Reflexión Evangelio Domingo, 7 de Junio de 2026. Solemnidad del Corpus Christi.
"Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer"
El libro del Deuteronomio nos recuerda hoy las maravillas que obró Dios con su pueblo cuando lo sacó de la esclavitud. La travesía del desierto, tras la liberación de Egipto, representa una experiencia de pobreza y dependencia absoluta de la fidelidad divina. Rememorar cómo Yahvé mitigó su hambre en el camino del desierto dándoles el maná bajado del cielo sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). El maná se convierte así en símbolo de libertad, comunión y subsistencia, el “pan de todos”, que unifica y sostiene a la comunidad en los momentos de mayor precariedad.
Esta enseñanza subraya también la llamada a una fe confiada, abierta a la misericordia de Dios. Israel aprenderá a vivir en la fe y el abandono, reconociendo que la vida y el sustento provienen de la mano divina. Así, la experiencia del maná en el desierto se convierte en una escuela de confianza y memoria providente, que se refleja en la liturgia y en el significado profundo de la Eucaristía.
"Nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan"
San Pablo, preocupado por apartar a los primeros convertidos de los ritos paganos, les trae a la memoria que, con la fracción del pan, -un gesto varias veces realizado por Jesús, en especial durante la Última Cena, - quiso significar que todos los que comen de este único pan partido, que es Cristo, entran en comunión con El y forman un solo cuerpo en Él. El mismo Pablo, en la carta a los Colosenses, nos exhorta para que «la paz de Cristo reine en nuestros corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo» (3,15). Y es la comunidad de Pentecostés la que puede partir el Pan con la certeza de que el Señor está vivo, resucitado de entre los muertos, presente con su palabra, con sus gestos, con la ofrenda de su Cuerpo y de su Sangre.
El relato de Pablo va más allá de la simple repetición de las palabras de Jesús, proponiendo una reflexión sobre la comunión que se realiza en el rito. El cáliz de bendición y el pan partido son signos de la participación en el cuerpo y sangre de Cristo y, a través de ellos, la Iglesia se edifica, crece y vive. La Eucaristía es así el sacramento de la unidad, la reconciliación y la vida compartida, en la que cada persona encuentra alimento espiritual y se fortalece la comunidad de creyentes.
"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre"
En el Antiguo Testamento Dios alimenta a su pueblo dándole de comer y de beber para que no muera. El evangelio afirma hoy que Cristo es el verdadero alimento que Dios nos da para que tengamos vida.
El Corpus Christi se nos presenta, pues, como una ocasión para que la comunidad cristiana se adentre en el sentido último de la Eucaristía y su vinculación con la Última Cena de Jesús. Es un buen día para profundizar en la dimensión espiritual, histórica y comunitaria del sacramento, reconociendo su carácter central en la vida cristiana y su capacidad para renovar y transformar a la Iglesia y a sus miembros.
Según el Concilio Vaticano II, la Eucaristía constituye la culminación de toda la vida cristiana y el fundamento sobre el que la Iglesia se construye y progresa. Los textos litúrgicos de esta solemnidad nos invitan a descubrir su dimensión inefable, recordando que en ella acontece algo nuevo y relevante para cada persona y para la comunidad, en respuesta a las necesidades cambiantes a las que el Señor resucitado acude.
La fiesta del Cuerpo y la sangre de Cristo se nos presenta también como una oportunidad para reflexionar sobre el misterio de la presencia de Cristo, hacer memoria agradecida de la acción divina y renovar el compromiso de fe, confianza y comunión. La liturgia, los símbolos bíblicos y las enseñanzas apostólicas convergen para mostrar que la Eucaristía es mucho más que un rito: es el fundamento vital y el punto de encuentro de la comunidad cristiana, siempre abierto a la renovación y al crecimiento espiritual. La comunión vital con Jesús es el punto principal del misterio eucarístico. Cuando recibimos el cuerpo y sangre de Cristo nos convertimos en aquello que comemos. Además, y como consecuencia, “todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan”.
Pero, además, no podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros. Si queremos encontramos con Él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros porque formamos parte del mismo cuerpo. Somos comunidad, alimentados todos por el cuerpo y la sangre de Cristo.
Este doble fruto de la Eucaristía, unión y comunión nos impulsa a la misión: por eso al celebrar el Corpus, renovamos nuestra fe, nuestra creencia en que Cristo está presente realmente por la acción del Espíritu Santo y por las palabras de la consagración. Es “Dios con nosotros”, y esto nos lleva entonces a unir la celebración de la Misa con la vida y a procurar que la vida sea la continuidad de aquello que celebramos domingo a domingo, que sea una Misa prolongada a lo largo del día, de la semana.
Y porque hemos descubierto esta presencia real sacramental de Jesucristo vamos a poder descubrir otras presencias reales de Cristo. Son aquellas que el mismo Jesús nos ha sugerido: “…estuve enfermo, en la cárcel, fui forastero, tuve hambre, tuve sed…y me asistieron… todo lo que hicieron al más pequeño de mis hermanos conmigo lo hicieron”. Es decir: Él estaba allí. Son presencias no sacramentales, pero no por ello menos reales. Por eso la prolongación de lo que celebramos aquí en el Altar y en nuestros templos, debe verificarse también en la caridad fraterna, en la actitud que yo tengo hacia mis hermanos descubriendo, en esas realidades donde aparentemente, no aparece con tanta claridad, la presencia real de Jesucristo.
¿A que me compromete la fiesta que celebramos hoy? ¿Cómo superar la rutina de las celebraciones eucarísticas, diarias o dominicales?
Fray José Hernando O.P.







