 15, 18-20). Pero
la gracia y la fuerza que vienen de Jesús pueden limpiarnos del pecado.
Señor Jesús, tú te compadeces
de nuestra lepra y de nuestros harapos. Recuérdanos tú la bienaventuranza de
los limpios de corazón para que podamos “anunciar” la verdad y la rectitud de
la conciencia en un mundo que al bien llama mal y al mal le llama bien, como ya
lamentaba Isaías (Is 5,20). Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
martes, 10 de febrero de 2015
sábado, 7 de febrero de 2015
JESÚS Y LOS ENFERMOS
Homilía para el Domingo 8 de Febrero de 2015. 5º Tiempo Ordinario, B.
“Mis días corren más que la
lanzadera y se consumen sin esperanza. Recuerdo que mi vida es un soplo y que
mis ojos no verán más la dicha” (Job, 1, 6-7). Con estas lamentaciones de Job
se cierra la primera lectura de este domingo. Seguramente muchos enfermos y
ancianos se identificarán con ellas.
Lo más sorprendente es que,
inmediatamente antes, Job había dicho que la noche se le hacía larga y que se
hartaba de dar vueltas hasta el alba. Dicen que una ancianita solía repetir:
“Qué corta es la vida y qué largas se hacen algunas tardes”. Aunque el tiempo
total de nuestra existencia se nos haga corto, hay situaciones que parecen
frenar el reloj.
Y una de esas situaciones es
precisamente la enfermedad. Los días que se transcurren en un hospital parecen
ser mucho más largos que los días de nuestras vacaciones. Quien se cree dueño
de su propia vida se dará muchas veces por vencido ante la experiencia de la
enfermedad. El misterio del dolor pone en entredicho todas nuestras
seguridades.
LIBERTAD Y SERVICIO
El evangelio de Marcos comienza
evocando las actividades que han de llenar el tiempo de Jesús durante su vida
pública (Mc 1, 29-39). Hay tres actividades que anuncian toda su misión
profética: la predicación por las aldeas de Galilea, la oración silenciosa antes
del amanecer y la curación de los enfermos.
La predicación en la sinagoga lo
revela como un maestro que habla con autoridad. La oración lo lleva también a
la sinagoga en el día del sábado, y lo encamina después a lugares descampados y
desiertos. Su compasión con los enfermos se manifiesta de nuevo en la sinagoga,
pero también en las casas y en los caminos
El relato de la curación de la
suegra de Pedro nos sitúa en un día de sábado. La mujer no ha podido acudir a
la sinagoga, pero el Maestro viene a su casa. Este es uno de esos momentos que
marcan el paso de la Antigua a la Nueva Alianza. Jesús no teme ignorar algunas
normas que repiten los maestros de la Ley. Se acerca, toma de la mano a la
enferma y la levanta.
Ese gesto es determinante. A la
mujer se le pasa la fiebre y se levanta para servir a Jesús y a los discípulos
que han comenzado a seguirle. La que era esclava del mal ha sido liberada por
Jesús. Pero su libertad se convierte en decisión y en acto de servicio. La
suegra de Pedro y su curación se presentan, pues, como una especie de parábola
en acción.
LA EVANGELIZACIÓN
Al anochecer termina el descanso
del sábado. Las gentes traen los enfermos hasta Jesús precisamente al anochcer,
cuando se pone el sol. Y Jesús los cura ante la admiración general. Pero
después de orar durante la última parte de la noche, Jesús invita a sus
discípulos diciendo: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para
predicar también allí; que para eso he venido”.
Vámonos a otra parte, a las
aldeas cercanas”. Jesús no se deja atrapar por las exigencias inmediatas de las
gentes, que buscan en él una solución a sus problemas. La Iglesia no es una
organización asistencial, como dice el Papa Francisco.
“Vámonos para predicar”. Jesús
será recordado como un Maestro y un predicador itinerante. El evangelio dice
que anuncia el Reino de Dios y exhorta a la fe y a la conversión. Por eso Pablo
puede exclamar: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”.
“Para eso he venido”. Jesús
reconoce que su misión es anunciar la buena noticia de Dios. La Iglesia ha
ejercicio siempre en el mundo una impagable labor de asistencia a los pobres y
a los enfermos. Pero es bien consciente de que ha de ser fiel, sobre todo, a su
misión de evangelizar.
Señor Jesús, te reconocemos
como el Maestro y el testigo de la misericordia de Dios. Tus gestos son una
enseñanza para toda la Iglesia y para todos los que pretendemos seguirte por el
camino. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.
D. José-Román Flecha Andrés
martes, 3 de febrero de 2015
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