Reflexión del
Evangelio Domingo 4 de Enero de 2026. 2º de Navidad.
"La Palabra existía desde el principio"
Juan comienza su Evangelio con un eco del Génesis: "En el principio…" (Gn, 1,1). Antes de que existieran los mundos, antes de que el tiempo empezara a correr, ya estaba la Palabra. No una idea, no un sonido, no un símbolo, sino una realidad viva junto a Dios y en Dios. En cambio, el libro del Eclesiástico lo expresa de otra manera: la Sabiduría, “existía antes de los siglos, desde el principio”. Ambas imágenes Sabiduría y Verbo se complementan para mostrarnos un mismo misterio: Dios no actúa improvisando; crea desde su Sabiduría y desde su Palabra, que son eternas, pero no lejanas.
Para el creyente, esta afirmación tiene un enorme consuelo: nuestra vida está sostenida por una Palabra previa, una Palabra que nos precede, que nos acompasa, que nos da sentido incluso cuando no lo entendemos todo. No somos fruto del azar, ni del capricho de nadie: venimos de una Palabra que quiso que existiéramos.
"La
Sabiduría que baja a habitar entre los hombres"
En la primera lectura, la Sabiduría habla de su “doble ciudadanía”: una morada en las alturas y una casa en la tierra. Mirada desde el Evangelio, esta imagen encuentra su plenitud en Jesús: Dios no se conforma con reinar en lo alto; quiere plantar su tienda entre nosotros y dejarse ensuciar y acostumbrarse a nuestra realidad humana.
En texto del Eclesiástico, autor utiliza verbos intensos: “habita”, “descansa”, “arraiga”. No son verbos superficiales. Indican permanencia, compromiso, deseo de fecundidad. La Sabiduría no es un visitante fugaz; es una presencia que transforma el lugar donde habita. Y si Dios decide arraigarse en medio de su pueblo, entonces la historia humana ya es un lugar sagrado.
Esta cercanía de Dios abre una pregunta para cada uno: ¿Permitimos que la Sabiduría arraigue también en nuestra vida, o solo la dejamos pasar de largo? A veces lo dejamos entrar solo a ciertas zonas “ordenadas”, pero le cerramos puertas en los lugares que consideramos frágiles o conflictivos. Sin embargo, es ahí donde su Sabiduría quiere arraigar, porque ahí puede dar fruto y puede brotar luz, amor, convención. Dios no quiere rozar nuestra existencia; quiere echar raíces en ella.
"Bendecidos
desde siempre"
San Pablo, en el hermoso himno que abre la carta a los Efesios, proclama que hemos sido “bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales” y que Dios nos eligió antes de la creación del mundo. La Palabra que crea también bendice, elige, sostiene y conduce.
Pablo nos invita a mirar nuestra vida desde esta clave: Somos fruto de una elección amorosa, no de la casualidad. Somos destinatarios de un proyecto bueno de Dios. Y cuando vivimos desde esta verdad, nuestra existencia deja de estar marcada por la comparación, la culpa o la sensación de insuficiencia. Este pasaje de Efesios es una invitación a recuperar la conciencia de nuestra identidad: hijos amados, redimidos, acompañados por la Sabiduría divina que actúa en nuestra historia.
La Palabra
como luz que ilumina la vida
Juan dice que la Palabra es la “luz verdadera que ilumina a todo hombre”. La luz no solo permite ver, también revela lo que somos. Muestra caminos, disipa miedos. Por eso la Palabra de Dios, cuando es acogida, nos ayuda a leer nuestra propia historia con claridad y verdad.
Pero el Evangelio reconoce una resistencia: "La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió". Hoy también nos ocurre: preferimos a veces una vida sin demasiada luz, sin cuestionamientos, sin verdad. Nos acomodamos a sombras afectivas, laborales, sociales o espirituales. La Palabra no humilla ni deslumbra, sino ilumina, sí, pero iluminar implica transformar, y eso en ocasiones nos incomoda.
Sin embargo, Juan afirma que a quienes la reciben, les da poder de ser hijos de Dios. Recibir la Palabra no es un examen de perfección: es abrir la puerta a una vida nueva.
La Palabra
hecha carne: el corazón del misterio
El centro de
este domingo es la afirmación que cambia toda la fe cristiana:
"La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". Esta Palabra, no se hizo idea, ni discurso, ni norma. Se hizo carne: fragilidad, límites, afectos, cansancio, esperanza. Dios entra por la vía más humana para mostrarnos que lo divino y lo humano no se excluyen, sino que se abrazan.
Por lo tanto,
la Encarnación nos dice que: Dios no teme nuestra humanidad. Dios se acerca
para comprender desde dentro nuestra vida. Dios se hace uno de nosotros para
que lo podamos encontrar en lo cotidiano. La Navidad no termina el 25 de
diciembre: empieza cada vez que descubrimos a Dios habitando nuestras propias
realidades, la de los rostros sin horizontes, incluso las que consideramos
demasiado pequeñas o complicadas. Como apostilla León XIV en In Unitate Fidei:
“Es precisamente en virtud de su encarnación que encontramos al Señor en
nuestros hermanos y hermanas necesitados”: “Les aseguro que cada vez que lo
hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”, (Mt 25,40).







