domingo, 9 de agosto de 2026

“ANIMO, SOY YO, NO TENGAS MIEDO"

Reflexión del Evangelio Domingo 9 de Agosto de 2026. 19º del Tiempo Ordinario.


El miedo al fracaso: Elías.
En la primera lectura encontramos a Elías en uno de los momentos más difíciles de su vida. Ha sido perseguido, amenazado y experimenta el peso del fracaso. Llega al Horeb buscando a Dios y espera encontrarlo en una manifestación extraordinaria, en el huracán, el terremoto o el fuego. Sin embargo, Dios no está allí, sino que se hace presente en el susurro de una brisa suave. Elías descubre entonces una verdad que todos necesitamos aprender: Dios no siempre actúa desde lo espectacular, sino desde la discreción y la cercanía.

Muchas veces esperamos respuestas inmediatas, soluciones contundentes o señales extraordinarias, mientras Dios se acerca en la sencillez de una oración, en una palabra que nos reconforta, en una amistad que nos acompaña o en una paz interior que devuelve serenidad al corazón.

Aquel profeta agotado comprende que Dios no ha venido a darle explicaciones, sino a recordarle que no está solo. También nosotros, cuando nos sentimos decepcionados, cansados o confundidos, necesitamos escuchar esa misma voz que nos dice: "Ánimo, soy yo, no tengas miedo".

El miedo a sufrir por quienes amamos: Pablo.
La segunda lectura nos abre una ventana al corazón de san Pablo. El Apóstol habla de una tristeza profunda y permanente por su pueblo. No se trata de una preocupación pasajera, sino del sufrimiento que nace del amor.

Pablo lleva a los suyos en el corazón y desearía que todos descubrieran la salvación de Cristo. También nosotros conocemos ese dolor. Todos tenemos nombres y rostros que nos acompañan: un hijo que atraviesa una situación complicada, un hermano con el que se ha enfriado la relación, un amigo que se ha alejado de la fe o una persona querida que vive momentos difíciles.

Hay sufrimientos que no podemos resolver y caminos que no podemos recorrer por los demás. Y precisamente ahí aparece la tentación de la indiferencia, de pensar que ya no hay nada que hacer.

Sin embargo, Pablo nos enseña que el amor auténtico no se desentiende. No controla, no obliga ni impone, pero tampoco abandona. Sigue esperando, sigue rezando y sigue confiando. Quizá una de las formas más hermosas de la caridad sea precisamente esta: continuar llevando a alguien en el corazón cuando ya no sabemos qué más hacer por él. También en esa impotencia el Señor nos repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo».

El miedo a hundirse: Pedro.
Finalmente llegamos al Evangelio. Los discípulos están en medio de la noche, lejos de la orilla, sacudidos por las olas y por un viento contrario. La oscuridad, el cansancio y el miedo los dominan. Entonces Jesús se acerca caminando sobre las aguas y pronuncia unas palabras que constituyen el centro del relato: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Es significativo que antes de calmar la tormenta, Jesús quiera calmar el corazón de sus discípulos. Porque muchas veces la tormenta más peligrosa no es la que está fuera, sino la que llevamos dentro.

Pedro se atreve a salir de la barca y mientras mantiene la mirada fija en Jesús camina sobre las aguas. Pero cuando dirige su atención al viento y a las olas comienza a hundirse. Es una imagen muy cercana a nuestra propia vida. Cuando fijamos la mirada únicamente en los problemas, en los miedos o en las incertidumbres, sentimos que nos hundimos. Entonces, como Pedro, solo nos queda una oración sencilla y sincera: «Señor, sálvame».

Y el Evangelio nos dice que Jesús extendió inmediatamente la mano para sostenerlo. No lo reprendió primero, no lo dejó hundirse un poco más para que aprendiera la lección; lo sostuvo enseguida. Así actúa Dios con nosotros.

Las tres lecturas nos hablan, en el fondo, de tres miedos muy humanos: el miedo al fracaso, representado por Elías; el miedo a sufrir por quienes amamos, reflejado en Pablo; y el miedo a hundirnos en medio de las tormentas de la vida, simbolizado en Pedro.

Frente a todos ellos, Dios no ofrece recetas mágicas ni elimina de golpe todas las dificultades. Lo que ofrece es algo mucho más profundo: su presencia. Por eso la gran noticia de esta liturgia es que nunca estamos solos. En el silencio de nuestras decepciones, en el dolor por las personas que amamos y en medio de las tormentas que amenazan con hundirnos, Cristo sigue acercándose a nuestra barca y continúa pronunciando la misma palabra: «¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!».

Para la Reflexión:
Como Elías, ¿estoy esperando encontrar a Dios solo en lo extraordinario o soy capaz de reconocerlo en la brisa suave de cada día, en las personas y acontecimientos sencillos que Él pone en mi camino?
Como Pablo, ¿Quién ocupa hoy mi corazón? ¿Por qué persona sigo amando, rezando y esperando, incluso cuando siento que no puedo hacer nada más por ella?
Como Pedro, cuando arrecian las tormentas de mi vida, ¿Dónde fijo mi mirada: en el viento y las olas de mis problemas o en Cristo que me repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo»?
¿Qué miedo necesito hoy poner en las manos de Jesús para escuchar de nuevo su palabra: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo»?

Fr. Néstor Morales Gutiérrez O.P.

domingo, 2 de agosto de 2026

¿QUIÉN NOS APARTARÁ DEL AMOR DE CRISTO?

 

Reflexión Evangelio Domingo, 2 de Agosto de 2026. 18º del Tiempo Ordinario.
“Estamos hechos para ser amados y para amar”
La primera lectura de hoy nos ayuda a pensar en un alimento espiritual. El profeta Isaías refiere estás palabras de Dios: “¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprar trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde”. El alimento espiritual no tiene costo, no se puede vender como el alimento material: es un don de Dios, que se comunica en la Iglesia a través de los sacramentos y que alimenta a las almas, dando fuerza, luz y paz interior.

El profeta insiste en la de acoger el don de Dios, que, en el fondo, es uno solo: el amor que viene de Él y que desea transformar nuestra vida. Este amor pasa a través del corazón de Jesús y trata de un alimento maravilloso que nos nutre. Nos recuerda que estamos hechos para ser amados y para amar, en unión con Dios y con Cristo.

La segunda lectura nos recuerda el valor y el poder de este amor. Pablo afirma: “Quién nos apartará del amor de Cristo?”. Y el apóstol enumera una serie de dificultades, pero concluye: “En todas esas circunstancias vecemos de sobre gracias al que nos amó”. Percibimos aquí la fuerza contenida en el amor que nos da Dios por medio del corazón de Cristo. Es una fuerza que supera todos los obstáculos, que nos proporciona la capacidad de transformar en bien todas las situaciones, incluso la más negativas, además, vivir como oportunidad de crecer, madurar en el amor.

“Dadles vosotros de comer”
“Una frase para cada uno de nosotros”
En el evangelio, se nos narra la actitud más profunda del Señor ante sus hermanos los hombres, especialmente los necesitados: “Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos”. La traducción no es totalmente exacta y puede debilitar el sentimiento de Cristo. “Lástima” en español, puede quedarse en algo superficial ante la vista de una situación desagradable de alguien o, incluso, en un sentimiento en cierto modo humillante para el otro y, por eso, decimos: “no necesito tu lástima, sino amor, o justicia”.

Pero el texto original griego es mucho más fuerte, profundo e involucra hasta el fondo a la persona de Jesús. Había que traducirlo como: “se le conmovieron las entrañas”, al igual que una madre encinta siente en sus entrañas a su criatura.

Por eso, los sentimientos de Jesús lo llevan a la acción curativa, a darse cuenta, después, de que la multitud necesita de comer. Y no quiere actuar solo. Desea que sus discípulos sientan lo que él y se comprometan en acciones concretas: “Dadles vosotros de comer”.

“Dadles vosotros de comer”. Es una frase que cada uno de nosotros debe oír como dirigida a él. Si queremos ser cristiano, cuando encontremos a personas que se encuentran en necesidad, debemos preocuparnos de ellas y hacer lo posible para poner remedio a sus necesidades.

A Santo Domingo se le define como un hombre compasivo, que supo responder con creatividad ante las necesidades de los pobres de su tiempo. Sigue siendo modelo permanente para la familia dominicana y para todos los creyentes, saber encarnar el evangelio en el tiempo histórico. Que el ejemplo de Jesús y Santo Domingo nos inspire a ser más compasivos y generosos con los demás, confiando en que Dios puede hacer mucho con poco.

Generosidad: El episodio de la multiplicación de los panes y los peces nos invita a reflexionar sobre nuestra propia generosidad y disposición a compartir lo que tenemos con los demás. Con pocos recursos -cinco panes y dos peces- Jesús alimenta a una gran multitud, demostrando que en sus manos lo poco se convierte en abundancia para todos. La actitud de Jesús es siempre la de dar, y nos dice: “es más feliz el que da, al que recibe”.

Jesús tomará el pan en la Última Cena, lo partirá y, después de haber pronunciado la bendición, lo dará a sus discípulos diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Lo que significa que esta acción de Jesús se debe multiplicar. Y, en efecto, continúa multiplicándose hoy de una manera cada vez más abundante y generosa.

Ese es nuestro reto hoy y que señala muy aguda y profundamente el Papa León XIV en su encíclica “Magnífica humanitas”. Frente a un peligro real de una civilización del descarte de los vulnerables y de una tranquilidad ficticia de los poderosos que utilizan la técnica para despersonalizar a las personas y monopolizar el poder, predica una opción distinta y comprometida en el día a día.

Nos dice el Papa en el número 186 de esa encíclica: “Hoy debemos recuperar con fuerza esta visión: la civilización de amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro -ya sea persona o pueblo- como un aliado necesario para la construcción del bien común. Como nos ha recordado la encíclica “Fratelli tutti”, sólo este amor social, capaz de convertirse en cultura y norma, puede generar un orden internacional estable, transformando la convivencia de simple coexistencia armada en comunidad de destino”.

Que el ejemplo de Jesús, beata Juana de Asa madre de Santo Domingo de Guamán que hoy la familia dominica conmemora, nos inspire a ser compasivos y generosos con los demás, confiando en que Dios puede hacer mucho con poco.

Nos puede ayudar a seguir la reflexión: ¿Somos movidos por la compasión hacia aquellos que nos rodean? ¿Confiamos en la providencia de Dios para satisfacer las necesidades de todos? ¿Qué ponemos como comunidad para que en nuestro barrio nadie viva indignamente?

Fr. Leoncio Vallejo Benítez O.P.

viernes, 31 de julio de 2026

¡SIEMPRE AGRADECIDOS!

La comunidad parroquial de Villa del Río, despidió ayer al Sacerdote D. Douglas González que nos ha acompañado este mes de Julio. Hay personas que solamente con una sonrisa nos hablan de su fe y de su forma cristiana de entender la vida. Por ello, gracias por acercarnos a Cristo en unas homilías llenas de cercanía y de conocimiento. Deseamos que disfrute de unas buenas vacaciones y pronto volvamos a verlo por nuestra localidad. ¡Muchas gracias!

martes, 28 de julio de 2026

¡FELIZ CUMPLEAÑOS D. MANUEL!

 

En el día de ayer celebramos, al finalizar la Eucaristía, los 81 años de nuestro párroco emérito. Dimos gracias a Dios por una vida entregada al sacerdocio y a la Parroquia de Villa del Río.

domingo, 26 de julio de 2026

EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO ESCONDIDO

Reflexión Evangelio Domingo 26 de Julio de 2026. 17º del Tiempo Ordinario.

Jesús, de distintas maneras nos describe la realidad misteriosa del reino de Dios. Lo compara a una siembra, a un poco de levadura, al hallazgo de un tesoro escondido, a un comerciante que encuentra una perla de gran valor… Nunca habla del Reino como un espectáculo admirable, ni como algo ya acabado. Para Jesús el reino representa una realidad dinámica. Se trata de buscar, caminar, trabajar, elegir, decidir, sacrificar algo y comprometerse. Y eso es lo que nos cuesta mucho hacer.

En las parábolas del tesoro y la perla Jesús habla del Reino como un descubrimiento. Da la impresión de que es algo casual. Pero lo importante es que hay que responder a ese descubrimiento con renuncias y desprendimientos, el labrador se ve obligado a “vender todo lo que tiene” para comprar aquel campo. El mercader tiene que “vender todo lo que tiene para conseguir aquella perla.

El hallazgo presupone una búsqueda, un deseo, una pasión. Y pone al hombre ante una elección precisa. En la medida que es importante el hallazgo, así debe ser la opción y elección radical. La importancia del tesoro lleva a una decisión precisa y dolorosa, porque implica sacrificios, desarraigos, renuncias.

"¿Habéis entendido todo esto?"

Al hacer mía estas parábolas, lo primero que me viene a la cabeza es que discípulo de Cristo no es tanto alguien que ha “dejado”, sino alguien que ha encontrado. Dejar es la condición para poseer plenamente las exigencias más profundas del corazón del hombre. Dejar es el primer paso, no el resultado obtenido ni la meta alcanzada. El cristiano no es alguien que se detiene en el sacrificio, es alguien que tiende a la alegría a la plenitud.

Es posible que a nivel intelectual no tengamos problema para entender el sentido de las parábolas, pero tenemos que tomar conciencia de que nuestra vida concreta sea una ilustración convincente del mensaje de las parábolas. El discípulo no puede vivir el cristianismo como una pesada carga de deberes y obligaciones, sino como descubrimiento gozoso, como posibilidad de volverse ligero y libre. De ahora en adelante se puede cambiar toda la vida.

El Reino no es algo añadido a todo lo que ya poseemos y que queremos tener bien asegurado. El Reino es todo, la única cosa necesaria, que nos obliga a dejar todo lo que se ha apegado a nuestro corazón, a abandonar sin lamentaciones todo lo superfluo que nos impide caminar. Es curioso pensar que al Reino se llega más restando que sumando.

Los dos personajes de las parábolas eran tipos muy serios. ¿Somos nosotros así? A veces nos mostramos más calculadores, demasiado prudentes, incapaces de arriesgar nada. A lo mejor nos es fácil hablar y describir el tesoro, pero no nos decidimos a venderlo todo para comprarlo. Y Dios ama a los que se juegan mucho. No a los que sólo se limitan a conocer las reglas del juego.

"... va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo"

El reino de Dios ya está escondido en el gran campo del mundo. Podemos advertir su presencia, pero sin lograr tocarlo nunca. Más que lamentarnos por ello, deberíamos alegrarnos. En el campo de nuestro mundo tan perturbado, es consolador saber que hay un tesoro escondido, un tesoro que nos garantiza que el que lo ha puesto protegerá el campo, nuestro mundo. El Reino está escondido dentro. Ya no es posible separarlos, pero tampoco confundirlos. No es posible tener el tesoro sin tener el campo.

No es posible obtener el Reino, sin comprar el campo. Eso me hace pensar que tengo que aceptar el mundo donde está el tesoro escondido. Tengo que asumirlo como Dios nos lo ha dado. La esperanza escondida dentro me obliga a tomar el recipiente que la contiene. Lo mismo ocurre con el tesoro de la palabra de Dios que está escondida en la Biblia. La palabra de Dios nos obliga a todos a adquirir y aceptar todo el campo.

Las dos parábolas nos han presentado dos personajes distintos. En la primera se habla de un jornalero que trabaja en un campo que no es suyo, en la segunda de un rico mercader que tiene negocios. Son los sujetos de todos los verbos: encuentran, van, venden, compran. Pero los verdaderos protagonistas son el tesoro y la perla que cautivan a los dos hombres. Que nuestra vida concreta reproduzca la experiencia alegre de haber encontrado el gran tesoro y la perla maravillosa que ha cambiado nuestros esquemas y nuestra existencia.

Reflexiona un momento y responde a estas preguntas: ¿Cuál es el tesoro en donde tienes puesto tu corazón? ¿Qué es lo que has dejado para obtener tu tesoro? ¿El tesoro encontrado ha dinamizado tu vida o la ha acomodado? ¿Qué actitudes has cambiado en tu vivir cotidiano?

Fray Miguel Ángel Vilchez Torés

“ANIMO, SOY YO, NO TENGAS MIEDO"

Reflexión del Evangelio Domingo 9 de Agosto de 2026. 19º del Tiempo Ordinario. El miedo al fracaso: Elías. En la primera lectura encontramos...