sábado, 18 de enero de 2025

"NO TIENEN VINO"

 

Reflexión Evangelio Domingo 19 de Enero de 2025. 2º del Tiempo Ordinario.

Tanto en el primer domingo como en este segundo domingo del tiempo ordinario, las lecturas tienen una cierta continuidad con la fiesta de la Epifanía. En el evangelio de la visita de los magos, Jesús se manifiesta (epifanía) a todas gentes (representadas por los magos de oriente). Por su parte, en el Evangelio del Bautismo, Jesús protagoniza la primera manifestación pública de su misión, realizando un gesto programático de humildad sometiéndose voluntariamente al bautismo de penitencia de Juan. En este segundo domingo, Jesús protagoniza la tercera de las epifanías realizando su primer signo en las bodas de Caná.

Esta tercera manifestación de Jesús surge con motivo de una anécdota acontecida en una boda en la que María, Jesús y sus discípulos son invitados. Los judíos no concebían un banquete festivo, ni unas bodas sin vino. El vino se había terminado antes de hora y María advierte el problema. Nadie perdonaría la falta de vino por imprevisión o poca generosidad de los esposos. María comunica la situación a Jesús. A pesar de la evasiva inicial de Jesús, María sabe que Jesús va a solucionar el problema y pone a los criados a las órdenes de Jesús, quien convierte el agua de las purificaciones en un vino excelente, ante el asombro del mayordomo y los servidores.

Es evidente que San Juan en este episodio pretende comunicarnos algo más que una mera anécdota. Varias significaciones de este acontecimiento narrado por San Juan podemos señalar:

Lo primero que llama la atención es que la primera intervención pública de Jesús, (que hemos de considerar también programática) no tiene aparentemente nada de “religioso”. No acontece en el templo o en una sinagoga. Jesús inaugura su actividad profética asistiendo a una boda, con una actitud que define su radiante cordialidad social. Con su presencia Jesús viene a bendecir cristianamente una sana participación en un humanísimo encuentro profano y lúdico, de los que tantas veces el ser humano tiene necesidad.

Es asimismo muy importante notar que la primera acción del ministerio de Jesús es su contribución a una existencia gozosa y feliz compartida con los demás. No hay que olvidar esta dimensión fundamentalísima del cristianismo: su carácter reparador y alegre. Cuando Cristo se hace presente aparece el júbilo y el gozo. Cuando Jesús acontece se hace más feliz la vida dura y dolorosa que tantas veces atraviesa la existencia humana. Es preciso recuperar esa perspectiva gozosa del evangelio de Jesús, capaz de aliviar el sufrimiento y la dureza de la vida. Cuantas personas se han apartado de la fe porque no han visto en la vida de los cristianos esta dimensión, que sin embargo está latente en este primer signo de Jesús. En la conversión de agua en vino se nos propone la clave para captar la acción transformadora de Jesús, que es fermento de vida, gozo y alegría; e indica, asimismo, lo que hemos de vivir y transmitir también sus seguidores.

Con su participación en las bodas de Caná, Jesús bendice también la realidad humana del matrimonio, recalcando que es algo bello y querido por Dios. Pero si relacionamos el evangelio con la primera lectura, la boda de estos dos jóvenes apunta también a la Alianza de Dios con su pueblo. En numerosas ocasiones los profetas expresan la primera Alianza como una relación esponsal entre Dios y el pueblo, y, de manera análoga, también el Nuevo Testamento, con respecto al amor de Cristo por su Iglesia. Las dos realidades se iluminan mutuamente: un verdadero matrimonio humano ayuda a entender el amor de Dios por su pueblo y de Cristo por su Iglesia; y al mismo tiempo, el amor de Dios por el ser humano y la entrega de Cristo por su Iglesia hasta dar la vida, sirven de modelo para los matrimonios humanos.

El agua representa en este evangelio la Alianza ya caduca (el agua de las purificaciones de los judíos) que será sustituida por la Nueva Alianza, sellada en la sangre de Cristo: su amor desbordante por la humanidad y su entrega en su vida, muerte y resurrección. Pero las palabras “no tiene vino” deben hacernos reflexionar no solamente sobre una alianza ya caduca y sustituida por una nueva alianza en Cristo, sino también sobre nuestra manera de vivir la fe. Con frecuencia vivimos una “religiosidad aguada”, que no aporta alegría ni convence. El evangelio es una invitación a redescubrir la fuerza renovadora de un Cristo vivo que viene a ensanchar la vida del hombre y a sacarlo de su mediocridad.

Finalmente resaltar que se alude a la hora de Jesús. Todos los hechos de la vida de Jesús (los hechos de su encarnación) son presentados por el evangelista como manifestación de su indisociable trascendencia divina y como anticipo de su misión (su hora) Todos los signos que el evangelista presenta (el agua convertida en vino, el agua de la samaritana, el pan de vida, la curación del ciego, la resurrección de Lázaro, etc), son signos de su Pascua (Habiendo llegado la hora de pasar (pascua) de este mundo al padre, habiendo amado a los suyos…) La hora, sobre la que Jesús dice que no ha llegado todavía es la hora de su glorificación, el paso de su muerte a la resurrección, el paso de este mundo al Padre (según palabras del mismo evangelista). Pero a pesar de que su hora no ha llegado todavía, todo el evangelio de San Juan es una permanente presentación de los signos que apuntan a la hora de la glorificación de Jesús, su auténtica misión en la Tierra.

¿Vivo la fe como una experiencia gozosa llena de alegría por el acontecer de Cristo en mi vida? ¿Sé transmitir y contagiar la alegría del evangelio en mi trato con los demás, sobre todo con los que más sufren? ¿Se acudir a Cristo para que transforme el agua caduca de mi religiosidad o de mi matrimonio o vida familiar en vino nuevo?

Fr. Antonio Gómez Gamero O.P.

sábado, 11 de enero de 2025

"ESTE ES MI HIJO, EL AMADO"


Reflexión del Evangelio Domingo 12 de Enero de 2025, Bautismo de Ntro. Señor Jesucristo.

Jesús se siente amado para solidarizarse

Jesús va al encuentro de una realidad limitada, va donde estaban los hombres, que esperaban convertirse y ser mejores con el bautismo de Juan. Busca a los hombres perdidos, se solidariza con aquellos que se sentían pecadores y se pone a su lado. Su vocación es servir a lo humano, lo débil. Y es ahí y con ellos, donde se rompe el cielo, se junta lo divino y lo humano y se posa sobre él el Espíritu de Dios oyéndose la voz, que le declara Hijo (que lleva a las personas a la plenitud), Amado (que es entrega máxima de amor), Predilecto, (preferido por su vida de servicio). Es el momento en el que la realidad de Dios se instala dentro de la historia humana, haciendo de la entrega de Jesús lo único que hace fecunda la vida.

Todos los dioses necesitan distancia, estar bien arriba y bien lejos para ser más dioses, el Dios de Jesús es pura cercanía. Hay un acceso directo con el cielo roto que nos pone en contacto con sus bendiciones. Esta es la religiosidad del Dios hecho niño (encarnado), que sigue apostando por el hombre.

Cumple la misión del Elegido del profeta Isaías: viene a traer el derecho a los hombres, siendo alianza y luz para ellos y devolviendo la justicia, el orden perturbado que ha robado la dignidad a muchos hombres o que otras veces, el mismo hombre ha despreciado. Este Elegido, Amado del Padre quiere una comunidad feliz, donde reine la justicia y la fraternidad. Va a realizar su misión de una manera muy peculiar con un método y forma no vistos: sin gritar, sin vocear; sin romper la caña vacilante, sin apagar el pábilo ya casi sin luz. Se trata de un método de sencillez, sin violencia, sin pisotear, ayudando en las crisis y avivando la esperanza donde está ya casi perdida.

Nosotros también hemos sido bautizados, habilitados para el servicio

El bautismo en la iglesia comenzó siendo la culminación de un proceso de conversión, en el que se llegaba a tomar la decisión de abrazar la fe cristiana, de estar abierto al Espíritu de Dios, participando de la comunidad cristiana. Hoy una gran mayoría hemos sido bautizados sin ninguna decisión por nuestra parte, quizás con las prisas de participar de la comunidad y para resaltar el don de Dios. De aquí el problema de no estar tan seguros de que hayamos hecho nuestra ratificación y tengamos conciencia viva de lo que significa nuestro bautismo, aunque no es suficiente legalizar nuestro bautismo como punto de partida, sino con sus consecuencias. De aquí la necesidad de descubrir nuestra vocación bautismal en nuestros días.

El bautismo de Jesús nos ayuda a conmemorar nuestro bautismo, a revitalizarle, sobrepasando el rito con una vida humana, entregada y de servicio, porque rompiéndose el cielo se ha desvelado él y nos ha revelado a nosotros que somos hijos amados y predilectos de Dios; hemos sido ungidos, señalados por Dios, habilitados por las bendiciones de cielo, aunque algunos que se dicen cristianos lo sienten como una carga de leyes impuestas que les ha complicado la vida y no lo ven como un don para amar y servir a los demás; otros hacen más hincapié en ser buenos que en hacer el bien, dedicándose a la dimensión personal del bautismo, rebajando de la dimensión social.

Se nos ha dado la capacidad de ser hijos de Dios para poder amar, querer, sentir, ser justos, como hijos del Padre. Esta habilitación siendo para siempre desde nuestro bautismo, se va desarrollando y actualizando en cada momento en las realidades concretas con que nos encontramos. Y se nos encarga la misma misión de Jesús, con sus mismos métodos: hacer justicia y que brillen los derechos creacionales en todo viviente, respetando, valorando, porque cuando cacareamos los éxitos, nos sentimos fuertes, dominadores y superiores, no somos misioneros como Jesús.

Bautizados en el Espíritu de Dios, tantas veces hemos sido rebautizados en las aguas de nuestro mundo: increencia, superficialidad, estética, eficacia, consumo, egoísmo, competencia, placer, …, el progreso, la técnica, “lo digital”, creyendo que son salvadores y que dan sentido a nuestras vidas, pero nos han sumergido en la sumisión, la desilusión, la desesperanza, deshumanizándonos y dejándonos con las manos vacías.

Es hora de hacer realidad la expresión de Juan: “Yo soy el que necesita que me bautices, ¿y tú vienes a mi?” Necesitamos el encuentro constante y permanente con Jesús, que nos ayude a optar por la interioridad, descubriendo lo que nos habita y anima; que nos ayude a confesar que hemos sido bautizados en Cristo, nuestro único Salvador a pesar de que las dificultades culturales y sociales como la satisfacción, el éxito, el tener, el bienestar hayan desplazado la salvación de Cristo para el otro mundo. Estamos en el jubileo de la esperanza, a penas estrenado. La esperanza en la Promesa de Jesús es más importante que aquellas promesas que vemos y se nos meten por los ojos como salvadoras, sin serlo. Ser hijos de Dios nos da alas para vivir, sentir y pensar con otro sentido y otra fuerza que hemos recibido del cielo roto, porque Dios nos ama, está con nosotros y no podemos dejarnos llevar por el sentimiento alimentado por nuestros gustos e inspiraciones a ras de tierra.

Nuestra tarea es pasar del bautismo como rito al bautismo de la vida: ya no hay barreras entre lo divino y lo humano, por tanto, la vida y la misión cristianas son las de Jesús. Bautizados con su Espíritu formamos un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes (unción crismal), ofreciéndonos, dando sentido, proponiéndole con nuestra vida y reinando en la historia que vivimos.

¿Eres consciente del don recibido en el bautismo para hacer el bien y no solo para ser bueno? ¿Te parece que te han impuesto una carga?

¿Has dado el paso del bautismo con agua al bautismo en el Espíritu, del rito a una vida humana, con alas para vivir en libertad de la Promesa, no las promesas?

Con el cielo roto, ¿te sientes amado y preferido por Dios para realizar la misión que asume Jesús del profeta avivando la esperanza, sin pisotear, ni imponer, sino acompañando y ayudando en las dificultades y crisis a de los de tu entorno?

Fr. Pedro Juan Alonso O.P

sábado, 4 de enero de 2025

"EN EL PRINCIPIO, YA EXISTÍA LA PALABRA"

 

Reflexión Evangelio 5 de Enero de 2025. 2º de Navidad.

Prehistoria divina de Cristo Jesús

El evangelista San Juan, representado tradicionalmente en la figura de águila, nos transporta a las alturas para contemplar el insondable designio amoroso de Dios sobre su pueblo: Vosotros habéis visto cómo os llevé en alas de águila y os traje a mí (Ex 19,4). Son los designios de un Dios que se interesa y preocupa por los suyos, que los cobija y protege en todo momento. El mismo Dios que, fiel a sus promesas, supo conducir y acompañar sabiamente a los suyos hasta el destino final de la Tierra Prometida.

Ahora, en el nuevo contexto social y religioso de la cultura griega, tan diferente al pasado de sus padres, los israelitas supieron adaptarse a la nueva situación sin dejar por eso de profesar la misma fe. El Dios Sabio al que veneraron sus antepasados es presentado y celebrado como la Sabiduría personificada. Es la Sabiduría divina, nacida de la boca del Altísimo, que sigue mirando desde el cielo a la tierra y que ha establecido su morada entre los hombres asentándose en la ciudad eterna de Jerusalén, la ciudad de nuestro Dios. Es ahí donde reside el gran Rey y el Templo en el que todo el pueblo festeja y celebra la gloria y grandeza de su experimentado Guía y Protector (Sal 48,3).

Jesús, trascendencia y cercanía de Dios   

De ese Dios excelso que no deja sin embargo de mirar a la tierra. De ese Dios estrechamente vinculado a los avatares de sus criaturas que reclama para todas ellas la dignidad que se merecen. ¿Quién como el Seños Dios nuestro, que está entronizado en lo alto y se inclina para mirar desde el cielo a la tierra? (Sal 113,5-6). El Dios celeste no es un Dios alejado y extraño; se abaja para interesarse realmente por sus criaturas.

Es así como reconocieron con el tiempo los primeros discípulos a Jesús escudriñando cuanto decían las Escrituras transmitidas por sus antepasados. Su Maestro no había venido a abolir la tradición de los padres. Al contrario, ¿no era él precisamente quien la recapitulaba y perfeccionaba culminando todas sus expectativas? Su experiencia, ciertamente paradójica, quedaría bellamente plasmada para siempre en el conocido himno cristológico: siendo de condición divina, asumió la condición humana como uno de tantos para ser finalmente exaltado como Señor para gloria de Dios Padre (Flp 2,6-11). No es otro el eje sobre el que gira toda la vida cristiana, el que la sustenta y le da su plenitud de sentido.

El eco litúrgico de la Navidad

Siguen resonando en nuestros oídos, junto a los villancicos, los textos litúrgicos del día de la Navidad. Somos hijos en el Hijo acampado entre nosotros. Esa es nuestra dignidad. El Verbo, el Hijo Unigénito del Padre, la Palabra encarnada, nos ha revelado al Invisible. Ya lo vislumbraba y testimoniaba a su modo, en actitud humilde, el Bautista, su precursor: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.

Es el eco recogido igualmente por el Apóstol en la segunda lectura, quien se eleva desde el principio al plano trascendente de un Dios que no cesa de derramar todo tipo de gracias y bendiciones sobre sus hijos. De ahí que se explaye ante los suyos prorrumpiendo agradecidamente en una exultante manifestación de alabanza a Dios, pues han sido llamados, desde la eternidad y por amor, a vivir en plenitud una vida santa siguiendo el ejemplo de Jesucristo, el Hijo único del Padre. Esa es la razón también por la que pide al mismo tiempo para ellos espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle plenamente. Lo mismo que pedimos cuantos seguimos meditando y ahondando en el Misterio navideño de Cristo Jesús.

¿Cómo vivo la trascendencia de Dios a lo largo de cada jornada?

¿Comparto mi vida con los demás siguiendo el ejemplo del “Enmanuel”, el Dios con nosotros?

¿Sigo esforzándome por conocer cada día un poco mejor el misterio del Dios hecho hombre?

Fray Juan Huarte Osácar

sábado, 28 de diciembre de 2024

"JESÚS IBA CRECIENDO EN SABIDURÍA"

 

Reflexión del Evangelio del Domingo 29 de Diciembre de 2024. Solemnidad de la Sagrada Familia.

Hoy celebramos la Sagrada Familia de Nazaret. Dios eligió a una familia humilde y sencilla para vivir entre nosotros. Mientras contemplamos y celebramos la belleza de este misterio, reafirmamos la dignidad y el valor primordial de la familia y nos preguntamos cómo está viviendo hoy la familia cristiana en una sociedad donde han surgido diversos modelos de entender esta realidad.  Una realidad tan fundamental de la vida social de la persona, que garantiza su formación emocional, así como los valores que orientan la trayectoria de cada individuo.

La comunidad cristiana ha defendido y protegido siempre el valor de la familia entendida, según el proyecto de Dios, como una comunidad de vida y de amor. Para entrar en la historia humana, Jesús eligió hacerlo en una familia. Es hermoso verle integrado en la red de afectos familiares, naciendo y creciendo en el abrazo y el cuidado de los suyos. Nosotros también venimos de una historia de familia y la persona que hoy somos, aunque resultado de muchos factores, nace de manera especial del amor que hemos recibido en el seno de nuestra propia familia.

No es fácil vivir la realidad familiar en nuestro día. La familia cristiana afronta el reto de mantenerse coherente en medio de grandes cambios culturales y sociales. Al desgaste de vivir en un ambiente que minusvalora y rechaza el modo como los cristianos entendemos la vida en familia. Es necesaria mucha serenidad, misericordia y diálogo para afrontar esta situación. A pesar de todo, son muchas las familias que hoy, dentro de los límites propios de la fragilidad humana, se esfuerzan por construir una familia sana y en comunión, intentando reflejar los valores fundamentales de la familia de Nazaret. La oración y la gracia del sacramento del matrimonio, que permanece a lo largo de la historia de la familia, son la garantía para lograr esa añorada aspiración. Una familia en comunión y armonía es uno de los mejores testimonios que los cristianos pueden ofrecer en estos tiempos de confusión. También hay otras familias que atraviesan tiempos difíciles, con serios problemas y desavenencias que sumen a toda la familia en profunda tristeza. Otras que, lamentablemente, han roto definitivamente la comunión. Nuestra actitud ha de ser siempre de comprensión, cercanía y ayuda.                

En el Evangelio vemos que incluso en la Sagrada Familia no todo va bien: hay problemas inesperados, angustia, sufrimiento. María y José pierden a Jesús cuando ya es adolescente. Lo buscan angustiados y cuando lo encuentran, su madre le dice: hijo ¿por qué nos has hecho esto? Conocemos la respuesta de Jesús, que María y José no entienden. Pero respetan la decisión del hijo que va madurando y con quien deben establecer nuevos lazos de respeto y amistad. La clásica ruptura que se repite en el seno de cada familia cuando los hijos viven las distintas etapas del desarrollo.

Los padres de Jesús necesitan tiempo para aprender a conocer a su hijo. Cada día, en la familia, hay que aprender a escucharnos y comprendernos, a caminar juntos, a afrontar los conflictos y las dificultades en común. Porque la felicidad de una familia nace de la dedicación de unos a otros, del afecto y respeto mutuos, de la armonía y de la reconciliación frecuente entre sus miembros. La alegría de una familia es plena cuando cada miembro no busca su propia alegría, sino que piensa en procurársela a los demás, porque la dedicación al bien de todos es la condición de esta felicidad que es un don de Dios.

Sin duda que la familia es un hermoso proyecto, que se va construyendo, aprendiendo cada día a ser familia. El Papa Juan Pablo II definía la familia como el santuario de la vida, esto es, “el lugar donde la vida -regalo de Dios- puede ser propiamente bienvenida y protegida contra los muchos ataques a los que está expuesta, y puede crecer con un auténtico crecimiento humano”.  A lo que hacen eco las palabras del Papa Francisco: “si la familia cristiana es el santuario de la vida, el lugar donde la vida es concebida y cuidada, es una contradicción tremenda cuando se convierte en lugar donde es rechazada y destruida”. Hermosa manera de recordarnos otra tarea ineludible de la familia.

Fr. Pedro Luis González González

miércoles, 25 de diciembre de 2024

"EL VERBO ERA LA LUZ VERDADERA"

 

Reflexión del Evangelio 25 de Diciembre de 2024. Solemnidad de la Natividad de Ntro. Señor Jesucristo.

La desproporción entre la propuesta de Dios y la respuesta del hombre

En este “diálogo de sordos” entre Dios y los hombres que es el hecho de la Navidad, del que hablábamos en la homilía de la misa de medianoche, hoy, en la misa del día, nos sorprende la otra vertiente: la desproporción entre lo que pide Dios y lo que está dispuesto a responder el ser humano.

La oferta de Dios está presentada en la Prólogo dl Evangelio según san Juan, que proclamamos. A primera vista (y más si se lee rápido y con voz cansina y se escucha distraído), es un galimatías, en el que se habla de un Verbo, de un ser eterno, de una luz que ilumina, de alguien que es rechazado por los suyos, pero, que, a pesar de todo se hace carne para habitar ente ellos…

Y sin embargo, este texto intenso y profundo hasta parecer enigmático, es la presentación más elocuente del misterio de la Navidad y sus consecuencias para nosotros. Lo supieron resumir genialmente los Santos Padres: “El Hijo de Dios se hizo hombre, para que el hombre pueda ser hijo de Dios”.

¿Quieren el hombre y la mujer, especialmente el hombre y la mujer de nuestra sociedad secularizada, “ser hijo, hija de Dios”? ¿Le ilusiona? ¿Pone en ello su esperanza y, por lo tanto, el esfuerzo serio por recibirlo y responder a tal promesa?

Solo descendiendo a la profundidad del ser humano, a sus verdaderas y eternas preguntas e inquietudes, puede encontrar cada uno, cada una, el deseo y la nostalgia de encontrar su auténtica autoestima, la raíz de su dignidad inalienable, la razón de su libertad y la respuesta a esa ansia necesaria de lo más necesario: el sentirse amado incondicionalmente y para siempre y poder amar así. Es decir: ser, sentirse y actuar como hijo e hija de Dios.

Un camino práctico para comprender qué significa que Dios se ha hecho hombre lo tenemos en la última encíclica del Papa Francisco, que tiene por título: “Dilexit nos” (“Nos amó”). En ella se nos habla del lugar en donde este “diálogo de sordos” encuentra la luz, el sentido, la razón y la fuerza de las preguntas y las respuestas recíprocas de Dios y del ser humano: el corazón de cada uno abierto al corazón de Cristo:

“En lugar de buscar algunas satisfacciones superficiales y de cumplir un papel frente a los demás, lo mejor es dejar brotar preguntas decisivas: quién soy realmente, qué busco. Qué sentido quiero que tengan mi vida, mis elecciones o mis acciones; por qué y para qué estoy en este mundo, cómo querré valorar mi existencia cuando llegue a su final, qué significado quisiera que tenga todo lo que vivo, quién quiero ser frente a los demás, quién soy frente a Dios. Estas preguntas me llevan a mi corazón” (8).

“Dice el Evangelio que Jesús “vino a los suyos” (Jn 1,110. Los suyos somos nosotros, porque él no nos trata como a algo extraño. Nos considera algo propio, algo que él guarda con cuidado, con cariño. Nos trata como suyos. No significa que seamos sus esclavos, y él mismo lo niega: “Ya no os llamo servidores" (Jn 15,15). Lo que él propone es la pertenencia mutua de los amigos. Vino, saltó todas las distancias, se nos volvió cercano como las cosas más simples y cotidianas de la existencia. De hecho, él tiene otro nombre, que es “Enmanuel” y significa “Dios con nosotros”, Dios junto a nuestra vida, viviendo entre nosotros. El Hijo de Dios se encarnó y “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo” (Flp 2,7)” (34).

“Ese mismo Jesús hoy espera que le des la posibilidad de iluminar tu existencia, de levantarte, de llenarte de su fuerza. Porque antes de morir, dijo a sus discípulos: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes”. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán (Jn 14, 18-19). Siempre encuentra alguna manera para manifestarse en tu vida, para que puedas encontrarte con él” (38).

Fr. Francisco José Rodríguez Fassio

domingo, 22 de diciembre de 2024

¡BENDITA, TÚ ENTRE LAS MUJERES!

 

Reflexión del Evangelio 22 de Diciembre de 2024. 4º de Adviento.

Estamos terminando nuestro camino del Adviento. Una nueva oportunidad para seguir creciendo en la alegría y la esperanza.

De la mano de la palabra de Dios salen a nuestro encuentro algunos personajes claves en la historia de la salvación. Una historia en la que se pone de manifiesto cómo Dios cuenta siempre con los más pequeños y humildes para hacerse presente a la humanidad. También tenemos que hacernos conscientes del papel relevante que ocupa la figura de la mujer en los planes de Dios.

De un lado aparece Isabel, mujer de Zacarías. Ella, estéril y de edad avanzada. De otro María, joven y virgen. De ambas el Evangelio nos narra una experiencia extraordinaria: van a ser madres. Tanto en María como en Isabel se da una intervención especial de Dios. Un Dios para quien no hay nada imposible y que cumple todas sus promesas.

Para María la fe se traduce en disponibilidad. Ella experimenta que en sus entrañas se hace realidad el milagro de la vida y se pone en camino. Su propósito, tremendamente humano, es ayudar a su prima Isabel ante el inminente nacimiento de su hijo, al que pondrán por nombre Juan.

Para Isabel la fe se traduce en capacidad de acogida agradecida. Le sorprende y agrada la presencia de María. La proclama dichosa por haber creído a Dios y reconoce la grandeza de María, por ser la madre de su Señor.

Las dos mujeres son conscientes de la acción del Espíritu Santo en lo más íntimo de sus entrañas. El encuentro les produce una profunda alegría, que se explica no solo por el cariño que provocan los lazos de la carne y de la sangre, sino por la experiencia compartida de la fe. El Espíritu les une en una especial complicidad, que se pone de manifiesto en los saltos de alegría del hijo de Isabel en su vientre, al experimentar la cercanía del Enmanuel, del Dios con nosotros. El Espíritu es el motor del gozo y la esperanza de estas dos mujeres protagonistas indiscutibles de la historia de la salvación, que se pone de manifiesto en este texto del Evangelio de Lucas.

Al saludo de María, Isabel responde con una doble bendición. La primera sobre María, la elegida de Dios para ser madre del Salvador.  La segunda sobre el fruto de su vientre, Jesús, en quien se cumplen todas las promesas. El pastor que trae la paz, del que habla el profeta Miqueas y que viene a hacer la voluntad de Dios, como recuerda la Carta a los Hebreos.

Son mujeres en estado de buena esperanza. Esperan un hijo cada una de ellas. Se unen en las dos  la alegría, la acción de gracias, la bendición y la esperanza.

Para nosotros, los creyentes, también la fe, acogida con un corazón agradecido, como un gran don de Dios, tiene que traducirse, siguiendo el ejemplo de María, en capacidad de salir al encuentro del otro en actitud de servicio.

En tiempo de Adviento los cristianos estamos llamados a vivir la alegría y la acción de gracias ante un Dios que, en el misterio de la Encarnación, hace realidad el cumplimiento de sus promesas. Cada uno de nosotros está invitado a vivir en estado de buena esperanza y a dar a luz a Jesucristo, haciéndole presente en nuestro mundo de hoy con nuestra forma de ser y de actuar.

Ahora nos  preguntamos:

¿Es la fe el mejor regalo y tesoro de mi vida? ¿La acojo con un corazón agradecido a Dios? ¿Soy una persona capaz de ser sensible a las necesidades de los otros? ¿Fomento en mi vida la actitud de servicio? ¿Salgo de mi mismo, de mis cosas y de mis seguridades, para encontrarme con los demás? ¿Soy una persona abierta al Espíritu y en estado constante de buena esperanza? ¿En medio de las dificultades de nuestro mundo de hoy, creo que Jesús sigue siendo buena noticia y fuente de vida y alegría?

Fr. Francisco José Collantes Iglesias O.P.

¿QUIÉN NOS APARTARÁ DEL AMOR DE CRISTO?

  Reflexión Evangelio Domingo, 2 de Agosto de 2026. 18º del Tiempo Ordinario. “Estamos hechos para ser amados y para amar” La primera lectur...