sábado, 12 de enero de 2019

EL BAUTISTA Y EL BAUTIZADO


Reflexión Homilética para el Domingo 13 de Enero de 2019. Fiesta del Bautismo del Señor, C.

“Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados“ (Is 40,1-2). Así comienza la segunda parte del libro de Isaías. Se ha terminado el tiempo de la prueba, es decir, la deportación del pueblo hebreo en Babilonia. Ha llegado el tiempo del consuelo y de la redención.

En los versos siguientes se oye una voz que invita a preparar en el desierto un camino al Señor. Esas palabras, que hemos escuchado durante el Adviento, son evocadas por los evangelios cuando nos presentan la figura de Juan Bautista.

El salmo responsorial es un canto de alabranza a Dios por la maravilla de su creación (Sal 103). Toda una invitación a contemplar la belleza de este mundo.

En la segunda lectura, que nos recuerda la misa de la nochebuena, san Pablo proclama que Dios nos ha salvado con el baño del segundo nacimiento (Tit 3,4-7).

EL MESÍAS ANUNCIADO

Estos textos preparan nuestro espíritu para la celebración de esta fiesta del Bautismo de Jesús. En el evangelio de Lucas que hoy se proclama (Lc 3,15-16. 21-22) escuchamos la voz de Juan el Bautista. El pueblo estaba en expectación y muchos se preguntaban si no sería el Mesías esperado. Pero sus palabras revelaban su profunda humildad.

“Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo”. Se sabía enviado a purificar a su pueblo en la espera del gran advenimiento. Bien sabía él que su misión consistía en anunciar la llegada de alguien que había de dar pruebas del poder de Dios.

“Yo no merezco desatarle la correa de sus sandalias”. Juan no osaba compararse con el Mesías que estaba a punto de aparecer entre su pueblo, Bien sabía él que ante Dios todos los merecimientos humanos son fruto de la gracia.

“Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. El Mesías que Juan anunciaba purificaría a su pueblo por medio del Espíritu de Dios. Bien sabía él que las imágenes del viento y del fuego manifestaban claramente la necesidad de purificar el corazón.

EL HIJO PREDILECTO

Juan se consideraba menos que un esclavo. El evangelio de Lucas parece haber tomado en serio esa expresión. De hecho, no lo presenta como el ministro del bautismo de Jesús: “En un bautismo general, Jesús también se bautizó”. El precursor desaparece de la escena.

El evangelio de Lucas, recuerda una y otra vez la oración de Jesús. Y ese es el ambiente en el que sitúa su bautismo: “Mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi hijo, el amado, el predilecto”.

“Tú eres mi hijo”. La fe cristiana nos lleva a recordar la verdad que ya se anunciaba en las palabras del salmo: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy” (Sal 2,7). Como Jesús, también nosotros reconocemos e invocamos a Dios como nuestro Padre.

“El amado”. En el libro del Génesis leemos la orden que Dios dirigió a Abraham: “Toma a tu hijo único, Isaac, al que amas…y ofrécelo en holocausto” (Gén 22,2). Como Isaac, también Jesús descubre en su bautismo un camino que lo llevaría al sacrificio.

“El predilecto”. En el primer poema del Siervo del Señor, Dios lo llama “mi elegido en quien se complace mi alma” (Is 42,1). Jesús es el predilecto de Dios. Esa predilección de Dios sustenta la confianza de Jesús en su Padre y sostiene también la nuestra.

Señor y Dios nuestro, tú proclamaste a Jesús como Hijo tuyo muy amado, cuando era bautizado en el río Jordán y el Espíritu Santo descendia sobre él. Tambien nosotros hemos nacido como hijos tuyos por medio del agua y del bautismo. Concédenos escuchar siempre tu voz y perseverar con fidelidad en el cumplimiento de tu voluntad. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

D. José-Román Flecha Andrés

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