domingo, 26 de mayo de 2024

"EN EL NOMBRE DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 26 de Mayo de 2024. Solemnidad de la Stma. Trinidad.

Misterio, asombro y reverencia.

Esas tres claves nos deja el pasaje de Deuteronomio de la primera lectura de hoy. Asombro ante el misterio, inabarcable a la mera especulación, que nos abre a la reverencia de un Dios que por amor se revela al hombre, para cuidarle, guiarle y llevarle a la felicidad.

Ese Dios en cristiano es el Dios Trinitario que se sostiene en la experiencia de la fe que Pablo le cuenta a los Romanos, y que nace, como no puede ser de otro modo, de la experiencia de Jesucristo, y que algo de más lucidez, dentro del misterio, da a la experiencia de lo inefable.

Esa experiencia, según Pablo, en los cristianos que no hemos conocido a Jesús en la historia, es fruto del Espíritu, que nutre la Fe y nos permite reconocer a Dios como Padre de Jesucristo. Tres personas y un solo Dios. Ese Dios al que la primera comunidad se siente enviada a predicar como fuente de plenitud, bautizando en su nombre, como escuchamos en ese final del Evangelio de Mateo.

Relación

La reflexión teológica sobre el misterio trinitario pese a no agotarse en sí nunca y reforzar siempre el misterio y el asombro, ha dejado una intuición fundamental de la que derivan claves concretas para el cristiano. La Trinidad podría contemplarse como una suerte de relación entre las tres personas divinas, sin por ello dejar de ser un sólo Dios. De esa relación dimanan, a su imagen y semejanza, la identidad relacional del ser humano. Somos relación -con otros, con nosotros mismo, con cuanto nos rodea, con los otros- a imagen de la relación intratrinitaria de Dios. Se trataría así de que esas relaciones que nos hacen ser como somos, sean relaciones de amor, como en la relación de la Trinidad divina.

Contemplación

De nuevo, ante el misterio y el asombro de la Trinidad, cabría una actitud de desdén, de rechazo por incomprensible, actitud que no es la que la Fe implica, desde luego. La Fe nos impulsa, por contra, a una reverencia contemplativa. Es ya casi un tópico repetir la frase que dice que el cristiano del siglo XXI, para ser cristiano realmente, debería ser un místico. Cabría perfectamente intercambiar “místico” por “contemplativo”. No es la fe de los cristianos principalmente un código ético o solidario de conducta. Es un encuentro personal con el Misterio de un Dios personal y trinitario que es amor profundo por la humanidad y la creación. Ante ese misterio Trinitario sólo cabe abrirse en la contemplación a otra manera de mirar a la existencia, captando las huellas del amor de Dios en ella, y que, entonces sí, nos abrirá a otras formas de conducta, cuidando nuestra naturaleza relacional desde la bondad.

Las huellas de Dios

Pero no sólo el ser humano es creado a imagen de la Trinidad. Los Padres de la Iglesia utilizaban la imagen de las dos manos para hablar de la creación: Dios Padre utilizó las manos del Hijo y del Espíritu para dar forma a la creación. Como un alfarero o un escultor las utilizan, dejando sus huellas y reflejos en todo lo creado. Por eso la contemplación a la que nos invita el Misterio de la Trinidad no es una mera elucubración conceptual, sino que mira a lo creado pleno de belleza, creación hermosa y buena de Dios, buscando captar esa presencia de Dios Trinidad en cuanto nos rodea. En la hermosura de la naturaleza. En la belleza de las creaciones humanas. En cuanto de bueno, verdadero y justo hay, se puede captar para la mirada de fe y de amor, la presencia de Dios.

La reverencia ante la revelación

¿Cómo podría el hombre ser capaz de captar esa presencia de amor creadora con sus huellas trinitarias en el mundo, si no se hubiese revelado a sí misma por amor esa Trinidad? Como niños balbucientes que ven sin entender hubiésemos sido sin la revelación de Dios en Jesucristo. Pero sale Dios a nuestro encuentro para dar luz a nuestro corazón, nuestros ojos y nuestra mente para ser capaz de captarle, siquiera en sus huellas. Reverencia y Humildad de reconocer la inmensa distancia con Él, que Él mismo acorta con la encarnación del Hijo, realizada por Amor a la humanidad, es otra de las claves de ese Misterio de la Trinidad.

Pro Orantibus

En esas claves trinitarias en este Domingo, la Iglesia nos propone la Jornada Pro Orantibus, el día en el que nos aviva el recuerdo y la oración por los contemplativos, los hombres y mujeres entregados al servicio de la oración y la intermediación «cerca de Dios y del dolor del mundo», como reza el lema de este año. Corazón de nuestra Iglesia que ora presentando a Dios al mundo, especialmente a los más sufrientes. Son a su vez signo de Dios Trinidad para el mundo, por su vida de relación, de contemplación, de búsqueda de las huellas de Dios, y de reverencia. En los contemplativos se da de lleno la frase que se le atribuye a la espiritualidad de santo Domingo de Guzmán: que hablaba a Dios de los hombres, y a los hombres de Dios. Asi pues que sea este día memoria y oración del regalo inmenso que son los contemplativos en la Iglesia, y que no dejemos de pedir que el Dios Trinidad toque el corazón de nuevas vocaciones a esta vida de amor entregada en oración y trabajo.

¿Qué papel tiene el asombro y la reverencia ante el Misterio en mi fe?

¿Cómo las dimensiones relacionales de mi existencia se llenan de mi experiencia de Dios?

¿Qué recursos utilizo para profundizar en la identidad contemplativa de mi ser cristiano?

Y una sugerencia: Acérquese a algún monasterio contemplativo, tan sólo saludar y preguntar cómo están, le abrirán a un mundo de amor y cuidado, al corazón de la Iglesia.

Fray Vicente Niño Orti

Convento Santo Tomás de Aquino 'El Olivar' (Madrid)

domingo, 19 de mayo de 2024

"PAZ A VOSOTROS"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 19 de Mayo de 2024. Pentecostés

El escenario de Pentecostés alumbra la comunidad cristiana

En Pentecostés nace la nueva comunidad, que brota del Espíritu del Resucitado y tiene como principio la misericordia: Jesús en el centro, “se puso en medio”, es el soporte de la comunidad que situada a su alrededor le mira y se miran entre ellos. La comunidad no es un círculo cerrado, sino una espiral donde el amor del Padre se vierte y el Espíritu de Jesús se cultiva en la comunidad que a su vez lo vive y comunica a sus realidades humanas.

La noche, el miedo y las puertas cerradas no dejan captar a la comunidad lo que hay fuera; obstaculizan el encuentro y no favorecen la confianza en el ser humano; no podían salir a escuchar y sentir el dolor y sufrimiento que hay fuera; no podían atender a los que estaban privados de la comunidad o excluidos.

El Resucitado en medio de la comunidad la transforma: es la mañana. Les presenta “las llagas y el costado”, su nueva identidad muy pedagógica, entendible para sus discípulos, puesto que está en conexión con la historia y vivencia que había tenido con ellos en Galilea. Vuelve a estar ahora con ellos, no se desentiende, sino que les sigue apoyando e interesándose por sus situaciones y necesidades reales. Además, ahora no se limita a restablecer aquello ya vivido en Galilea, sino que es fuerza dinámica que les hace comprenderlo y cambia la pasión, el dolor, el pecado, el sufrimiento, los miedos en alegría y gozo. El Resucitado, toma lo más débil, limitado y problemático de los discípulos, porque apuesta por lo humano y les hace entender que tienen futuro y hay esperanza a pesar de ello.

De cara a la misión, la comunidad tiene que ser creativa, pero escuchando: “como el Padre me ha enviado, así os envío yo”, ya que es la pretensión de Jesús su mismo mensaje y talante lo que tiene que tener presente: liberar, curar con el mismo Espíritu de Jesús de discernimiento, perdón, misericordia, pues se trata de alargar la humanización, la fraternidad, que Jesús quiere, no de cultivar las llamadas autorreferencias.

Un nuevo aire entró en su casa

Con el Espíritu entendieron las bienaventuranzas y les hizo personas compasivas, misericordiosas, alegres, pacíficas, limpias, … Así los que habían pretendido los primeros puestos; que no habían entendido el sentido de la cruz, del sufrimiento, de la entrega; que creían en un mesías político, por la fuerza; que tenían a Jesús como un milagrero; que no entendían por qué compartir y estar con los pobres, su vida se iluminó.

Los llamados que le abandonaron, los discípulos que le negaron, los que no le entendieron, los pobres y más limitados de la sociedad, le vuelven a sentirle a su lado como cuando comía con ellos, pero ahora llenos de su Espíritu y vida tienen que actualizar sus palabras, sus gestos, sus actitudes; tienen que dar un paso adelante confiando en que su Espíritu les va a llevar a un futuro de esperanza.

El aire nuevo que recibe la comunidad es “el aliento” de Jesús, manifestado en el perdón desparramado a raudales como único camino para construir una sociedad verdaderamente humana, junto con el discernimiento para que el mensaje de Jesús no se corrompa. Solo con el Espíritu del Resucitado se hace la misión de Jesús.

Hoy es Pentecostés

Es nuestro nacimiento como comunidad, como iglesia, nacidos con Jesús en medio y el regalo de su Espíritu. No somos, por tanto, una institución u organización sin carisma, aprisionada por estructuras y normas, dogmas y ritos. Pentecostés es un camino nuevo, basado en el amor y fuera de la religiosidad judía.

Actualizamos las palabras y gestos de Jesús, pero si no está en medio, o está solo como doctrina predicada y no como experiencia vivida que nos nutre, ¿Quién nos abrirá las puertas las puertas cerradas del dialogo, del encuentro con los demás?, ¿Cómo podemos decir que está con nosotros, si no tenemos alegría, nos sentimos cansados o nos autonutrimos de doctrinas, leyes, estructuras para defendernos y no perder visibilidad?

¿Quién va a quitar a la iglesia el miedo a lo nuevo, a la creatividad teológica, las reformas litúrgicas y a cambiar lenguajes atrasados a pesar de que no comunican ni ayudan a celebrar nada? Solo conservando el pasado no somos fieles al evangelio, pues el instinto de conservación es señal de miedo. ¿Quién nos va quitar el miedo a defender los derechos humanos, las tensiones y conflictos que implica ser fieles al evangelio, si nos callamos cuando no debíamos, hablamos para defendernos y vivimos una adhesión rutinaria y cómoda? En el fondo, es miedo a hacer lo que hacía Jesús: acoger a los pecadores misericordiosamente, reconciliar y no juzgar ni condenar, romper hielos razonables, con el amor asimétrico de Jesús y, un largo etc… ¿Quién nos va a quitar el miedo a emprender en la iglesia un verdadero y consecuente camino sinodal, restituir la participación de la mujer en su medida, si no es el Espíritu de Jesús?

¿Quién va a quitar los miedos del hombre de hoy? La falta de trabajo, la pobreza, la vejez, la enfermedad, el fantasma de la soledad, el sufrimiento, el fracaso, el desamor. Nos angustian las realidades, las carencias, los límites humanos y afrontarlos solos, más aún. Tememos la soledad, a pesar de que nos decimos seres relacionales y que las comunicaciones han avanzado desmesuradamente. Cuantos más medios tenemos para afrontar la vida, más miedos nos acechan. Hay inquietud y desazón por los cambios tan rápidos que se dan en nuestra sociedad, por el individualismo, el pragmatismo y la insolidaridad tan exagerada. Hay una angustia disfrazada y solapada, que suele estar ligada al sinsentido de la vida y el miedo al dolor, la muerte, por esa falta de sentido, dispersión y desorganización de la vida.

Donde crece el miedo se pierde de vista a Dios, se ahoga la bondad que hay en las personas y la vida se apaga y entristece. Es importante no perder la confianza en Dios. Si el Dios manifestado en Jesús nos da miedo, no hemos entendido gran cosa. El Dios de Jesús nos quita el miedo a Dios con su imagen tan humana y cercana que nos proyecta.

Solo el espíritu del Resucitado, aclarará nuestra confusión, falta de entendimiento, comunicación y entrega. En un mundo contaminado y con alergias, necesitamos aire puro que nos aclare por dentro y por fuera; nos de valor para testimoniarle, fuerza para no silenciarle, respetando; valor para acompañar, tocar y curar las llagas de nuestros entornos, escuchar los gemidos de las víctimas; y que el mismo Espíritu transforme el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre para nosotros.

El Espíritu de Jesús quitó a los discípulos lo que confundía sus ojos, ¿Quién nos proporcionará, sino Él, la paz y la alegría para superar las contrariedades de la vida y para anunciar que tenemos futuro y que hay esperanza en nosotros?

Fr. Pedro Juan Alonso O.P.

domingo, 12 de mayo de 2024

"ID Y PROCLAMAD EL EVANGELIO"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 12 de Mayo de 2024. 7º de Pascua.

¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Son palabras de los dos hombres vestidos de blanco del libro de los Hechos. Se dirigen a los Apóstoles. En una escena casi de película en la que ven desaparecer a Jesús de su vista. Posiblemente una catequesis de Lucas, para expresar lo que los apóstoles experimentaron. Jesús, el Resucitado, les ha sido arrebatado de su lado. Aquel con el que pudieron compartir tantas cosas durante tres años intensos, ya no está físicamente junto a ellos.

Hacía ya un tiempo, cuarenta días, como los cuarenta días del Señor en el desierto, como los cuarenta años (toda una vida) del pueblo de Israel caminando, desde que Jesús resucitó de entre los muertos. Un tiempo tal vez simbólico. Un margen de tiempo suficiente para tomar conciencia de la nueva situación.

¿Nostalgia? ¿Orfandad? ¿Cuáles son los sentimientos  que les embargan? ¿Miedo? ¿Tristeza? Quizás todo esto a la vez. Pero es el momento de la mayoría de edad.  Todos hemos pasado, quizás a pequeña escala, por esta situación y podemos recordar el miedo de tener que ser responsables, protagonistas de nuestra vida y de nuestras decisiones.

Ya no es Jesús el que lo ordena y dispone todo. Ahora es la Iglesia, esa pequeña Comunidad naciente, la que llega a su pronta mayoría de edad. Los Apóstoles son como arrojados del nido para volar, para comenzar su andadura, su trabajo, su misión. No es fácil. La tarea encomendada aparece en texto del Evangelio que acabamos de proclamar: “Id al mundo entero” una misión universal. El Evangelio no conoce fronteras, el mensaje salvador de Jesucristo no sabe de razas ni de colores de piel. Está por encima de banderas y de ideologías.  Esto todavía choca a los mismos Apóstoles que siguen hablando en términos humanos y localistas del Reino de Israel.

El Reino es un regalo de Dios para todos los que quieran acogerlo en su corazón y en su vida. “Id al mundo entero y haced discípulos” nuevos seguidores de Jesús. Ellos han de contagiar lo que el Maestro les ha enseñado. No sólo un mensaje, una doctrina para saber, sino una nueva forma de ser y de vivir.

En todo esto hay una llamada a la fortaleza. Una fortaleza que no viene de cada uno de ellos, ni siquiera de su propia capacidad. Jesús, el Maestro no se desentiende. Les hace una promesa: “Yo estoy con vosotros” y no una promesa transitoria, sino eterna, para siempre: “Todos los días, hasta el fin del mundo”. Comienza, ha comenzado realmente en la Resurrección, una forma nueva de presencia de Jesús en medio del mundo  especialmente en medio de los suyos. Cada vez que nos reunimos en su nombre Él está con nosotros. Necesitamos la fe para percibir su cercanía y su presencia siempre alentadora.

Todo esto, en la fiesta que celebramos, la Ascensión, nosotros los cristianos no solo lo recordamos sino que lo actualizamos. Estamos en el tiempo que media entre la subida al cielo del Señor y su vuelta. Ha prometido que volverá, aunque no sabemos ni el día ni la hora.

La Iglesia de nuestra generación toma el relevo de la misión de los Apóstoles. También nosotros hemos de llevar el Evangelio a todos los rincones del mundo, también nosotros hemos de enseñar a vivir, desde nuestra experiencia compartida, a los hombres y mujeres de nuestro mundo, de un modo nuevo, al estilo de Jesús. Y no podemos tener miedo. Jesús sigue estando en medio de nosotros, nos sigue animando y alentando.

Nuestra Iglesia de hoy tiene que ser una comunidad evangelizada y evangelizadora. Una comunidad acogedora que irradie la vida y el mensaje de Jesús. Estamos llamados a ser sal y luz en medio del mundo.

El reto sigue siendo grande. Los hombres y mujeres de hoy seguimos necesitando de una palabra que de sentido nuestra existencia. Seguimos necesitando del Jesucristo que se hace presente por medio del Evangelio que proclama la Iglesia. También a todos nos cuesta asumir la responsabilidad. Pero Jesús sigue cumpliendo su promesa y está presente entre nosotros. Él camina a nuestro lado y nos infunde su Espíritu.

Es bueno que nos preguntemos:

¿Experimento la urgencia de compartir mi fe y de dar testimonio de Jesucristo con humildad y con verdadero convencimiento?

¿Vivo la fe y la celebro en comunidad y como una experiencia gratificante que da sentido a mi vida?

¿Asumo mi compromiso como cristiano trabajando por una sociedad más justa y humana en la que se haga realidad el Reino de Dios?


Fr. Francisco José Collantes Iglesias O.P.

sábado, 4 de mayo de 2024

"YA NO OS LLAMO SIERVOS, OS LLAMO AMIGOS"

Reflexión del Evangelio del Domingo 5 de Mayo de 2024. 6º de Pascua.

En su despedida Jesús nos dedicó las palabras que recoge el evangelio de Juan, un discurso centrado en explicar el significado de su vida y misión, de su pasión y  muerte. El amor de Dios es lo único que da sentido a la vida de Jesús y lo que da sentido a nuestras vidas a menudo tan zarandeadas por circunstancias difíciles. El amor que viene de Dios es la roca firme sobre la que construir nuestros proyectos de vida, la brújula con la que dirigirnos, el motivo para levantarnos cada día y la causa de nuestra alegría. Cuando el Hijo de Dios entró en la historia los ángeles anunciaron la alegría, y cuando el Hijo de Dios resucitó esa alegría inundó y transfiguró todo el universo, todo lo creado. Es el gozo divino, su amor que restaura todo en Cristo, el pasado, el presente y el futuro de cada vida humana y de toda la historia de la humanidad.  Jesús nos ha dicho: “nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos”. El amor de Dios por la humanidad; es amor paternal en la presencia del Padre que envía y acompaña la misión del Hijo enviando su Espíritu; es amor maternal en la persona y el testimonio de María y es amor de amistad en Jesús, amigo de los hombres, amigo y hermano, nuestro redentor.

Jesús ha dado la vida por sus amigos. No somos esclavos sometidos, ni autómatas, sino amigos liberados del poder del pecado y del sinsentido. La familia no se escoge, pero los amigos sí. Dios nos escoge en Cristo para que seamos sus amigos. La amistad verdadera es motivo de gozo para quien la experimenta, tener un amigo o amiga del alma es tener un tesoro. En Jesucristo tenemos ese tesoro que nos espera para agraciarnos, para hacer juntos el camino de la vida y sortear juntos las dificultades.

En momentos de inquietud nadie debería llamar espectadores pasivos ni cobardes a quienes celebramos la eucaristía. Nada hay más responsable en estos tiempos que creer en el Dios de Jesús y actuar en coherencia a nuestra fe. Esta fe que originó los derechos humanos que defendemos y promovemos en el mundo entero. Esta fe que molesta a muchos poderosos porque les demuestra que cuando Dios se borra del horizonte, el hombre no llega a ser más grande, ni lo puede todo; sino que, pierde dignidad, se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar. Como nos recuerda la “ciudad celeste” del libro del Apocalipsis, esta fe no sólo atiende lo material sino lo espiritual, nos recuerda la meta de la humanidad en el Reino de Dios. Nos muestra que la revolución más eficaz es la que tiene lugar en el interior de cada corazón vuelto hacia Cristo, la que ha tenido lugar en la personas de los hombres y mujeres  santos. Esta fe no es huida de responsabilidades, sino estímulo para comenzar a vivir ahora lo que viviremos en el reino de los cielos, en el domingo sin ocaso. “En la ciudad que no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”.

El evangelio no tiene recetas para salir de las crisis, pero de él se derivan valores y comportamientos que buscan gestionarlas mediante la transformación de los corazones y las mentes a la hora de abordar los momentos difíciles. Por eso comenzando el mes mayo, de la mano de María proponemos volver al evangelio, celebrar la efusión y las obras del Espíritu Santo, protagonista del tiempo de Pascua. Profundizar en la Palabra del NT es muy necesario en nuestros días. Con su testimonio y su voz, María sigue acompañando la misión de su Hijo y proponiéndonos su amistad. Acudamos a la intercesión de la Virgen María pidiéndole que nos enseñe a ser amigos de Dios, especialmente amigos de los que peor lo pasan; amigos que gozan o luchan juntos y  juntos construyen el Reino. Amigos que recibiendo el Espíritu del Resucitado no se acobardan en su tarea de madurar, creer y testimoniar los efectos de la Resurrección para el mundo.

En momentos de inquietud nadie debería llamar espectadores pasivos ni cobardes a quienes celebramos la eucaristía. Nada hay más responsable en estos tiempos que creer en el Dios de Jesús y actuar en coherencia a nuestra fe. La misma fe que originó los derechos humanos; esta fe que molesta a muchos poderosos porque les demuestra que cuando Dios se borra del horizonte, el hombre no llega a ser más grande, ni lo puede todo; sino que, pierde dignidad, se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar. Profesar nuestra fe nos compromete como comprometió a María; pero también nos eleva, puesto que no sólo atendemos lo material sino lo espiritual del ser humano. Contemplar a María nos recuerda que la meta de la humanidad está en el Reino de Dios. Nos muestra que la revolución más eficaz es la que tiene lugar en el interior de cada corazón vuelto hacia Cristo, la que ha tenido lugar en las biografías de los hombres y mujeres santos. Celebrar la fe no es huir de responsabilidades, sino estímulo para comprometernos ahora con lo que viviremos en el reino de los cielos. La eucaristía nos congrega para darnos el Espíritu de Cristo desde el que configurar comunidades acogedoras, integradoras y misioneras.

Fray Xabier Gómez García O.P.