domingo, 11 de octubre de 2026

“DIOS NOS INVITA A UNA BODA EXCEPCIONAL”

Reflexión Evangelio Domingo 11 de Octubre de 2026. 28º del Tiempo Ordinario.

Un festín espléndido.
El profeta Isaías nos habla del proyecto de Dios sobre la historia humana con la imagen del festín de manjares exquisitos y vinos refinados. Dios quiere sentar a la misma mesa a todos los pueblos sin excepción; quiere que todos participen de la misma fiesta, de la misma alegría, y compartan el mismo alimento. El festín es símbolo de la alianza o de la comunión que Dios quiere establecer con todos. En esa comunión reside nuestra alegría y nuestra felicidad ya desde ahora. Pero durante la vida presente este sueño choca con graves obstáculos, como las guerras, las injusticias y toda clase de sufrimientos. No obstante, Dios promete que todos los pueblos estarán en esta fiesta. Antes, Dios mismo enjugará las lágrimas de todos los rostros y aniquilará la muerte para siempre; en primer lugar, destruirá la muerte espiritual, que consiste en vivir apartados de él. Solo la vida vivida en comunión con Dios merece el nombre de Vida. Desde la mirada cristiana, sabemos que, a través del misterio Pascual, Dios ha destruido el poder de la muerte, y que ésta ya no tiene la última palabra sobre la historia humana.

La garantía de todas estas afirmaciones no es otra que la promesa de Dios. El centro del pasaje son las palabras: «lo ha dicho el Señor». Dios tiene palabra; cumple sus promesas, aunque para ello tenga que pasar por el misterio de la encarnación con todo lo que conlleva. Por eso, quien espera en él no quedará defraudado, sino que experimentará una salvación superior a la que imagina.

El Señor es mi pastor.
El Salmo responsorial prolonga el tema de la comunión con Dios del que habla la primera lectura. En él se afirma que la presencia de Dios como pastor, como guía, colma la vida del salmista, hasta el punto de decir que con él «nada le falta». Son conocidas las palabras de santa Teresa de Jesús: «Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta», que se hacen eco de este Salmo. Con gran lirismo se describen las acciones de Dios hacia el salmista: le hace recostar en verdes praderas, le conduce hacia fuentes tranquilas, repara sus fuerzas, le guía por el sendero justo; le acompaña en todo momento, incluso cuando camina por cañadas oscuras; esta presencia genera tal confianza que el salmista nada teme; la vara y el cayado del Pastor le sosiegan, le dan confianza y seguridad. Además, prepara una mesa ante él, enfrente de sus enemigos; le unge la cabeza con perfume, llena su copa hasta hacerla rebosar. Dios es un anfitrión generoso, no se queda corto en sus atenciones y detalles. Por otra parte, la bondad y la misericordia de Dios acompañan al salmista todos los días de su vida. El salmista concluye diciendo: «habitaré en la casa del Señor por años sin término». La expresión «años sin término» parece sugerir que está hablando de la eternidad.

Quien reza este salmo con mentalidad cristiana piensa también en Jesús como Buen Pastor, en su presencia espiritual y eucarística, en la comunión con él y, a través de él, con toda la Trinidad; piensa en todos los gestos de atención que tiene con sus discípulos, y en su retorno a la casa del Padre para ir a prepararnos un sitio. Las primeras representaciones de Cristo fueron las del Buen Pastor que lleva sobre sus hombros una oveja. Es la imagen que los primeros cristianos colocaban en sus tumbas para indicar que la travesía por la cañada oscura de la muerte se realiza sobre sus hombros. En el momento de la muerte es cuando más solos nos podemos sentir. La fe nos asegura que también entonces Cristo estará a nuestro lado.

En definitiva, trata de la vida y de la muerte, del miedo a los enemigos y de la fe en Dios, que es más fuerte que todas las amenazas. Dios es el único bien verdadero, y a quien posee su gracia no le falta nada.

Libertad ante las riquezas.
Probablemente san Pablo escribió desde la cárcel de Éfeso esta carta a los Filipenses, que le acababan de enviar una ayuda económica en un momento de gran estrechez. Con pocas palabras da una gran lección de libertad ante los bienes materiales: «Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación». Los bienes materiales son verdaderas «riquezas»; en sí mismas son buenas; todo depende del uso que hagamos de ellas; deben ponerse al servicio del plan de salvación de Dios; pueden convertirse en «pobreza» cuando nos las apropiamos egoístamente, olvidando que Dios es el dueño y señor de todo; nosotros no somos propietarios de nuestras riquezas, sino administradores; se nos han confiado para alcanzar a través de ellas la felicidad de todos los hombres. Lo mismo podría decirse de los bienes espirituales.

En las palabras: «todo lo puedo en aquel que me conforta» o «me da la fuerza», hay que sobreentender que se refiere a Cristo.

Los invitados a la boda.
En el pasaje evangélico de este domingo encontramos dos parábolas sobre el Reino de Dios dirigidas en su día a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, pero que hoy Jesús nos dirige a todos. La primera es la de los invitados a la boda del hijo del rey. Este rey se esfuerza en preparar un gran banquete para festejar la boda de su hijo. Cuando envió a sus criados a llamar a los convidados, éstos no quisieron asistir. Cuando envió a sus criados por segunda vez, los convidados también rechazaron la invitación: unos valoraron más atender sus campos o sus negocios; otros incluso se molestaron ante la insistencia de la invitación, y maltrataron a los criados e incluso los mataron. Esta parábola es un reflejo de la historia de la salvación. Desde el comienzo de esa historia Dios llama a la humanidad a la boda de su Hijo, es decir, a entrar en comunión con él. Con frecuencia la Escritura nos presenta la relación de Dios con la humanidad acudiendo a una metáfora nupcial para expresar la intimidad, el amor y la cercanía de Dios. Pero los mensajeros, es decir, los profetas, los hombres de Dios, han sido maltratados o asesinados. Los primeros invitados fueron los miembros del pueblo elegido.

Pero, cabe preguntarse por qué esa resistencia a Dios, cuando nos está invitando a algo bueno; cuando de él solo cabe esperar cosas buenas, cuando su amor y su presencia lo colma todo de luz, paz, alegría, etc. También nos puede ocurrir a nosotros que estemos rechazando una invitación decisiva para nuestra vida cuando nos negamos a entrar en comunión con él en la oración cotidiana o en la Eucaristía.

Dado que los invitados primeros no eran dignos de tal banquete, el rey ordena a sus criados que vayan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren allí, malos y buenos. Aunque los primeros invitados hubieran acudido con gusto a la boda, Dios no dejaría de invitar a la misma a todos los pueblos. No es el fracaso inicial lo que motiva la generosidad de Dios.

La segunda parábola nos habla del invitado que entra al banquete sin vestido de boda. Esta parábola parece sugerir que no prepararse o vestirse adecuadamente para el banquete de la boda es una burla y un desprecio hacia el que nos invita. En el fondo, este invitado es como los primeros: peca de indiferencia o de autosuficiencia. Aceptó la invitación, pero no se abrió a la gracia.

El pasaje evangélico concluye con la siguiente sentencia: «Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos». Muchos rechazan la llamada o la invitación, y algunos no se presentan con vestido de boda. Aunque Dios persiste en su voluntad de que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, este deseo choca con muchos obstáculos de nuestra parte.

Este pasaje nos lleva a preguntarnos: ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Cómo estoy respondiendo a la invitación que me hace? ¿Qué excusas, «negocios» o preocupaciones cotidianas me hacen rechazar o posponer hoy su invitación? ¿Cómo acojo su gracia?

Fray Manuel Ángel Martínez Juan O.P.

domingo, 27 de septiembre de 2026

“VOSOTROS NO RECAPACITÁSTEIS NI LE CREÍSTEIS"


Reflexión del Evangelio del Domingo 27 de Septiembre de 2026. 26º del Tiempo Ordinario.

"Buscad todos el interés de los demás"
Las conductas y respuestas humanas no han cambiado mucho a lo largo de la historia… de tal manera que en la carta que escribe Pablo a los cristianos de Filipo les manifiesta que están divididos en su comunidad y les pide que vivan unánimes “concordes en un mismo amor y en un mismo sentir”. ¿No nos ocurre a nosotros igual a pesar de los años pasados?

Le siguen otras consideraciones como consecuencia de la desunión en que viven y termina con el bello himno a Cristo, que debe ser su modelo de vida, que “no hizo alarde de su categoría de Dios… sino que pasó por uno de tantos”.

¿Sería esa actitud de los hermanos de la parábola la que tenían esas comunidades cristianas de filipenses, donde cada uno hacía y deshacía, guiados más por sus gustos que por su compromiso y coherencia cristiana?

"¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?"
Esta parábola se enmarca dentro de los acontecimientos que tuvieron lugar después de la entrada de Jesús en Jerusalén, de la expulsión de los vendedores del Templo y de la discusión sobre la autoridad de Jesús… por ello no dudan las autoridades de Israel en someterlo a las más diversas pruebas para cogerlo en alguna situación contradictoria.

“¿Con qué autoridad haces esas cosas? ¿Quién te dio esa potestad?” (Mt 21,23) le habían dicho a Jesús. Y Él salía airoso de sus preguntas haciéndoles a su vez otras preguntas, dejándoles en evidencia y proponiendo el ejemplo de unas parábolas sobre el sentido de su misión y predicación… entre ellas, ésta de los dos hijos y otras que escucharemos los próximos domingos.

Cuando Jesús les propuso esta parábola, tenía en mente la acritud del pueblo judío y la de todos aquellos que se tenían por buenos… pero sin olvidar a los que eran considerados oficialmente malos y pecadores.

Los judíos, bien sabemos, fueron los primeros en ser llamados por Dios, pero por su conducta infiel, por su resistencia a admitir al Mesías fueron rechazados a pesar de las promesas hechas por sus líderes. Y los gentiles se negaron desde el principio a admitir la invitación del Padre, que los llamaba cariñosamente… Reconocieron luego su culpa con arrepentimiento, mereciendo ser dignos de alcanzar la salvación.

Los sumos sacerdotes y ancianos respondieron claramente a la pregunta del Maestro en la parábola: “¿quién de los dos hijos, hizo lo que quería el padre?”: pues aquel que fue a trabajar a la viña a pesar de la negativa inicial.

Y para condenar la conducta de los judíos, Jesús no tuvo más que sacar las consecuencias que de esa contestación se seguía… pero con unas palabras que ellos no se esperaban: “los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios…”

En definitiva el Maestro nos está advirtiendo que lo verdaderamente importante son las obras y no las buenas palabras. Ya lo había dicho en otras ocasiones: “No todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21).

Y qué decir de este hermoso texto que nos advierte sobre el juicio final, en el que se nos dice que no se nos juzgará por nuestras buenas palabras sino por nuestras obras: “venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber…” y a otros los rechazará por no haber cumplido las obras de misericordia (Mt 25,31ss).

Es un consuelo saber que nuestra salvación depende de nosotros mismos. Es a nosotros a quien Cristo nos invita a que vayamos a trabajar a su viña, a que nos esforcemos por conquistar el Reino. Hay palabras y expresiones que pueden llenarnos la boca, pero ¿se reflejan en nuestro modo de vivir? Porque se trata de armonizar la vida con la fe.

Nuestra respuesta puede ser muy diversa, como las de los dos hijos de la parábola, pero debemos esforzarnos por responder con una conducta de hechos y no solo de buenas palabras. Es Jesús quien nos dice que “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15,9).

Fray Carmelo Preciado Medrano O.P.

lunes, 21 de septiembre de 2026

INVITADOS A PORTAR AL "POBRE DE ASÍS"

El próximo domingo, 4 de octubre, la Iglesia conmemorará el 800 Aniversario de la muerte de San Francisco. Por ello, en el día de sus festividad, será trasladado desde la Parroquia a la Capilla de Jesús. La Comunidad de Religiosas, el Colegio Divina Pastora y la Franciscana Hdad. de la Humildad nos llaman a la participación de todos los que se sientan cercanos a, como Francisco, entender la vida desde la sencillez.

domingo, 20 de septiembre de 2026

“LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS”

Reflexión del Evangelio Domingo 20 de Septiembre de 2026. 25º del Tiempo Ordinario.

La llamada al Reino.
El texto evangélico expone una de las parábolas que se llaman del Reino. Por eso hemos de considerar que Jesús la pronuncia pensando en el mundo judío, desde tanto tiempo pueblo de Dios, llamado a trabajar en la viña desde el amanecer como pueblo. Más es la llamada de Dios la que les convierte en su pueblo. Pero Cristo amplia la llamada a más pueblos. Lo entendieron bien los primeros cristianos que eran judíos. Dudaban de los que se incorporaban tarde al Reino, después de estar tiempo al margen de él: ¿podían ser pueblo que trabajara codo con codo con ellos en la “viña del Señor”?; ¿su trabajo podía ser tan reconocido como el de los de la “primera hora”? Cuando estas preguntas se planteaban es cuando se escribe el texto del evangelio que da a entender cuál es el pensamiento de Jesús. Esta parábola refrendaba la tesis de Pablo, la que se impuso, de que aquellos que no tenían la “tradición judía” tenían las puertas abiertas del Reino, pertenecería él con los mismos derechos y beneficios –salario- que los judíos.

Una pretensión del ser humano: que Dios tome partido por unos frente a otros.
No pocas veces se ha pretendido que Dios tome partido por un grupo humano cuando está en lucha contra otro. Dios sería el encargado de castigar a los que, a juicio de uno de los grupos, habían actuado perversamente. El Dios en el que creían era el de la justicia vindicativa o justiciera. Su justicia no podía ser distinta del concepto que ellos tenían de ella y de cómo había que aplicarla. En general se abogaba por una justicia que estaba al margen de la misericordia cuando se juzgaba cómo había que tratar a los otros. La misericordia, aunque no siempre se confesara, Dios la tendría reservada para ellos. Hacen a Dios a su imagen. Pero, “gracias a Dios”, los planes de Dios, sus caminos, como dice Isaías en la primera lectura, no son como los nuestros. Y no son como los nuestros porque Dios da más de lo que merecemos, como aparece en el texto del evangelio, frente al apego que en nosotros existe a ceñirnos, en el mejor de los casos, a que la generosidad deje sitio a la estricta justicia.

La estricta justicia.
La verdad es que la estricta justicia nuestra no es tan estricta ni tan justicia. Dios nos dice que si fuéramos tratados en estricta justicia por Él –y también por los hombres -, tendríamos menos de lo que tenemos, seríamos menos de lo que somos en la sociedad. A todos nosotros nos ha llegado la generosidad desbordante de Dios, por lo que es farisaico molestarse porque esa generosidad llega a otros. Mejor que protestar por la generosidad de Dios ante el hermano y dejarnos llevar por la envidia, debemos imitar su manera generosa de actuar, tratar de que nuestros planes se acomoden cada vez más a los suyos. Eso es la justicia verdadera.

Para Dios nunca es tarde.
Dios no está sometido al tiempo: no hay últimos ni primeros. Ese es un asunto nuestro. Lo que Dios quiere es que se responda a su llamada, “al amanecer” o a “media tarde”. Lo que sí pide que se sea fiel a lo que Dios quiere de cada uno y realicemos lo que se les pide; sin pedir cuantas a Dios por su actitud con los demás. Pues los planes de Dios no son nuestros planes; sus “caminos son más altos que los nuestros”. Desde lo alto Dios tiene una perspectiva más amplia que la nuestra. Hemos de esforzarnos en hacer nuestra esa visión de Dios. San Pablo decía que teníamos que captar la mente de Cristo, pensar como él pensó en su tiempo histórico, tal como nos lo relatan los evangelios. Y el evangelio de este domingo descubre ese pensamiento de Jesús de Nazaret, que supera la pequeñez del nuestro.

Fray Juan José de León Lastra O.P.

domingo, 13 de septiembre de 2026

“¿NO DEBÍAS TÚ TAMBIÉN TENER COMPASIÓN? ”


Reflexión Evangelio del Domingo 13 de Septiembre de 2026. 24º del Tiempo Ordinario.

El perdón nace de la memoria.
El Sirácida no empieza diciendo «perdona», sino algo más hondo: «acuérdate». Acuérdate de tu fin, acuérdate de los mandamientos, acuérdate de la alianza del Altísimo. El remedio contra el rencor no es, en primer lugar, un esfuerzo heroico de nuestra voluntad, sino la recuperación de una memoria más amplia que la del agravio. El hombre resentido solo sabe repetirse la ofensa recibida; el creyente, por el contrario, debe aprender a recordar una historia mayor, la de la fidelidad de Dios, que empequeñece cualquier otra cuenta pendiente. Ben Sirá habla del rencor como de algo que el pecador «guarda» dentro de sí: el problema no es solo la herida, sino la decisión de conservarla, alimentarla, dejar que se convierta en la lente con la que miramos todo lo demás y a todos los demás.

Vivir desde una pertenencia.
San Pablo, en medio de una comunidad dividida, recuerda algo sencillo y a la vez revolucionario: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo […] somos del Señor». Vivimos en una cultura que nos empuja constantemente a colocarnos en el centro —mis derechos, mis heridas, mis cuentas—, pero el creyente descubre que el centro de su vida ya no es él mismo, sino Aquel a quien pertenece. Y cuando dejamos de ser el centro absoluto de nuestra propia existencia, el hermano deja también de ser un rival o una amenaza, para convertirse en alguien confiado a nuestro cuidado. El perdón empieza, quizá, justo ahí: cuando dejamos de preguntarnos solo qué nos hicieron y empezamos a preguntarnos qué está viviendo el otro.

El corazón que olvidó el abrazo.
La pregunta de Pedro busca poner un límite: «¿Hasta siete veces?». Jesús rompe esa lógica de raíz y responde con una historia desproporcionada: diez mil talentos frente a cien denarios, una fortuna imposible frente al salario de unos meses. Pero el centro de la parábola no son las matemáticas, sino un verbo: el rey «se compadeció». No negoció, no rebajó la deuda, no exigió garantías; miró al siervo de rodillas y vio algo más que un deudor, vio su miedo y su miseria, y respondió con un perdón que no guarda proporción con nada. El rey no perdona porque el siervo vaya a pagar. Los dos saben que aquella promesa —«te lo pagaré todo»— es imposible de cumplir. Tampoco perdona porque el siervo lo merezca. Lo hace porque se compadece. Ese es el verbo decisivo de toda la parábola. Dios nunca comienza mirando nuestras cuentas; comienza mirando nuestro rostro. Antes que acreedores o deudores, somos hijos necesitados de misericordia.

El drama llega después. El mismo hombre que un momento antes suplicaba de rodillas se levanta, encuentra a un compañero que le debe una suma insignificante, y lo agarra por el cuello exigiendo el pago. No es solo que no perdone: es que ha olvidado. Ha olvidado que hace un instante estaba en el suelo pronunciando las mismas palabras que ahora escucha sin conmoverse. Ha olvidado el corazón del Rey. Ha olvidado que fue mirado con una misericordia que no podía comprar ni merecer. Ha olvidado quién era cuando estaba de rodillas. Y quien olvida cómo ha sido amado termina creyéndose únicamente acreedor de los demás.

La verdadera cárcel de la parábola no es la que aparece al final, sino la que empieza mucho antes: la de un corazón que no sabe salir de sí mismo, que sigue ocupando el centro de su propio mundo mientras el rey ya había puesto a ese mismo siervo en el centro del suyo. Por eso no puede perdonar. Perdonar supone, en el fondo, dejar de ser el centro para que el otro pueda, por fin, existir delante de nosotros.

Una llamada para hoy.
Difícilmente nos reconocemos de entrada en el siervo despiadado; nos resulta más cómodo identificarnos con el que necesita ser perdonado. Pero el Evangelio propone una pregunta más incómoda: ¿hay alguna deuda que sigo contabilizando con precisión? ¿Hay alguna herida que se ha convertido en el centro de mi vida? ¿Hay algún rostro al que ya solo sé mirar como acreedor?

Quizá el primer paso no sea intentar perdonar de inmediato, sino, sencillamente, volver a hacer memoria: recordar cuántas veces Dios ha tenido paciencia con nosotros, cuántas veces nos ha esperado mientras vivíamos encerrados en nuestras propias cuentas, cuántas veces Dios ha vuelto a empezar conmigo cuando yo ya había dejado de creer en mí mismo. Cuántas veces su misericordia fue más grande que mi pecado. Solo quien vuelve una y otra vez a esa memoria descubre que el perdón no es una obligación imposible, sino la forma concreta de parecerse al corazón del Padre. Setenta veces siete no es una cifra que haya que contar, sino la medida de una paciencia que no se cansa. Quien vive sostenido por esa memoria empieza, poco a poco, a mirar al otro con los mismos ojos con los que ha sido mirado.

Fray Cristo Manuel Acosta González O.P.

“DIOS NOS INVITA A UNA BODA EXCEPCIONAL”

Reflexión Evangelio Domingo 11 de Octubre de 2026. 28º del Tiempo Ordinario. Un festín espléndido. El profeta Isaías nos habla del proyecto ...