sábado, 6 de junio de 2015

CORPUS CHRISTI


Homilía del Domingo 7 de Junio de 2015. Festividad del Corpus Christi

En la Última Cena, Jesús dona su Cuerpo y su Sangre mediante el pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito. Con este “viático” lleno de gracia, los discípulos tienen todo lo necesario para su camino a lo largo de la historia, para hacer extensivo a todos el Reino de Dios. Luz y fuerza será para ellos el don que Jesús ha hecho de sí mismo, inmolándose voluntariamente sobre la cruz. Y este Pan de vida ¡ha llegado hasta nosotros!

Ante esta realidad el estupor de la Iglesia no cesa jamás. Una maravilla que alimenta siempre la contemplación, la adoración, la memoria. Nos lo demuestra un texto muy bello de la Liturgia de hoy, el Responsorio de la segunda lectura del Oficio de las Lecturas, que dice así: “Reconozcan en este pan, a aquél que fue crucificado; en el cáliz, la sangre brotada de su costado. Tomen y coman el cuerpo de Cristo, beban su sangre: porque ahora son miembros de Cristo. Para no disgregarse, coman este vínculo de comunión; para no despreciarse, beban el precio de su rescate”.

Nos preguntamos: ¿qué significa, hoy, disgregarse y disolverse? Nosotros nos disgregamos cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros lugares, cuando no encontramos el valor para testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza.

La Eucaristía nos permite el no disgregarnos, porque es vínculo de comunión, y cumplimiento de la Alianza, señal viva del amor de Cristo que se ha humillado y anonadado para que permanezcamos unidos. Participando a la Eucaristía y nutriéndonos de ella, estamos incluidos en un camino que no admite divisiones. El Cristo presente en medio a nosotros, en la señal del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda laceración, y al mismo tiempo que se convierta en comunión, también con el más pobre, apoyo para el débil, atención fraterna con los que fatigan en el llevar el peso de la vida cotidiana. Están en peligro de perder la fe.

Y ¿qué significa hoy para nosotros “disolverse”, o sea diluir nuestra dignidad cristiana? Significa dejarse corroer por las idolatrías de nuestro tiempo: el aparecer, el consumir, el yo al centro de todo; pero también el ser competitivos, la arrogancia como actitud vencedora, el no tener jamás que admitir el haberse equivocado o el tener necesidades. Todo esto nos disuelve, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos, paganos.

Jesús ha derramado su Sangre como precio y como baño sagrado que nos lava, para que fuéramos purificados de todos los pecados: para no disolvernos, mirándolo, saciándonos de su fuente, para ser preservados del riesgo de la corrupción. Y entonces experimentaremos la gracia de una transformación: nosotros siempre seguiremos siendo pobres pecadores, pero la Sangre de Cristo nos librará de nuestros pecados y nos restituirá nuestra dignidad. Nos liberará de la corrupción. Sin mérito nuestro, con sincera humildad, podremos llevar a los hermanos el amor de nuestro Señor y Salvador. Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de la Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos del cuerpo y del espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación, de misericordia y de comprensión.

De esta manera la Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión admirable con Dios. Así aprendemos que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores, es el perdón, el viático que nos ayuda a andar, a caminar”.

Hoy, fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, tenemos la alegría no solamente de celebrar este misterio, sino también de alabarlo y cantarlo por las calles de nuestra ciudad. Que la procesión que realizaremos al final de la Misa, pueda expresar nuestro reconocimiento por todo el camino que Dios nos ha hecho recorrer a través del desierto de nuestras miserias, para hacernos salir de la condición servil, nutriéndonos de su Amor mediante el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.


Dentro de poco, mientras caminaremos a largo de la calles, sintámonos en comunión con tantos de nuestros hermanos y hermanas que no tienen la libertad para expresar su fe en el Señor Jesús. Sintámonos unidos a ellos: cantemos con ellos, alabemos con ellos, adoremos con ellos. Y veneremos en nuestro corazón a aquellos hermanos y hermanas a los que ha sido requerido el sacrificio de la vida por fidelidad a Cristo: que su sangre, unida a aquella del Señor, sea prenda de paz y de reconciliación para el mundo entero. Y no olvidemos: para no disgregarnos, coman este vínculo de comunión, para no disolverse beban el precio de su rescate.
PAPA FRANCISCO

sábado, 30 de mayo de 2015

VIDA TRINITARIA


Homilía para el Domingo 31 de Mayo de 2015. Solemnidad de la Santísima Trinidad, B.

“Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra, no hay otro”. Así habla Dios a Moisés, Según el libro del Deuteronomio que hoy se lee en la misa (Dt 4,32-34.30-40). Estas palabras no están aisladas. Hay que leerlas en el contexto de lo que las precede y las continúa.

Antes de ellas está el recuerdo de tres maravillas que Dios ha realizado: la creación del mundo, los prodigios que llevó a cabo para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, y la revelación de su voluntad en el monte Sinaí.

Lo que sigue a esta proclamación del Dios único corresponde al hombre: guardar los mandamientos de Dios. A esa fidelidad a lo que Dios prescribe seguirá la felicidad para la familia y la prosperidad en la tierra que Dios le concede.

Como dice el Papa Francisco en su exhortación La alegría del Evangelio, los cristianos “creemos, junto con los judíos, en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la común Palabra revelada. (EG 247).

 EL BAUTISMO

Pero, en el mismo documento, el Papa da un paso más para recordar lo específico de la fe cristiana: “El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, transforma nuestros corazones y nos hace capaces de entrar en la comunión perfecta de la Santísima Trinidad, donde todo encuentra su unidad. Él construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios. El mismo Espíritu Santo es la armonía, así como es el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo (EG 117).

Esta fe en la Trinidad Santa de Dios hunde sus raíces en las palabras de Jesús que hoy se proclaman en el evangelio (Mt 28,16-20). Jesús resucitado había dado cita a sus discípulos en un monte. Desde allí los envía por el mundo a anunciar su palabra y a bautizar a las gentes “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Bien sabemos que el nombre significa, indica y revela a la persona. Así que hemos sido lavados, inmersos e incorporados en la bondad misericordiosa del Padre, en la cercanía y la salvación de Jesús, que es Camino, Verdad y Vida, y en la verdad y el amor que nos comunica el Espíritu Santo.

LA FE Y EL CAMINO

Nuestra fe en la Trinidad Santa de Dios no puede quedar en una mera afirmación teórica. Nuestra fe en el Dios trino y uno es la fuente de nuestros valores, de nuestros compromisos y de nuestras esperanzas.

El Papa Pablo VI sacaba ya cinco importantes consecuencias: “De aquí parte nuestro vuelo al misterio de la vida divina, de aquí la raíz de nuestra fraternidad humana, de aquí la captación del sentido de nuestro obrar presente, de aquí la comprensión de nuestra necesidad de ayuda y de perdón divinos, de aquí la percepción de nuestro destino escatológico”.

Es evidente que esta fe trinitaria ya ha tenido un comienzo en la profesión de fe bautismal. Pero ha de ir recorriendo un camino de oración contemplativa y de acción y testimonio diario. Y ha de alcanzar un día su culminación en la gloria eterna de Dios.

Padre nuestro que estás en los cielos, te damos gracias por la luz de tu palabra que nos ha sido revelada en Jesucristo y por el amor a nuestros hermano que el Espíritu suscita en nuestros corazones. Amén.


D. José-Román Flecha Andrés

martes, 26 de mayo de 2015

PRESENTADO EL CARTEL DE LA VIRGEN DE LA ESTRELLA


Obra donada por D. Ginés Liébana para la Hermandad de la Estrella Coronada con motivo del próximo acontecimiento histórico el "Regina Mater" que llevará a nuestra patrona al primer templo de la capital, la Mezquita-Catedral.

sábado, 23 de mayo de 2015

24 DE MAYO: MARÍA AUXILIADORA


Enséñame, Oh María Auxiliadora, a ser dulce y bueno en todos los acontecimientos de mi vida; en los desengaños, en el descuido de otros, en la falta de sinceridad de aquellos en quienes creí, en la deslealtad de aquellos en quienes confié.

Ayúdame a olvidarme de mí mismo para pensar en la felicidad de otros; a ocultar mis pequeños sufrimientos de tal modo que sea yo el único que los padezca.

Enséñame a sacar provecho de ellos, a usarlos de tal modo que me suavicen, no me endurezcan ni me amarguen; que me hagan paciente y no irritable; que me hagan amplio en mi clemencia y no estrecho y despótico. Que nadie sea menos bueno, menos sincero, menos amable, menos noble, menos santo por haber sido mi compañero de viaje en el camino hacia la vida eterna. Amén.

Bajo tu amparo nos refugiamos Santa Madre de Dios, no desatiendas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo mal y peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén

Don Bosco

PENTECOSTÉS: LLENOS DE ESPÍRITU SANTO


Homilía para el Domingo 24 de Mayo de 2015. Solemnidad de Pentecostés, B,

“Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu Santo le sugería”. En esta fiesta de Pentecostés celebramos la presencia del Espíritu de Dios en la Iglesia (Hech 2,1-11). Una presencia que nos zambulle en la intimidad con Dios y nos empuja también a acercar el Evangelio a nuestros hermanos..

La primera dimensión la subrayaba ya Santa Teresa con la imagen del fuego, cuando escribía en sus Meditaciones sobre los Cantares: “El Espíritu Santo debe ser medianero entre el alma y Dios y el que la mueve con tan ardientes deseos que la hace encender con fuego soberano, que tan cerca está” (5,5).

La segunda dimensión la ilustra el papa Francisco, al afirmar que “en Pentecostés, el Espíritu Santo hace salir de sí mismos a los apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente” (EG 1).

TRES ADEVERTENCIAS

El Evangelio de esta fiesta nos sitúa en el “primer día de la semana”. Al amanecer de aquel día, las mujeres que acudieron al sepulcro lo encontraron vacío. Ante el anuncio de las mujeres, los discípulos del Señor experimentaron sentimientos de asombro y de alegría. Pero el miedo los había encerrado en una casa, cuando entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. (Jn 20,19). He ahí tres advertencias para la Iglesia de todos los siglos.

Vino Jesús al encuentro de sus discípulos. De él había sido la iniciativa de elegirlos y de llamarlos, para que le siguieran y estuvieran con él. El resucitado no los olvida. Y de nuevo toma la iniciativa de acercarse hasta ellos, aunque ellos le hayan abandonado.

Se colocó en medio de ellos. Juan Bautista había dicho: “En medio de vosotros está uno a quien no conocéis” (Jn 1,26). Ahora se coloca definitivamente “en medio” de sus discípulos el Maestro al que no reconocen. Ese ha de ser su puesto en la comunidad para siempre.

Y les dirigió el saludo tradicional de la paz. Ese era su don personal, como había anunciado a sus discípulos en su despedida (Jn 14,27). Ese era el saludo que ellos habían de pronunciar al entrar en una casa (Mt 10,12). Y esa era la promesa del Señor para la eternidad.

EL DON Y LA TAREA

Después de su saludo, el Resucitado exhaló su aliento sobre sus discípulos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,23).

Recibir el Espíritu Santo. El autor de los dones es el don primero del Señor Resucitado. El aliento que exhaló desde lo alto de la cruz, es su propia vida. Una vida que ha entregado por nosotros. Una vida que comparte con nosotros para que nosotros la entreguemos como él.

Perdonar los pecados. Jesús no ha venido al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3,17). Sus apóstoles son enviados a anunciar, como él lo hizo durante su vida, la gracia y la misericordia de Dios.

Retener los pecados. Dios respeta y siempre respetará la libertad de sus hijos. Pero los discípulos del Señor han de cumplir con la misión de gracia que se les confía, advirtiendo a los hombres de los obstáculos que ponen cada día a la salvación que se les ofrece.

– Señor Jesús, en la solemnidad de Pentecostés agradecemos el don de tu Espíritu de amor y de vida. Que Él nos ayude a recordar cada día tu mensaje de gracia y de perdón y a anunciarlo por todas partes con audacia y esperanza. Amén.

D. José-Román Flecha Andrés

¡SIEMPRE AGRADECIDOS!

La comunidad parroquial de Villa del Río, despidió ayer al Sacerdote D. Douglas González que nos ha acompañado este mes de Julio. Hay person...