martes, 18 de octubre de 2022
lunes, 17 de octubre de 2022
domingo, 16 de octubre de 2022
ORAD SIN DESFALLECER
Reflexión Evangelio del Domingo 16 de Octubre de 2022. 29º del Tiempo Ordinario.
En la primera lectura, tomada del libro del éxodo, se nos narra una disputa del pueblo de Dios durante la peregrinación en el desierto. Israel en su camino hacia la tierra prometida tuvo que ir haciendo frente a muchas dificultades, defendiéndose de muchos enemigos y purificando su idea de Dios. Los versículos que hemos leído este domingo son especialmente incesantes, pues nos hacen notar que Israel obtiene la victoria sobre los amalecitas no solo porque Moisés busca el auxilio de Dios en la oración, sino también por la determinación y las habilidades guerreras de Josué. En efecto, el hecho de ser persevantes en la oración, no nos dispensa de nuestro compromiso. Es con el esfuerzo y con la responsabilidad humana como Dios nos hace justicia.
Los discípulos de Cristo, al igual que el pueblo Israel en su peregrinar hacia la tierra prometida, en nuestro caminar cristiano también tenemos que enfrentarnos con muchos obstáculos y combatir a muchos “Amalecs” que nos seducen con sus propuestas engañosas y disfrazados de existo y felicidad, desviándonos así del camino que Dios nos invita a seguir.
Para la perseverancia y la victoria en nuestro combate contra los “Amalecs”, Jesús nos dejó un arma poderosa: la oración sin desfallecer. La oración nos conforta y revitaliza en todo momento. Ella despierta nuestra alma y nos impulsa con una fuerza siempre renovada. Eso es lo que necesitamos en cada momento.
Lucas es ciertamente el evangelista de la oración. Son muchos los textos de Lucas que nos hablan de oración. En una serie de ocasiones nos muestra a Jesús orando. Hace oración en los momentos más decisivos de su misión: al empezar la vida pública, al escoger a los Doce, en la Pasión. A la luz de la experiencia orante de Jesús, el cristiano entiende que está invitado a orar siempre, con persistencia ¿Por qué? ¿Cuál es la razón de esta persistencia?
La perseverancia en la oración es la actitud que posibilita al creyente mantenerse fiel en medio de las dificultades del día a día. La oración confiada y persistente es la forma de enfrentar toda adversidad. Es evidentemente que la oración que no nos quita los obstáculos del camino, sino que nos da la fuerza para superarlos. La oración fortalece nuestra esperanza.
La esperanza cristiana no es una simple espera de algo que podría realizarse, sino la consecuencia de la fe. La esperanza cristiana no es mera quimera o fantasía, su fundamento real reside en Dios mismo, en su amor, en su poder y en su fidelidad. Eso es lo que engendra en nosotros la seguridad de que todo lo que esperamos, lo que deseamos, se verá realizado por eso podemos vivir confiados incluso cuando experimentamos una tribulación, un fracaso en un proyecto… o simplemente cuando lo que vemos, tocamos u olemos es una negación de lo que esperamos. Porque el fundamento de nuestra esperanza no somos nosotros, ni lo que creemos o sentimos. El fundamento de nuestra esperanza es solo Dios. Y solo la perseverancia en la oración a la que nos invita Cristo puede prepararnos y abrirnos a la confianza en este Dios que siempre defiende el derecho del débil frente a los que lo vulneran o trasgreden.
Esta actitud de perseverancia en la oración es la que Jesús nos invita a practicar. Jesús quiere que oremos por encima de cualquier sensación de fracaso. Jesús nos insta a tener una obstinación semejante a la de la viuda de la parábola. Pues si el sólo hecho de pedir con insistencia ya obliga al inicuo y corrupto juez que ni temía a Dios ni le importaba los hombres a acceder a hacer justicia a la pesada viuda, con mucho más motivo Dios, que es su esencia es amor, se compadecerá y atenderás las suplicas de los que acudimos a él día y noche. Ahora bien, esto no significa que hemos de cruzarnos los brazos y esperar que Dios haga lo que hemos de hacer nosotros. Dios no puede remplazarnos en nuestro compromiso y nuestra responsabilidad. Ya lo dice el dicho popular: “a Dios rogando y con el mazo dando”.
Fr. Jesús Nguema Ndong Bindang
domingo, 9 de octubre de 2022
TU FE TE HA SALVADO
Reflexión Evangelio Domingo 9 de Octubre de 2022. 28º del Tiempo Ordinario.
Su carne quedó limpia de la lepra
Bien sabemos que la enfermedad de la lepra es algo descrito con frecuencia en la Sagrada Escritura, y que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento son muchos los ejemplos donde se nos habla de esta afección, especialmente cuando Jesús lleva a cabo milagros de sanación en los enfermos.
La lepra como enfermedad está relacionada con una manifestación exterior y palpable, que provocaba el rechazo y la exclusión de la sociedad. La lepra como condición de vida remite a la presencia del mal: un estado de impureza o un castigo, de los cuales solo Dios puede liberarnos. Por esta razón, en el mundo rabínico curar a un leproso era prácticamente lo mismo que resucitar a un muerto: algo que solo Dios podía hacer.
El relato de la primera lectura de este domingo nos habla de Naamán el sirio, cuya carne quedó limpia de la lepra como la de un niño (cf. 1 Re 5,15). No debemos detenernos solo en la acción física de la curación de la piel, sino en la simbología que existe dentro del relato: se nos habla tanto de la curación integral del cuerpo como de la renovación del espíritu. Ser leproso no solo era una cuestión exterior, física y palpable. Naamán, después de lavarse siete veces en las aguas de Siloé, dejaría atrás toda impureza y quedaría totalmente curado. Por tanto, la limpieza y la sanación de la lepra en Naamán apuntan también al sentido religioso y espiritual de la persona.
Podríamos preguntarnos: «¿Cuáles son nuestras lepras?, ¿de qué necesito ser purificado y redimido?, ¿Qué me excluye de la Iglesia, de la sociedad y del mundo en el que vivo?».
Maestro, ten compasión de nosotros
Si bien en la primera lectura se nos habla de un leproso, en el Evangelio ya nos encontramos con diez, pero lo más significativo es que solo uno de ellos —el samaritano— fue el único capaz de mostrarse agradecido con Dios, alabándolo con grandes gritos. La compasión ofrecida por Jesús es para todos: no ha habido distinción con ninguno de los enfermos que se acercaron a él. Todos recibieron el mismo trato y todos fueron sanados de su enfermedad.
Muchas veces no somos consciente de lo necesitados que estamos de Dios. Entretenidos en las rutinas de la vida y absorbidos por nuestro trabajo, ocupaciones y demás preocupaciones, no somos consciente de que caemos en un círculo vicioso, un ciclo en el que vivir sin Dios se convierte en algún habitual.
La enfermedad de la lepra fue el motivo que estas personas encontraron para suplicarle a Dios su compasión. ¿Cuáles son las razones que tenemos hoy para que el Señor tenga compasión de nosotros?
Quizá nuestra «lepra» es el olvido de Dios: creer que lo podemos todo y que somos la fuente de nuestro ser. Otra «lepra» puede ser el egoísmo: mirarnos solo a nosotros mismos como si fuéramos el centro del universo. Hay muchos modos de ser un «leproso contemporáneo».
Nadie quiere estar enfermo y, por tanto, no creo que queramos vivir con el lastre de la lepra. Como cristianos, necesitamos la compasión de unos con otros. «Ten compasión de nosotros, Señor» (Lc 17,13). La reacción de Jesús es inmediata: hay que acogerlos; nada ha de ser obstáculo para atender a los que sufren.
Porque somos vulnerables; porque nuestra vida es frágil; porque nuestras consciencias están adormecidas por el consumismo, las pantallas, la telebasura…; porque no hacemos todo el bien que podríamos, ni somos los suficientemente generosos con los demás, pidamos a Dios que tenga compasión de nosotros.
La fe se vive desde la gratuidad
Lo vemos con claridad en el samaritano luego de haber sido sanado: el resto de los leprosos siguieron el camino, pero este se quedó alabando a Dios con gritos de júbilo y se echó por tierra a los pies de Jesús dándole gracias.
A veces vamos por la vida sin agradecer las bondades que recibimos cada día. Sucede que nos volvemos pesimistas y negativos, y entonces parece que todo está mal y nada tiene solución. La gratitud nos ayuda a vivir una vida más serena, más plena. Contento de haber sido curado, el samaritano no hace otra cosa distinta que vivir agradecido con Dios.
Para llevar una vida satisfactoria, el cristiano ha de purificar su mirada de las muchas «lepras» que le impiden ver la bondad de Dios en el prójimo y en todo lo creado. Esa purificación no es un ejercicio de un solo día, sino una actividad constante. Debemos purificar también nuestros oídos y nuestras palabras de todo aquello que nos separa o nos impide hacer el bien, sea pensado, escuchado, expresado o llevado a cabo. En definitiva, se trata de una purificación del corazón que nos permite ser conscientes de la gratuidad en la que estamos envueltos.
El pagano Naamán, al igual que el samaritano curado del Evangelio de hoy, manifiesta una inmensa gratitud. No es casualidad que se trate de dos personas que no pertenecían directamente al pueblo de Dios: precisamente, cuanto más excluidos parecían estar, más les alegra sentirse y saberse curados.
El don de la fe lo recibimos gratuitamente, así como el don de la vida. La vida y la fe son un regalo: ante estos dones, nuestra mejor respuesta debería ser —como la del samaritano— la gratitud.
Levántate, tu fe te ha salvado
La fe, como dice santo Tomás de Aquino, es la primera virtud en el orden de la eficiencia. Sin la fe de este leproso, no hubiera sido posible su salvación. El enfermo samaritano, al igual que Naamán el sirio, nos ilustran sobre el don de la fe.
Todos los milagros o signos obrados por Jesús son precedidos por la acogida de la fe por parte de cada uno de los protagonistas. Este dato nos recuerda que sin fe es imposible que Jesús pueda actuar.
En el caso del leproso del Evangelio, su fe lo mueve a la alabanza y la gratuidad; ahora bien, es sobre todo su fe la que permite el inicio de su salvación. «Tu fe te ha salvado» (Lc 17,19) En este sentido en la segunda lectura nos encontramos con un himno cristológico: una declaración de fe y de confianza que Pablo dirige a Timoteo.
Es cierto que no podemos medir nuestra fe: no existe un barómetro que nos diga si tenemos mucha o poca fe; pero sí que podemos hacernos respuestas muy personales. El sentido de la fe no siempre nos viene de fuera, sino que es un misterio que cada alma ha de ir descubriendo, viviendo una relación íntima y amistosa con Jesús. ¿Quién es el Dios en el que creemos y cuáles son las obras de mi fe?
La respuesta que nos demos nos ayudará a tomar conciencia sobre el Dios de Jesucristo y nuestro camino como cristianos. En definitiva, seremos más conscientes de nuestra identidad cristiana, que sin fe carece de sentido.
Fr. Néstor Morales Gutiérrez O.P.
Convento Santa María Sopra Minerva (Roma)
domingo, 2 de octubre de 2022
AUMÉNTANOS LA FE
Reflexión del
Evangelio del Domingo 2 de Octubre de 2022. 27º del Tiempo Ordinario.
¿Hasta cuándo,
Señor...?
Habacuc
expresa los sentimientos que ayer y hoy muchas veces surgen en nuestro corazón.
Contrastar la realidad desde la óptica de la fe nos lleva a cuestionarnos. La
realidad se nos presenta desafiante. Frente a las preguntas del profeta Dios le
pide que escriba para hacer memoria y recordar su forma de actuar. También hoy
enfrentamos muchas dificultades en la vida. Dios nunca nos deja. Son en esos
momentos cuando más surgen signos de su presencia y acción. Es necesario volver
a pasar por el corazón que Dios no permanece nunca indiferente frente al
sufrimiento y el dolor. El creyente pone en Dios su confianza porque sabe que
el amor nunca defrauda.
No endurezcáis el corazón...
Es necesario no endurecer el corazón porque es así como podemos percibir la voz de Dios en medio de tantas voces de alrededor. Es renovar la relación de intimidad que nos lleva a la alabanza y la gratitud por su presencia en medio de nuestra tierra.
Aviva el fuego
de la gracia de Dios.
Pablo desde su experiencia de fe, invita a Timoteo a reavivar el don de Dios que ha recibido. La experiencia de fe siempre es dinámica y nos lleva a salir de nuestro estado de confort y pasividad. Es la fuerza del Espíritu que nos permite afrontar los desafíos que la vida nos pone delante.
Auméntanos la fe.
El recorrido hecho con Jesús hace tomar conciencia a los discípulos de las exigencias y dificultades que hay que enfrentar en la vida. Por eso le piden al Maestro: “auméntanos la fe”. Jesús, que por medio de imágenes significativas nos permite captar la complejidad de la realidad, invita a mirar la semilla de mostaza. Si alguna vez tenemos la posibilidad de tener una de esas semillas en nuestras manos nos sorprenderá lo pequeña que es. A través de esta imagen, el Señor, nos ayuda a percibir la potencialidad y el valor que encierra lo pequeño. La fe no es algo mágico como un hechizo de Harry Potter, sino que es la confianza radical en Aquel que nos ha convocado y nos envía. Por eso la segunda parte del evangelio de hoy, Jesús propone desplegar nuestros dones y cualidades al servicio del Reino. Las personas que nos han marcado en la vida, son aquellas que han aceptado esta invitación y han salido de sí mismas, muchas veces de situaciones dolorosas y complicadas, para canalizar a través de la entrega generosa el amor que Dios ha puesto en sus corazones. La fe vivida y compartida transforma la realidad y nos hace abrir caminos de vida y esperanza. Jesús vivió esa confianza con el Padre dando su vida, compartiendo, alentando y ayudando a que nuestra mirada siempre tenga un horizonte más amplio. Por eso como los discípulos también nosotros le pedimos: «Señor, Auméntanos la fe.»
Fray Edgardo César Quintana O.P.
domingo, 25 de septiembre de 2022
VER O NO VER
Reflexión Evangelio del Domingo 25 de Septiembre de 2022. 26º del Tiempo Ordinario.
La parábola marca muy bien las diferencias situacionales del rico y Lázaro, los dos coprotagonistas. Los vestidos de lujo, ostentación y festejos del rico, dejan de manifiesto que Lázaro debía de ir poco bien vestido al dejar a la vista sus heridas repugnantes; las fiestas y disfrutes del rico, son desconocidos por Lázaro; contrasta la mansión del rico, mientras que Lázaro está tumbado a su puerta, así como sus nombres: el rico no tiene nombre, no tiene compasión, no tiene identidad, mientras que Lázaro significa, “Dios me ayuda” y no digamos ya sus actitudes: el rico no necesita de nadie, ni de Dios, se siente seguro, es inconsecuente porque sus riquezas le han cegado y no ve, mientras que Lázaro está enfermo, tiene hambre y es ignorado, excluido, nadie la ayuda, pero espera en su Dios.
En las parábolas de la misericordia, de la compasión hay un denominador común: EL VER o NO VER. El buen samaritano vio al herido y actúo, el sacerdote y el levita le vieron, pero dieron un rodeo; el padre, ve venir al hijo pródigo y se alegró, mientras que el hijo mayor cuando vio venir a su hermano, protestó y exigió; Jesús ve a los discípulos y los llama, ve a la multitud y se conmueve como cuando Yahvé ve la esclavitud de su pueblo en Egipto, le duele a él mismo, se solidariza en el dolor y se alía con él.
La realidad de la vida
Depende donde estemos situados para ver las cosas y las personas de distinta manera. Cuando estamos satisfechos y bien, pensamos que todo el mundo está así o, mejor, ni pensamos cómo están los demás, nos da igual. Perder la tensión por los hermanos, la sensibilidad por el reino de Dios es desfondarnos, es colocar una barrera que, siendo invisible, a la vez es infranqueable, hasta tal punto que nos aísla para no ver al otro. La riqueza obstaculiza el hacer un mundo más justo y, es peor todavía, si el rico se siente a gusto con esa distancia que produce.
Realidad de la muerte en la vida misma
El rico es enterrado con todo lujo de detalles y solemnidad y va al reino de la muerte, pero es juzgado no por ser rico, sino por su indiferencia, por no compartir, por ignorar, por su ceguera e insensibilidad nada más salir de su casa, de sus refugios. Nada se dice de Lázaro, fue llevado por los ángeles sin funeral ni nada.
Nuestra realidad
Somos ricos y lázaros conviviendo en la misma sociedad y hasta en la misma comunidad, familia y persona. Situados a un lado o a otro vemos claro u oscuro. Si tenemos trabajo, cariño, compañía, vida autónoma, todo resuelto nos parece que no existen los de la otra orilla. Nuestra instalación o acomodación nos hace perder la perspectiva y tensión por otras personas. El poder excluyente y deshumanizador de las riquezas o talentos cambian nuestra realidad.
No falta incluso nuestra apreciación al ver a los de la otra orilla como algo normal, pues son víctimas que se han ganado su situación por holgazanes, atrevidos que sufren las consecuencias hirientes y escandalosas a causa de su dejadez. Bien es cierto que hay situaciones causadas por el fracaso de sistemas político o sociales (paro, guerras, mala distribución de las riquezas...), pero en ello va incluido el fracaso de cristianos que satisfacemos nuestras necesidades sin compartir (aunque demos limosnas), que compramos y gastamos más de la cuenta o en lo que no es necesario.
Imposible vivir en la apatía, sin sensibilidad ante el sufrimiento. Podemos evitar el contacto directo con los sufrimientos (Lázaros) y creer que la aflicción del dolorido no nos afecta, distrayéndonos de ello. Incluso, podemos implicarnos, porque es más fácil cuando el dolor está lejos, pero lo que hacemos es reducir el dolor a mínimos o a estadísticas y ya está. Es lo que sucede cuando contemplamos en los medios de comunicación realidades sangrantes, haciéndolas más soportables. Nunca podremos ocultar algo que llevamos dentro, que nos constituye como humanos: el reconocer las necesidades comunes que tenemos todos.
No abrir abismos insalvables: ni familiares (padres-hijos); ni comunitarios, ni sociales. Como instrumento necesario para evitarlos, usar la comunicación, el acercamiento concreto de la compasión, no bastan las limosnas. Nuestra felicidad está en nosotros mismos, no en las riquezas y sus esclavitudes. Ya que el Señor es nuestra riqueza, somos libres ante otras riquezas, pues aun siendo bendiciones, es más cristiano no dejarnos anestesiar por ellas, sino dominarlas.
Los socavones en la vida cristiana están motivados por la falta de comunicación en su mayoría de veces, por envidias, celos, malos entendidos, comunicaciones que enreda el diablo, encumbrándonos y creyéndonoslo; otras veces los conflictos personales nos aíslan y autoexcluimos de la convivencia; sin olvidar cuando nos asociamos por conveniencia para luchar contra no se quien ni qué.
La escucha de la Palabra de Dios (“escuchar a Moisés y los profetas”). El interés del rico para que sus hermanos no corran por los mismos caminos que él se resuelve con la escucha de la Palabra, con los contravalores vividos y propuestos por Jesús en el evangelio. El evangelio regenera y su fuerza salvadora crea puentes de encuentro por encima del tiempo y de los gustos personales. Si, además, lo celebramos en la Eucaristía, banquete de todos los hijos, donde nos necesitamos y entendemos que las necesidades de los demás son demandas proféticas, pues es urgente aliviar el dolor de los sufrientes, como lo hizo Jesús.
Fr. Pedro Juan Alonso O.P.
domingo, 18 de septiembre de 2022
NO PODEIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO
Reflexión Evangelio Domingo 18 de Septiembre de 2022. 25º del Tiempo Ordinario.
En la Mesa de la Palabra de este domingo se nos parte y reparte este pan que nos ayuda a coger fuerzas para ser fieles al Evangelio. Ante tantas situaciones de conflictos como se nos presentan en nuestra vida diaria, tanto a nivel humano, familiar y laboral, el Señor hoy se nos hace presente para avisarnos de cómo hemos de usar los bienes naturales que son realidades buenas salidas de sus manos, pero la codicia humana y el afán de lucro, la falta de escrúpulo de unas personas hacia otras los pueden hacer instrumentos de injusticias.
El Salmo responsorial (Sal. 112) ya nos advierte que el Señor “levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre”. Esta sensibilidad hacia el pobre y el necesitado es un tema recurrente en el lenguaje profético del Antiguo Testamento. Lo hemos comprobado en la proclamación de la primera lectura tomada del profeta Amós.
Dios actúa siempre en favor del oprimido, pidiendo cuentas a quienes no actúen de forma solidaria con los hermanos, especialmente si éstos están sufriendo o pasan dificultades.
Las noticias que nos llegan diariamente son las subidas exageradas de los precios en productos de primera necesidad. Vemos cómo los precios cambian y suben de forma exagerada cuando pasan de mano en mano, aumenta la especulación y todos de alguna manera somos víctimas de la inflación. Esto influye en nuestro diario vivir.
Esta situación no es nueva. Vemos cómo Amós, llamado por los entendidos el “Profeta de la justicia social”, ya denuncia en su tiempo con críticas muy duras algo que se sigue dando entre nosotros en nuestro actual modelo económico. ¡Cuántos engaños comerciales!: Balanzas con trampa, mecanismos micro y macro económicos que permiten el enriquecimiento fácil y espectacular… Es verdad que ya no se compra al mísero por un par de sandalias, pero se pueden establecer sistemas de financiación que pueden hundir al que más lo necesita.
El fragmento del Evangelio que hemos proclamado está tomado del capítulo 16 del Evangelio de San Lucas. Es muy revelador que este capítulo viene precedido de las parábolas de la misericordia que alguna hemos leído en domingos anteriores: el hijo pródigo, la oveja perdida, la dracma perdida... No es posible, que el Dios revelado por Jesús de Nazaret “que hace salir el sol sobre buenos y malos” sin distinción, se quede impasible ante el sufrimiento que se produce por el mal uso de la los recursos naturales, fuente de la riqueza.
Jesús en esta parábola, que dirige a sus discípulos, nos habla de “un hombre que tenía un administrador” dando a entender un primer mensaje: ¡Somos administradores! Y tenemos la obligación de administrar con “sagacidad”. Por eso el segundo mensaje que se nos da: "No se puede servir a dos señores... no podéis servir a Dios y al dinero". Con frecuencia en nuestro manejo del dinero, de los recursos naturales, "nos servimos de Dios y servimos al dinero". Lo correcto sería lo contrario "Servir a Dios sirviéndonos del dinero". El que es hábil (sagaz) para crear riqueza lo ha de realizar para servir al ser humano. No servirse del ser humano para acrecentar sus riquezas. ¿No será esta la causa de tanta injusticia como se da en nuestro mundo actual?
El mensaje de Jesús obliga a un replanteamiento total de la vida. Quien escucha sinceramente el evangelio intuye que se le invita a comprender, de una manera radicalmente nueva, el sentido último de todo y la orientación decisiva de toda su conducta. Se entiende bien el pensamiento de Jesús. Es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos los hombres y vivir, al mismo tiempo, esclavo del dinero y del propio interés.
Que María, nuestra Madre, que fue la que mejor comprendió el mensaje salvador de su Hijo, nos ayude a servir a Dios sirviéndonos de nuestros recursos para favorecer a los más necesitados.
Celebrar la Eucaristía cada domingo, implica este servicio a Dios. Le estamos sirviendo con nuestra presencia, nuestra escucha, nuestra participación, nuestra adoración…, y, sobre todo, con nuestro compromiso para servir a nuestros hermanos los más necesitados. Así, de verdad, “serviremos Dios como él quiere y serviremos a los hermanos con nuestros, pequeños o grandes, recursos”.
¡SIEMPRE AGRADECIDOS!
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