miércoles, 14 de junio de 2023

EL DÍA DEL CORPUS

 El pasado domingo, con motivo de la Solemnidad del Corpus volvieron a repetirse instantes emotivos en torno a la adoración al Stmo. Sacramento. Traemos varias instantáneas de los altares montados por las Hermandades, particulares y de detalles del ambiente durante el recorrido.


FRANCISCANA HERMANDAD DE LA HUMILDAD


HERMANDAD DE LA MAGDALENA

HERMANDAD DE LA SOLEDAD


MUY ANTIGUA HERMANDAD DE PADRE JESÚS NAZARENO


ALTARES PARTICULARES Y DE VECINOS

 

domingo, 11 de junio de 2023

EL QUE COMA DE ESTE PAN VIVIRÁ PARA SIEMPRE

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 11 de Junio de 2023. Corpus Christi.

La celebración de la Eucaristía hoy, nos interpela: ¿Experimentas tú a Jesús como Pan de Vida?  ¿Te sientes llamado a ser con El, Pan partido para los demás?

La Eucaristía es “Pan de Vida”

Con el discurso del Pan de Vida San Juan quiere explicar lo que vivimos en la Eucaristía. En él no utiliza la expresión Cuerpo, sino Carne,que nos acerca al misterio de la Encarnación, y al hombre pobre, frágil y con necesidades, que se expresa con las manos abiertas. Con este Pan Jesús se presenta como dador de una vida que no acaba.El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. La felicidad y la eternidad dependen de nuestra capacidad para acogerlo y hacer como El: “Partirse y Repartirse”. Así nos lo ofrece Santo Tomás ¡Oh Banquete precioso y admirable, Banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, más precioso que este Banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios? (Sto. Tomás. Op 37. Fiesta Corpus)

“El Pan de Vida” y el hambre de plenitud, en medio del desierto cotidiano

Los judíos en el desierto sentían hambre. Y Dios les dio pan para comer el maná caído del cielo. También Jesús se presenta a sí mismo como otro Pan que sacia nuestra hambre de Dios: “Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre”. El Pan es  símbolo  de todo lo que nos da vida, de todo lo que sacia. Jesús nos asegura que en medio del desierto, la pobreza, el vacío, y sin sentido de la vida, nos alimentará con este Pan para poder continuar el camino. Jesús identifica el Pan que reparte con la Carne que entrega para la salvación del mundo, que corresponde al anhelo de amar y ser amados. Jesús, que en la cruz nos ama hasta el extremo,  sacia nuestra necesidad de Dios con el Pan de Vida. Si aceptamos este alimento no sólo como comida material, sino en su significado sagrado,  saciamos nuestra hambre de  plenitud. Por eso, nos acercamos a Él como pobres, con la mano abierta para recibir el Pan de la vida y llenar con El, todos nuestros vacíos; comulgamos haciendo un acto de fe; acogiendo en silencio a Jesús, que nos dice: Pastoal fin tuyo soy¿Cuál dará mayor asombro, el traerte yo en el hombro, o el llevarme tú en el  pecho? Muestras son de amor estrecho que aún los más ciegos  las ven. (L.Góngora)

“La vida Eterna y Resucitada”, la recibimos con el Pan de vida

La Eucaristía en Juan es una experiencia de resurrección. En el Pan, Jesús nos da su propio cuerpo, entregado por nosotros, pero resucitado, Cuando comemos este Amor hecho Pan, nos damos cuenta de que es Jesús mismo el que sacia nuestra hambre de plenitud: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6,54). Vida eterna no significa vida después de la muerte, sino vida plena ahora, Cuando recibo el Pan eucarístico, ya estoy tocando mi meta: el Amor de Dios. En la Eucaristía se produce un encuentro personal  con Cristo Resucitado, por lo que Ignacio de Antioquia  la llama medicina de la inmortalidad.

La Eucaristíanos alimenta con  la vida que Jesús tiene ahora, en la que ya no cabe la muerte. La Presencia personal de Jesús en la Eucaristía es la forma de  vivir con Él y de Él, y  nos resucitará en el último día. Como Presencia de Cristo Resucitado, la Eucaristía  es un adelanto sacramental de la vida eterna. Tendremos que pasar por la muerte biológica, pero, desde la fe,  esta muerte es el paso a la Vida eterna. Como confesaba Santo Tomás. El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que hecho hombre, divinizase a los hombres, Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros (Sto. Tomás o.c)

Comemos el Pan para “Eucaristizar la vida y Cristificar la fe”, por la Caridad

Comer a Cristo en la Eucaristía es una cristificación...Comer a una persona es acogerla, es creer en ella, es complementarse con toda su vida.Comer es amar. Esto  nos reclama: “Amaos unos a otros como yo os he amado”.  Eucaristizar y cristificar la vida es posible, cuando vivo así el Sacramento del Amor

”Considera lo que realizas”:

“Imita lo que conmemoras”.

“Y conforma tu vida con el Misterio de Cristo”.

“Sed lo que veis y recibid lo que sois”. ( S. Agustín. Ser 272).

Si vivimos así  la Eucaristía, podemos estar abiertos a los demás, pues la caridad está en lo profundo del Misterio que celebramos.

Acercarse al Misterio de la fe en la Eucaristía, no sólo no aleja de los hermanos sino que une y compromete más con los excluidos.

La Eucaristía exige un amor universal, en el que nadie quede excluido. Todos son invitados a participar de él.

Quien se acerca a la Eucaristía no puede quedar indiferente ante el clamor de los pobres. Si todavía no ves a Dios en la Eucaristía, es que no te has acercado suficientemente a tus hermanos. No hay oración, y compromiso de Caridad  como la Eucaristía. Por este Sacramento, se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los bienes espirituales. Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.(Santo Tomás o.c)

¿Cómo valoro y  vivo la participación frecuente en la Eucaristía?

¿Qué alcance tiene para mí una vida eucaristizada por el amor?

¿Me humaniza y compromete más la Eucaristía?


Fray José Antonio Segovia O.P.

domingo, 4 de junio de 2023

“DIOS ENVIÓ A SU HIJO AL MUNDO PARA QUE SE SALVE"

 

Reflexión Evangelio Domingo 4 de Junio de 2023. Solemnidad de la Stma. Trinidad

Toda nuestra vida es una búsqueda de la verdad. Queremos conocer la verdad de las cosas que nos rodean, la verdad de las personas, nuestra propia verdad, pero sobre todo hay en el corazón humano una sed por conocer la Verdad más importante, a Dios como Verdad, principio y fin de toda Verdad. San Agustín expresaba esta sed con las siguientes palabras bien conocidas: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti» (ConfesionesI, 1,1).

Podemos reseñar aquí brevemente tres formas distintas de conocer:

La primera forma de conocer la realidad consiste en dominarla. Conocemos algo en la medida en que lo dominamos o ejercemos una influencia sobre ello. Este modo de conocimiento, que puede ser muy positivo en el ámbito de las ciencias experimentales, es desastroso en el ámbito de las relaciones personales. No es difícil sucumbir a la tentación de relacionarnos con los otros ejerciendo sobre ellos una influencia o dominio, pretendiendo que sean como nosotros queremos o que piensen de acuerdo con nuestras ideas, imponiendo nuestro modo de entender la vida, nuestro modo de entender el bien y el mal, la felicidad, la diversión,… A veces esto se proyecta también en nuestra relación con Dios, intentando dominarlo, ponerlo de nuestra parte, en lugar de ponernos en sus manos incondicionalmente con confianza.

Otro modo de conocer es tratar lo conocido de forma indiferente, sin que afecte en nada a nuestra vida. Tampoco este modelo es el que debe regir nuestras relaciones interpersonales ni nuestra relación con Dios. Sin embargo, tampoco este modo de proceder nos es ajeno, sobre todo cuando hacemos que Dios pase a un segundo plano o somos indiferentes a su presencia. Esto parece echar por tierra toda una historia en la que Dios mismo se ha esforzado por salir a nuestro encuentro y darse a conocer en una relación auténtica marcada por el amor, en la que el único objetivo es compartir con nosotros su felicidad.

Finalmente, un tercer modo de conocer consiste en poner en juego todas nuestras facultades, todo lo que somos, nuestro corazón; cosiste en entrar en relación con la realidad dejándose afectar y transformar por ella. En el mundo de las relaciones personales, familiares y sociales, este es el modo de conocimiento propio de una persona madura, que sin duda ha pasado por otras etapas, pero que ha logrado superarlas, aunque todavía le quede mucho camino por recorrer. Este es el modo auténtico por el que llegamos a conocer un poco la Verdad de Dios; este es el único camino para establecer con él una relación profunda y verdadera. Pascal decía que «para conocer a una persona es necesario comprenderla, y para comprender a Dios, es necesario amarlo». Toda la existencia terrena de Jesús trata de quitar los obstáculos que nos apartan de Dios para restablecer con él la comunicación rota. Toda su vida es una revelación de Dios, especialmente su encarnación, muerte y resurrección. En ella se nos revela el misterio trinitario, misterio que trata de entablar con cada ser humano una relación personal, amorosa, y de convertir a la humanidad entera en una comunidad de amor, en una familia donde reine el amor, la armonía y la paz.

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo está en el origen de nuestras vidas, es él quien las sostiene y su meta definitiva. No es indiferente, ni accidental ni superfluo saber que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, sino que en la Trinidad encontramos un verdadero modelo de vida y de conocimiento de la realidad.

En Jesucristo, Dios se muestra como «una comunidad» de amor en la que hay un gran respeto de las diferencias. Así es el amor verdadero: respetuoso. El Padre no es el Hijo y el Espíritu, pero tampoco pretende suplantarlos. El Hijo no es el Padre ni el Espíritu, pero también respeta la alteridad que se da el seno mismo de la Trinidad. Lo mismo hace el Espíritu Santo. Algo semejante sucede en sus relaciones con nosotros: la Trinidad nos respeta porque nos ama; Dios no nos suprime, no nos sustituye, no nos suplanta, no nos impone su voluntad o su ley por la fuerza, sino que nos deja libres; hacerse amar por la fuerza no tendría sentido. Y si nuestras decisiones nos llevan al fracaso, nos tiende la mano para volver sobre nuestros pasos y retomar el camino de la vida.

La primera lectura de este domingo nos sitúa en un contexto en el que el pueblo elegido por Dios se había rebelado contra él porque no soportaba no poder verle con los ojos físicos. La fabricación del becerro de oro le daba al pueblo una especie de dominio sobre Dios. La primera vez que Moisés se había encontrado con Dios fue ante la zarza ardiente conoció la preocupación del Señor por su pueblo. Pero, después de este pecado de idolatría, ¿Cómo era Dios?, ¿Cómo reacciona ante la infidelidad humana? Y Moisés tuvo el atrevimiento de pedirle que le mostrara su gloria. Dios accedió en parte a esta petición y pasó ante él diciendo: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Estas palabras son como la carta de presentación del mismo Dios. En ella resalta su compasión, misericordia, clemencia y lealtad.

En la segunda lectura san Pablo habla del Señor como un «Dios de amor y de paz». Su presencia se hará palpable en quienes tienen y mismo sentir y se esfuerzan por ser artesanos de la paz. Quienes viven según los valores del Evangelio sintonizan con el misterio de Dios; conocen a Dios por una cierta connaturalidad con él.

El pasaje evangélico de este domingo recoge una de las afirmaciones que más ha ayudado a difundir el significado del amor en la historia del cristianismo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Para salvarnos, Dios nos ha dado lo más querido. De este modo nos ha mostrado la grandeza de su amor. Por el Antiguo Testamento ya sabíamos que Dios ama al mundo. Pero el Nuevo Testamento nos revela la grandeza de este amor. Si Cristo no hubiera muerto por nosotros podríamos conocer que Dios nos ama, pero no hasta qué punto. Muchos cristianos han encontrado en estas palabras la paz del corazón.

Creer en Jesús en adherirse a él, apegarse a su persona, confiar en él.

La salvación consiste en vivir en paz con Dios, con uno mismo y con los demás; es decir, vivir como hijos de Dios y como hermanos de los otros.

La vida eterna es más que la vida biológica; nos remite a otra dimensión de la vida; es la vida del Espíritu Santo en nosotros. Tener vida eterna es compartir la vida íntima de Dios.

Que toda nuestra vida esté impulsada por el deseo de conocer y amar cada día más este Dios Trinidad, así como por el firme propósito de imitarlo en la medida de nuestras posibilidades.

                                                                       Fray Manuel Ángel Martínez Juan

domingo, 28 de mayo de 2023

"TODOS HEMOS BEBIDO DE UN MISMO ESPÍRITU"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 28 de Mayo de 2023. Pentecostés.

Como es bien sabido, la fiesta de Pentecostés cristiana tiene su germen en la fiesta de Pentecostés judía, con la que, al final de la temporada pascual, los judíos celebran el comienzo de la cosecha. También hacen memoria de un hecho histórico muy importante: la entrega de la Ley mosaica en el monte Horeb (o Sinaí). Pues bien, todo eso lo estaban celebrando los Apóstoles junto a María aquel día, cuando el Padre y el Hijo les enviaron desde el Cielo a su Santo Espíritu para que, desde entonces, uniera, guiara y fortaleciera a la Iglesia.

Decíamos que para los judíos Pentecostés es la fiesta del comienzo de la cosecha, la fiesta de las primicias, en la que ellos ofrecen a Dios una gavilla con los primeros granos de cereal recolectados. Sin embargo, en el caso del Pentecostés cristiano, hacemos memoria del comienzo de la «siembra» del Espíritu Santo en el corazón de su Iglesia. El final de la «cosecha» ya se celebrará en los últimos tiempos, en la Segunda Venida de Jesucristo, en la que Él instaurará definitivamente su Reino. Pero antes de eso, ahora el Espíritu Santo está llevando a cabo su labor, ayudando a que la Iglesia camine hacia ese feliz final de los tiempos.

En efecto, aunque en Pentecostés recordamos un hecho ocurrido hace casi 2.000 años, también estamos celebrando la presencia actual del Espíritu Santo en la Iglesia. Recordemos cómo alabábamos a Dios en el salmo 103 por su poderosa actuación en el mundo por medio de su divino Aliento, es decir, por medio de su Santo Espíritu. Porque Él habita en todos los seres dándoles su ser y su existencia. Él mora en el corazón de los bautizados, ayudándonos ‒en la medida en que somos dóciles a su acción‒ a vivir aquí el Reino de Dios. Y así, Él anida ahora en el corazón de la Iglesia, santificándola, fortaleciéndola y unificándola.

Por eso, en la fiesta de Pentecostés nos ponemos en manos del Espíritu Santo para que, a pesar de nuestros muchos defectos e imperfecciones, nos conduzca, unidos como comunidad eclesial, por el camino de la paz, el amor y la felicidad. Pero para ello es necesario que nosotros hagamos un gran esfuerzo por nuestra parte. Porque dejarse guiar ‒pasivamente‒ por el Espíritu Santo supone renunciar ‒activamente‒ a algunas cosas que, siendo muy atrayentes y placenteras, nos alejan del camino de la salvación. Pero para lograrlo el Espíritu Santo nos ofrece su gracia divina. Sin ella, a la Iglesia le sería imposible recorrer el camino de la salvación.

Hoy acaban los cincuenta días del Tiempo Pascual y mañana comienza el Tiempo Ordinario. Y precisamente ahí, en lo ordinario, en lo cotidiano, es donde actúa el Espíritu Santo con su gracia. Día a día, en los detalles más insignificantes de nuestra existencia, el Espíritu de Dios se hace presente en el corazón de los que formamos parte de la Iglesia, ayudándonos a vivir el Evangelio y a propagarlo en nuestro entorno, o, si así nos lo pide Cristo, en los confines del mundo.

Pensemos ahora en el otro motivo por el que los judíos celebran Pentecostés: la entrega de las tablas de la Ley en el monte Horeb. Fue entonces cuando Dios entabló con los israelitas la Antigua Alianza, según la cual, Él se comprometía a ser su Dios y ellos se comprometían a cumplir dicha Ley. Es así como ellos se constituyeron en el «pueblo de Dios». Sin embargo, los cristianos celebramos en Pentecostés cómo el Espíritu Santo ayuda a la Iglesia a vivir, no la Antigua Alianza, sino la Nueva, la establecida por Jesús con sus discípulos en la Última Cena y que nosotros actualizamos en cada Eucaristía.

Pues bien, el fruto de la Nueva Alianza es la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, la comunidad que Él guía por medio de su Espíritu hacia la salvación. Por ello san Pablo nos pide que nunca olvidemos que cada uno de nosotros debemos sentirnos miembros de un mismo cuerpo eclesial, pues «todos hemos bebido de un solo Espíritu» (1Cor 12,13). Pero este cuerpo está formado por muy diversos y diferentes miembros, y cada uno de ellos colabora, a su modo, por el bien común del cuerpo, es decir, de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo.

Efectivamente, es curioso constatar cómo las cartas de san Pablo y los Hechos de los Apóstoles subrayan la importancia de vivir la unidad eclesial en un ámbito de gran pluralidad. San Lucas se esfuerza en detallar el variado origen de las personas que, tras la venida del Espíritu Santo, escucharon, cada una en su lengua, la predicación de san Pedro. Es una clara muestra de unidad espiritual vivida en pluralidad cultural. Y es que la diversidad enriquece enormemente a la Iglesia. En estos tiempos en los que cada vez más inmigrantes acuden a nuestras Eucaristías y se incorporan a nuestras comunidades y parroquias, debemos ser conscientes de lo bueno que es todo ello.

Algunos, equivocadamente, piensan que el fenómeno migratorio conduce al caos y la confusión. Pero piensan así porque se olvidan del Espíritu Santo. Él hace que lo diferente se conjugue y lo diverso se armonice. Gracias a Él, desde sus orígenes, la multitud de personas que ha formado la Iglesia ha tenido un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32). Desde aquellos heroicos tiempos, multitud de etnias y culturas se han unido para navegar todas juntas en la barca de la Iglesia, colaborando y trabajando armónicamente para llegar a buen puerto: el Reino de Dios.

En definitiva, hoy en Pentecostés celebramos una siembra, la del Espíritu Santo en el corazón de la Iglesia. Dios así la ayuda a ser fiel a la Nueva Alianza establecida con Jesucristo, con cuyo amor misericordioso derramado en la Cruz hemos sido librados del pecado y de la muerte. Por todo ello, unidos comunitariamente ‒en pluralidad y diversidad‒, en esta fiesta le damos gracias al Espíritu Santo.

¿Soy dócil a la acción del Espíritu Santo? ¿Me dejo guiar por Él?

¿Valoro la pluralidad de la Iglesia? ¿Dejo que el Espíritu Santo una mi corazón a los que son diferentes a mí?

¿Colaboro activamente por el bien de la Iglesia?


Fray Julián de Cos Pérez de Camino

domingo, 21 de mayo de 2023

"SABED QUE YO ESTOY CON VOSOTROS"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 21 de Mayo de 2023. 7º de Pascua.

Celebramos esta Fiesta solemne de la Ascensión del Señor que destaca y subraya un aspecto, un acontecimiento, una realidad del único Misterio Pascual: la muerte y resurrección de Jesucristo. Cada domingo, al profesar nuestra fe, decimos: “subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”.Los cristianos sabemos que no se trata de un mero cambio de lugar; se trata del cambio de un modo de existencia. Jesús acaba su vida en la tierra y vuelve al Padre. Su resurrección no fue una vuelta a la vida anterior, no fue un paso atrás, sino un paso adelante y definitivo a la Vida Eterna y Gloriosa junto al Padre.

Esta Fiesta expresa, por tanto, la dimensión de exaltación y glorificación de la naturaleza humana de Jesús, como contrapunto a la humillación padecida en la condena y la muerte en la cruz.

Desde esta verdad, este hecho, los cristianos, todos los seguidores de Jesús, conocemos nuestra meta final: estar donde está Jesús. Es nuestro sueño y nuestro destino. En definitiva, todos los seres humanos, también hoy, tenemos y sentimos “nostalgia del cielo”; aspiramos a estar en la gloria, a vivir en la gloria. Así lo expresamos en las mejores ocasiones cuando decimos: “esto es la gloria”.

La Ascensión completa el círculo de la vida de Jesús. Son sus últimas palabras, el mensaje definitivo. El evangelio de San Mateo que hoy se proclama lo sitúa en Galilea; y es que Dios sigue estando y haciéndose presente en los lugares donde se desenvuelve nuestra existencia, y en la vida de cada día. Galilea fue el escenario del encuentro y la vocación de los primeros discípulos del Señor. Galilea es también el lugar donde son convocados todos ellos, sus seguidores y seguidoras, para encontrarse plenamente con el Resucitado.

Y de nuevo un monte; en esta ocasión no se nos dice su nombre. Cristo había mostrado quién era en el monte Tabor; su mensaje central lo proclamó en el monte de las Bienaventuranzas; y ahora el envío a los discípulos a su misión, en un monte de Galilea.

Jesús se despide de sus discípulos y les recuerda la síntesis de su evangelio. Les manda, les envía a predicar y a hacer discípulos, con la siguiente promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días…”. Comenzó su vida como Enmanuel(Dios con nosotros); y la acaba prometiendo quedarse siempre con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. No se puede ser más contundente.

Ante la partida del Maestro, los discípulos ahora no se entristecen. Su alegría se explica porque Jesús les dejó un don: la promesa del Espíritu Santo; y una tarea: ser sus testigos hasta los confines del mundo. Además, aquella despedida fue muy diferente a otras. El Señor Jesús mientras se marchaba les bendecía. Se fue de este mundo con los brazos abiertos, como los tuvo en la cruz, bendiciendo a la humanidad y abriendo definitivamente la senda y las puertas del cielo a todos.

Así pues, la Ascensión del Señor nos ha de colmar de esperanza, da plenitud a la alegría pascual, porque Jesús nos abre el camino para el cielo. Se fue a la Casa del Padre a prepararnos sitio. Desde esta convicción, en la liturgia propia de difuntos, los cristianos expresamos que “adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

San Pablo en su carta a los Efesios afirma que la Iglesia entera, cada cristiano, está, estamos llamados a participar de la misma gloria del Señor. A partir de esta fe y esta confianza, a nosotros nos corresponde recoger de nuevo el mandato de Jesús: ir por el mundo a ser sus testigos y a hacer discípulos; a evangelizar, trasmitir y compartir con todos esta Buena Noticia de Dios para todos los hombres. Y a ser discípulos como Él: confiados en el Padre, sencillos, servidores, entregados.

A veces nos puede la debilidad, nuestras limitaciones… Pero contamos con su gracia, con la garantía de su presencia. No nos deja solos. El Padre y Él se quedan con nosotros y con su Espíritu hacen morada en nosotros, en nuestra vida, en nuestro mundo.

Así podemos decir que el cielo está aquí en la tierra, donde Él está y se ha quedado para siempre. Mirar al cielo es mirar a la tierra. Ascender es también crecer, ir hacia arriba, huir de lo vulgar y mediocre; es soñar, aspirar a la plenitud en lo más humano, que es lo más divino que somos cada uno de nosotros.

¿Vives tu fe alegre y confiadamente porque el Señor Jesús no nos ha dejado solos, sino que vive en medio de nosotros y nos sigue animando con su Presencia?

¿La experiencia de la Resurrección del Señor te lleva a creer cada día más en la vida Plena y Resucitada a la que todos somos llamados?

Fr. Juan Carlos Cordero de la Hera O.P.

domingo, 14 de mayo de 2023

"PORQUE YO SIGO VIVIENDO"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 14 de Mayo de 2023. 6º de Pascua.

Podría ser que por la “monotonía” de otra Cincuenta Pascual más en nuestra vida, haya podido decaer la alegría del domingo por excelencia del año cristiano, el Domingo de Pascua.

El evangelio de este domingo reactiva nuevamente dicha alegría, eliminando el miedo a la orfandad que podría producir la partida del Señor Jesús. Los suyos, con objeto de que ni la tristeza, ni la ausencia del resucitado, ni la partida de quien daba siempre la cara, y que a su vez “confiaba” (en parte) en los suyos que esperaban plenamente en que Él restituyera el poder temporal perdido, les promete un defensor, un consejero, para animarlos a cumplir sus mandamientos como forma de ser libres por el Espíritu de la Verdad.

En nuestra sociedad existen multitud de consejos (financieros, políticos, escolares, eclesiásticos, etc.) con un elevado número de consejeros; también hoy día parece de obligado cumplimiento tener un acompañante (coach), y/o abogado de confianza, con el fin de hacer la vida de cada ciudadano más adaptable a sus apetencias, más que al cumplimiento de los mandamientos de Cristo. Sus divinas órdenes de apoyo al sentido común, puesto que los mandamientos de la Ley de Dios siguen la senda de la razón humana, sin necesidad de ningún artificio más, pueden mover al verdadero seguidor de Cristo a entregar su propia vida por el otro. Esto es fruto de la presencia del Defensor, del Abogado, del Paráclito, del Espíritu Santo.

Aunque dicho proceder de entrega total, parezca utópico (que no distópico), será razón de la fe que se profesa,  como dice Pedro en la Primera Carta (2ª lectura de hoy) “...estad prontos para dar razón de vuestra esperanza”. El hacer el bien al prójimo, al que está más cerca de cada uno, y sin mirar quién es, la mejor y mayor forma de razón de esa esperanza, como Cristo en la cruz.

La entrega al bien del prójimo junto con la “predicación”, en las Samarías de hoy, es políticamente incorrecto. Los voceros del mundo atruenan con sus medios para hacer inaudible los gemidos del Espíritu Santo. El diácono Felipe, presentando en Hechos de los Apóstoles como “otro Cristo viviente”, por la predicación y los gestos, realizó grandes y admirables efectos (liberación del mal, difusión de la alegría, curación de enfermedades,..) contando con la buena disposición de los samaritanos. Esos efectos fueron refrendados por Pedro y Juan, con la imposición de manos sobre aquellos de Samaría que ya habían recibido el bautismo.

¿No será que en la sociedad actual pocos son los que sienten en su interior la voz del espíritu o que la predicación eclesial no les dice nada?

La apertura a la acción del Espíritu Santo provoca en el individuo el amor a Cristo, y por ende el amor al Padre, y ambos harán morada en él. Es la circulación del amor, formando un verdadero círculo de amor: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»

El escándalo de la resurrección de Cristo y la vuelta por el Espíritu a la vida, no es soportable para el mundo actual. El antidepresivo del “Espíritu Santo”: fuerza, luz, amor, verdad, vida, compañía, libera de todo mal a quien se deja inhabitar por Él. La condición para ello supone la humildad de corazón aceptando con verdadera confianza la buena noticia del Evangelio. La tristeza y el abatimiento por la despedida de Jesús de los suyos, no comporta un vacío porque el Espíritu de la Verdad inundará al seguidor de Cristo y así llevar a término el proyecto humanizador de Dios Padre a través de su Hijo Jesucristo.

Este proyecto humanizador del mundo comienza por conocer al Espíritu, abriéndose a su presencia y viviendo en sintonía con Él, (cf. Hechos  y Evangelio del día). La humanización es más que una doctrina o documento; es luz, fuerza, aliento amor venido del Padre que anima a ello.

La tenencia del Espíritu no implica propiedad personal de la verdad, sino testimonio presencial de Dios en el mundo en cada situación por nuestro ser de seguidores del Mesías a impulso de ese Dulce Huésped del Alma.

La muerte y resurrección de Cristo más los dones del Espíritu Santo, todo ello expresión máxima del  amor de Dios, hacen que el cristiano que vive en medio de los acontecimientos del mundo (sufrimiento, injusticia, persecución) por su aceptación voluntaria de esos acontecimientos, den razón de su fe y unión existencial con Dios. Encuadrar este amor de Dios en la escena de la Última Cena dará mayor fuerza para la humanización del mundo.

Hoy celebra la Iglesia, la Pascua del Enfermo con el lema “No me rechaces ahora en la vejez, no me abandones” (Sal 71,9) Déjate cautivar por su rostro desgastado. Quizá la mayor de las necesidades del ser humano es cómo afrontar la enfermedad, y/o la vejez (enfermedad incurable). La Iglesia, la comunidad cristiana, la familia y la ayuda médica, para el enfermo y el anciano dan razón de esperanza (1ª de Pedro). La vida, el mayor de los bienes que tiene la persona, debe ser cuidado desde su comienzo hasta su final. “Porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría”

¿Qué don del Espíritu Santo es el que potencia tu vida, y qué frutos da?

¿Sigue activa cada día la Alegría de la Resurrección en ti?

¿Cómo reaccionas ante todos los procesos de la vida: concepción, crecimiento, enfermedad, vejez, muerte?

Fr. Carlos Recas Mora O.P.

“¿NO DEBÍAS TÚ TAMBIÉN TENER COMPASIÓN? ”

Reflexión Evangelio del Domingo 13 de Septiembre de 2026. 24º del Tiempo Ordinario. El perdón nace de la memoria. El Sirácida no empieza dic...